El error más frecuente y usual en el proceso de análisis de una manipulación fue, es y probablemente será el ubicar los orígenes de esa manipulación en el manipulador. Como una actitud casi automática, lo que suele hacerse es ponerse el foco sobre el dominante para explicar las causas de una dominación, invisibilizando en el intento el rol que juega el manipulado en la generación de las condiciones para su propio sometimiento. Esta descripción, que suena a tecnicismo sociológico, puede resumirse en que la reducción de las relaciones de fuerza en la sociedad a las categorías binarias y prosaicas de “víctima” y “victimario” entierra al subalterno —la presunta “víctima”— en un estado de sumisión todavía más profundo. Al ser manipulado y subalternizado por un poder y una manipulación que le son totalmente ajenos, porque todo es siempre obra exclusiva de quien manipula, de quien domina, el de abajo queda de una vez y para siempre maniatado en la cuestión. En otras palabras, si nada de eso depende de uno mismo, entonces uno mismo no tiene nada que hacer con eso. Y la manipulación sigue, como cosa cuasi natural, como un mandato determinante de la naturaleza ante el que no existe otra opción más que resignarse.

Pero existe la autocrítica como método para liberación. Existe la posibilidad de buscar en uno mismo las características intrínsecas sobre las que el dominante funda las bases simbólicas de su dominación y manipula, finalmente, al subalterno. Y existe la posibilidad, por supuesto, de modificar esas condiciones para terminar con la manipulación. De eso trata el presente artículo: de ver en nosotros mismos, a modo de autocrítica, las falencias sobre las que el poderoso pivotea para someternos.

El régimen dicho democrático inspirado en el modelo burgués occidental que rige en Occidente, pero mucho más aquí en las colonias del llamado “tercer mundo”, tiene ciertas características que parecerían no variar en el tiempo ni en el espacio. Una de esas características es el afirmar la garantía y el fomentar la libertad o el derecho de los individuos y grupos de individuos para expresar sus opiniones (siempre y cuando no sea cosa de opinar sobre la cuestión de pesos y centavos, que es donde está el poder real indiscutido). Hecha esa excepción y a primera vista, no habría nada más justo y más noble que eso, que la libertad de uno o de unos para dedicarse a hablar de lo que mejor les parezca. Según el prejuicio liberal bien instalado, eso sería uno de los pilares de la misma democracia, es decir, la libertad de cada cual para hacer o decir básicamente lo que le venga en gana.

La ingeniería social para la manipulación de individuos y grupos responde a los intereses de un poder con capacidad para desplegar dicha ingeniería. No es nada nuevo, aunque se aplica en los últimos años con cada vez más fuerza y, a la vez, deja al descubierto los hilos del manipulador a medida que avanza.

En términos culturales, esa confusión frecuente entre libertad y libertinaje que el liberalismo occidental impuso mucho más en las colonias de América Latina que en los países centrales viene teniendo serias consecuencias en la formación del ser nacional en latitudes como la nuestra. Si bien el ser argentino como expresión auténtica y definida está aún en pleno desarrollo y sería imprudente arriesgar denominadores comunes para afirmar que de un modo general somos de tal o cual manera, es posible hacer algunas acotaciones para llegar a buenas conclusiones. Por ejemplo, la de que el argentino es culturalmente liberal, para empezar. Y si acotamos aún más y hablamos de los individuos ubicados en los sectores medios de nuestra sociedad —del argentino de la mal llamada “clase media”—, podemos afirmar también que ese argentino es ya ultraliberal y que detesta que le digan qué puede o no hacer, de qué cosas debe o no hablar. Al recibir una directiva, el argentino de “clase media” tiende a empecinarse en hacer todo lo opuesto, lo que se verifica en la popular figura del “contreras”. En una palabra, nos encanta llevarles la contra a otros y muchas veces sin más motivos que el desoír una indicación o simplemente para hacer lo que “se nos cante”. Esa es nuestra idea o ideal deforme de “democracia”.

“El argentino es jodido”, nos decía un uruguayo radicado en este país desde hace décadas. “Para que haga algo, tenés que decirle que haga todo lo contrario”, concluía. Esa percepción es uno de los resultados de la colonización pedagógica liberal que terminó instalando entre nosotros la zoncera de “libertad” como “a mí nadie me manda ni me dice qué hacer, decir o pensar”. Y de nuevo, vista de un modo superficial, esa característica particular podría fácilmente confundirse con rebeldía. Pero hay que observar más allá de lo superficial para verificar que el argentino no es rebelde, porque allí donde el argentino no percibe que le están dando una orden explícita, sino una “sugerencia”, el argentino hace, dice y piensa exactamente lo que le mandan. Y encima creyendo firmemente que eso es lo que quiere. El arte de transformar al rebelde en un manso cordero mediante la manipulación de lo que el rebelde cree que son sus propias ideas es lo que seguiremos viendo a continuación.

¡Mi causa o muerte!

