Esta no es una historia alegre y tampoco podemos afirmar que tendrá un final feliz.

El 9 de diciembre de 2015 volvíamos de la Plaza en tren hacia el Gran Buenos Aires con una mezcla de sensaciones. Por una parte, una tristeza profunda por un gobierno propio, un gobierno con marca de clase social subalterna, que terminaba para dar paso a un gobierno de los ricos. Supimos allí que los de abajo no la íbamos a pasar bien en lo sucesivo y de ahí la tristeza que por un lado golpeaba.

Por otra parte, no obstante, satisfacción por el entusiasmo de la multitud que había copado esa Plaza mágica para despedir a su conductora, hecho inédito en la historia de este y quizá de todos los demás países: un gobierno que terminaba luego de 12 años con una impresionante demostración de cariño popular. Era un gobierno que terminaba en brazos del pueblo, en luna de miel como si se tratara del primer día. Habían pasado 4.582 días desde la asunción de Néstor aquel 25 de mayo de 2003, pero la luna de miel parecía interminable. Era efectivamente como en el primer día de un romance.

En el tren venían cantando que “vamos a volver”, los vagones tomados por militantes, simpatizantes, gente de a pie que había venido a despedir a una presidenta a la que le habían abreviado el mandato en 24 horas, un golpe de Estado sutil y simbólico al que pocos le dimos la importancia que realmente tiene. Pero había batucadas en los asientos, alegría en los rostros. Nada hacía adivinar una despedida, no existía congoja de entierro, aunque era entierro. A nuestro lado, una jovencita apoyada en una de las puertas nos miraba y sonreía: quería decirnos algo.

—No se pongan tristes, dijo, al fin. Macri va a durar poco, vamos a volver más pronto de lo que ustedes piensan porque la gente quiere a Cristina.

Aquello calmó la angustia momentánea y renovó el entusiasmo para seguir agitando cánticos y consignas por lo que quedaba del viaje hasta Caseros. Ese optimismo de una piba que prácticamente había nacido durante el kirchnerismo, de una hija legítima de la revolución nacional-popular, fue para nosotros como un presagio de que, en efecto, sería tan solo una cuestión de tiempo —más bien de poco tiempo— hasta la llegada de un nuevo ciclo de gobierno de los pueblos. Presentimos allí que la noche neoliberal sería corta. Y nos alegramos mucho.

Vista panorámica de la despedida a la presidenta saliente Cristina Fernández de Kirchner, el 9 de diciembre de 2015. El acto multitudinario hizo presagiar a muchos un corto hiato neoliberal y un rápido retorno de los pueblos al poder político en el Estado, lo que finalmente nunca ocurrió.

Pero no, no estábamos en lo cierto nosotros ni la piba sonriente con remera del Indio Solari. Al momento de escribir estas líneas, la noche neoliberal ya había durado 28 meses y dos semanas, y no daba indicios de que terminaría pronto. Fuimos derrotados entonces, ahora lo sabemos, por el optimismo de la voluntad. Y reflexionamos hoy sobre esto con el pesimismo de la inteligencia, para concluir lo siguiente: de seguir el panorama como está ahora, a fines de abril de 2018, el neoliberalismo antipopular puede durar dos décadas e incluso más, cosa insospechada para los que estuvimos en esa Plaza de Mayo y tuvimos el privilegio de viajar en ese San Martín abarrotado de militantes enamorados del proyecto político opuesto al que actualmente reina.

La odiosa indiferencia

Habíamos visto un espejismo y nos habíamos ilusionado con ese espejismo. Los quizá 500.000 argentinos que dijimos presente en Plaza de Mayo el 9 de diciembre de 2015 no representamos el sentido común del pueblo argentino. En realidad, somos más bien el cisne negro de la teoría, la excepción a la regla. La piba argentina y ricotera que cree sinceramente que la Patria es el otro y está dispuesta a poner el hombro para que salgamos adelante todos juntos y de manera solidaria es minoría entre el universo de argentinos, que ya supera los 40 millones de individuos. La regla general en nuestra cultura no es el altruismo de militar por el otro en atención de sus necesidades, deseos y sueños, es el egoísmo de encerrarse en sí mismo y permitir la destrucción del conjunto sin inmutarse. Y la fría indiferencia hacia cualquiera que no sea uno mismo.

Y es precisamente por eso que el proyecto neoliberal de las corporaciones puede llegar a durar 20 años o más, al cabo de los que quizá ya no exista ningún país para reivindicar. El gobierno que hoy es de Macri, mañana puede ser de Vidal y pasado mañana de cualquier otro títere del poder parecido a Macri y a Vidal no tiene fecha de vencimiento ni va a ser corto porque el egoísmo de la mayoría no soporta la idea de que vuelva el altruismo de esa minoría alegre y militante. Ese egoísmo indiferente y esa indiferencia egoísta están dispuestos a hacer cualquier cosa para que no vuelva el altruismo de otrora.

