Toda sociedad tiene sus sectores más avanzados y sus sectores más rezagados, sus vanguardias y retaguardias. Según sea la coyuntura en un determinado tiempo y espacio, allí habrá grupos a la izquierda y a la derecha del paradigma dominante, donde los que estén a la izquierda pugnen por transformar la realidad y perfeccionarla (y por lo tanto serán los avanzados) y los que estén a la derecha luchen para mantener el statu quo, sea el que fuere (siendo estos los rezagados). Esta teoría parece verificarse en todos los momentos y lugares, desde el fondo de la historia, lo que va a servir para explicar la lucha política que nunca toca su fin.

También es cierto que entre los sectores más avanzados de una sociedad determinada la militancia de la causa de las mayorías está a la cabeza, es la que va por delante de todos. ¿Por qué? Porque esa militancia es la que señala el camino, la hace el rol de docente de la sociedad entera al enseñar la manera de construir un mundo mejor, que es posible. Entonces la militancia nacional-popular está siempre en la vanguardia de cualquier sociedad, porque defiende los intereses de las mayorías y por lo tanto busca la igualdad al interior del pueblo-nación y la soberanía e independencia de ese mismo pueblo-nación respecto a otros.

Todo muy claro. Sin embargo, en la práctica, hace algún tiempo ya que las cosas —por lo menos en la segunda parte de la teoría, la que ubica a la militancia en la vanguardia de los sectores más avanzados— no parecerían funcionar correctamente.

Un poco de historia

A partir de la caída del Muro de Berlín en 1989 y la disolución de la URSS en 1991, la utopía del “fin de la historia” propuesta por Fukuyama parecía concretarse: un mundo unipolar con hegemonía neoliberal de las corporaciones emergía de la implosión del bloque socialista del Este. Las consecuencias de ello en Occidente fueron brutales, por cierto, pero no solo en Occidente se sintió el temblor. También en las colonias del imperialismo occidental como en nuestra América morena el apabullante avance de las corporaciones sobre la política dejó graves consecuencias.

Una de esas consecuencias en nuestros pagos fue el vaciamiento de los partidos políticos, que son expresiones de los intereses de clase social en la política. Dicho vaciamiento resultó en que los partidos se desprendieran de obligaciones y actividades que solían asumir y realizar para ser eso, partidos políticos. Una de esas obligaciones que los partidos abandonaron es la formación política o, expresado con más precisión, el adoctrinamiento de sus militantes.

Entonces los militantes en las últimas tres décadas no hemos accedido a la doctrina necesaria para saber y poder, finalmente, enseñar. Fuimos dejando de ser el más avanzado de los sectores simplemente porque ya no tuvimos el conocimiento necesario para proponer la transformación de la realidad. Y aquí estamos, ya bien entrado el siglo XXI y aun sin saber para qué lado arrancar.

La progresía

Y uno de los engendros de la despolitización de la sociedad y la falta de doctrina de la militancia es el mal llamado “progresismo”, que en realidad no pasa de progresía o, a lo sumo, de progresismo bobo. ¿Qué es esto? Pues una enorme cantidad de individuos que presienten lo que está bien, pero no tienen asimismo la más remota idea de cómo hacer para lograr eso que está bien.

El progresismo bobo no tiene doctrina y derrapa. Confunde la lucha por la igualdad de género y termina viendo hombres o mujeres donde solo hay poderosos y títeres o subalternos, como hemos visto recientemente en el caso de las desafortunadas expresiones de Gabriela Cerruti respecto a María Eugenia Vidal. Al haberse “formado” políticamente durante los años 1990, que fueron de muerte de la política y de “fin de la historia”, Cerruti cayó naturalmente en la progresía. Y allí, sin más doctrina que “hay que derrotar al mal” y “el amor vence al odio” (aunque nadie sepa explicar cómo), Cerruti fue con sus mejores intenciones a intentar hacer el bien. Y seguramente quiso hacer el bien al elogiar a María Eugenia Vidal por su demostración de “convicción femenina” al bajarse de un auto a discutirles a los piqueteros con mucha valentía. Una leona esta Vidal.

