No vamos a descubrir acá la pólvora ni mucho menos. Está claro que todos, en mayor o menor medida, conocemos el hecho de que los dibujos animados adoctrinan y moldean a los niños y niñas según los intereses de las corporaciones y, excepcionalmente, según los intereses de grupos, instituciones y Estados que aspiran a la formación de individuos sentipensantes con conciencia de clase y libertad. En este sentido no hay nada nuevo bajo el sol. El punto para abrir la discusión es: ¿cuánto nos involucramos en este tema? Porque de ahí parte el nivel de responsabilidad que asumimos como individuos, primero, y como pueblo, inmediatamente después.

Los dibujitos terroríficos

No, no tiene que haber sangre y muerte ni monstruos horripilantes para que los dibujos sean de temer; sólo hace falta tener algo de buen criterio y atención para comprender que un Telettubbie es mucho más peligroso que un Gremlin mojado y alimentado a medianoche. Entendamos por qué.

Sobre el Pato Donald y los superhéroes de antaño que impusieron el imperialismo yankee a lo largo y ancho del globo desde principios del siglo XX no vamos a profundizar demasiado: basta con nombrar el modelo del “sueño americano”, la obsesión por el dinero, el servilismo ante la riqueza y la diferenciación entre “lo malo” (siempre extranjero, especialmente si es de Oriente o América Latina) y “lo bueno” (estadounidense, siempre y cuando no sea comunista). Ahí estarían los puntos que ya han sido analizados desde muchos espacios y perspectivas y con esto ya se ha allanado el terreno. Lo que se nos está escapando del foco es la nueva forma de capturar la atención de los más chicos desde el año 2000 hacia acá: los dibujitos que los infantilizan, estupidizan y subestiman. Porque si con el ejemplo de los Telettubbies no fue suficiente para pintar lo grave de la cuestión, podemos venir al presente y hablar de Peppa Pig, Paw Patrol, La Doctora Juguetes, Dora la Exploradora, Jorge el Curioso y tantísimos otros como superhéroes reciclados y reversiones del “american dream for dummies”. Son todas las nuevas formas de vender, como siempre, el estereotipo de individuos que el poderoso necesita para seguir siendo poderoso, y aunque los imponen como inocentes y risueños, la realidad es que si podemos ver más allá de lo que está en evidencia, sabremos que el hecho de que los chiquitos terminen hablando extraño, queriendo productos foráneos y rechazando cualquier cosa que salga del esquema determinado por este tipo de producciones es algo que debiera causarnos mucha inquietud. De ahí lo terrorífico del asunto, porque les están lavando el cerebro a los nenes y lo estamos subestimando y para verlo más concretamente, en todos estos engendros audiovisuales podemos encontrar lo mismo:

  • Infantilización del lenguaje (les hablan a los chicos como si tuvieran el cerebro congelado)
  • Captura absoluta de la atención (quedan en modo zombie mientras consumen estos productos y después les resulta difícil querer algo distinto: son adictivos)
  • Neutralización total del lenguaje: ya no hay matices, todos suenan igual de irreales y robotizados, alienados completamente.

De esta forma y sin entrar en detalles sobre los mensajes de los roles genéricos en la sociedad, los conflictos e intereses de clase y los modelos de trabajo necesarios para el sistema productivo actual y futuro, podemos comprender que dejar a los chicos a merced de esta trituradora de conciencias es, cuando menos, un peligro. Y ahí entra en juego nuestro nivel de compromiso en adelante. Excusarnos en la falta de tiempo o en la invasión de estos productos y su alcance masivo no nos quita ningún peso, ya que existen alternativas muy interesantes para acompañar el desarrollo y aprendizaje de los próximos formadores del pueblo.

Hay futuro

Vale decir que acá no somos santos ni elevados, y que está clarísimo que hacer todo bien es una utopía, pero es por eso mismo que debemos ocuparnos de hacer lo mejor posible y con la mayor claridad a la vista para que el enemigo no nos tome por sorpresa: a través de la infancia nos quieren vender el cuento y es muy delicado el equilibrio entre complacer y hacer daño a la formación de los chiquilines. Pero existen dibujos hechos para contrarrestar el desastre y el ejemplo más claro que tenemos es el contenido de PakaPaka y algunos casos específicos que vienen del exterior. Claro que ahora la bestia neoliberal fue directo al grano y, como tiene muy clara la importancia de este asunto en la efectividad y amplitud de su plan, ya inició el desmantelamiento del canal y de todo lo que venga a bien educar a las mayorías. Que los chiquitos sepan de revoluciones y derechos es algo inadmisible para el poderoso.

Walt Disney: generalizando los valores del capitalismo occidental desde 1923 como si se tratara de la cosa más inocente del mundo…

Pero no podemos quedarnos llorando, hay que secarse las lágrimas y cambiar el rumbo de la historia. Y mientras podemos sumar fuerzas en el campo popular para recuperar derechos y fuentes laborales, también podemos usar internet y elegir a conciencia qué es lo que vamos a consumir como individuos y como familias. Buscar programas con contenido, sentarnos a charlar con los peques y ver qué les gusta y les interesa y de ahí pensar en qué podemos depositar nuestra confianza para dejarlos frente a la pantalla y no adentro de ella.

El canal Pakapaka, con sus contenidos educativos y de producción nacional, fue una víctima lógica del gobierno neoliberal de las corporaciones: por una parte, estorba el negocio de los “grandes” de la industria; por otra, les brinda a los chicos una conciencia que no es conveniente para el poderoso.

No es tan difícil, sólo requiere (como todo lo que vale) un poco más de trabajo y tiempo, porque los pibes de hoy son los que mañana construirán sobre los cimientos que nosotros les construyamos ahora.

No seamos vagos, hagamos como dice el enemigo y “garremoslapala”. Empecemos a derribar paredes, pero hagámoslo como en esa metáfora de Lula da Silva: de a una pared por vez, porque si las tiramos todas al mismo tiempo se nos va a caer el techo en la cabeza.

Por Romina Rocha