Una de las derivaciones del proceder anteriormente descrito es el fanatismo. Al ser “libre” respecto de los demás para hacer y decir lo que le dé la gana en cada momento, el argentino tiende a aferrarse con, digamos, mucha fuerza a sus convicciones personales. Y tiende a hacerlo con cada vez más fuerza a medida que todos los demás hacen exactamente lo mismo. Para enfrentarse a la disidencia generada por esa multiplicidad de individuos oponiéndose unos a los otros mutuamente, lo que hace el argentino promedio es lo más natural que puede hacer cualquier ser humano en posición defensiva: juntarse con otros que sostengan las mismas ideas y cerrar filas ante la posibilidad de cualquier crítica o disidencia externa, las que serán entonces interpretadas como ataques del enemigo o herejías, si vinieran desde otros con ideas similares, pero no coincidentes del todo. Esta descripción del proceder fanático que nos es una característica común no necesita de mucha sociología para corroborarse. Con tan solo un poco de observación sociológica del estaño veremos con qué facilidad nos fanatizamos por cualquier futilidad. Las rivalidades entre seguidores de bandas de rock y de pop, el “no me importa lo que digan los demás, yo te sigo a todas partes” de los cuadros de fútbol —donde va a aparecer incluso la defensa violenta de los ideales propios contra la causa ajena—, la locura de los hinchas del automovilismo local por corporaciones como Ford o Chevrolet, locura que ignora hasta el carácter imperialista de esas marcas. En todas partes y sobre todo en las nimiedades van a aparecer indicios del comportamiento fanatizado que se quiere describir y, al mirar la foto completa, lo que se verá es un claro patrón de comportamiento lógicamente aplicable a cuestiones que no son tan fútiles.

Cuando el proceder de fanatizarse penetra y se cristaliza en el sentido común, normalizándose, el no fanatizarse empieza, en consecuencia, a ser percibido socialmente como tibieza y en la sociedad nadie querrá ocupar el lugar del tibio. Otra vez el par dicotómico operará y la tendencia será siempre, para la mayoría, el querer ocupar el lugar del fanático, que es lo propio del rebelde, del que no se deja manipular. El problema empieza en la incapacidad del fanático —que es lo más intrínseco al fanatismo que puede haber— a la hora de analizar críticamente aquello que reproduce y es el objeto mismo de su fanatismo. Como no tiene ese discernimiento y entonces no pone bajo la lupa sus propias convicciones, esas convicciones se cristalizan. Y en un mundo en el que todo está en continuo movimiento, lo que se detiene muere. Aquí, lo que no pasaba de algo anecdótico y de pequeñas riñas entre hinchas de fútbol intentando convencer al hincha rival de que su cuadro en realidad es mejor (cosa que jamás sucedió, porque la de los fanáticos es siempre una conversación de sordos) o de si el campeonato de este año lo gana Ford o Chevrolet, va a reproducirse como comportamiento en otros órdenes de la convivencia social en los que no está en juego el gusto por esta o aquella banda de rock. Cuando el fanatismo cristalizado como proceder aceptable llega al debate de ideas, que es el debate político, los resultados pueden ser verdaderamente desastrosos.

Pequeñas grietas: la tendencia del argentino a la porfía y al fanatismo se manifiesta en cada una de las nimiedades, como en el fútbol, las carreras de autos o en el rock. Allí está simbolizado el proceder típico del argentino promedio frente a distintas cuestiones y que va a reflejarse en otros órdenes de la vida.

La porfía y el fanatismo del argentino no serían más que datos para una charla de café si no existiera en el mundo un poder fáctico como el poder económico de las corporaciones. En posesión de los recursos más que suficientes para investigar y desarrollar técnicas de control social basadas principalmente en las características esenciales de los sujetos a los que pretenden controlar y controlan, las clases dominantes están dictando órdenes precisas que son acatadas y ejecutadas al pie de la letra por la mayoría de los individuos en sociedades como la nuestra. Y lo están haciendo en base a lo que nosotros realmente somos en esencia.

Lo que hicieron de nosotros

No es menos cierto que el fanatismo es útil en la política en momentos en los que el llamado “aguante” de las bases se hace necesario para resistir los embates del enemigo. Citando a Ignacio de Loyola, Fidel Castro solía decir que “en una fortaleza sitiada, toda disidencia es traición”. Acosado por el imperialismo y sus agresiones constantes, el socialismo cubano no pudo darse el lujo de admitir el disenso puertas adentro: debió evitar la implosión del campo, que además había sido minado y seguía bajo el ataque permanente del enemigo. Fue necesaria una buena dosis de fanatismo revolucionario para que los cubanos pudieran transitar los primeros años de la Revolución. No obstante, superada esa etapa de dificultad inicial, el socialismo nacional-popular de Cuba empezó a echar las bases de su organización y llevó a cabo una batalla cultural en el país para, a fuerza de argumentación y no ya de fe ciega en el futuro, convencer a los cubanos de que iban por el mejor camino. He ahí por qué contra todo pronóstico la Revolución cubana no implosionó tras la caída del Muro de Berlín, la disolución de la URSS y ni siquiera tras la siembra de Fidel. Los cubanos ya superaron hace mucho la etapa del fanatismo revolucionario e ingresaron a la fase de argumentación revolucionaria. Pese a todas las penurias económicas que Cuba padece a raíz del bloqueo económico que se le impone, el cubano promedio sigue haciendo la Revolución y no se aparta del camino. Y no porque crea en un “segundo semestre” u otra entelequia metafísica que nunca llega ni llegará, sino porque comprende muy bien la situación y, eso sí, tiene fe en el triunfo de la causa que milita con ideas. En una palabra, el cubano comprendió.

