Existen y están muy bien instaladas en el sentido común ciertas máximas o afirmaciones que son muy difíciles de destruir y que dan lugar a una infinidad de conclusiones absurdas. Entre esas máximas está la siguiente: “Nuestro país es un país cuya mayoría de los habitantes es de clase media, Argentina es un país de clase media”. Esta afirmación en soledad, como decíamos, permite concluir prácticamente cualquier cosa, incluso que Argentina es, por ejemplo, como Inglaterra (el clásico “país de tenderos”) o aun que nuestro país está en la “clase media” del mundo, lo que en el “concierto de las naciones” debería significar que no somos Bélgica, pero tampoco somos el Congo Belga.

Tanto entrecomillado y la perogrullada al divino botón, porque ciertamente no somos Bélgica ni el Congo Belga, aunque jamás estuvimos ni cerca del primero, que es industrializado, y nos parecemos cada vez más a este último, que es premoderno. El problema no está tanto en las comparaciones a nivel internacional, sino más bien en la dinámica y en la lucha de clases en el plano local. Al afirmarse simbólicamente en la “clase media”, el argentino está cometiendo dos errores. El primero es que se desentiende de su clase social real, se desclasa y se torna aun más vulnerable a la explotación, porque deja de contar con la solidaridad de clase que podría protegerlo. El segundo error es ubicarse en un lugar inexistente, porque la mal llamada “clase media” no existe más que como una aspiración. En una palabra, la “clase media” donde el argentino piensa que está no pasa de una entelequia.

Lo que nuestra colonización pedagógica nos oculta a nosotros, que somos los colonizados, es esa condición de entelequia. La colonización pedagógica nos enseña que la “clase media” existe y que prácticamente todos estamos en ella, salvo en un extremo la oligarquía terrateniente y los muy, pero muy crotos que viven bajo los puentes, en el otro. Pero la verdad es que solo pueden existir dos clases sociales en el régimen de propiedad privada de los medios de producción, transporte, distribución y comunicación. Por una parte, está la clase de los que poseen esos medios y son, por lo tanto, dominantes; por otra, la clase de los que no tenemos la propiedad de nada de eso y somos los subalternos. No hay nada en el medio, no se puede poseer y no poseer a la vez, no se puede tener “un poquito nomás”, ser “más o menos” rico. Uno es propietario del gran capital, manipula el sistema entero y vive de la explotación del trabajo ajeno, o no es propietario, vive de su trabajo y es explotado todos los días por los primeros.

Una hipotética “clase media” sería entonces el lugar de los que no poseen los medios de producción, transporte, distribución y comunicación, pero tampoco trabajan. ¿De qué vivirían esos seres fantásticos? Dada la imposibilidad de obtener ingresos sin explotar ni ser explotado —que es una imposibilidad fáctica—, la “clase media” estaría en un limbo y tendría que vivir de aire, pagar sus cuentas con aire, comer aire.

No obstante, aceptemos por un momento la existencia de una clase media real, sin comillas, que estaría conformada por los intermediarios entre el gran capital y el trabajo: los empresarios de mediano porte, los gerentes de las grandes corporaciones, los especuladores del mercado financiero que se hacen llamar “inversionistas”, los rentistas inmobiliarios y toda esa gente que tiene ingresos muy elevados aun sin poseer directamente los medios de los sectores clave de la economía de un país. Aun admitiendo la existencia de esa clase media intermediaria y real, la pregunta subsiste: ¿Qué tendría que ver con eso el piojo resucitado que se hizo la casa con un PRO.CRE.AR o todavía paga alquiler? ¿Cómo hacer entrar en esa categoría al que, si no se levanta temprano todos los días a trabajar, desaparece del mapa en cuestión de semanas y meses? El problema no se esfuma con el advenimiento de una clase media real, porque el trabajador efectivamente trabaja y vive del fruto de ese trabajo, que en casi todos los casos se da en forma de salario. Y sigue siendo la enorme mayoría en esta y en cualquier sociedad.

