Parecería que ya es imposible frenarlo: las tarifas de los servicios básicos como electricidad, gas natural y transporte van a ser ajustadas en Argentina hasta los niveles deseados por los propietarios o concesionarios de las empresas que prestan esos servicios. Por otra parte, los salarios van a tener aumentos irrisorios hasta no aumentar en absoluto, de modo que la transferencia regresiva de ingresos será completa y la parte del PBI destinada al capital será monstruosa al compararse con la que se destina al trabajo. Del “fifty-fifty” kirchnerista llegaremos pronto a un 80-20 netamente favorable a los ricos, en el que cuatro gatos van a quedarse con el 80% de la riqueza nacional mientras las masas desesperadas nos disputamos las achuras en el matadero como perros, como solía decir Jauretche.

Cuando lo que el trabajador gana por su trabajo en concepto de salario se diluye en pago de servicios y precios, entonces el capital gana más de lo que pone. En consecuencia, concentra aún más la riqueza del país, ya que mes a mes la diferencia aumenta a su favor, la brecha se amplía. Por eso las paritarias en neoliberalismo —cuando existen— deben cerrar siempre por debajo de la inflación, para que el trabajador tenga cada vez menos hasta llegar a la definición de “proletario” propuesta por el marxismo clásico, que es la del trabajador cuyo salario es suficiente apenas para mantenerse a sí mismo y su prole. A sí mismo, para seguir trabajando; a su prole, para renovar el ejército de esclavos sin pan en el tiempo.

Vamos camino a eso regresivamente. Vamos camino al siglo XIX, a los albores del capitalismo, pero sin capitalismo, puesto que la revolución burguesa por América Latina no pasó y jamás nos hemos industrializado. Luego vendrán las reformas laborales con sus “flexibilizaciones” del trabajo que —también regresivamente— aumentarán las horas de la jornada semanal, destruirán los derechos adquiridos de los trabajadores como las vacaciones, el aguinaldo, las licencias por maternidad y enfermedad, las asignaciones familiares y todas las políticas sociales orientadas a equilibrar la balanza. Al crecer también el desempleo, y también de acuerdo con el marxismo, lo que se forma es un ejército de reserva siempre listo para hacer cualquier trabajo, por cualquier salario y en cualesquiera condiciones. Con tanta gente desocupada y desesperada por llevar el pan a la mesa de sus hijos hambrientos, ¿quién se atreverá a reclamarle algo al patrón y a correr el riesgo de ser despedido y reemplazado por otro famélico?

Los argentinos pasaremos a “cuidar el laburo”, es decir, a aceptar callados cualquier atropello y cualquier humillación con tal de mantenernos ocupados, justamente porque tenemos que pagar tarifas de servicios y precios que consumen la totalidad de nuestros salarios. No podremos darnos el lujo de perder el puesto de trabajo. Y ahí tenemos el escenario ideal para el rico, el que caracterizamos como un escenario similar al del siglo XIX, al del capitalismo naciente: todo el poder en manos de los ricos, que son cada vez más ricos a partir de la explotación ilimitada de los recursos humanos de los pobres, que son cada vez más pobres y más miserables. Regresivamente.

Esa es la meta del neoliberalismo y hacía allí marchamos a pasos acelerados, aunque el sentido común opine que estamos delirando, que “eso no va a pasar, es imposible volver al pasado”. Y el sentido común opina de esa manera porque no es capaz de ver el proyecto, no entiende que el neoliberalismo existe precisamente para reinstalar un estado de cosas anterior, no para repartir globos de colores ni para instalar el “diálogo” en la sociedad.

No hay que llorar, hay que luchar

No solo es perfectamente posible volver a un statu quo anterior, sino que, además, eso tiene un nombre: restauración conservadora. No es que se vuelva al pasado en un sentido literal y estricto. Lo que se restaura con las restauraciones conservadoras son las condiciones sociales de una época determinada. Todo lo demás sigue igual y no volveremos a viajar a caballo ni a comunicarnos por telégrafo, no habrá caballeros con galera ni damas encorsetadas, no va a resucitar la reina Victoria. Las restauraciones se dan en el plano de la economía, en la manera cómo se distribuye la riqueza de una nación. ¿Van a avanzar las clases populares y trabajadoras en general con la justicia social o van a concentrar los ricos todo el PBI en sus manos? He ahí la cuestión.

