¿Por qué Dilma eligió a Temer para ser su vice?

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En todo el ruido en torno a la destitución de la presidenta electa democráticamente por el voto popular, y por lo tanto legítima, y su reemplazo por un vicepresidente de facto, ilegítimo, hay una pregunta que insiste en no callar y parece permanecer sin respuesta: ¿Por qué Dilma eligió para formar como vicepresidente en su lista ganadora a un dirigente cuya orientación política era opuesta a la suya? ¿Por qué decidió hacerse acompañar de un potencial traidor?

Pero la respuesta está a la vista, siempre lo estuvo y es de lo más sencillo: Dilma no eligió a Michel Temer para ser su vicepresidente en 2010 y 2014. Dilma no elige, las listas son el resultado de negociaciones entre partidos que exceden enormemente a los individuos. Todo depende de la correlación de fuerzas del momento.

¿Qué es esto, qué es la correlación en la política? Genéricamente, la correlación de fuerzas es el cálculo necesario para triunfar en elecciones al interior del sistema dicho democrático de representación que copiamos de Occidente. No es otra cosa que nutrir las filas propias de una cantidad superior de soldados respecto a las filas del enemigo. En una palabra, el que tenga más fuerza en la correlación de fuerzas de un determinado momento, será el ganador en las elecciones en ese momento.

La correlación de fuerzas en Brasil

El sistema político de Brasil es bastante peculiar. Ese sistema multipartidista y partidocrático tiene un impresionante total de 35 partidos políticos reales en actividad a nivel nacional y otros 28 que esperan la aprobación de su personería jurídica. Algunos de esos partidos son muy representativos —aproximadamente 20 de ellos lo son— y hay otros que existen de hecho con el único objetivo de percibir el jugoso fondo partidario que el Estado asegura para sostener lo que allí se llama la “diversidad democrática”. Entre los primeros, los partidos de mucho peso relativo, está el PMDB (Partido del Movimiento Democrático Brasileño), en cuyas filas militan, entre muchos otros, el actual presidente golpista de Brasil, Michel Temer, y el diputado que antes de ser preso fue el verdugo de Dilma Rousseff, Eduardo Cunha. Y para empezar a comprender la política en Brasil, es necesario comprender qué es, cómo hace política y por qué existe el PMDB.

El PMDB no solo es uno de los partidos más longevos en actividad, sino que además es el que cuenta con la mayor cantidad de afiliados (unos 2 millones y medio, un millón más que el segundo más numeroso, el Partido de los Trabajadores) y es, finalmente, el más importante de todos. A la fecha, más allá de ocupar de facto la primera magistratura y las presidencias en Diputados y en Senadores, el PMDB tiene en su bolsillo:

  • 25% del total de gobernadores provinciales (7 sobre 27)
  • 18% de los intendentes municipales (1.028 sobre 5.568)
  • 28% de los senadores nacionales (22 sobre 81)
  • 13% de los diputados nacionales (68 sobre 513)
  • 14% de los diputados provinciales (142 sobre 1.024)
  • 13% de los concejales municipales (7.551 sobre 56.810)

Y pese a toda esa representatividad, que es monstruosa y constante desde su fundación en 1965, autorizada por la dictadura cívico-militar-mediática que recién empezaba, el PMDB jamás pudo ganar elecciones generales directas y elegir un presidente de sus propias filas. Siempre que gobernó los destinos de la Nación, fue mediante la asunción de un vicepresidente en reemplazo del titular: en 1992 con Itamar Franco en lugar del depuesto Fernando Collor de Mello y recientemente con Michel Temer en lugar de la destituida por un golpe parlamentario Dilma Rousseff. ¿Por qué? Porque el PMDB es un partido catch-all y, por lo tanto, no tiene proyecto de país definido.

Los partidos “atrapalotodo” (los llamados catch-all parties)

Esta es una de las anomalías de la política moderna: partidos políticos sin identidad de clase social y, en consecuencia, sin proyecto de país claramente definido. Al no identificarse con ninguna de las clases sociales en pugna, el catch-all party no puede definir cómo haría la distribución de la riqueza nacional en caso de ser gobierno. En una palabra, no puede decir “voy a privilegiar al capital privado”, como hacen los partidos de derecha, ni “voy a privilegiar a los trabajadores”, a la manera de los partidos de izquierda. El catch-all party se caracteriza precisamente por atraparlo todo y eso resulta en una estructura partidaria demasiado heterogénea, a punto de impedir la definición del carácter fundamental del mismo partido. Así es el PMDB, que desde 1965 recorre el camino del medio sin decir absolutamente nada respecto a la distribución del ingreso nacional. ¿Ricos o pobres? El PMDB no lo dice, no puede decirlo.

Entre 1965 y 1985, el PMDB representó la “oposición responsable” a la dictadura cívico-militar-mediática en el terreno de la política. En realidad, los dirigentes de entonces de Brasil, mucho más hábiles que los de nuestro país, que optaron casi exclusivamente por el terrorismo de Estado, comprendieron la necesidad de hacer política incluso en dictadura y para ello autorizaron el funcionamiento de un sistema bipartidista formal, en el que debían existir dos partidos fundamentales: uno oficialista, la Alianza Renovadora Nacional (ARENA), y uno “opositor, pero no mucho”, el Movimiento Democrático Brasileño (MDB). En el primero se nuclearon todos los dirigentes que apoyaban en menor o mayor medida el gobierno de facto; en el segundo se agruparon todos los demás.

