Viene observándose de un tiempo a esta parte algo que llama la atención y preocupa, y es que estamos viviendo tiempos en los que no sólo tenemos que estar explicando lo obvio, como bien dijo el camarada Brecht, sino que además y para peor estamos en un momento en el que el afán de criticar, señalar y convencer al odiado de que estábamos en lo cierto cuando le advertíamos sobre lo que finalmente sucedió, terminamos cayendo en el juego que más le gusta al enemigo: generamos confusión.

Y lo que agrava el cuadro no es sólo el hecho de no brindar claridad a la hora de expresar un razonamiento, sino que además terminamos haciendo lo mismo que hace el enemigo contra nosotros y el resultado es, claro está, siempre en nuestro perjuicio.

Para ser más específicos, lo que observamos es que el fenómeno de las redes sociales como medio para mantenernos informados y comunicados viene deformándose en su dinámica. Los criterios de difusión son cada vez más complejos y las limitaciones a la hora de generar contenido sustancial y de calidad ya no tienen que ver sólo con aquello que Facebook (como principal plataforma, hoy por hoy, para los espacios como el nuestro) considera adecuado, sino que al haber cada vez más páginas “críticas” al gobierno y al neoliberalismo en general, aparece una competencia entre quienes se supone somos compañeros en esta batalla que queremos brindar por el buen sentido.

Entonces, en lugar de entre todos ir ayudando a que la conciencia de clase se manifieste y los pueblos asumamos nuestro rol en la conquista definitiva de nuestras libertades, lo que está sucediendo es que muchos espacios buscan el número más allá de la calidad de lo que lo genere. En otras palabras, cada vez hay más espacios que llegan a más gente y no dicen nada, sólo hacen ruido. Y mucho.

La delgada línea y la supremacía del ego

Para poder entender cuál es el problema en esta cuestión es necesario poner en claro cuál es el objetivo de generar espacios de comunicación popular, ya que de ahí parte el planteo y la búsqueda de una solución. Los medios de difusión del poderoso tienen como fin primero el manipular la conciencia y el sentido común de las mayorías populares para, de esta manera, conseguir consensos y hacer básicamente lo que quiera con los recursos de los pueblos en general y de los individuos en particular. Esto, aunque suene reiterativo, es fundamental marcarlo siempre porque no debemos jamás confundir la comunicación con la difusión: la primera busca hacer llegar a las mayorías la información que es pertinente para la vida sociocultural y política, mientras que la segunda busca esparcir ideas específicas que representan los intereses de quienes las generan. Esto, dado el poderío de los multimedios que dirigen el poder político en la Argentina desde hace décadas, es esencialmente lo que recibimos todos a cada momento: difusión de ideología de las clases dominantes. Y de ahí parte la necesidad de los espacios de comunicación —en oposición a la difusión vista de esta manera— en donde nosotros aparecemos y permanecemos, para contrarrestar los efectos destructivos del mensaje del poderoso en las mentes de los pueblos.

En tanto lo que prime sea la transformación del conjunto para bien, es decir, por la liberación de la opresión de la ignorancia y la incomprensión, es que la tarea será siempre beneficiosa, más allá de las dificultades que conlleve el dar esta batalla en sí. Y lo que marca la delgada línea entre buscar un bien mayor y común a las mayorías y hacer ruido con la emoción y la indignación es el ego: el mensaje que transmitimos y la forma en que lo hacemos es, por supuesto, producto de nuestras individualidades, pero para que su propósito sea superador es necesario que el emisor del mensaje no busque rédito ni reconocimiento personal a través de esto, sino que siempre tenga en claro el objetivo de ayudar a los otros a que piensen mejor.

Esto, lógicamente, no quita que el reconocimiento en sí exista, ya que es del buen sentido saber valorar el trabajo del otro. El problema aparece cuando el emisor busca, a través del mensaje que brinda, obtener ese reconocimiento como fin que, aunque no sea exclusivo, al aparecer mezclado en la tarea de comunicar se convierte en un impedimento a la hora de alcanzar la liberación de las conciencias de las mayorías.