Los Pioneros de José Martí, a los que se les imparte desde su infancia la doctrina de la Revolución, han sido luego los militantes que no sucumbieron al Periodo Especial que sucedió a la disolución del bloque socialista en el Este y lograron sostener el proceso aun tras el fallecimiento de su principal líder y referente, Fidel Castro. El cubano ha abandonado el fanatismo y ha abrazado la argumentación doctrinaria, por lo que es prácticamente inmune a la manipulación del enemigo.

A partir de la asunción de Cristina Fernández como presidenta en el año 2007, las corporaciones empezaron el ataque frontal al gobierno nacional-popular de Argentina. Ya en los primeros meses de su mandato, Cristina tuvo que enfrentarse a una movida destituyente que vino en forma de lock-out patronal de la oligarquía terrateniente, lo que se conoció (mal) por el nombre prosaico de “paro del campo”. En los cuatro años de gobierno de Néstor Kirchner (2003-2007) no había sido organizada una fuerza militante propia para enfrentar y desactivar en la lucha los golpes del poder y fue necesario, sobre la marcha y con mucho apuro, convocar a la juventud. Ahí está el origen de lo que hoy llamamos kirchnerismo, que es la movilización de un sector joven de la sociedad que se encontraba alejado de la política y escéptico respecto a ella. El kirchnerismo invitó a soñar con un país distinto, es decir, invitó a creer. Y aunque no defraudó, ya que las transformaciones sociales llevadas a cabo por Néstor y Cristina fueron monumentales y resultaron en un país muy diferente al que emergiera de la crisis terminal del sistema en los años 2001 y 2002, no es menos cierto que el kirchnerismo no supo, no pudo o no quiso darles a los jóvenes movilizados más que una mística militante. Una vez superada la intentona golpista de los sectores de poder en el año 2008, Cristina retomó la iniciativa y colmó al pueblo argentino de derechos y conquistas sociales típicas de un gobierno peronista. Desde las oportunas estatizaciones de Aerolíneas Argentinas e YPF, pasando por el fin de la estafa de las AFJP y llegando a los programas sociales de mucho éxito, como la Asignación Universal por Hijo, el gobierno nacional-popular de Cristina Fernández supo realizar profundas transformaciones en la matriz social del país. Lo que no supo hacer fue transmitírselas a la militancia que crecía sin parar, para que esa militancia fuera capaz de argumentar ese progreso en ideas y encauzarse en ellas. Lo que el kirchnerismo no supo hacer fue adoctrinar a los propios en una doctrina nacional-popular, quizá por un cierto pudor progre y liberal que subyace, según el que adoctrinar es de fascistas. Y así fue formándose la militancia kirchnerista en la mística de Néstor y Cristina, pero sin muchas ideas más allá de eso. Los jóvenes aprendimos todas las canciones de militancia de memoria y las hemos entonado una y otra vez, hemos copado calles y plazas con banderas y color, pero nunca fuimos capaces, por ejemplo, de explicarle al ciudadano de a pie, al vecino no militante, la diferencia entre un proyecto de país nacional-popular y uno neoliberal y neocolonial.

La movilización de la juventud, que le dio una bocanada de aire fresco a la política argentina, simbolizada por el nacimiento de La Cámpora. Esta es la fuerza propia con la que Cristina no pudo contar durante el lock-out patronal del año 2008 y que fue formándose en lo sucesivo, con enorme presencia en todo el país. Los jóvenes militantes se fanatizaron con la causa de la justicia social y fueron fundamentales para el sostenimiento en el tiempo del gobierno nacional-popular, pero nunca recibieron la doctrina peronista necesaria para transitar los tiempos difíciles sin perder el rumbo y caer en el progresismo desorientado.

Pero no, adoctrinar no es un método fascista. Para subsistir, todas las ideologías habidas y por haber deben adoctrinar en sus ideas a sus militantes. El cristianismo, por ejemplo, adoctrina constantemente hace siglos y gracias a ello pudo generalizarse por todo el mundo como la ideología universal en forma de religión. La cosmovisión cristiana subsiste por su reproducción indefinida basada en el adoctrinamiento constante. Por su parte, el propio peronismo sostiene que, para ser un buen peronista, es necesario formarse en esa doctrina. ¿Dónde podría estar el fascismo en la reproducción de ideas que no son fascistas en sí mismas? ¿Lo fascista son las formas o el contenido?

Las consecuencias del no adoctrinamiento de los propios no se notaron mientras existió un gobierno nacional-popular. Con la iniciativa entre manos, Cristina mantuvo encauzada la tropa mediante su presencia de conductora indiscutible y ordenadora de la lucha. Para saber cómo ponerse en cada momento, el militante debía nada más escuchar a la jefa del movimiento y allí encontraría la orientación necesaria para saber cómo pararse bien. No fue necesario el adoctrinamiento porque la doctrina la impartía la conductora todos los días, a cada acto, a cada cadena nacional, a cada discurso pronunciado. El problema surgió cuando el gobierno nacional-popular desapareció y fue reemplazado por uno de signo opuesto. De súbito cesaron los discursos, los actos, las cadenas nacionales de radio y televisión orientadoras. Cristina había pasado a la oposición y el nuevo gobierno, en poder de todos los medios de difusión y apoyado por las corporaciones, ocupó todos los espacios.

