Es sano y de buen criollo poder mirar hacia atrás para entender de dónde venimos y así decidir hacia dónde vamos. Nos determina la historia y en esto no hay misterio. Y algo que sucede de generación en generación tiene que ver con la subestimación de los más chiquitos en la sociedad, tanto en su rol como individuos como así también en su papel de construcción en la sociedad. Es como si estuvieran en un plano distinto, apartado de lo político-cultural que nos atraviesa a todos. En este aspecto, aparece algo de lo que hace apenas unas pocas décadas se empezó a analizar: los niños como sujetos sociales.

La regla general hasta no hace mucho tiempo era que los niños no eran capaces de comprender el mundo, por lo que los adultos debían explicarles de la manera más simplista posible sólo aquello que se consideraba que debían entender de la realidad y nada más. Los chiquitos no pensaban, no opinaban y mucho menos decidían algo, aunque dieran claras señales de ser capaces de hacerlo. Y aunque los últimos años la tendencia a la estimulación temprana y a la revaloración de los pibitos ha ido en aumento, la realidad es que venimos de la terrible hiperinfantilización de la infancia, donde no sólo se subestima a los sujetos en formación, sino que para peor, se los degrada a niveles inferiores a sus propias posibilidades. Utilizando el engaño como metodología, se les dan señales confusas e informaciones falsas para, supuestamente, ayudarlos a comprender el mundo de manera más accesible. Y eso es una gran mentira, como podremos entender.

Todos mentimos. La regla es generalizada en la sociedad actual y se ha vuelto un requisito casi excluyente para poder participar de la cultura en la que vivimos. Pero el problema no es la mentira en sí misma. El problema es no distinguir entre ella y la verdad, entre lo engañoso y lo sincero, entre lo que nos perjudica y lo que nos beneficia. Ahí está el punto de inflexión, porque en tanto no hagamos un trabajo de comprensión de la cuestión de fondo, vamos a seguir cayendo como moscas en las garras del poderoso que nos quiere confundidos, para vendernos gato por liebre.

¿Dónde empieza la naturalización de la mentira?

Debemos hablar de la infancia, sí, porque nadie nace de un repollo y en tanto podemos ver a los chicos de hoy, podremos entender qué pasó con los de ayer, que fuimos nosotros mismos. Por tanto, vamos a agitar el avispero con las mentiras clásicas de la posmodernidad a las que se suele dejar de lado por miedo a la discusión; pero como acá de miedos no sabemos, planteamos el asunto sin vueltas: Papá Noel, el Ratón Pérez, los Reyes Magos, el Cuco y el Viejo de la Bolsa (con sus respectivas actualizaciones, claro está). Sí, esos clásicos de todos los tiempos que son la puerta de entrada al mundo de la ilusión que, irremediablemente, terminará en muchas decepciones. Y no, no se trata de que los chicos no tengan ilusiones ni crean en lo mágico, nada de eso; tampoco pretende ser esto un manual de crianza progre ni nada por el estilo. Lo que proponemos es analizar estas cuestiones, pensarlas y desentrañarlas para poder administrarlas a conciencia.

Todos estos personajes (y tantos otros más) tienen algo en común: presentan lo mágico como algo programado para aparecer según los intereses sociales y del mercado, ya que a nadie se le ocurre hacer regalos de navidad en primavera ni llamar al Cuco si no se quiere amedrentar a un pibe; y por otro lado, borran completamente el rol de los padres y las familias y todo el esfuerzo que estos hacen desde la puesta en escena de la mentira hasta los agradecimientos que siempre terminan dirigidos a aquello que no existe, pero que, mediante este esquema, pasa a tener mayor relevancia que aquellos que sí existen. Dicho de otra manera, la mentira le gana a la verdad y ahí empiezan los problemas.

La verdad suele ser dura

Porque después de un tiempo llega el momento de decirles a los chicos que todo eso que alimentamos durante años era, en realidad, una fantasía, un cuento para que ellos se ilusionen y construyan sus sueños en base a mentiras que nosotros, como adultos, aceptamos y reproducimos en el tiempo. Acá aparece la primera decepción de nuestras vidas, porque las personas en las que más deberíamos confiar se pasaron toda una vida mintiéndonos en la cara, ocultándonos la verdad y creando todo un mundo irreal basado en un fin mercantil: hay que comprar y hay que pertenecer para no quedar mal con el resto de la sociedad. En este punto, la aparición de la verdad se torna terrible y dolorosa, en mayor o menor medida, porque choca de frente con una mentira que tiene entidad propia y hace que la primera se vea como aquello no deseable. Es entonces cuando todo esto se transforma en un problema.

El objetivo de las corporaciones y del poder en general: adiestrar desde temprana edad para dificultar el acceso al pensamiento crítico y evitar que el confrontar la verdad sea un hábito.

Y el tema no pasa por decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, para nada. Sería absurdo proponer una vida en la que no haya una manipulación de lo que decimos: necesitamos mentir para convivir en sociedad. El tema está en los límites de la mentira y en poder discernir alrededor de ella, pero si partimos de una base en la que aceptamos estos esquemas de engaño en los que terminamos sucumbiendo al consumismo sin entender cuál es nuestro rol dentro de la rueda, y además los reproducimos sin criterio ni resignificación, entonces estamos siendo funcionales a esa colonización del sentido común de la que buscamos escapar. Participamos de la hegemonía del poderoso a voluntad, pero sin conciencia. ¿Cómo pretender formar adultos no susceptibles a la manipulación de los medios de difusión de las corporaciones, por ejemplo, si en el proceso de su formación los adiestramos con cuentitos y fantasías?

El toro por las astas

Como no pretendemos ni aspiramos a que estas cuestiones tan arraigadas en nuestra cultura occidentalizada se modifiquen de la noche a la mañana, el fin de hablar de estos asuntos es que los pensemos, que los tengamos a la vista, y que a partir de ahí podamos hacer una autocrítica constructiva sobre la que se apoyen nuestro buen sentido y nuestra conciencia de clase. Porque si nos hacemos conscientes de los fines de las cosas que nos son impuestas desde el vamos, podremos cambiarlas y resignificarlas o podemos aceptarlas y disfrutarlas sin perder de vista lo que es importante: si naturalizamos la mentira como esquema de vida y no nos lo cuestionamos siquiera, entonces seguiremos comiendo humo de los medios de difusión mientras los elefantes nos bailan en la mesa. Herramientas tenemos para hacer propio aquello que nos ayuda a transitar con más claridad, el tema está en hacernos cargo.

Podemos explicar el valor de las cosas y lo que significan las conductas consumistas sin por eso ser los que le quitan la ilusión a los chiquitos: darles un significado personal a las celebraciones y acontecimientos socialmente pautados no implica destruir ni atacar a quienes gustan de lo que se acepta como tradición (aunque venga de afuera y eso lo sepamos todos), sino más bien hacer de eso algo nuevo y propio, donde podemos aprovechar las condiciones que se presentan para crear un momento nuevo y que la magia, las historias y los agasajos sean parte de la solución y no del problema.

Tenemos la capacidad de transformar el mundo que nos rodea y de empezar por poner verdades donde siempre hubo mentiras, lo que es algo que está al alcance de todos y de donde parte la construcción de un futuro en donde los pueblos seamos quienes marquemos el camino a seguir.

Mejor que esto lo dijo el maestro Eduardo Galeano: “O la democracia aprende a decir la verdad y de una vez empieza a condenar la mentira, o está condenada ella misma a mentir a perpetuidad.”

Por Romina Rocha