Los zonzos y los hijos de puta

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El creciente negacionismo y hasta la justificación del terrorismo de Estado en nuestro país nos hacen replantear la tesis del blindaje mediático como determinante del comportamiento político de ciertos sectores sociales. Y nos planteamos ahora esta pregunta: ¿Son lo que son porque no tienen acceso a los datos de la realidad o porque directamente son unos hijos de puta?

Hasta ahora, con ajustes, despidos, inflación galopante, tarifazos infernales, destrucción de la industria y el empleo nacionales, casos de corrupción como nunca antes vistos y cientos de maldades más, podría sostenerse que la no visibilización de esas realidades —o de sus causas, para decirlo más precisamente— daba como resultado una sociedad pasiva ante los atropellos sufridos. En una palabra, al no recibir de los medios de difusión la explicación de que, por ejemplo, las tarifas de los servicios se han vuelto impagables porque existe un gobierno neoliberal que favorece a las corporaciones en detrimento de los pueblos, estos pueblos no serían de capaces de identificar al gobierno neoliberal como la causa de sus desgracias y, por lo tanto, no podrían canalizar su rebeldía hacia dicho gobierno. Si la luz y el gas suben un 1500%, pero los medios concentrados no dicen que eso tiene que ver el neoliberalismo, entonces sería posible para el sentido común creer de buena fe que el problema es la “pesada herencia”, el “tercer semestre”, la “meritocracia”, el “hay que pagar la fiesta”, los ovnis o lo que fuere.

Pero vamos viendo, muy a nuestro pesar, que no es así. No es que el sentido común no ve las cosas como son porque no se las muestran en toda su realidad, sino porque no quiere verlas. O, peor aún —y he aquí lo más grave—, porque desea que se las cuenten al revés para verlas al revés. El sentido común no quiere ver la realidad desde el ángulo que mejor le favorece: quiere verla de la manera que mejor le convenga a su dominante.

Claro que eso es resultado de un adiestramiento sostenido en décadas de colonización pedagógica. Dicho adiestramiento ha creado una subjetividad neoliberal y fascista, condición sine qua non para el sostenimiento de regímenes neoliberales y fascistas. Solemos afirmar que la derecha viene ganando la batalla cultural en Argentina desde 1976, simplemente porque supo crear una subjetividad acorde a sus intereses. Como dice muy bien Alejandro Dolina, el sentido común del argentino es de derecha, y eso es resultado de una colonización de ese sentido común por los medios de difusión de las corporaciones, cuya expresión política está a la derecha del arco.

Para decirlo de otra manera, en las últimas cuatro décadas y más el poder fáctico de tipo económico concentrado logró formatear las conciencias de millones para que piensen y actúen según los intereses de ese poder económico y no los suyos propios. La derecha creó a una multitud de hijos de puta, y estos son tan hijos de puta que piensan y hacen de modo tal a dañarse a sí mismos. La subjetividad neoliberal es destructiva, pero por sobre todo es autodestructiva.

Podrían darse varios ejemplos prácticos de ello, como el sujeto que se indigna por las pintadas en las paredes del Cabildo mientras apoya con la boca y con el cuerpo a un presidente que le pidió perdón al rey de España y barrió a los próceres de la Patria de los billetes, además de una infinidad de agachadas bien cipayas. O el ejemplo del que salía a destrozarlo todo y a pedir la muerte de una presidenta durante el gobierno popular, hasta con insultos relacionados con su sexualidad, pero ahora se muestra indignado por los “incidentes” y el “vandalismo” ocurridos en una marcha por la aparición con vida de un desparecido por el terrorismo de Estado.

¿Por qué? Porque esas subjetividades están programadas para rechazar todo lo que sea popular, es decir, todo lo que les sea favorable, y a defender apasionadamente todo aquello que signifique y resulte en su propia destrucción. El sujeto neoliberal está adoctrinado para justificar como sea la desaparición forzada y para aplaudirla, y no para comprender que en esa desaparición está el huevo de la serpiente para sí mismo.

El sujeto neoliberal de clase popular es mucho más que un zonzo, es un hijo de puta. Pero no lo es por obra y gracia del acaso, sino por haber sido expuesto a una colonización pedagógica intensiva y extensiva. El hijo de puta neoliberal aplaude a Roca siendo pueblo originario y apoya a las fuerzas armadas del orden neoliberal siendo Santiago Maldonado. Esa subjetividad no tiene conciencia de sí misma y no se ve abajo, donde realmente está: se ve arriba, en la fiesta de los ricos. Se ve parte de un club al que jamás la van a dejar entrar. He ahí la más perfecta definición de hijo de puta.

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