Cristina y Néstor, durante la asunción de este en el año 2003. En aquellas elecciones, el campo nacional-popular triunfó con tan solo el 22% de los votos en un país absolutamente fragmentado, arruinado y políticamente escéptico. En semejante escenario, ganar sin votos es perfectamente posible y los estrategas del neoliberalismo neocolonial lo tienen muy presente.

Entonces la militancia se vio sola y sin saber muy bien que decir ni hacer, puesto que no había recibido la doctrina necesaria para hacerlo sin contar con la orientación de la conductora. Quedaba una enorme masa de gente movilizada, sí, pero sin entender muy bien alrededor de qué cosa era esa movilización. Quedaba en la derrota una juventud pujante, fanática y herida por la derrota, con sed y hambre de justicia y —acá está el problema— sin la comprensión de cuáles eran los medios para conquistarla, sin método y sin rumbo. Quedaba una juventud a la espera de un fanatismo en el que pudiera expresarse con la convicción y la pasión que son propias del joven.

Más allá de una campaña bastante irregular en las elecciones del año 2017, en las que Cristina fue derrotada y no pudo hacerse acompañar al Senado por Jorge Taiana, fueron escasas las apariciones públicas de la conductora del movimiento. Acosada por un poder judicial adicto a las corporaciones y defenestrada por los medios, Cristina optó por preservarse y lo sigue haciendo, más allá de que se haya metido en el barro legislativo como senadora. El problema es que al preservarse Cristina deja una militancia “suelta” y, dicho con propiedad, deja una multitud de fanáticos sin doctrina y sin disciplina, a la espera de una oportunidad para reeditar los buenos días de mística militante. He ahí lo que supo leer el poder fáctico de tipo económico de las corporaciones que gobiernan a través de sus personeros: no era difícil meter entre esa multitud una cuña, desorientarla y canalizarla hacia cualquier parte. Al no tener doctrina y no contar con quien la oriente a cada paso, la militancia quedó vulnerable. Y entonces fue solo cuestión de tiempo hasta que efectivamente perdiera la brújula.

Divide y reinarás

El gobierno neocolonial comprende que, frente a la destrucción del país que viene llevando a cabo, tendrá el desafío de ganar las elecciones del año que viene sin votos. Aunque parezca ridículo, eso es perfectamente posible: el mismo Néstor Kirchner accedió a la presidencia de la Nación en el año 2003 con tan solo el 22% de la voluntad popular expresada en las urnas, gracias a una importante fragmentación de las fuerzas políticas de aquel momento —presentándose un impresionante total de 18 listas, de las que 10 obtuvieron menos del 1% de los votos y hasta la Unión Cívica Radical se animó a presentar candidato propio, Leopoldo Moreau, con patéticos resultados— y una maniobra desleal de Carlos Menem al retirarse del ballotage. Lo cierto es que Néstor ganó esas elecciones con el voto del 22% y asumió el gobierno de un país que tenía el 53% de sus habitantes por debajo de la línea de pobreza. Las circunstancias en las que se realizaron esas elecciones son muy especiales, por cierto, pero demuestran desde luego que una elección puede ganarse sin votos.

¿Qué necesita el gobierno neocolonial de Macri para lograrlo? Pues en primer lugar una monstruosa fragmentación de la política, similar o igual a la que existió tras el colapso de los años 2001 y 2002. Para ser más precisos, lo que las corporaciones necesitan es que se separen los que hoy están unidos y, una vez que lo hagan, que vuelvan a escindirse tantas veces como sean posibles. Para ganar las elecciones del 2019, Macri o María Eugenia Vidal (u otra carta que tengan bajo la manga y aún no hayamos visto) necesitan que se presenten muchas listas, muchos candidatos, y que el voto popular se fragmente todo lo posible para ganar con el apoyo de su núcleo duro, que podría llegar a superar un 30%. Según estos cálculos, de realizarse un ballotage contra Cristina Fernández, el poder considera que será posible elevar el rechazo a esta candidata hasta niveles muy altos con la activación del aparato mediático y una buena estrategia en las redes sociales. Hasta a Nisman harán jugar. Sea como fuere, lo importante es fragmentar el campo del enemigo y luego generar un “efecto Le Pen” similar al que Menem tendría en caso de presentarse a la segunda vuelta en el año 2003, con el 70% del padrón volcándose hacia Néstor Kirchner para elegir el “mal menor”.

Entonces existen dos maneras de desarticular el campo opositor y fragmentarlo sin apelar directamente a su descabezamiento. La primera es enloquecer su base social y confundirla, haciendo que termine optando por otros candidatos. La segunda es desorganizar su militancia y neutralizarla para que no pueda hacer lo que debería hacer, que es justamente orientar a los electores.

Vista de la Plaza Mayo el 9 de diciembre de 2015, a despedirse Cristina de la presidencia de la Nación. A partir de ese momento, la militancia kirchnerista quedó a la espera de una mística para mantener viva la llama. Y esa mística, esa épica llegó, pero sin ninguna relación con el proyecto político nacional-popular.

