Uno de los enigmas más grandes de la actualidad de nuestro país puede resumirse de la siguiente forma: si todos (o por lo menos la mayoría) tenemos recuerdo de cómo fue el estallido del 2001 y estamos viendo que la cosa va hoy en la misma dirección, ergo, que la cosa va a explotar más temprano que tarde, ¿por qué siguen las mayorías en el molde esperando pasivamente que eso suceda? ¿Qué hace el argentino promedio que no sale a detener esta locura de bonos, canjes, blindajes del FMI, deuda, inminentes corralitos y estallidos sociales antes de que se concreten en tragedia?

Queda ahí formulada la cuestión, que es el enigma propiamente dicho. Más de uno se ha preguntado por qué y ha arriesgado las más alocadas teorías para darse una explicación. “No van a salir hasta que les toquen el bolsillo” es una de esas explicaciones.

Pero, claro, eso no es cierto, puesto que ya les tocaron el bolsillo. Para ser más precisos, les han metido las dos manos en el bolsillo y hoy el poder adquisitivo de los ingresos del argentino promedio —principalmente de los jubilados— ya es el 50% de lo que fue a fines del año 2015. En una palabra, si van a salir cuando les toquen el bolsillo, entonces ya están bastante atrasados para hacerlo y, por lo tanto, la teoría es falsa. No, el argentino no salta cuando lo perjudican económicamente.

Otras teorías versan sobre una supuesta “vergüenza” que sentirían algunos por haber votado al neoliberalismo y que eso les podría impedir que salten en defensa propia. Pero tal “vergüenza” no tendría razón de ser, bien analizada la cosa, por dos razones. En primer lugar, el voto en nuestro país es secreto y prácticamente cualquier ciudadano —salvo los amarillos más notorios, que son más bien pocos— podría presentarse en una manifestación sin tener que demostrar que no votó al “cambio”. En realidad, nadie le preguntaría nada en absoluto, en la protesta popular todos somos bienvenidos. Y segundo porque, normalmente, los más exaltados contra un gobierno suelen ser aquellos a quienes ese gobierno defraudó. Por una ley cuasi natural, los conversos serán los más fanáticos en un momento dado y la teoría del “arrepentido, pero avergonzado” no se corrobora en la realidad.

“¿Entonces qué?”, nos exasperamos. “¿Qué diablos es lo que impide al argentino promedio de poner el grito en el cielo y salir a manifestar su inconformidad con el plan económico neoliberal que amenaza con despedazar un país en cuestión de semanas?”, insistimos. Si todas las teorías formuladas hasta acá para dar cuenta de la cuestión no se corroboran con casos concretos, ¿qué es lo que realmente está estorbando?

Lo que estorba es la cultura, el sentido común. O, para ser aún más precisos, la colonización del sentido común que da como resultado una cultura individualista y egoísta. Lo que impide al argentino de salir a frenar la masacre es el “yo voy a zafar”, una idea que está muy bien instalada y que, como veremos, es profundamente equívoca.

Yo en el mundo, pero sin el mundo

Desde 1976 en adelante, se ha instalado en el sentido común del argentino una serie de ideas neoliberales cuya finalidad —desde el punto de vista de quien instala esas ideas, que es el poderoso— es la atomización de la sociedad, lo que en sociología suele denominarse la rotura o descomposición del tejido social. De una tradición de solidaridad con fuertes vínculos sociales entre los individuos, la sociedad argentina fue mutando en un rejunte de individualidades en el que cada cual se ocupa únicamente de sus propios asuntos como si nadie más existiera ni importara.

La expresión última y el símbolo del “no te metas, algo habrán hecho” de la dictadura cívico-militar-mediática es el automovilista furioso frente a un piquete. “Estos negros de mierda cortan el tránsito y no dejan circular a la gente. ¡Qué vayan a laburar, manga de vagos!”, vomita el hombre o la mujer al volante, sin pensar ni siquiera un instante en que, probablemente, el piquetero que corta el tránsito lo hace justo porque no tiene trabajo. Por lo demás, la diferenciación entre “piquetero” y “gente” es ya todo un clásico, allí donde el individuo egoísta cree sinceramente que la “gente” es nadie más que uno mismo.

