El odio vence al amor

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El fetiche de la autocrítica está muy presente entre propios y ajenos en estos tiempos. Póngase cómodos porque vamos a hacer eso ahora.

El Opio de los Pueblos

Somos cristianos y estamos acostumbrados a esperar una redención que nunca llega. Esperamos toda la vida que pase algo y al final, lo único que se pasa es la vida misma. No podemos seguir esperando que alguien más haga aquello que no estamos haciendo nosotros.

¿Por qué decimos eso? Porque estamos cayendo en el determinismo. Es decir, estamos comenzando a creer que el destino trae escrito un instante, en el cual serán vengadas todas las injusticias por arte de magia. El determinismo —que expresamos en la convicción infalible de la vuelta de Cristina, en que el amor vence al odio o en que el universo va a encargarse del cipayaje— nos hunde en la pasividad y mientras nosotros estamos pasivos, el enemigo no descansa y hace todo lo que puede, y le dejamos hacer, para favorecer sus intereses.

La Revolución cubana no surgió de la pasividad. El pueblo se convenció de ser digno e hizo todo lo necesario para lograrlo, al igual que en Venezuela. No se quedaron esperando un mesías (con el debido respeto a los compañeros cristianos). Aquel 17 de octubre nadie se quedó esperando que alguien más hiciera lo que era tarea de cada uno: Fueron y lo hicieron suceder. Con esto, no estamos diciendo que sea soplar y hacer botella. Estamos diciendo que, aunque sea cuesta arriba el camino, la única manera de hacerlo posible es moviéndonos. ¿O hay alguna diferencia entre esperar la vuelta de Cristina y el segundo semestre? Mientras esperamos el segundo semestre o la vuelta de Cristina, el poderoso arrasa con nuestra cómplice comodidad.

Hoy estamos atrapados en la creencia reconfortante de “la vuelta de Cristina”. Bien, compañeros: la vuelta de Cristina o de un gobierno popular hay que construirla. Cristina no va a bajar del cielo. La situación de nuestro país no es reconfortante y encontrarse con la verdad de lo que un gobierno neoliberal implica dista mucho de ser agradable.

Estamos ante la disyuntiva personal, pero también colectiva, de recostarnos en nuestra zona de confort o de asumir lo que está sucediendo y actuar en consecuencia. Tomar noción de lo que sucede nos expone ante la desnudez y la precariedad de la incertidumbre que genera la certeza de tener neoliberales desalmados gobernando. Cuesta dormir tranquilo al entender como se está asesinando compatriotas deliberadamente y es más fácil creer que el universo se encargará de estos carniceros. Pero no va a suceder.

Frases que implican acciones

El lenguaje posee una función denominada “performativa”. Es decir, al hablar se consuma un hecho determinado. Un ejemplo sería el momento de jurar a la Bandera. Gritamos fuerte “¡Sí, juro!” y el hecho está consumado por la mera enunciación del mismo. No sucede lo mismo en política. Decir a diario que “el amor vence al odio” no hace que eso suceda. “Cristina va a volver”, tampoco hace volver a Cristina. Si nos ponemos a pensar un poco, encontramos que estas expresiones son equivalentes a “Cristo vuelve”. Es decir, delegan lo que debiéramos hacer los seres humanos en un ente superior. La creencia es muy bonita, calma y reconforta, pero no hace que los neoliberales larguen la manija.

El amor no vence al odio

Estamos creyendo que por repetir hasta el hartazgo ciertos enunciados, efectivamente algo va a suceder y la estamos pifiando. No es agradable asumir la dimensión de las cosas, como ya dijimos. El amor no vence al odio porque no es con ese amor que se los combate. En Cuba o Venezuela, no van a combatir al que quiera vender neoliberalismo a los besos, a los abrazos o a los buenos modales. Le van a meter plomo. ¿Es odio eso? No. Es amor de clase. Es amor por lo que somos y amor por ser quienes escribimos nuestro destino. Esa es la idea de amor que realmente los vencerá. No es un amor adolescente que nos deja bobos. Es un amor que nos empuja a la acción. No es un amor estancado. No nos paraliza. Es un amor que nos hace pensar y nos tiene que empujar a formarnos y organizarnos, para ejercer la dignidad colectiva.

Esta tarea titánica requiere que seamos capaces de generar nuevas preguntas entre tantas respuestas. No necesitamos reafirmar nuestras certezas de siempre, sino arribar a nuevas certezas. Y debemos hacerlo porque este es un tiempo nuevo al que no podemos abordar con las soluciones de antaño. Por eso, tampoco hay que “volver”. Ese es otra evidencia de nuestro sustrato cristiano. Queremos volver al paraíso del que fuimos expulsados. No se trata de “volver”: Es bastante más complicado, porque se trata de caminar sin andador. Se trata de tomar el toro por las astas y ser los hacedores de nuestro propio destino.

Por Alejandro

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