Empecé la carrera de Profesorado en Historia ya pensando en pasarme a la de Comunicación Social. Promediando el primer cuatrimestre de cursada, me enamoré de la carrera y abandoné la idea de cambiar al periodismo. Al llegar al tercer cuatrimestre volví a enamorarme, esta vez de la docencia. Esa pasión por enseñar Historia se fue consolidando por todo lo que quedaba hasta recibirme.

Conseguí entonces trabajo en un colegio privado y me dediqué a aplicar todo lo que había aprendido en la facultad. Hacía modelos, análisis de fuentes, debates, etc. Trabajé con los más variados materiales: películas, fotografías, dibujitos animados, cómics y muchos otros. Algunos de esos materiales los pagué de mi propio bolsillo, además de fibrones para el pizarrón, cartulinas y fotocopias.

Un buen día, el colegio dejó de pagarnos los salarios. Pasábamos semanas implorando por un vale para salir del paso. La comida en casa escaseó y mi nombre fue a parar al Veraz.

La directora del colegio desapareció por un mes y más. Ningún aviso, ninguna noticia. Cuando finalmente dio la cara, fue para decir que no había dinero en caja para pagarnos. Las excusas vinieron con sutiles amenazas:

—Si van a la Justicia contra el colegio, no van a cobrar, nos dijeron en una reunión con todos los docentes presentes.

Pero yo no podía abandonar a los chicos. Había empezado con ellos un proyecto y ellos respondían muy bien, sus evaluaciones eran excelentes. Me sentía plena en mi vida laboral.

Pero la desesperación iba en aumento y las noches de insomnio empezaron a ser frecuentes.

Tras pasar tres meses sin cobrar, no aguanté más y renuncié. Me despedí de los alumnos entre lágrimas, intentando yo misma contener las mías. Cuando fui a comunicarle mi renuncia a la directora, recibí un insulto como respuesta:

—Está perfecto. Pondremos a otro docente en tu lugar, me dijo, mientras hojeaba una pila de currículos. Vos y tu trabajo son descartables, agregó.

Aun así, mi ética predominó y les dejé todo en impecable estado: los informes debidamente hechos, las notas de los alumnos registradas. Nada quedó abandonado.

Durante todo el mes siguiente me la pasé llamando a la directora y yendo al colegio a cobrar mis salarios impagos. Directamente dejaron de atenderme el teléfono y prohibieron mi ingreso al edificio.

Inicié entonces una demanda laboral.

Ante el juez, la directora hizo presentar un recibo falso con una firma que no era la mía. Yo nunca había cobrado ese dinero, nunca firmé ese recibo. Y se lo dije al juez, que dictó sentencia.

El recibo falso fue aceptado como verdadero y mi causa fue cerrada allí mismo. Perdí tres meses de trabajo y mi dignidad profesional.

Esto es lo que hay. No existe el diálogo entre el trabajador y el patrón. No existe la justicia para la clase trabajadora. No existe nada más que la incertidumbre.

El docente también tiene una vida personal, también paga las facturas de los servicios, también tiene que comer. El docente trabaja en el aula y fuera del aula, en casa preparando el material para las próximas clases.

No es ningún favor el pagar los salarios. Es obligación del patrón hacia el empleado.

No vuelvo más a las aulas, me niego a ser humillada así otra vez.

Hoy me sepulté a mí misma profesionalmente y estoy elaborando el duelo. Hoy murió una docente.

Solo me queda ver cómo hago para pagarle al abogado.

Esta es la reforma laboral de mierda que tenemos.

Por Emanoele Meireles