En otras palabras, el gobierno neoliberal no termina porque hay mucha gente que prefiere padecerlo y prefiere permitir hasta la desintegración del país —de doscientos años de construcción política, como suele decir Aníbal Fernández— antes de aceptar que el “aluvión zoológico” vuelva a desplegar su irreverencia y su alegría por las calles y a la vista de todos. El gobierno de los ricos dura y va a seguir durando mientras la mayoría de los trabajadores siga viendo en el kirchnerismo la causa de la enorme molestia que supone ser un egoísta y quedar en evidencia cuando de pronto aparecen en escena los altruistas. Para un egoísta no hay nada peor que le quiten la careta, que quede expuesta su indiferencia que es, como diría Gramsci, ese optimista de la voluntad y pesimista de la inteligencia a la vez, la más odiosa de las miserias.

Mientras el kirchnerismo exista y siga existiendo como la única opción real de días felices para el pueblo, la mayoría egoísta va a justificar cualquier maldad del neoliberalismo para evitar el retorno de los que “no vuelven más”, incluso las maldades que la perjudican directamente y reducen su calidad de vida a la de un vegetal. “Pago 10.000 pesos de luz, pero no vuelven más”, se escuchó y se escucha decir a más de un ignorante de esta verdad insoslayable: si no vuelve el gobierno nacional-popular, lo que no vuelve más es su propia dignidad.

¿Por qué somos así?

Claro que la pregunta es inevitable. ¿Por qué? ¿Por qué, aun teniendo uno conciencia de que se está infligiendo un daño severo y posiblemente irrecuperable, sigue encaprichado en el error y marcha a pasos apresurados hacia su propia destrucción? O, más concretamente, ¿por qué luego de haberse dado cuenta de que votó con odio y por eso votó mal, el argentino persiste en el error y no permite que otros vengan a repararlo y a salvarle las papas?

Porque la derecha, que es la expresión de las clases dominantes, la fuerza de los ricos en la política, viene ganando la batalla cultural desde 1955 y sobre todo desde 1976 a esta parte. La ideología de los ricos está plena de egoísmos, de indiferencias, de “meritocracias”, de “sálvese quien pueda” y de todo lo que es individualismo. Y esa ideología triunfó al hacerse de sentido común, es decir, al ser compartida de un modo general y mucho más allá de los límites de clase, que son estrechos (los ricos son siempre muy poquitos, como se sabe).

Entonces hay pobres que comulgan en la ideología de los ricos, que comparten su escala de valores y sus valores a secas. Hay trabajadores en nuestro país —muchos, sin dudas la mayoría— cuya conciencia está enajenada en la de sus patrones. Laburantes que se han desclasado, que se ubican simbólicamente en la mal llamada “clase media” o incluso se reconocen como pobres, pero rehenes de un fascismo que da miedo. Hay muchos de esos, muchos más de los que suponemos, y son ellos los que no permiten ponerle un término al gobierno de las corporaciones y dar inicio a un nuevo ciclo de gobierno nacional-popular.

La consigna “Los argentinos somos derechos y humanos”, creada por la dictadura cívico-militar-mediática para que los indiferentes y los cobardes que aplaudieron el genocidio pudieran repetirla hasta el cansancio y dormir en paz con sus conciencias, aun sabiendo lo que pasaba en los sótanos de los centros clandestinos de detención a pocos metros de sus camas.

Desde la última dictadura cívico-militar-mediática, se generalizó en la sociedad argentina el “no te metas”, que es la expresión más gráfica y más simbólica del egoísmo y la indiferencia. En la dictadura, el argentino rápidamente se acostumbró a mirar para el otro lado y a decirse a sí mismo y a los suyos que “algo habrá hecho, no nos metamos”, mientras veía cómo las “patotas” se llevaban a su vecino, a su compañero de trabajo, a sus conocidos de siempre. Así fue cómo la sociedad argentina avaló y apoyó la dictadura genocida (algo que duele reconocer, pero que debe reconocerse) y permitió que durara seis años, al cabo de los que hizo una guerra atroz y luego se fue porque la perdió. Así fue cómo la sociedad argentina fue cómplice de su propio secuestro, tortura y desaparición forzada: diciéndose a sí misma, para tranquilizar su conciencia, que no convenía meterse porque algo habíamos hecho.

Desde entonces el poder nos formateó la subjetividad en esos valores, en el egoísmo y en la indiferencia, pero también en la cobardía y en la indignidad humana, que son condiciones sine qua non para ser un egoísta y un indiferente ante el sufrimiento ajeno y aun así poder dormir por la noche. Así somos y somos así porque así nos forjaron.

Pasivos de nosotros mismos

La posición de víctima sería muy cómoda en todo este enredo. “Bueno, soy egoísta, indiferente, cobarde y poco digno, pero me hicieron así. No puedo hacer nada al respecto”, dirá alguno, desde su egoísmo, su indiferencia, su cobardía y su indignidad, precisamente. Pero no, no es así. Aquí hay un problema.

Sartre decía, palabras más o menos, que uno es lo que hace de lo que hicieron de uno, y esto parecería ser rigurosamente cierto. Si bien estamos determinados por nuestra cultura, no estamos sobre determinados y podemos hacer algo para cambiar esta miseria humana que el poder hizo de nosotros desde 1976 en adelante. Y el problema es que, incluso el más egoísta de los indiferentes, desde lo bajo de su cobardía y hundido en su indignidad, sabe perfectamente que esto es así.