Todo lo anterior son cálculos electorales sobre un escenario que aún no está planteado ni mucho menos, por supuesto. Pero no todo se reduce al voto, a las elecciones, porque todavía está el otro aspecto de la cuestión y es que se hace necesario gobernar mientras tanto, es decir, aquí y ahora. Es preciso gobernar favoreciendo los intereses de una pequeña minoría de privilegiados, que son los ricos, sin que las mayorías, que somos los sectores populares y medios, hagamos un verdadero “aluvión zoológico” que termine por abreviar el gobierno neocolonial. La transferencia de ingresos desde los trabajadores hacia los ricos debe implementarse todos los días, puesto que ese es el propósito ineludible de un gobierno de ricos, el favorecer a su propia clase social. Entonces hay que aplicar tarifazos, hay que despedir gente, hay que achicar el Estado, hay que flexibilizar el trabajo hasta condiciones de semiesclavitud, hay que hacer que los precios suban muy por encima de los salarios y cada vez más, hay que reprimir puntualmente aquí y allí y encarcelar a algunos opositores, hay que destruir el ingreso del trabajador y hay, claro, que hacer caja para la campaña, por lo que no puede faltar la buena y vieja corrupción, una especialidad de los que en política llevan bien en alto la bandera del “honestismo”. Hay que hacer todo eso y mucho más evitando la rebelión popular, manteniendo la “paz social” para que no haya un estallido y, de nuevo, el proceso de transferencia de ingresos se detenga antes de completarse. El asunto es cómo demonios se hace eso, porque hablamos de un equilibro muy complejo y delicado.

Sin doctrina y sin la orientación cotidiana de su conductora, la juventud militante se deja llevar por la épica de las causas cuyo debate va siendo habilitado por el poder con iniciativa para marcar la agenda. Así, en vez de apuntar y canalizar su fuerza militante contra el neoliberalismo neocolonial, la militancia vuelca su pasión a otras causas justas (como la ley de aborto legal, seguro y gratuito) y a otras de escasa importancia relativa (como la separación del Estado y de la Iglesia). De presionar al gobierno de los ricos, pasamos a arrojar piedras y bombas molotov contra la Catedral, ubicando al enemigo donde el enemigo no está.

El poderoso tiene en claro desde siempre que, salvo en caso de terremoto o erupción volcánica, la población civil no sale a la calle espontáneamente. Sin importar las condiciones objetivas de existencia del momento, los trabajadores no militantes en general no van a salir de sus casas si no son directamente “invitados” a hacerlo. Aun en hecatombes sociales, económicas, políticas e institucionales como la tormenta perfecta que golpeó a la Argentina en diciembre del 2001, de no haber sido por la organización de sectores políticos y de los movimientos sociales, el estallido no hubiera llegado jamás. La fuerza que actualmente detenta el poder político en Argentina sabe que eso es así y sabe que con un buen blindaje mediático y el consenso con algunos sectores de la política, de los sindicatos y de los movimientos sociales es suficiente para evitar el “aluvión zoológico”. Entonces queda un solo escollo por sortear: la militancia díscola del proyecto político antagónico, que en este caso es la militancia kirchnerista. ¿Cómo lograr que esa militancia no salga incendiar todo el país para exigir que, por ejemplo, el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional sea debatido en el Congreso, donde ciertamente será rechazado de plano por ruinoso para el país? ¿Cómo evitar que esa militancia haga lo que había jurado hacer al despedir a su referente máximo en una Plaza de Mayo desbordada, allá por diciembre de 2015, que es cuidar la Patria y la unidad nacional-popular? En realidad, nada de eso es imposible y ni siquiera es difícil de hacer. Si los recursos necesarios están disponibles, es fácil. Solo es una cuestión de manipulación.

La ingeniería social

Cuando los individuos piensan, dicen y hacen lo que un poder superior quiere, puede decirse que esos individuos están manipulados. Pero para que lleguen a creer que además son libres al hacerlo, para que funcionen a la perfección como una máquina en la que los engranajes no comprenden que lo son, es necesario un sistema. Y dicho sistema surge de una ingeniería social cara y compleja, pero perfectamente accesible para los que nada es caro y lo complejo es una cuestión de tiempo. Esta es la ingeniería social que el poder aplica desde siempre y que está llegando al cenit de su existencia al avanzar hacia su propósito fundamental que es la descomposición de construcciones políticas tradicionales para reemplazarlas por un gobierno de las corporaciones, central y a la vez invisible.

Decíamos al comienzo de este artículo que la manipulación del argentino se funda en el conocimiento cabal que el manipulador tiene de lo que el argentino realmente es: un porfiado y un fanático, o por lo menos un individuo con fuerte tendencia a la porfía y al fanatismo. Los casos para corroborar esta teoría los va a encontrar tanto en el campo del enemigo como en el suyo propio, porque si bien la militancia kirchnerista es fanática y no acepta argumentar más allá de sus propias convicciones, lo mismo ocurre con los que popularmente llamamos hoy, con cariño o quizá no tanto, “cabezas de globo”. Son innumerables los casos de individuos a los que el neoliberalismo neocolonial ha llevado a la ruina y que, no obstante, siguen brindando su apoyo incondicional a ese gobierno y declarando que volverían a votar sus candidatos en las elecciones del año que viene. Porfía y fanatismo de una parte y de otra, lógicamente, ya que tanto en un lado de la grieta como en el opuesto hay argentinos que están constituidos básicamente de la misma madera y que han sido “educados” (más propiamente, adiestrados) para pensar y actuar de la misma forma. Entonces el método para manipular a unos y a otros no puede ser sino el mismo, a saberlo, pivotear sobre su porfía y darles un fanatismo del que puedan fanatizarse y que les permita dormir tranquilos por la noche con sus propias conciencias. Esto se dice aquí de un modo brutal, es cierto, pero la verdad es que, desde el punto de vista de un individuo que además se ha formado en una cultura liberal de egoísmo, al fin y al cabo, solo se trata de estarse bien uno con uno mismo y tener la sensación del deber cumplido. No hay ni habrá autocrítica más profunda que esta, en la que empecemos por reconocer que el otro nos tiene sin cuidado y que hacemos siempre mucho más por nuestras propias conciencias que por cualquier otra razón.