Entonces los mensajes empiezan a perder calidad, los lugares comunes vuelven a abundar y el poderoso, que está atento a todo y no subestima jamás nuestra capacidad de hacerle frente, sabe capitalizar estas flaquezas y mete de lo suyo para que explotemos entre nosotros. Esto es lo que estamos viendo actualmente entre los espacios que, se supone, buscan “comunicar” sobre lo que debemos saber todos. “Romper el cerco mediático”, como se dice. Pero lo que se logra cuando salen todos a hablar de lo mismo a lo loco y sin un mínimo análisis o criterio para que el receptor obtenga claridad en lugar de datos, es que el enemigo nos gana en nuestra propia cancha y terminamos jugando su juego. Porque no sirve saturar y llegar a conclusiones apresuradas, mucho menos cuando se trata de interpretar al poderoso que tiene todas las herramientas a disposición para ganarnos en la disputa sin hacer mucho esfuerzo. Cuando nos ponemos histéricos y queremos correr detrás de los ataques, pero no podemos parar la pelota y ver hacia dónde pateamos, lo más probable es que el gol lo terminemos marcando en contra. Y si no reparamos en eso porque al hacer la jugada ganamos en interacción y “le llegamos a la gente”, lo que terminamos haciendo es abombar conciencias y aturdir, que es lo que el enemigo hace y quiere que nosotros también hagamos.

Cuando el ego personal de los comunicadores está por encima del propósito de comunicar, entonces lo que tenemos como resultado es al enemigo jugando de local y utilizando nuestros espacios para continuar con su destrucción de nosotros.

Buscar alternativas y no quedarse esperando

De ahí la necesidad de poder seguir avanzando en la batalla cultural que damos a diario; el contexto no es fácil para nadie y para nosotros, que estamos de este lado buscando la manera de que se entienda qué es lo que nos ayuda y qué no a la hora de formarnos y organizarnos para tomar el control de la construcción de la Patria Grande. Lo que no sirve es seguir incrementando el ruido, porque una cosa es luchar por aquello que creemos injusto y hacerlo saber, y otra muy distinta es chicanear sin profundidad y con el sólo propósito de hacer una descarga personal sobre algo que nos indigna o nos moviliza en particular.

En tanto no estemos a la altura del poderoso en cuanto a la claridad de nuestros objetivos como colectivo formador de las clases subalternas, el caos seguirá reinando y en la división seremos los primeros en caer.

Tampoco es esto una crítica destructiva, sino más bien está argumentado en un sentido constructivo dada la gravedad de caer en estas contradicciones y la responsabilidad que tenemos quienes optamos por hablar de lo que sucede para explicárselo y hacérselo accesible a todos quienes quieran liberarse del opresor. Cuando damos un mensaje no estamos sólo haciendo catarsis, estamos acercando ideología, recortes de la realidad que creemos que son fundamentales para aquello que nos propongamos como fin. En la definición de esto último es que tenemos que poner el foco, porque no podemos quedarnos esperando que nuestro alrededor cambie si no damos nosotros el primer paso.

Creemos en la vital importancia de no reducirnos a lo que las redes sociales nos pueden brindar, por eso los libros primero y la revista ahora, que tienen como objetivo el romper con la dependencia de las primeras y, a su vez, acercarnos más a aquellos que quieren luchar con todas las armas por el buen sentido que nos quieren arrebatar sin miramientos. Porque de seguir este alboroto en donde lo que importa es quién grita más fuerte, lo que va a suceder es que vamos a terminar todos sordos, y ahí el enemigo habrá ganado definitivamente porque nos habrá quitado la posibilidad de defendernos.

La diferencia, en este sentido, la hacemos desde todos los ámbitos, ya que no sólo se trata de qué es lo que comunicamos sino también de qué es lo que nos ocupamos de difundir. Aquello que apoyamos, aquello que hacemos visible a los ojos de los demás y a quiénes elegimos para que hablen por nosotros son todas decisiones que hacen, sin duda alguna, la diferencia entre hacer una verdadera revolución o quedarnos gritando y pataleando por lo que pudimos y no supimos hacer.

Esto es como decía Fidel:

“Revolución es sentido del momento histórico. Es cambiar todo lo que debe ser cambiado, es igualdad y libertad plenas; es ser tratado y tratar a los demás como seres humanos, es emanciparnos por nosotros mismos y con nuestros propios esfuerzos, es desafiar poderosas fuerzas dominantes dentro y fuera del ámbito social y nacional. Es defender valores en los que se cree al precio de cualquier sacrificio, es modestia, desinterés, altruismo, solidaridad y heroísmo; es luchar con audacia, inteligencia y realismo, es no mentir jamás ni violar principios éticos. Es convicción profunda de que no existe fuerza en el mundo capaz de aplastar la fuerza de la verdad y las ideas.”

Por Romina Rocha.