He ahí, por lo tanto, el problema: sabemos que está mal ser egoísta, que la indiferencia no es un valor positivo. Tenemos total conciencia de que es indigno ser un cobarde y entonces —acá está el por qué hay mucha gente dispuesta a aceptar la muerte neoliberal con tal de que el kirchnerismo no vuelva más— tenemos terror, tenemos pánico de que vengan los altruistas a demostrarnos que es posible hacer algo distinto de lo que hicieron de nosotros, que no somos pasajeros de nuestras propias existencias.

El egoísta quiere y necesita un gobierno que lo obligue a ser indiferente, porque es un cobarde que no tiene la suficiente dignidad para hacer de sí mismo otra cosa de la que hicieron de él. El egoísta está cómodo en ese lugar y no quiere que otros vengan a decirle que debe moverse. “La Patria es el otro” es el contraste insoportable que el egoísta no quiere, porque lo pone en la disyuntiva de cambiar su propia esencia o de asumir abiertamente que es un hijo de puta. Pero incluso para eso, incluso para gritarle al mundo que “soy un hijo de puta y me la banco” se requiere coraje, cosa que el egoísta indiferente no tiene porque es, justamente, un indigno cobarde.

Nicolás Maduro, actual presidente de Venezuela, quien al calificar a Macri de “cobarde” hizo, sin saberlo, una descripción del argentino promedio gobernado por Macri.

Entonces el indiferente y el egoísta se mimetizan y se mezclan entre la multitud de otros cobardes e indignos anónimos para no ser individualizado. Golpear en patota, piropear a una mina cuando se está en grupo y cruzar la calle a la vista de la misma mina, pero mirando al piso cuando se está solo, ser un “valiente” barrabrava que “no se la banca” si no está acompañado de sus cómplices. Los argentinos en general no sabemos ni siquiera salir solos: para ir a un boliche necesitamos la compañía de por lo menos un amigo. Nos da miedo, no toleramos que nos individualicen. Eso es parte de nuestra subjetividad, somos cobardes cuando estamos solos frente a la vida y eso, potenciado por el egoísmo neoliberal con el que nos vienen adoctrinando en las últimas cuatro décadas da como resultado el gris individuo que no le permite a nadie levantar cabeza, porque eso le obligaría a hacer lo mismo o por lo menos admitir, horror de los horrores, que es incapaz de hacerlo.

Lo nacional-popular no vuelve a hacer justicia y a terminar con la destrucción neoliberal y no por culpa de los kirchneristas, sino porque hay muchos argentinos que no quieren que eso suceda. No quieren que nadie venga a perturbar su indiferencia secreta y anónima, no quieren el contraste con otros menos egoístas y menos cobardes que ellos. A esos los quieren invisibilizados y acallados, desaparecidos, de ser posible, para poder seguir en la comodidad del “bueno, es lo que hay”, aunque eso les cueste el pan a sus propios hijos.

Hace más de un siglo, en 1917, Gramsci ya afirmaba odiar a los indiferentes. Y decía:

“Odio a los indiferentes. Creo que vivir quiere decir tomar partido. (…) La indiferencia y la abulia son parasitismo, son cobardía, no vida. Por eso odio a los indiferentes. La indiferencia es el peso muerto de la historia. La indiferencia opera potentemente en la historia. Opera pasivamente, pero opera. Es la fatalidad; aquello con que no se puede contar. Tuerce programas, y arruina los planes mejor concebidos. Es la materia bruta desbaratadora de la inteligencia. Lo que sucede, el mal que se abate sobre todos, sucede porque la masa de los hombres abdica de su voluntad, permite la promulgación de leyes que sólo la revuelta podrá derogar; consiente el acceso al poder de hombres que sólo un amotinamiento conseguirá luego derrocar. La masa ignora por despreocupación; y entonces parece cosa de la fatalidad que todo y a todos atropella: al que consiente, lo mismo que al que disiente, al que sabía, lo mismo que al que no sabía, al activo, lo mismo que al indiferente. Algunos lloriquean piadosamente, otros blasfeman obscenamente, pero nadie o muy pocos se preguntan: ¿Si hubiera tratado de hacer valer mi voluntad, habría pasado lo que ha pasado?

Gramsci vive hoy en la piba quinceañera y ricotera apoyada en la puerta de un tren, diciéndonos con esa alegría partisana que no hay razón para ponernos tristes, que el futuro no tarda en llegar. “No hay mal que dure cien años ni boludo que lo aguante”, la escuchamos decir todavía, con esa risa irreverente de los jóvenes que no temen transitar con pasión los caminos de la vida. Esa piba no carga con los resabios de una colonización pedagógica orientada a la formación de caretas, cobardes, egoístas e indiferentes. Esa piba está fresca, con frescura odia la indignidad del indiferente y ese odio gramsciano es amor. El único amor que podrá salvarnos después de todo, porque ahora mismo estamos bien jorobados.