He ahí el problema: no hay leona en una María Eugenia Vidal muy bien escoltada por varios policías armados, prepoteando y avasallando a unos trabajadores que la interpelan por sus puestos de trabajo. Eso no es valentía. Si Gabriela Cerruti tuviera doctrina nacional-popular sólida, sabría muy bien que no hay valentía en maltratar trabajadores desde el poder. Si Gabriela Cerruti tuviera doctrina —que en Argentina es como decir doctrina peronista—, sabría que María Eugenia Vidal no es hombre ni mujer, es representante de los intereses de los enemigos de Gabriela Cerruti en la política y que, de este modo, allí no aplica el género y tampoco es una lucha de géneros, es una lucha entre clases sociales.

“Ahora entendí todo”

Entonces el progre que admira a Gabriela Cerruti toma nota del error y cree haber aprendido. Lee aquí y allí que eso estuvo mal y concluye que el error es elogiar a María Eugenia Vidal. El progre no entiende la cuestión de fondo, porque tampoco tiene doctrina. Pero sale del hecho creyendo que entendió todo: no hay que hablar bien de María Eugenia Vidal y todo aquel que lo haga es un traidor.

Sí, porque el progre ve traidores por todas partes. Como el progre no tiene doctrina y no entiende que el error está en ponerse en una posición opuesta a los intereses de las mayorías, sale a cazar brujas con lo que piensa que sabe. A partir de ahora cualquier dirigente del campo nacional-popular que no se despache con puteadas contra María Eugenia Vidal va a ser un traidor. No vaya a ser cosa que cometamos el mismo error que con Cerruti…

El progre se levanta un buen día sin entender la dinámica de clase, la de dominantes y subalternos, pero teniendo muy en claro que no hay que elogiar a María Eugenia Vidal. Para él ese es el problema. Entonces lee esta entrevista, donde Gustavo Menéndez parece querer (¡peligro!) insinuar algún elogio o lo que se le parezca a la “leona”. La cuenta es fácil: Menéndez es un traidor.

Y resulta que, desde una doctrina sólida, Gustavo Menéndez viene tratando de, por una parte, mantenerse fuera del rango de ataque del enemigo y, por otra, de tejer la unidad entre dirigentes que hoy no se pueden juntar. El objetivo de Menéndez es claro: coordinar para construir una nueva mayoría y derrotar al neoliberalismo en las próximas elecciones, adviniendo un nuevo gobierno nacional-popular que represente los intereses de las mayorías. Y lo hace, como decíamos, desde la doctrina, desde el manual de conducción bien leído y estudiado, el que indica la necesidad de construir unidad para la victoria, incluso si para ello fuera necesario hacerse el boludo para no ser detectado por el enemigo y hasta juntarse con tipos que para el progre (que no construye, porque no tiene la doctrina para hacerlo) no quiere ver ni en figurita. Menéndez todo lo hace al pie de la letra desde la doctrina. ¿Para qué? Para que vengan los progres sin doctrina a decir que Menéndez es un traidor. Pero claro, ¿cómo sabría el progre que Menéndez hace lo que hace respaldado por una doctrina si el mismo progre no conoce esa doctrina?

El progresismo bobo es un peligro. Lo es porque en vez de construir destruye, y lo es mucho más porque lo hace desde la ignorancia y no de la maldad. Alguien que tenía toda la doctrina, que era la doctrina en carne y hueso, solía decir: “Yo estoy para llevarlos a todos, buenos y malos. Porque si quiero llevar sólo a los buenos me voy a quedar con muy poquitos”. Y al parecer también le rogaba a dios que lo protegiera de boludos, porque de los malos se ocupaba él solito.

Dios nos libre de los progres, que del enemigo nos ocupamos en la lucha sin perderlo jamás de vista.