A raíz de dicho adiestramiento en la ideología neoliberal que ha tenido lugar en nuestro país durante las últimas cuatro décadas y más, el argentino promedio es hoy un individuo atomizado, separado de la sociedad y opuesto a ella. El producto o resultado del adiestramiento neoliberal es un sujeto que está desvinculado simbólicamente del destino del grupo al que, de hecho, pertenece y nunca deja de pertenecer. Dicho de otra manera, lo que el poderoso logra con la generalización del individualismo es una multitud de sujetos escindidos social y políticamente del conjunto, aunque desde luego, en la práctica, económicamente, sigan vinculados y solidarios con el grupo y dependan de la suerte de este para realizarse, para vegetar o para hundirse.

Cuando el sujeto incorpora y naturaliza la idea de que está solo y es independiente respecto a los demás, es natural que piense en la salvación como un acto personal. El argentino ha sido educado para no comprender que su suerte está vinculada a la de los demás argentinos y así el automovilista frente al piquete no logra comprender que el piquetero no es otra cosa que una representación suya, de sus propios intereses, al luchar en la calle para que el automovilista, por ejemplo, siga teniendo un automóvil. Toda nuestra colonización pedagógica está orientada a que no comprendamos las complejas relaciones económicas por las que la desocupación del otro hoy va a resultar en nuestra desocupación mañana, al caer el consumo y destruirse el mercado interno.

Como el sujeto individualista no ve esas relaciones, no relaciona la prosperidad o la desgracia del otro con las suyas propias, no ve que si los demás están bien él también probablemente lo estará y no ve, por supuesto, que si los demás se hunden es solo cuestión de tiempo para que él también se hunda.

Eso es, básicamente, el pernicioso concepto de “meritocracia”: todo depende de mi esfuerzo personal y el contexto es irrelevante. Nos han hecho creer que la suerte o la desgracia es resultado únicamente de los dotes y acciones de uno mismo, lo que en la realidad fáctica jamás se verifica.

El siguiente es un diálogo con un maestro mayor de obras “meritócrata” y absolutamente atomizado, y es representativo de cómo esa incomprensión hace estragos en las conciencias:

—Lo que hagan o dejen de hacer los demás me tiene sin cuidado. Yo hago mi trabajo, pago mis impuestos y no me meto en nada raro. Lo único que quiero es que no corten calles, que dejen circular a la gente y que no haya más quilombo en este país.
—Pero si cortan la calle es porque quieren reclamar por algo que no va bien.
—No me interesa, que vayan a laburar.
—Quizá justamente lo que no va bien es la parte de no tener adonde ir a laburar. ¿No lo pensaste?
—No es así. Laburo hay, solo hay que querer laburar.
—Estás muy equivocado: el desempleo existe y consta incluso de las estadísticas oficiales. Hay mucha gente que simplemente no consigue trabajo. Y si eso va en aumento, pronto te va a tocar.
—¿Qué cosa me va a tocar?
—La desocupación.
—Jaja… olvidate. Yo hago bien lo mío, siempre voy a tener laburo.
—¿Y si la economía se paraliza y no hay obras para construir?
—Siempre hay obras.
—Es cierto. Aun en las peores condiciones económicas siempre alguna obra se ve por ahí. El tema es que disminuye la cantidad de obras y muchos maestros como vos se quedan sin trabajo.
—A mí nunca me va a pasar, porque laburo muy bien y no armo quilombo, siempre cumplo.
—De acuerdo, pero aún así te va a afectar.
—¿Cómo?
—Es fácil: si disminuye la cantidad de obras, pero la cantidad de maestros sigue igual o incluso crece, porque todos los años se reciben nuevos maestros, ¿adónde crees que van a parar todos esos que no encuentran trabajo?
—En el piquete, ya lo sé.
—Posiblemente, o no. Hay gente que prefiere no salir a la calle a protestar, aunque tenga hambre. Lo cierto es que todos van a ir a formar en el ejército de reserva.
—¿En qué cosa?
—El ejército de reserva es toda la gente que no tiene trabajo y que, por lo tanto, busca trabajo. Cuando hay demasiados en esa situación, el salario de los que siguen empleados baja y las condiciones de trabajo se deterioran.
—No entiendo qué tiene que ver una cosa con la otra.
—Bueno, tiene que ver que, si yo quiero construir una obra y hay demasiados maestros con ganas de construirla, voy a optar siempre por el que me cobre menos. De modo que, para mantener tu trabajo, vas a tener que cobrar cada vez menos y resignar condiciones de trabajo. Hasta que se presente alguno desesperado que acepte trabajar por un plato comida al día.
—¿Trabajar por una comida? Nadie es tan boludo.
—No, boludo no, hambriento. Si vos no tuvieras para comer, ¿qué harías?
—No es así.
—¿Qué harías?
—Eso no va a pasar, es ilegal contratar gente por un plato de comida.
—Ilegal hasta que pase la reforma laboral que Macri quiere aprobar en el Congreso.
—¡Ah, de ahí venía la mano! Vos me estás hablando de política.
—No, no… ¿Política? ¡Para nada! Desocupación, mercado interno, ejército de reserva y reforma laboral son asuntos de ballet clásico…
—No me gusta la política.
—¿Y si en la política destruyen el mercado interno y el empleo nacional se va al diablo? ¿Y si aprueban una reforma laboral por la que laburar por un plato de comida sea legal?
—No me importa, que hagan lo que quieran. Yo hago mi trabajo y pago mis impuestos al día. No me meto en nada raro.

