Hay que ir directo al grano: el poder le ha encontrado finalmente la vuelta a la movilización de la sociedad que el gobierno nacional-popular había logrado desde el 2008 en adelante. Consciente de que es imposible desmovilizar a los cientos de miles de jóvenes que se han interesado por la política en los últimos años, el poderoso llegó a la conclusión lógica de que lo mejor aquí es no oponerse a esa fuerza descomunal —que además no puede ser reprimida por la fuerza—, sino precisamente utilizarla, canalizarla y dirigirla hacia objetivos que no sean la conquista del poder el Estado por las clases populares y trabajadoras.

Como decíamos, desde el lock-out patronal del año 2008 en adelante el proyecto político nacional-popular supo convocar a todo un sector numeroso de la sociedad al debate, resolviendo en gran parte el problema de la despolitización del argentino, que había sido característica desde la última dictadura cívico-militar-mediática. Después de tres décadas de un juego político reducido a la politiquería y restringido a las camarillas de los dirigentes, el kirchnerismo abrió el cauce e hizo entrar la ciudadanía a la discusión. En una palabra, el kirchnerismo empoderó a la sociedad y, una vez que eso ocurre, es muy difícil volver a un estado anterior. El que ya se involucró en algo difícilmente deja de involucrarse en eso, sino que probablemente esté cada vez más involucrado a medida que mejor entienda la cuestión.

En términos concretos, lo que el proyecto nacional-popular hizo fue abrir una auténtica caja de Pandora para los que estaban cómodos en el lugar de dirigentes de una masa amorfa. Al despedirse del cargo de presidenta, Cristina Fernández lo puso en palabras en el célebre discurso ante una Plaza de Mayo que estaba desbordante: “Dejo un país cómodo para la gente, pero incómodo para los dirigentes”.

A partir de entonces somos cada vez más los argentinos que discutimos y argumentamos, que queremos saber de qué se trata. Ese es el nivel de movilización popular que había sido destruido a sangre y fuego por la dictadura entre 1976 y 1983. Y, como se ve, para volver a un estado general de inercia en una sociedad que está en movimiento es necesario nada menos que un genocidio. El poderoso, que ya había llevado a cabo aquel genocidio para desmovilizar, lo sabe. Pero en esta modernidad opta por manejar la situación con menos fuerza bruta y más inteligencia.

Canalizar y dirigir la fuerza

El manejo de la situación por la inteligencia y no por la fuerza radica en la evolución de la derecha en nuestro país. Y no es que esa derecha haya evolucionado como pretende un José Natanson, es decir, hacia una derecha “moderna y democrática”. La evolución de la derecha se da en su capacidad de comprender mejor la sociedad y poder así calcular los costos de cada movida. El uso de la inteligencia sobre la fuerza brutal de la represión para el control social no tiene nada que ver con que la derecha argentina sea hoy menos genocida que hace cuatro décadas. Tiene que ver con que la derecha argentina comprendió que es más barato sin sangre.

“No podemos desmovilizarlos, salvo que los reventemos a palos”, habrá pensado la derecha en 1976. Y eso resultó, como ya sabemos, en un genocidio. Para el saqueo de un país entero era necesario que los pueblos no se opusieran a ese saqueo y, por lo tanto, el plan neoliberal de Martínez de Hoz no cerraba sin represión. No cerraba sin genocidio.

Al comienzo del actual ciclo neoliberal, todo parecía indicar que la historia se repetiría y que el ajuste no podría cerrarse sin represión. En efecto hubo represión, aunque no generalizada ni en los mismos niveles que en 1976. Esa represión masiva iba a llegar necesariamente a medida que la situación económica y social se degenerara a raíz del ajuste neoliberal. Esa degeneración llega ahora, a dos años y medio de la asunción del gobierno neoliberal.

Pero el poder le encontró la vuelta. El poder nos está encontrando la vuelta a nosotros.

Si no es posible desmovilizar a la sociedad argentina sin sangre y la sangre tiene un costo demasiado alto, porque pronto suspende la aplicación del proyecto que vinieron a aplicar, aquí solo sirve la paz de los cementerios, como diría Galeano. Y eso se logra canalizando la fuerza de la movilización hacia cualquier parte, menos al núcleo central del problema, que es la cuestión de quienes se van a quedar con la mayor parte del ingreso nacional.

Así es como los intelectuales orgánicos de las clases dominantes llegaron a la conclusión de que la movilización de la sociedad debe seguir y debe ser enorme, cada vez más grande, siempre y cuando no se acerque a los privilegios de las clases dominantes.

¿Cómo se logra eso? Abriendo el cauce para que la sociedad discuta todas las causas justas que quedaron pendientes en el gobierno nacional-popular y dejarlas que ocupen la totalidad de la agenda pública. Así, el aborto legal, seguro y gratuito —causa justa y necesaria si las hay— se convierte de un asunto de salud pública en una épica de género pocas veces antes vista. Le sigue la separación de Estado e Iglesia, cosa que si bien es necesaria va a canalizar la fuerza del grueso de la militancia a otro asunto que no está ni cerca de poner en tela de juicio el asunto de la redistribución de la riqueza nacional.

Pronto saldrán la legalización de la marihuana y otras causas más, todas con su grado de justicia, a canalizar la militancia. Todas causas, reiteramos, con su grado de justicia, pero ninguna con el grado de justicia necesario para hacer justicia social mediante la transferencia progresiva del ingreso nacional desde los más ricos hacia los trabajadores. Ese tema no se toca.

Claro que el militante de estas causas nos dirá, como nos han dicho muchos ya: “Puedo militar el aborto, el Estado laico, la marihuana y mil cosas más sin perder atención de lo otro”, pero eso no ocurre en la práctica. Lo que sí ocurre en la práctica es una canalización de la militancia hacia una secuencia interminable de asuntos sociales pendientes donde ninguno de ellos es sobre pesos y centavos. Lo que ocurre en la práctica es que el militante se calza un pañuelo, siente y vibra con la épica, llena las calles y el statu quo no cambia: los ricos siguen siendo cada vez más ricos, mientras en los barrios el hambre cunde y los trabajadores estamos cayendo sin escalas hasta el preperonismo de la Década Infame. Y están hipotecando un país en las mesas de la especulación financiera apátrida, en el FMI y en las garras de las corporaciones.

Todas las causas son justas, pero para lucharlas es preciso tener la panza bien llena y hoy, en este naufragio, hay una gran parte de nuestra sociedad que no la tiene. Ese sector social oprimido y subalterno, hambreado, pide a gritos que la militancia haga algo y que de ese algo advenga un nuevo ciclo de gobierno nacional-popular que calme las urgencias de quienes no están comiendo todos los días.

Los militantes del aborto legal, seguro y gratuito del Estado laico nos hablan de empatía. Y nosotros nos preguntamos: ¿Para cuándo un poco de empatía con las clases más postergadas, donde la diferencia entre la vida y la muerte para muchos es la que va entre un gobierno nacional-popular y uno neoliberal?

El gobierno neoliberal tiene que caer y tiene que caer ya. Pero no lo hará mientras siga canalizando la fuerza de la militancia y marcando la agenda. Y probablemente no caiga en el corto ni en el mediano plazo, aunque seguiremos denunciando sus movidas.