El acto político de la salud mental

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Los despidos, la inflación y las tarifas impagables son parte del combo explosivo al que nos tenemos que enfrentar los argentinos y argentinas día a día. Pero, ¿qué lugar ocupa la salud mental en todo esto?

Como decía Sigmund Freud, la salud mental es la capacidad de amar y trabajar. Y en esta misma línea, el maestro de la Psicología Social, Enrique Pichón Riviere, nos hablaba de la “adaptación activa a la realidad”.

Resulta útil recuperar estos conceptos para comprender que la salud mental implica una relación con el mundo donde los sujetos al mismo tiempo en que son transformados por la realidad, son quienes la transforman.

La realidad que suscitan los modelos neoliberales en América Latina trae consigo mayor desigualdad, flexibilización laboral y la no menor particularidad de la protección de los medios de comunicación.

La perversión de estos medios pasa por decirle a quienes sufren las consecuencias de un modelo económico que los excluye y deteriora cada vez más su calidad de vida que su realidad es única; que no es tal cual la percibe porque, como dice Mauricio Macri, la economía está creciendo. Pero según datos del INDEC, sólo en 2016 se perdieron 120.000 empleos y en lo que va del 2017 cerraron más de 2.000 pymes.

Si los trabajadores y trabajadoras pierden sus fuentes de trabajo y protestan, como los/las de PepsiCo, son reprimidos. Se les acusa de violentos y se cuestionan sus métodos de protesta; pero en ningún momento se corre el foco para alumbrar la violencia que implica el deterioro de las condiciones laborales y la pérdida de trabajo como consecuencia de las medidas de un gobierno.

Entonces lo que se le dice a la sociedad es que no existe tal problema social del que son víctimas, sino que es un caso particular del cual son parte y, en todo caso, deberán esforzarse y “no aflojar”, como exige la gobernadora María Eugenia Vidal.

La instalación de la llamada meritocracia en el sentido común tampoco es al azar. Incluso Lilita Carrió en su discurso tras las PASO dijo que “para defender a los pueblos hay que construir su vida sobre el mérito”. ¿Por qué lo dice justo en este momento del país? ¿Acaso quienes perdieron su trabajo lo hicieron por falta de mérito? ¿Cuál es el mérito que hizo Patricia Bullrich como ministra de Seguridad cuando hay un desaparecido en manos de Gendarmería y en ningún momento se le exige su renuncia?

Esta lógica absurda de pensamiento continúa en la línea de acusar al sujeto de todos sus males: si la meritocracia significa que un esfuerzo personal redunda en que te va a ir bien, entonces si no te está yendo bien es porque no hiciste lo suficiente.

Las trampas psicológicas en las que nos inmiscuyen estos modelos en lo que el Estado está desdibujado no son nuevas, pero están adaptadas a la modernidad.

Los mecanismos de los que se sirvió lo hegemónico para perpetuar su poder son históricas y responden siempre a la misma lógica: presentarse a si mismo como lo natural, lo neutro y buscar la culpa en la individualidad del oprimido. Lo mismo sucede con el patriarcado cuando culpabiliza a las propias mujeres de sus femicidios y violaciones al hablar de su vestimenta o de su cama, y los ejemplos sobran.

La palabra oficial busca ser un espejo donde la sociedad se mire a sí misma y encuentre allí el problema de todos sus males.

Pero la realidad del movimiento obrero en Argentina, los afiliados a los sindicatos y todos los trabajadores y trabajadoras de la economía formal e informal es notable, porque existe una masa capaz de disputarle a los medios de comunicación el texto social y alzar su voz frente a lo imperante llenando una plaza para pedir por trabajo digno. No solo esto, sino que este conjunto asume el protagonismo involucrándose en el proceso mismo de la democracia, exigiéndole a sus propios representantes del movimiento sindical que pongan fecha de paro y al gobierno nacional que cambie el rumbo de la economía.

El reclamo por trabajo se convierte en un intento de prolongar la propia existencia, y esto nos remite a las palabras de Freud sobre la salud mental, porque el trabajo es un proyecto que sostiene, organiza la vida y le da sentido de un mañana. Defender el trabajo es defender la esperanza, y cuando es con otros esa esperanza es colectiva y eso la resignifica. Entonces la existencia del uno es parte de algo mucho más grande que es la existencia grupal que posibilita, aun cuando el trabajo no está, ser parte de otro proyecto: el de las personas que perdieron el trabajo y quieren recuperarlo, o el de las que perdieron derechos y quieren recuperarlos.

Pocas dudas quedan: la salud mental como construcción colectiva es la disputa por salir a la calle a reclamar por esos derechos o quedarse en casa atrapado en la angustia, y el compromiso por sostenerla y multiplicarla es histórico.

Por Agustina Milanesi

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