Durante el siglo XX los pueblos se empoderaron en sus revoluciones e implementaron por el mundo sus propios proyectos políticos. Eso tuvo consecuencias en casi todos los países, donde a mediados del siglo se hicieron realidad los derechos del trabajador como sujeto histórico de una época. Se equivocan los que suelen pensar en las vacaciones, en el aguinaldo y en la jornada de 8 horas diarias como cosas que siempre estuvieron allí. Todas esas fueron conquistas de los pueblos en la lucha y son esas conquistas las que el proyecto político de los ricos, que es el neoliberalismo restaurador y conservador, viene a destruir.

Nos merecemos un presidente en cadena nacional privada explicándonos que nuestras tarifas son relativamente bajas, cuando en realidad consumen buena parte de nuestros ingresos.

Pero los pueblos no se empoderaron en el siglo XX por arte de magia o porque fueron conducidos por revolucionarios geniales, aunque los revolucionarios son importantes en la historia. Los rusos no hicieron el socialismo solo porque tuvieron a Lenin ni los argentinos conquistamos el aguinaldo y la indemnización solo porque tuvimos a Perón. Los rusos y los argentinos lo lograron porque se pusieron las pilas y echaron a girar la rueda de la historia hacia delante.

Lenin y Perón fueron muy importantes para los trabajadores de sus respectivos países, al igual que los Fidel, los Mao, los Getulio Vargas, los Mandela. Esos fueron los máximos exponentes del proyecto político nacional-popular en el siglo XX, del proyecto que defiende los intereses de los pueblos-nación por encima de los intereses de las minorías privilegiadas. Pero precisamente porque fueron exponentes de ese proyecto es que no fueron el proyecto en sí. Los líderes populares son la expresión de los pueblos que lideran y no existirían si esos pueblos no tuvieran la valentía de moverse.

Para que Perón tuviera su 17 de octubre en 1945 fue necesaria la sublevación del subsuelo de la Patria, como diría Scalabrini Ortiz. Sin el “aluvión zoológico”, Perón habría sido fusilado y condenado al olvido. No estaríamos hablando de él y lo mismo vale para Lenin, que no sostuvo la revolución socialista sin los soviets de obreros, campesinos y soldados. En realidad, el proyecto de los pueblos está siempre en los mismos pueblos. El socialismo soviético es soviético porque lo sostenían los soviets, los consejos de trabajadores empoderados y organizados. El peronismo existió porque lo sostuvo el subsuelo sublevado al que el peronismo representó en la lucha política, garantizando sus derechos y dignidad para que no fuera ya tan subsuelo. En todos los casos el protagonista son los pueblos en marcha, es el trabajador con la conciencia de que es trabajador y de que debe luchar todos los días contra la restauración conservadora que viene a destruir sus derechos y reducirlo otra vez a la condición de esclavo.

Lo que hicieron de nosotros

Al parecer, el francés Joseph de Maistre habría dicho a fines del siglo XVIII que “que cada pueblo-nación tiene el gobierno que se merece”. Otro francés, André Malraux —este un tanto más ilustre—, diría más tarde que, en realidad, “los pueblos no tienen los gobiernos que se merecen, sino que tienen los gobernantes que se les parecen”. Más allá de las diferencias formales, Maistre y Malraux están diciendo lo mismo y están corroborando la tesis que defendemos en este artículo, la de que los dirigentes son la expresión de sus pueblos en la política y no mucho más que eso.

Todos en sintonía para decir esto que parecería ser una verdad universal, la que queremos expresar en este artículo. A lo dicho por Maistre y Malraux, sin embargo y desde un muy humilde lugar, le agregaríamos que cada pueblo-nación tiene el gobierno que se merece y tiene los dirigentes que se le parecen, ciertamente, pero en cada etapa de su desarrollo.

Por lo tanto, a principios del siglo XX el pueblo ruso se hallaba en una etapa de su desarrollo histórico que lo hizo merecedor de un Lenin, de quien fue la imagen y semejanza. Décadas más tarde, el pueblo argentino alcanzó la etapa de su desarrollo en la que se mereció a Perón y fue, en consecuencia, parecido a Perón. Cosa semejante les pasó a otros pueblos del mundo que alcanzaron un desarrollo intelectual y moral suficiente para comprender y sostener a sus Fidel Castro, a sus Ho Chi Minh y afines. Cuando esos pueblos se movieron, tuvieron el conductor adecuado para luchar en la política e imponer allí su proyecto. Cuando no se movieron, los aspirantes a conductor fracasaron anónimos, sin ni siquiera poder asomarse, y nunca se supo de ellos. En todos los casos la constante es la misma: el comportamiento de los pueblos establece la factibilidad de un tipo de liderazgo o del tipo opuesto, por lo que ese comportamiento determina lo que cada pueblo se merece en materia de gobierno en cada etapa de su desarrollo histórico. En una palabra, si la gente se mueve, avanza; si no se mueve, retrocede. Y siempre se merece tanto la una como la otra cosa.