Las nuevas grietas de nosotros, con fanáticos de una y otra parte. Militantes católicos rezan en una vigilia a la Catedral, mientras reciben el agravio y el acoso de grupos feministas radicalizados. Como el que no quiere la cosa, el poder con su ingeniería social genera hasta conflictos religiosos allí donde esos conflictos no existían, atrayendo hacia esas nimiedades la atención de la sociedad y canalizando también la fuerza de la militancia. Aquí está el germen de lo que serán los enfrentamientos entre populares cuando la Iglesia Católica active su tropa contra el proyecto de separación del Estado y la religión y esa tropa entre en conflicto con la militancia de los pañuelos. Enormes posibilidades de que extraviemos el rumbo.

El poderoso es sin dudas el más egoísta de todos los que sobre el mundo respiramos y es, además, el que instaló en primer lugar esta cultura que prioriza el “yo” sobre el “nosotros” y muy por encima del “ellos”. Es decir, conoce el paño a la perfección, lo ha puesto él mismo. El poder está allí desde siempre y en gran parte ha determinado lo que somos, por lo que sabe muy bien de qué se trata y nos manipula en consecuencia partir de eso que somos en realidad.

El pañuelo de la causa por la separación entre la Iglesia y el Estado, que finalmente será de color naranja. Atento al éxito de la campaña por el aborto legal, seguro y gratuito y a cómo esa campaña atrajo cual imán a casi toda la militancia del campo nacional-popular, el poderoso comprobó que con una buena consigna y una insignia de bajo costo, de uso corriente —como es el pañuelo—, podría utilizar virtualmente cualquier causa para canalizar la fuerza de la militancia hacia fuera de la discusión fundamental y, de paso, hundir a la sociedad entera en discusiones secundarias. Si la Iglesia no se baja y no acepta el proyecto pasivamente (y poco probablemente lo hará, por supuesto), va a embarrar toda la cancha transformando la cuestión en un debate sobre la moral privada y la religión de cada individuo y los resultados no serán muy buenos para el conjunto.

En el caso de los llamados “cabeza de globo”, el fanatismo que se les brinda ya es harto conocido: es el fanatismo del odio, la porfía del anti. Años de bombardeo mediático orientado a pintar un demonio sobre la figura de Cristina Fernández y hacer la imagen de los peronistas y los kirchneristas como una banda delictiva capaz de robar, matar, violar y todo lo que se pueda imaginar. A partir de la instalación de esas ideas en el sentido común de ese sector de la sociedad, es fácil manipularlo con la dicotomía y “sugerirle” —recordemos que no puede haber una orden explícita— que, por oposición, la única alternativa es el neoliberalismo neocolonial que del 2015 a esta parte viene representándose en Macri. Eso fue efectivo en las elecciones del 2015 y del 2017 y, aparentemente, sigue siendo efectivo hasta el día de la fecha. Para que “no vuelvan más”, hay muchos que están dispuestos a sacrificar hasta la dignidad y ese es el núcleo duro con el que el oficialismo actual cuenta para el 2019.

Ahora bien, el fanatismo del odio y la porfía del anti no sirven para satisfacer a los militantes de campo nacional-popular, jóvenes con genuina voluntad de cambio y progreso que no suelen enroscarse mucho odiando en el tiempo. Aquí hace falta más que eso, son necesarias causas que mantengan viva la llama de la militancia y de la transformación de la realidad. Como diría Salvador Allende, ser joven y no ser revolucionario sería una contradicción hasta biológica y la militancia kirchnerista, compuesta básicamente de jóvenes, quiere hacer la diferencia, quiere sentir la satisfacción de cambiar el mundo. La militancia kirchnerista necesita causas nobles por las que luchar, causas que vengan en el sentido de reparar las injusticias del mundo. Eso es lo que el poderoso entendió y, al entenderlo, comprendió también que debe sacrificar algunos de sus peones (ya que no tiene convicciones que sacrificar) para salvar al rey y a la reina. Hay que entregar algunas banderas históricas de la derecha conservadora y ponerse el traje de progre para darle a la militancia del enemigo lo que esta necesita y evitar así que salga a militar por aquello que realmente es inconveniente para el poder, la cuestión de fondo, el acuerdo con el FMI, el deterioro de las condiciones sociales, la entrega de la soberanía y de la Patria toda. En una palabra, para evitar que la juventud vuelva a involucrarse en esa que es la cuestión de pesos y centavos, en la que se define quién va a comer y quién va a morirse de hambre en esto que alguna vez llamaron “el granero del mundo”.