Como se ve, toda la argumentación había sido al divino botón. El amable y cumplidor maestro de obras seguía encerrado en los términos de “meritocracia” de su colonización pedagógica, sobre la que dará trompos y trompos de manera indefinida. Ese individuo, como muchos otros, ya es irrecuperable para la vida en sociedad y este es el peso real de cuatro décadas de triunfo de la ideología neoliberal en la sociedad argentina.

¿Quién realmente se salva de este naufragio?

Hay individuos que realmente están desvinculados del grupo en un sentido económico, pero ninguno de ellos es maestro mayor de obras ni trabajador a secas. En realidad, los que no dependen de la prosperidad general para ser prósperos son muy poquitos y no viven del trabajo: son los ricos, una ínfima minoría que, en esta posmodernidad, advirtieron en la timba financiera el modo de eludir la actividad económica productiva como fuente de ingresos y a los que, por lo tanto, literalmente les resbala el destino del país.

La única condición de la que dependen los ricos para ser cada vez más ricos es que la sociedad no esté organizada alrededor de un proyecto político determinado. Para que la timba financiera siga siendo el refugio de los capitales que los ricos ya no vuelcan a la agricultura, a la industria y al comercio es necesario que no exista un poder político dispuesto a ponerle límites a esa timba financiera y poner bajo la lupa el origen de las fortunas. He ahí el propósito neoliberal en la rotura del tejido social: el evitar que la sociedad forme lazos de solidaridad que conduzcan a la organización política para la defensa común de los intereses de las mayorías.

Toda esta vuelta nos hace caer en el mismo lugar, que es el de la importancia fundamental de la batalla cultural sobre el sentido común y las subjetividades. En control de los medios de difusión, los ricos vienen ganando esa batalla cultural “por afano”, como suele decirse, al colonizar pedagógicamente las subjetividades y manipular el sentido común para que haya desorganización social y política. La atomización de los individuos en la “meritocracia” y el egoísmo asegura que nunca podrán esos individuos aunar fuerzas para defender sus intereses colectivos.

Ahora mismo estamos en vísperas de un naufragio y casi todos somos capaces de advertirlo de antemano, aunque pocos somos los que luchamos para evitarlo. Las mayorías lo esperarán pasivamente y lo sufrirán en carne propia cual se tratase de un misterioso designio sobrenatural. Las mayorías nos hundiremos en ese naufragio, pero unos pocos van a salvarse. Ninguno de ellos es trabajador, ninguno pertenece a la mal llamada “clase media” automovilista que insulta a los piqueteros. Los que se van a salvar de este nuevo naufragio de un país que ha naufragado demasiadas veces son los tenedores de BOTES, el nuevo bono que el gobierno neoliberal acaba de colocar en el mercado y que ha sido adquirido por los ricos, por los mismos que nos dicen todos los días en televisión que todo depende de un esfuerzo personal y de levantarse temprano todos los días. Justo ellos, los ricos y los poderosos, que no conocen el esfuerzo personal porque son herederos y nunca se han levantado temprano para cualquier cosa que no sea una actividad deportiva, un viaje o placer.

Ellos no se hunden porque tienen los BOTES, es cierto. Pero los tienen porque el sentido común del argentino cree firmemente que los han adquirido con el fruto de su esfuerzo y de que eso, por lo tanto, está bien. La batalla es cultural, siempre lo fue. Y la están ganando ellos por goleada.