El país burgués, pero sin burguesía

Argentina es un país de “clase media” porque en este país las mayorías trabajamos, aunque pocos queremos ser culturalmente identificados como trabajadores. Existe en nuestra cultura de sociedad no industrializada una fuerte asociación entre “trabajo” y “pobreza”, además de una valoración muy negativa de esto último. Dicho de otra manera, ser trabajador en Argentina es ser pobre y ser pobre es feo. Esos valores, como todos los demás, tienen raíces históricas. A la nobleza española en tiempos de la invasión y colonización de América le estaba prohibida la “indignidad” del trabajo, que estaba reservada a los negros, a los indios y luego a los criollos sin hidalguía. Más adelante, al no industrializarse ya siendo independiente, el país no pudo formar una “working class” en los moldes de Occidente. No había suficientes obreros para hacerlo y los trabajadores nunca fueron clase social, sino chusma, algo que empezaría a modificarse —siempre de modo incipiente, porque la industrialización nunca llegó— recién con el advenimiento del peronismo a mediados del siglo XX.

Pero ya era tarde. La relación simbólica entre trabajo, pobreza e indignidad ya estaba muy bien instalada en el sentido común, donde sigue firme hasta los días de hoy. Esto resulta en lo que veíamos, en una multitud de piojos resucitados a los que la sola mención de “clase trabajadora” le produce ojeriza. El sentido común del americano en general, pero más fuertemente del argentino en particular, ubica hoy a cualquiera que sepa leer y escribir, tenga un teléfono celular y poco más en una loca “clase media”, que es donde tiene que estar la “gente”. La sola vista de alguien que no esté en harapos y sepa portarse “normalmente” en público es suficiente para ubicar a ese individuo en una “clase media” en la que entramos casi todos, desde el empresario pyme y el rentista propietario de decenas de inmuebles hasta el cadete de rotisería que terminó la escuela secundaria en un FINES de barrio. La “clase media” es lo bueno y todos queremos estar ahí para ser como la “gente”, no como los negros villeros, que por lo visto no son de “clase media” y tampoco son gente.

Esa tara con la “clase media” puede ser fácilmente corroborada en lo empírico: salga ahora mismo el atento lector a hacer su propia miniencuesta sociológica en cualquier barrio y pregunte a los individuos que viven de su trabajo simplemente a qué clase social pertenecen. Es una encuesta de pregunta única y no tarda nada. El lector verá, ya sin espanto, que la mayoría no titubeará al responder y se ubicará de manera asertiva en la “clase media”. Pueden ocurrir algunos casos aún más raros, los de aquellos que preferirán ubicarse específicamente en la “clase media baja”, este engendro que los medios de difusión de los ricos instalaron para contener al individuo que está desocupado y vive de prestado en la casa de algún pariente, pero de ninguna manera puede pronunciar las palabras “pobre”, “trabajador” o “popular” para referirse a sí mismo y se coloca simbólicamente en esa “clase media baja”, que es una aberración y un instrumento de desclase social, como decíamos.

Al realizar la encuesta que proponemos el atento lector será, al igual que nosotros, un sociólogo del estaño, es decir, un sociólogo de la microsociología que Arturo Jauretche aprendió apoyándose en los viejos mostradores de los bares, que estaban hechos de ese metal, y que se ejercita en el cotidiano. El lector va a encontrarse entonces en su encuesta de microsociología del estaño con lo siguiente: los casos que ocurren de manera apenas residual o directamente nunca ocurren son los de respuesta correcta, es decir, los casos de trabajadores con autopercepción de clase social trabajadora, popular, subalterna, etc. Los que abundan son los que la sociología marxista denomina “de falsa conciencia”, de individuos cuyas ideas sobre el mundo no se corresponden con sus condiciones reales de existencia y, a veces, están en frontal contradicción con ellas. En otras palabras, el atento lector se va a encontrar con mucho “pobre de derecha”, con cualquier cantidad de trabajadores que se ubican en la mal llamada “clase media” porque comparten los valores de los ricos, pero comprenden perfectamente que no les da nafta para ser ricos, entonces se separan simbólicamente de los demás trabajadores para desclasarse y ser carne de cañón de las clases dominantes en el sistema.

