Hablábamos ayer en este espacio de una zoncera recurrente: la zoncera de la mal llamada “meritocracia”, que es una cosa pegajosa y también muy potente, de esas que colonizan el sentido común y son muy difícilmente desarticulables porque tienen la apariencia de ser verdades irrefutables.

Pero las “verdades irrefutables” del sentido común suelen ser eso, simplemente zonceras instaladas por el poderoso para la imposición de lo que Jauretche puso en la categoría de “colonización pedagógica”. Esas “verdades irrefutables” son prejuicios que no resisten al mínimo análisis y, puestas bajo la lupa del buen sentido no colonizado, desvanecen en el aire ante el primer cuestionamiento.

La idea de una “meritocracia” es una de esas zonceras del sentido común pedagógicamente colonizado. De acuerdo con los principios de la “meritocracia”, nuestra sociedad estaría ordenada de manera tal que el éxito o el fracaso del individuo en soledad dependería únicamente de la cantidad de esfuerzo aplicado por ese individuo. En otras palabras y llegando a las conclusiones necesarias, los exitosos del presente serían los más aptos y los más esforzados, mientras que los desgraciados lo serían por ineptos y por vagos.

La sola enunciación del concepto de “meritocracia” es suficiente para que veamos ya la hilacha. Por una parte, la legitimación indebida de los ricos y los poderosos, cuya riqueza y poder se atribuirían a sus aptitudes personales y a su esfuerzo diario. “Son ricos porque laburaron”, es la conclusión pedestre y necesaria de dicho enunciado. “Macri es rico porque laburó y es inteligente”, podríamos ampliar, sin olvidar que —siempre lógicamente— al ser tan rico no tiene necesidad de robar. Vayamos viendo cómo es esto…

Por otra parte, la legitimación también indebida de la pobreza de los pobres, cuyo infortunio se va a atribuir igualmente a sus dotes personales, en este caso los opuestos, que son la ineptitud, la ignorancia y la vagancia. “Son pobres porque quieren”, sentencia con furia el sentido común colonizado por la zoncera de la “meritocracia”. Y agrega: “Laburo hay, pero en este país los negros son vagos y no quieren laburar”. Y así, de conclusión pedestre en conclusión pedestre, la sociedad se va ordenando a los tumbos en esa loca percepción de los individuos que la componen como un juego de reglas justas en el que todos partimos del mismo punto de partida y siempre lo hacemos en iguales condiciones objetivas para competir.

Legitimar y conservar el statu quo

Si quiere detenerse en este punto y no leer más, el atento lector ya habrá visto toda la hilacha de la “meritocracia”. ¿En qué sentido parten de un mismo lugar y en las mismas condiciones un heredero como Mauricio Macri, por ejemplo, y un contemporáneo suyo que haya nacido en una villa miseria allá por fines de la década de los años 1950?

En ningún sentido. Y no son necesarios análisis muy profundos para comprender empíricamente que en ningún momento de la historia de la humanidad (salvo quizá en sus albores, aunque eso sería en la prehistoria) todos los individuos tuvieron al nacer las mismas condiciones para luchar la vida y sus adversidades.

Cómo decíamos, ya se ve que la “meritocracia” es, además de una zoncera, un cuento bien barato. Y aún así son millones los que creen ese cuento o, mucho mejor dicho, los que han sido colonizados pedagógicamente para creerlo. ¿Por qué?

Porque, al igual que todas las demás zonceras instaladas en el sentido común, la “meritocracia” existe para servir los intereses de quien la inventó y la difundió. El buen sentido popular de Brasil suele decir que las tortugas no trepan los árboles, de modo que, si el atento lector es pillo y tiene la gracia de ver una tortuga sobre un árbol, lo primero que debe preguntarse es quién demonios la puso allí. Y lo mismo ocurre con las zonceras: no nacen ni se difunden por ahí espontáneamente, sino que alguien las coloca deliberadamente en el sentido común de las mayorías, las instala, y lo hace porque esa instalación va serle útil más adelante.

La legitimación de la injusticia social, que es la riqueza extrema por una parte y de la pobreza miserable por otra, solo es posible porque se naturaliza en la percepción de los de abajo, que somos la inmensa mayoría. Si los muchos subalternos empezáramos a cuestionar la desigualdad, que favorece a los pocos y es una vergüenza, en ese mismo momento dicha desigualdad tendría que desaparecer, ya que los muchos harían justicia sin que los pocos pudieran presentar ninguna oposición.

Entonces hay que naturalizar la desigualdad y la existencia de ricos y pobres, de clases sociales bien marcadas. ¿Cómo? Pues atribuyendo la ubicación de cada individuo en la sociedad a su mérito personal, es decir, a la “meritocracia”. Si partimos de un mismo lugar y con iguales condiciones, no llega a ser millonario el que no quiere. No hay nada más lógico que eso.

Pero la conclusión es mala porque las premisas lo son y nuestra sociedad no es igual en la partida, por lo que tampoco puede serlo en la llegada. Nuestra sociedad no es una meritocracia y el éxito o el fracaso en la vida no guardan relación con el nivel de aptitud o de esfuerzo individual. Para progresar en la vida solo existen dos caminos: o se nace en cuna de oro, o se nace en una coyuntura de igualdad social progresivamente impulsado por el Estado.

“Hay que levantarse más temprano”

La imagen que ilustra este artículo —al igual que las tortugas, los árboles y quienes las colocan aquellas sobre estos— viene de Brasil. Fue parte de una campaña publicitaria oficial, de esas que se pagan con el mío, el tuyo, el nuestro. Dicha campaña fue lanzada durante los primeros meses de gobierno ilegítimo de Michel Miguel, que es de Temer, tras el golpe institucional a Dilma Rousseff en 2016. En el cartel puede leerse lo siguiente:

“No piense en crisis: ¡Trabaje!”

La campaña es un inmenso esfuerzo de reinstalación de la zoncera de la “meritocracia” hecho con dineros públicos. Claro que la “crisis” a la que hace referencia no es ninguna crisis, sino la aplicación de políticas neoliberales y de ajustes brutales, todo orientado a realizar una ingente transferencia de ingresos desde los bolsillos de los trabajadores hacia las cuentas bancarias de las corporaciones y las clases dominantes en general.

A eso el neoliberalismo llama “crisis” e insta a “trabajar” para poder capearla. ¿Qué dice, en realidad? Que las condiciones sociales del país son irrelevantes y que hay que levantarse unas horas más temprano para salir adelante. En una palabra, legitimación. En otra palabra, “meritocracia”.

Pero el panadero se levanta más temprano que nadie y no por eso amasa fortuna, sino tan solo pan. Eso lo sabe hasta el más opa de los “meritócratas” de bolsillo flaco. Si en “crisis” no debemos pensar (el afiche no aclara si no hay que pensar en la crisis o si directamente no hay que pensar, por lo que nos inclinamos por lo segundo) y debemos trabajar más horas para satisfacer las nuevas leyes laborales flexibilizadas de Brasil, no es para que los trabajadores salgamos adelante ni mucho menos. Es para que los ricos la junten con una pala mecánica en las transferencias de ingresos que hace el neoliberalismo con sus ajustes sobre ajustes. El “meritócrata” cree que dios ayuda al que madruga, ciertamente, aunque los ricos se levanten a la una del mediodía para ser cada vez más ricos, mientras el panadero sigue amasando pan hasta el amanecer. ¿Dónde está la meritocracia en esos casos?