El imperialismo económico: expoliación de un país por otro

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La actividad internacional que se denomina “imperialismo económico” y que se caracteriza por ser la expoliación pacífica y casi inadvertible de una nación por otra es una complicada simbiosis que se establece sigilosamente y se mantiene con subterfugios merced al mantenimiento de órdenes anormales. Bajo la dominación extranjera, que es invisible porque actúa a través de personeros lugareños, se coarta el libre desenvolvimiento de la personalidad humana, se impide la diversificación de funciones de la vida moderna y así se desarrollan sociedades contrahechas y monstruosas, verdaderos íncubos, frutos del demonio y de la voluntad del extranjero.

Una oligarquía de intermediarios corruptos —abogados, directores, síndicos, corredores o simples subordinados comerciales— sustituye en el ejercicio del poder a los hombres con verdadera y altruista vocación de mando. La vanagloria y la estulticia desplazan al temple y a la honradez del genuino dirigente. El imperialismo toma a su servicio a las mejores inteligencias de un país, para que aboguen y aleguen a su favor y en contra de la nación. Las relaciones del individuo y de la sociedad quedan, entonces, interceptadas por esas oscuras fuerzas extranacionales, que obran dentro de la dinámica nacional a través de sus voceros nacionales. La desmoralización cunde y con ella la desconfianza en su propio esfuerzo. Una sociedad antinatural y antimoral es la consecuencia inmediata de esa corrosiva intervención extranjera. Un Estado manejado por los servidores del capital extranjero se revierte contra los intereses de sus subordinados y se crea, así, un orden antinatural, esencialmente anticristiano, porque como bien dijo León XIII, “el Estado se pone en oposición con las reglas y las prescripciones de la naturaleza cuando deja al error y al vicio una libertad que permite desviar impunemente a las inteligencias de la verdad y a las conciencias de la virtud”.

Ahora bien, en la maniobra de absorción de la riqueza de una nación por otra, que caracteriza la operación internacional históricamente denominada “imperialismo económico”, la víctima ineludible e inevitable es el pueblo de la nación explotada. El explotador puede mantener —y siempre mantiene— un grupo de personas o una parcialidad y hasta una clase social en un nivel de vida que hasta puede llegar a ser superior a la que le hubiera correspondido en una nación independiente. Es una comisión a los administradores que gozó siempre nuestra oligarquía, consciente en su función de capataz de la colonia. La verdadera ganancia del explotador es el resultado de la suma de los millones de pequeños sacrificios sonsacados a la inmensa mayoría del pueblo. Y ese es el tremendo problema argentino en su relación con Gran Bretaña [nota de LBC: hoy en relación con el imperialismo occidental de las corporaciones multinacionales en general].

La industria argentina, que se creó en el tiempo en que estuvo relajada la dominación británica, elevó el nivel de vida del promedio humano argentino. La elevación del nivel de vida eliminó el infraconsumo de nuestras muchedumbres depauperadas. El promedio de duración de la vida humana llegó a ser de 25 años en San Juan. Al aumentar los consumos argentinos, la mercadería exportable disminuyó hasta límites intolerables para Gran Bretaña. Para aumentar nuestra exportación es indispensable que nuestro consumo disminuya. Para que disminuya, es indispensable hacer bajar el nivel de vida de las grandes masas proletarias. Para hacer bajar el nivel de vida de las masas proletarias hay que eliminar el factor que lo hizo elevar, es decir, la industria.

Raúl Scalabrini Ortiz

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