Desclasarse para ser devorado

Esto suele ser más fácil de lo que parece y, sin embargo, muchos no quieren comprenderlo. El trabajador que se ubica en una “clase media” irreal se desclasa y deja de defender sus intereses reales, que son intereses de clase subalterna. Al colocarse en la “clase media”, el trabajador deja de percibirse a sí mismo como subalterno y a la vez deja de ver al dominante como tal: el lugar de la “clase media” es fuera de la lucha de clases, es la negación de las clases sociales y de la contradicción entre ellas. El rico ya no es explotador y el pobre tampoco es explotado, somos todos argentinos y tenemos que tirar para el mismo lado. Acá empieza a trasladarse la cuestión del desclase social a la coyuntura política específica de nuestro país.

Como decíamos, esto es muy fácil: al desclasarse, el trabajador se desentiende de los intereses de su clase social, precisamente porque cree pertenecer a otra clase. Como esos intereses ya no son suyos, tampoco suyas son las contradicciones que puedan llegar a tener con los intereses de las clases dominantes. El lector sabrá perdonarnos las redundancias, pero esto no se explica de otra manera, salvo si es en primera persona. “No soy pobre ni rico; no soy explotador porque no me da el cuero para serlo, pero tampoco soy explotado porque soy de clase media y ya estoy salvado. Entonces esas cuestiones de lucha de clases, si es que existen, me tienen sin cuidado: soy neutral”, dirá el piojo resucitado y desclasado, con la soberbia que es característica del ignorante. Y de ahí a empezar a simpatizar con los ricos estamos a un pequeño paso.

En efecto, eso fue lo que se vio materializado en esas multitudes de porteños que tomaron las calles de la Ciudad de Buenos Aires en el año 2008 para reivindicar al “campo”, que “somos todos”. ¿En qué momento podrían convergir los intereses de una oligarquía terrateniente parasitaria con los de una “clase media” que, además, es urbana? En ningún momento. La oligarquía está convencida de que no le debe nada a la sociedad y que puede disponer de la producción de sus campos sin declararla y, claro, sin pagar los impuestos sobre esa producción. La “clase media”, por su parte, no tiene ni siquiera una maceta en el balcón y depende de la actividad económica del país —que a su vez existe si los ricos contribuyen pagando impuestos— para mantener su estilo “clase media” de vida, que está fundado sobre el consumo. Vemos aquí cómo funciona en la práctica la “falsa conciencia” enunciada por Marx, que es cuando la cosmovisión de un individuo o grupo de individuos no se corresponde y está en contradicción directa con sus condiciones reales de existencia.

Cuando nuestra “clase media” tomó las calles para exigir que el Estado quitara las retenciones a la oligarquía terrateniente, lo que hizo fue darse un tiro en el propio pie. Sin las retenciones a las actividades agropecuarias y mineras, el Estado se desfinancia y no puede cumplir sus obligaciones. Pero el Estado no es una empresa, no suele declarar la quiebra y tiene formas de buscar los recursos necesarios para seguir existiendo, por ejemplo, recaudando de otros. Ahora bien, si la oligarquía terrateniente y la clase dominante en general no pagan, y si solo existen dos clases sociales en pugna, ¿qué clase va a poner de su bolsillo los recursos necesarios para que el Estado siga funcionando? Sí, aumenta la presión tributaria sobre los trabajadores, que a raíz de eso consumen menos y la economía se enfría, para que la mal llamada “clase media” no pueda sostener su propio nivel de vida y vaya al descenso, a vender los muebles para comer y después a juntar cartones en un carro, como en el 2001.

Cuando el trabajador se desclasa y se coloca en una inexistente “clase media”, entonces deja de ver en las clases dominantes el enemigo. Lo más probable es que empiece a proyectarse en los ricos y luego a simpatizar con los ricos, a medida que se distancia simbólicamente de los pobres y los empieza a odiar. El desclase no es una cuestión meramente simbólica: el trabajador devenido en “clase media” va a ser funcional a los intereses de los ricos y va —el problema es así de grave— a oponerse furiosamente a cualquier intento de organización política de los trabajadores. Al acercarse ideológicamente a la clase dominante, el trabajador de “clase media” se acerca asimismo a su expresión en la lucha política, que es la derecha. Se pliega a sus marchas, se identifica con sus discursos, apoya sus golpes o vota sus listas.