Hoy el subsuelo de la Patria es muy distinto al que se sublevó en 1945 y exigió con una pueblada fenomenal la liberación de su conductor y luego lo elevó al poder político, elevándose a sí mismo desde el subsuelo. Hoy el argentino llora sus penas callado, está hipnotizado por la televisión. Hoy el argentino no puede pagar las tarifas de los servicios, come mal y vive mal, no llega a fin de mes y está sometido a un régimen que destruye su dignidad, que oprime a la sociedad en su conjunto. Pero hoy el argentino no se mueve. De una parte, muchos se quedan en sus casas mirando pasivamente y a través del relato televisivo la destrucción que la restauración neoliberal lleva a cabo en tiempo récord; de otra, unos pocos se manifiestan en minoría, pero inorgánica y anárquicamente, mientras se quejan de sus diputados y senadores que “no hacen nada para frenar esta locura”. En promedio el argentino está inerte y al estarlo, no avanza. Al no avanzar, lógicamente permite el retroceso, porque en las sociedades humanas no existe lo estático.

Nos merecemos a Macri, el presidente que contrajo deuda externa a un plazo de 100 años, diciéndonos que “no les vamos a dejar deudas a nuestros hijos”. Nos merecemos toda esta burla espantosa porque estamos estáticos, inertes. Por cobardes.

El argentino de los tiempos que corren, que son tiempos de posmodernidad mediática, no se subleva. Está programado para no hacerlo, ha sido colonizado pedagógicamente para esperar a que otros hagan en su lugar, es decir, para no hacerse cargo de aquello que le corresponde directamente. El argentino vota, delega por cuatro años y luego vuelve a votar y delegar por otros cuatro años, pensando que la política es algo ajeno a su propia existencia. La política así es un juego de dirigentes, un Boca-River en el que la cosa está entre 22 jugadores en el campo de juego mientras las mayorías miran y “hacen fuerza” desde las tribunas pasivamente.

El argentino promedio es egoísta e indiferente, por lo que es además cobarde e indigno. Se desentiende de todo, no se hace cargo de nada, no se mete. Desde 1976 en adelante aprendió a no meterse en “cosas raras” como la política, porque eso puede resultar en que te lleven y te desaparezcan. “Algo habrá hecho”, dice el argentino del que corre esa suerte y así nos adiestraron en las últimas cuatro décadas: para la indiferencia y para la cobardía. No nos metemos en cosas que no nos atañen (o creemos que no nos atañen, por supuesto).

Finalmente, el argentino es pleno merecedor de un gobierno de ricos, de un proyecto neoliberal que apunta a su destrucción, la del argentino. Estamos inertes, somos indiferentes al sufrimiento de las familias de bajos recursos con criaturas y ancianos que van a pasar el invierno sin calefacción. Somos cobardes para luchar contra eso y exigir que nos devuelvan la dignidad que nos están robando. Somos indignos y egoístas, porque si llegamos a pagar las facturas no es nuestro problema que otros no puedan hacerlo. Y entonces somos parecidos al neoliberalismo, porque el neoliberalismo es así, es todas esas cosas. Tenemos el gobierno que nos merecemos y al que nos parecemos: Mauricio Macri es la expresión más acabada del argentino promedio, aunque nos cueste la vida reconocerlo y admitirlo.

En línea con lo antes dicho por Maistre, pulido por Malraux y complementado por nosotros, el cubano José Martí va a resumir la cuestión bien a lo latinoamericano diciendo simplemente que “el pueblo que soporta a un tirano, se lo merece”. Un pueblo que soporta es un pueblo inerte, que no se mueve, que nunca se subleva. Es un pueblo indiferente que, en esta etapa de su desarrollo histórico, se merece pagar tarifas de servicios incluso por encima de sus ingresos y merece morirse de hambre. En la naturaleza, lo que no se mueve, muere. Cuando Cristina dijo al despedirse en una Plaza de Mayo colmada que “cada uno de ustedes debe tomar su bandera y ser su propio dirigente”, lo tomamos con gracia. Pero era literal, hay que moverse más allá de lo que hagan los demás. Hay que sublevarse. ¿Cuándo pasaremos a la siguiente etapa de nuestro desarrollo para ser merecedores de algo mejor, de vivir y de vivir con dignidad? ¿Cuándo seremos menos indiferentes y menos cobardes?