La diputada del bloque neoliberal y neocolonial, Silvia Lospennato, pañuelo verde y puño en alto a lo revolucionario, tras su emotivo discurso favorable a la aprobación de la ley de aborto legal, seguro y gratuito en Diputados. El gobierno muestra la punta de su estrategia: presentar una cara progre en cuestiones que no tengan que ver con el manejo de la economía para desorientar a los militantes del campo nacional-popular. ¿Quién querrá militar contra un gobierno que habilita e impulsa con sus diputados y senadores debates progresistas que habían sido postergados y cajoneados durante el gobierno nacional-popular?

La ingeniería social va a establecer el sistema por el que cada engranaje de la compleja máquina funcionará finalmente de una manera determinada y no de otras. Esa manera de funcionar es la que el poderoso quiere, pero los engranajes deben pensar que hacen lo que quieren, porque de otro modo harían lo opuesto. La ingeniería social que hacen las clases dominantes hoy en Argentina no pretende detener lo que ya está en movimiento, pues eso sería muy difícil o directamente imposible en el corto y mediano plazo, sino hacer que eso se mueva dentro de unos cauces y hacia otra dirección. Entonces surgen en el horizonte de la militancia las causas justas que habían sido postergadas durante el gobierno nacional-popular: la ley de interrupción voluntaria del embarazo o aborto legal, seguro y gratuito; una separación de Iglesia y Estado que aún no define muy bien sus formas, alcances y límites; alguna reivindicación ecologista que no afecte los intereses de los grandes exportadores de soja ni de las corporaciones mineras; quizá la despenalización del consumo de marihuana. Las banderas sagradas de la vieja derecha van a caer una a una de la mano de esta nueva derecha, que va a habilitar su discusión y es nueva porque comprendió que todo eso es irrelevante para unas clases dominantes que ya viven segregadas del resto de la sociedad. Esta derecha es nueva porque entendió que lo único realmente importante para su propia reproducción es concentrar la riqueza y que, para hacerlo, es necesario sostener el poder político en el Estado o tenerlo condicionado, de mínima. Si para sostener esa posición hay que entregar viejas banderas que más tienen que ver con convicciones morales y/o religiosas pasadas de moda, pues la nueva derecha con aspecto de progre las entregará y la militancia kirchnerista, que debió estar ocupada en desalojar al actual gobierno neocolonial, se fanatizará con cada una de ellas y las militará con toda la pasión que se merecen mientras el gobierno sigue intacto y cumpliendo todos los compromisos asumidos con los ricos.

La guerra civil en Yugoslavia, fogoneada por los que pivotearon sobre causas étnicas y religiosas que habían estado dormidas, hizo implosionar toda una construcción política de siete décadas y fragmentó el territorio de ese país en seis pequeños Estados (donde algunos de ellos siguen en proceso de fragmentación hasta hoy). Ninguno de esos países por separado tiene hoy la capacidad de resistir los embates de las corporaciones. El término “balcanización” hace referencia a la destrucción de esta unidad nacional-popular y es el desiderátum de las potencias dominantes y de sus corporaciones multinacionales.

He ahí la ingeniería social en su máxima expresión, o casi, pues todavía falta lo principal. Los intelectuales orgánicos de las clases dominantes que llevan a cabo esta ingeniería social también saben que el campo nacional-popular es muy heterogéneo, por lo que la simple habilitación del debate sobre cuestiones sensibles para la moral o la religión tiene un doble propósito. Si por una parte canalizan la fuerza de los militantes del enemigo hacia muy lejos de sí mismos, por otra tienen la propiedad casi mágica de partir en varios pedazos lo que solía ser una unidad bastante precaria, pero unidad al fin. El poder sabe que en el kirchnerismo hay básicamente de todo: progres, cristianos, peronistas de todos los colores, radicales desgarrados de su partido (que hoy es una cueva de gorilas), nacionalistas, socialistas, comunistas, movimiento obrero, feministas y hasta alguno que otro trosco, aunque de la existencia de esto último solo tenemos el rumor. El kirchnerismo, heredero político del peronismo, es un frente muy amplio en el que caben prácticamente todos y todas. Es un “catch-all party” clásico. La cuestión es que todos y todas no van a ponerse de acuerdo más que en lo esencial, que es la necesidad de un nuevo ciclo de gobierno nacional-popular. La heterogeneidad del frente es su fortaleza, claro, porque lo hace más numeroso y más rico en lo que se refiere al aporte que puede hacer desde allí a la sociedad, pero también es su mayor debilidad cuando el enemigo del frente da con la fórmula de bomba que puede hacer estallar el frente en mil pedacitos. Concretamente, no todos los kirchneristas —y mucho menos los que quieren ser peronistas a secas— están de acuerdo con la ley del aborto legal, seguro y gratuito, algo que quedó en evidencia en la sesión de Diputados que le dio a la ley su media sanción y va a volver a evidenciarse cuando el asunto llegue al Senado. Más allá de la opinión personal de cada uno de esos diputados y senadores, existe un cálculo político que deben hacer a la hora de posicionarse y eso tiene que ver con su electorado, que tampoco es homogéneo y no es igual en las zonas metropolitanas que en el interior. Otro tanto va a suceder oportunamente cuando aparezca el proyecto de la llamada separación entre Iglesia y Estado y con cada uno de los debates que vayan habilitándose. El atento lector notará que ninguno de ellos siquiera roza los intereses económicos de las clases dominantes y del imperialismo que gobierna a través de estas. Lo que el enemigo del pueblo logra al habilitar estos debates es someter el frente al sucesivo desgaste hasta que finalmente se rompa y sin poner en juego lo que realmente es de su interés particular.