El actual gobierno neoliberal ganó las elecciones del año 2015 en Argentina con el voto de millones de trabajadores desclasados en “clase media”, trabajadores que empezaron a mirar a los ricos con simpatía y a odiar a los “negros vagos subsidiados”, es decir, a todos los demás trabajadores. Empezaron a odiarse a sí mismos. A partir de ese auto-odio y de ese voto desclasado, el enemigo de los pueblos pudo imponer su propio gobierno de clase dominante y decretar como una de sus primeras medidas la eliminación de las retenciones a la actividad agropecuaria y minera, lo que cayó como una bomba atómica sobre las finanzas del Estado argentino. Desde entonces, los ricos pagan cada vez menos impuestos, porque gobiernan y acomodan las cosas como mejor les convengan, y el Estado se sigue desfinanciando. Para no quebrar, va confiscando una por una todas las cosas que les pertenecen a los trabajadores y llega ahora a las tarifas de los servicios que la “clase media” —por haberse llenado la casa de electrodomésticos, electrónicos, calefactores, estufas y demás chiches adquiridos durante el gobierno nacional-popular— paga más que nadie. Cuando esa confiscación no alcance para tapar el agujero fiscal, el gobierno de los ricos confiscará otra cosa y así sucesivamente, hasta llegar a la confiscación de los ahorros que la “clase media” desclasada tiene en el banco para diferenciarse de la “negrada chusma”, esa que gasta todo lo que gana porque “no sabe ahorrar”. Un final de caja negra que la sociedad conoce muy bien por haberlo vivido en más de una oportunidad.

Dicen que, al ser confrontado con una escala de 0 a 100 en la que 0 representa el más miserable de los pobres y en 100 está el más millonario de los ricos, el individuo desclasado de “clase media” se ubica automáticamente en 50, es decir, justo a mitad de tabla. Pero eso es un delirio. Tanto por ingresos como por capacidad de resistir a las “crisis” periódicas del capitalismo, el trabajador que se cree de “clase media” estaría en un nivel 2, 3 y, con toda la furia, en 4 ó 5 dentro de esa escala de 0 a 100. Y es solo cuestión de tiempo para que venga una de esas “crisis” y el desclasado retroceda los casilleros que había avanzado durante el gobierno nacional-popular, yendo a parar otra vez entre la “chusma” que tanto odia y de la que jamás pudo, puede ni podrá separarse de hecho. Los ricos son siempre muy poquitos y no admiten el ingreso de arribistas y otros tontos que, al comprarse su primer automóvil cero kilómetro en un plan de ahorro, se ilusionan con algún día sentarse en la mesa de la oligarquía.

Es necesario destruir en la cultura la quimera de la “clase media”, que está en la base del ciclo perverso de saqueo tras saqueo del conjunto que el rico lleva a cabo de tiempos en tiempos, con la ayuda y la complicidad de los trabajadores desclasados. Mientras el trabajador siga en su falsa conciencia de no entender que es subalterno y no va a dejar de serlo al adquirir un automóvil, un electrodoméstico o un inmueble, no podrá identificar al verdadero enemigo. Las clases dominantes en el sistema son un enemigo poderoso, son dueñas de todo e incluso de la capacidad de manipular a los subalternos, para desclasarlos e imponer con su ayuda gobiernos con marca de clase —de su propia clase— y así legitimar el saqueo. Nuestro discurso debe cambiar, el discurso de nuestros dirigentes debe cambiar: no se trata de elevar a nadie a una “clase media” que no existe, sino de llevar la dignidad a los hogares de clase popular hasta que no exista más la burda noción de que un trabajador es un pobre. Cuando logremos eso, estaremos listos para luchar juntos por la eliminación de las clases sociales y la igualdad plena, que son la utopía y que sirven para eso, para caminar, como decía Eduardo Galeano.