Al cumplirse ayer 42 años del golpe militar en Argentina son innumerables las historias que podemos contar para dimensionar el daño que un grupo de títeres siniestros y muy bien adiestrados al servicio de las corporaciones y el poder económico le infligieron a todo el conjunto social, daño que perdura en el odio arraigado que por estas fechas podemos ver reflotar. Pero tomando una en particular, la de un escritor y periodista que literalmente dio la vida por informar, es que tenemos la posibilidad de comprender la magnitud y la responsabilidad que implica la tarea de concienciar a los pueblos, que no es otra cosa que dar las herramientas para la obtención definitiva de la libertad a través de la puesta en acción de las ideas.

El 24 de marzo de 1977 Rodolfo Walsh enviaba por correo desde un buzón de la Plaza Constitución de Buenos Aires su Carta Abierta de un escritor a la Junta Militar, que desde entonces quedaría para siempre no sólo como archivo histórico, sino como muestra de determinación, valor periodístico e intelectual, y de un completo compromiso y conciencia con la defensa de su clase social, que es la de todos nosotros. Un día después de ese envío, era emboscado, torturado, asesinado y desaparecido por el gobierno de la dictadura cívico-militar-mediática que sembró terror durante los eternos 7 años en que retuvo el poder sobre el pueblo argentino. Ese día, hace hoy 41 años, en lugar de desaparecer a un periodista, hicieron aparecer un mensaje, y ese mensaje es el que debemos hacer circular hasta que lo aprehendamos y lo hagamos carne.

La militancia para escribir historia

Aunque comenzó su carrera como escritor del género policial, Rodolfo Walsh empezó a sentir el peso de su responsabilidad cuando entendió que existía un mundo exterior amenazante al que él, que venía de una familia burguesa, conservadora y de educación religiosa, estaba ajeno. Pero cuando en 1956 se encontró en un bar de La Plata con un tipo que le dijo “hay un fusilado que vive” —en relación a los fusilamientos de José León Suárez de ese año, ejecutados por la cínicamente llamada Revolución Libertadora—, comenzó a entender que en sus manos tenía una herramienta fundamental para la revelación de la verdad y el despertar de la sociedad, que en sus palabras se refleja de esta manera:

“Mientras uno está fuera de todo contacto con la acción política, ya sea directa o por el medio que te rodea, está alienado en el concepto burgués de la literatura”.

Y Walsh asumió a partir de allí su rol de intelectual orgánico de la clase subalterna, con todo lo que eso significó en su tiempo.

Entonces fue que empezó a escribir sobre ese hecho, del que nadie hasta ahí había dicho nada, y su capacidad de explicar la realidad y hacerla accesible se convirtió en la clave para visibilizar la maquinaria que estaba actuando detrás de escena en la Argentina de los milicos envalentonados y las masas que comenzaban a rebelarse ante un avance descarado sobre sus derechos y libertades. Y al hablar y denunciar masacres, torturas, desapariciones, persecuciones e incluso la muerte de su propia hija en su Carta a mis amigos, su trabajo era considerado periodismo militante y eso, lejos de ser un agravio como lo es hoy en día, estaba ligado a ideales más que a partidos políticos, que son, en realidad, el resultado de un conjunto de ideas orientados a la transformación de un conjunto social particular. Esa era su función particular, como lo es la de todos los comunicadores que asumen la tarea de informar y que son siempre funcionales a los intereses de la clase dominante o de la clase subalterna, sin que haya nada más en el medio. Porque o se es enemigo del poderoso, o se es enemigo de los pueblos, y no hay medias tintas posibles. Lo que queda en el medio siempre, sin excepción, es funcional al dominante, que tiene los medios para utilizar cualquier duda a su favor. Walsh no se quedó en el medio, no fue indiferente; se metió de lleno en el campo nacional-popular y dio luz a las tragedias de su tiempo y del nuestro.

La verdad ante todas las cosas

En la mencionada Carta Abierta de un escritor a la Junta Militar, Walsh se atrevió a denunciar con claridad y sin vueltas lo que muchos sabían que sucedía, pero nadie se atrevía a decir. La picadora de ideas estaba funcionando a toda máquina y todo aquel que osara siquiera cuestionar el régimen impuesto, era perseguido, amedrentado, torturado o desaparecido a plena luz del día, a la vista de todos, para que queda bien explícito el resultado de atrevérsele al monstruo. Pero Walsh derrotó el miedo y lo hizo en la fecha del primer aniversario del golpe, con las cartas sobre la mesa y la sangre derramada; entonces no se le podía contradecir, porque el peso de la realidad ya era a esa altura insoportable. La carta en sí misma ya dice todo lo que se necesita saber para entender por qué es que tan sólo unas horas después de enviarla, Rodolfo Walsh pasó a integrar una lista de desaparecidos que finalmente serían 30.000 y que seguirían por siempre presentes. Pero queremos tomar un fragmento que es aplicable a los días de neoliberalismo que estamos atravesando actualmente:

“Aún si mataran al último guerrillero, no haría más que empezar bajo nuevas formas, porque las causas que hace más de veinte años mueven la resistencia del pueblo argentino no estarán desaparecidas sino agravadas por el recuerdo del estrago causado y la revelación de las atrocidades cometidas”.

Y ahí radica la vital importancia de estar informados, formados y conscientes de lo que está aconteciendo a nuestro alrededor, porque mientras haya memoria y nos encarguemos de reproducirla y desarrollarla en pos de cumplir con nuestra función en el campo nacional-popular, seguiremos teniendo en nuestras manos el poder de transformar nuestra realidad definitivamente. No necesitamos ser mártires, no servimos en estado de guerra permanente si no tenemos espacio para pararnos y observar lo que el enemigo está haciendo para derrotarnos; es fundamental recordar lo que hicieron quienes nos precedieron porque tendremos ya una parte del camino recorrido, y lo que nos queda por hacer es seguir construyendo sobre esas bases para no perder de vista el horizonte.

Los 30.000 empezaron la tarea de poner en evidencia los objetivos del poderoso; las madres continuaron y continúan con la lucha de sus hijos por no dar el brazo a torcer ante la amenaza de la verdad revelada y nosotros, que somos hijos de las madres y compañeros de los desaparecidos, tenemos el compromiso de no perder de vista lo que nos están arrebatando y de hacer uso de nuestra conciencia para, entre todos, ponerle fin a la masacre que empezó por los cuerpos y sigue hoy con las ideas de un pueblo que no para de nacer. Porque en nuestras manos está hacer la diferencia, y uno puede transitar entre quejas y derrotas, pero cada quien cuenta con una herramienta que debe aprender a usar. En palabras de Walsh, uno puede ser parte de la sociedad o ser un agente de transformación:

“Hasta que te das cuenta de que tenés un arma: la máquina de escribir. Según cómo la manejás, es un abanico o es una pistola y podés utilizarla para producir resultados tangibles”.

Con la máquina de escribir y el papel se puede, según la metáfora de Walsh, “mover a la gente en grado incalculable”. Esa es la tarea, comunicar es la tarea. Es reproducir la información, hacerla circular por los medios a nuestro alcance: a mano, por las redes sociales, a viva voz, a los gritos. Enviarles copias a nuestros amigos, porque nueve de cada diez las estarán esperando. Millones quieren ser informados. El terror se basa en la incomunicación. Romper el aislamiento, volver a sentir la satisfacción moral de un acto de libertad. Derrotar el terror. Hacer circular esta información.

Por Romina Rocha