Los claveles marchitos de Saramago

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Un buen día se fue Marcelo Caetano, o mejor dicho, a Marcelo Caetano “lo fueron” un buen día. Ese día, un 25 de abril del pretérito más remoto, estallaba en Portugal la Revolución de los Claveles, en rigor un golpe de Estado muy poco ortodoxo impulsado por unos militares igualmente raros, de esos que ponen claveles en la punta de los fusiles y no necesitan disparar un tiro para lograr el triunfo. Fueron revolucionarios, eso sí, porque derrocaron el régimen despótico más longevo de Europa, la dictadura salazarista representada entonces por el primer ministro Caetano. Supieron ganar la batalla. Pero, ¿ganaron también la guerra?

En los últimos años de su vida, el gran José Saramago afirmara que nada quedaba ya de la Revolución: “Nada de nada, rigurosamente nada”, habría dicho. Frontal, como buen portugués, sin eufemismos, despejaba todas las dudas sobre el fracaso de los ideales revolucionarios de 1974. Con un dejo de amargura —y con palabras tan duras, cargadas de reproche— Saramago no hacía más que confirmar lo que todos ya sabíamos: que el socialismo en Portugal había muerto siendo todavía un recién nacido, que lo habían liquidado entre la traición de los cipayos y el afán reaccionario de Estados Unidos, los primeros interesados en apagar un foco de revolución que de pronto se abría en Europa Occidental. Nada por aquí, nada por allá, pasaron los años y Portugal siguió mansamente el camino que le habían marcado los yanquis hacia la democracia burguesa.

No obstante, pese a que se ha extraviado de la senda del socialismo, dando lugar a un modelo de Estado netamente liberal y en sintonía con sus vecinos más cercanos, la Revolución de los Claveles no debe ser ignorada, ni mucho menos olvidada. Este movimiento fue importante no sólo porque provocó la caída del gris régimen salazarista: tuvo, además, como uno de sus resultados más inmediatos, la descolonización de las últimas posesiones portuguesas de ultramar en África (Santo Tomé y Príncipe, Angola, Mozambique, Cabo Verde y Guinea) y en Asia (Timor Oriental), constituyendo de esta forma un durísimo golpe al imperialismo europeo y llevando a esas regiones tan atrasadas algunos rudimentos de libertad.

Saramago participó de la Revolución de los Claveles luchando por un Portugal socialista. Peleó, ganó y, a la larga, perdió; vivió aún muchos años y fue testigo de la caída de la URSS, el ascenso del neoliberalismo. Criticó a Fidel en más de una ocasión y estas críticas hicieron que algunos cuestionaran su posición. Entonces nos regaló la siguiente frase, para que no quedaran dudas:

“Padezco de algo que se puede llamar comunismo hormonal. Por ejemplo, las hormonas hacen que los hombres tengamos barba y las mujeres no. Bien, imagínese que hay personas que nacen con ciertas hormonas que las dirigen al comunismo y las pobres no tienen más remedio que ser así. Ahí tiene el motivo por el que sigo siendo comunista, por una hormona que me impone una obligación ética”.

¡Salud, Portugal, por otro Abril de primavera!

 

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