Ese “agrupar a todos los demás” determinó el carácter de catch-all party del PMDB al reconvertirse formalmente en partido político, en 1980, y de ahí en más durante los cinco años de la llamada “apertura democrática” de la transición. En el PMDB convivían desde progresistas, comunistas y socialistas hasta liberales, neoliberales y fascistas que no encontraban lugar en la ARENA. La única consigna que los agrupaba a todos era el restablecimiento del sistema democrático en el país, y en eso estaban todos de acuerdo en oposición al gobierno de facto. El PMDB terminó adoptando la identidad de “centro” que, como sabemos, no existe más que formalmente. Restablecemos la democracia. ¿Y después qué?

El callejón sin salida

Sí, la ancha avenida del medio, en el mediano plazo, es un callejón sin salida. Al posicionarse en el utópico “centro”, el PMDB jamás pudo definir su proyecto de país y así fue superado por dos partidos más jóvenes, pero con clara identificación de clase social: el Partido de los Trabajadores (PT), fundado en 1980, y luego por el Partido de la Socialdemocracia Brasileña (PSDB), fundado ocho años más tarde. Ambos venían con proyectos políticos claros: el primero de carácter popular, de reformas del capitalismo en un sentido de justicia social; el segundo de carácter neoliberal, orientado a profundizar la hegemonía del mercado. Y el PMDB, que tenía un poco de cada uno de ellos y a la vez nada concreto, fue incapaz de ofrecerle a la sociedad una alternativa real más allá del doble discurso repleto de eufemismos “democráticos” de siempre.

En ese callejón sin salida, el PMDB jamás pudo ganar elecciones generales directas y elegir un presidente propio, aun siendo el partido más importante del país. ¿Tiene entonces poco poder? Ya veremos que, por el contrario, el PMDB ha gobernado desde siempre en Brasil, ha ejercido un poder fáctico en el sentido estricto.

“¡Es la correlación de fuerzas, de nuevo, estúpido!”

Hablábamos de la correlación de fuerzas favorable necesaria para ganar las elecciones en cualquier país, y he aquí la expresión práctica de esa teoría política: en Brasil, el que pretenda gobernar debe hacerlo con el PMDB.

Si consideráramos que en cada extremo teórico de un arco político dado —derecha e izquierda— existe un núcleo duro que suele variar entre el 20% y el 30% para cada lado, ninguno de esos extremos tendría por sí solo la capacidad de formar la mayoría necesaria y ganar las elecciones generales. Ni el neoliberalismo expresado en el proyecto del PSDB ni el populismo de izquierda del PT pueden triunfar sin hacer alianzas con otras fuerzas. Y entre esas fuerzas “veletas” la más importante y decisiva, como se ve, es el PMDB.

Para llegar al gobierno en Brasil es obligatorio hacer acuerdos con el PMDB. Si no lo hace el PT, lo hace el PSDB. Y si ninguno de los lo hace, lo hará otro con proyecto definido y ganará las elecciones. Así fue cómo gobernaron aquellos dos partidos desde 1994 hasta la fecha: el PMDB fue la base del gobierno neoliberal del PSDB con Fernando Henrique Cardoso (1994-2002) y luego lo fue en los gobiernos populistas del PT con Lula da Silva y Dilma Rousseff (2002-2016). No resulta difícil concluir que dichos acuerdos incluyen cargos de primera importancia, normalmente ministerios clave, en el gobierno nacional. En el caso de Dilma Rousseff, ese acuerdo incluyó hasta la misma vicepresidencia de la república. Y así llegó Michel Temer a formar en la lista ganadora en 2010 como candidato a vicepresidente. Pero ahí se veía ya el huevo de la serpiente.

Dilma Rousseff no eligió a Michel Temer para ser candidato a vicepresidente en su lista, de la misma manera que Cristina no eligió a Julio Cobos. Nadie elige hacerse acompañar de un ajeno. De poder hacerlo, elegirían siempre a uno del riñón. Y mientras más del riñón, más propio, mejor. Pero la correlación de fuerzas se impone, ahora y siempre.

Así es como tenemos al enemigo usurpando un mandato que pertenece a los pueblos. Lo mismo había intentado hacer Julio Cobos en 2008 con su voto “no positivo”: debilitar y luego golpear el gobierno de CFK, para asumir la presidencia y cambiar el rumbo. A Cobos la jugarreta no le salió; a Temer sí, de maravilla.

La autocrítica siempre es positiva y productiva. Pero hacerla sin contar con toda la información necesaria es ser funcional a intereses ajenos y contradictorios. Repetir que Dilma eligió a Temer como su vicepresidente es contribuir a la instalación de que “son todos lo mismo” y, por lo tanto, Lula y Dilma son responsables de lo que Temer hace. Nada más alejado de la realidad. Y si bien es necesaria una profunda reforma política que inviabilice la existencia de partidos catch-all, que obligue a todas las fuerzas a expresar claramente un proyecto de país concreto, la verdad es que estamos todavía lejos de lograrlo. Mientras eso no llega, es necesario comprender que en política no existe nada sencillo y las conclusiones prosaicas normalmente son erróneas. Si el análisis no es completo, corremos el riesgo de terminar como un Nicolás del Caño, afirmando que “son lo mismo” el agua y el aceite. Y terminar como Del Caño resulta en terminar con un Macri o con un Temer, porque en el fondo coinciden en sus intereses los que no quieren el poder popular.

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