Además de todo lo explicitado y sus implicaciones en lo que se refiere a cómo se va a distribuir la riqueza de un país, existe también la perspectiva que hace el poderoso a largo plazo. Aquí van a aparecer otra vez las viejas ambiciones del establishment a nivel mundial o del poder fáctico de las corporaciones trasnacionales, que es poder real del mundo. Es casi de dominio público el conocimiento de que los Estados nacionales son un estorbo en el camino de dichas corporaciones, puesto que tienden a fortalecerse en sus nacionalismos y la consecuencia es la defensa de los intereses nacionales, entre los que están los recursos naturales estratégicos que esas corporaciones necesitan extraer para que el sistema entero no colapse. Dicho de otra forma, cuando un Estado nacional es demasiado grande y poderoso, el poder político de ese Estado tiene los medios para condicionar el proceder de las corporaciones y no al revés. Un buen ejemplo de ello hoy y siempre es Rusia, un gigante y una potencia donde el nacionalismo está a la orden del día y las corporaciones no pueden hacer lo que quieran. La unidad nacional-popular de Rusia es muy molesta para el establishment mundial además porque conserva esa vieja manía heredada de la URSS de meterse en la discusión en países más pequeños que, de no ser por esa intervención rusa, serían fácilmente devorados por las corporaciones. Eso es precisamente lo que está ocurriendo hoy en Siria, por ejemplo. Por lo tanto, es un hecho que las grandes unidades nacionales atentan directamente contra los intereses de las corporaciones y, lógicamente, el objetivo de estas es destruir esas naciones.

O destruir la unidad nacional-popular existente allí, para ser más precisos. Lo que las corporaciones necesitan es fragmentarlas, balcanizarlas a la yugoslava todo lo posible y obtener como resultado su división en pequeños Estados sin capacidad de condicionar la codicia de los ricos y defender a sus pueblos. América Latina ya había sido balcanizada así y el proyecto inicial de San Martín y Bolívar de una Patria Grande terminó siendo fragmentado entre naciones con poca y ninguna diferencia cultural entre ellas. Pero las corporaciones necesitan más, ya que todavía existen en el continente unidades nacionales demasiado grandes para su gusto. Una de ellas, la principal, es Brasil. Otra es Venezuela y otra más es Argentina.

En intento de crear una guerra civil a la yugoslava en Siria ha sido, hasta el momento, frustrado por la intervención de Rusia sobre el territorio. Las potencias europeas necesitan pasar por Siria un gasoducto desde Arabia Saudita y poder así prescindir del gas ruso. En ese juego de intereses, el imperialismo introdujo el Estado Islámico y armó a los llamados “rebeldes sirios” por otra parte, en una maniobra de pinza para derrocar a Bashar Al-Assad y balcanizar el país. La operación ya dura siete años y no ha tenido éxito, puesto que la unidad nacional-popular de Siria sigue intacta, aunque deja desde luego un país arrasado por los conflictos y bombardeos.

La ingeniería social que hoy se ensaya en la fragmentación de las fuerzas políticas de los pueblos tiene por objetivo de máxima esa balcanización. La Argentina dividida a la yugoslava en seis u ocho Estados por religión, orientación política, nivel social o lo que fuere sería pan comido para la extracción de sus abundantes recursos naturales estratégicos —alimentos, combustible, agua y otros— por parte de las corporaciones y los países dichos “de primer mundo”, que son los imperialistas. En ese sentido, la introducción del odio y la intolerancia entre connacionales va a seguir escalando con esa tendencia mientras el poder fáctico siga detentando el poder político en el país y tenga así la iniciativa para imponer una agenda de temas que generen las condiciones para una eventual guerra civil con posterior secesión territorial.

He ahí lo que hoy es la tendencia y mañana puede concretarse en caso de que los pueblos no logren recuperar la iniciativa y pongan sobre el tapete los asuntos de interés común del grupo entero, de la generalidad de los argentinos sin distinción de género, religión o color de piel. La única división auténtica es la división entre clases dominantes y clases subalternas, donde las primeras juegan el juego de los poderes fácticos multinacionales —porque son y han sido históricamente cipayas— y pretenden destruir dos siglos de construcción política para entregar los recursos naturales estratégicos y la Patria toda en una bandeja de plata.

Escaramuzas con católicos, que aprovechan la ocasión para martirizarse y ganarse a la opinión pública. Las actuales actividades de una militancia a la que el poder quiere distraer y alejar del horizonte del proyecto político nacional-popular.

El militar prusiano Carl von Clausewitz decía, ya en el siglo XIX, que la guerra es la continuación de la política por otros medios. Y así, invirtiendo lícitamente el orden de los términos de un von Clausewitz, podría decirse que la política es la continuación de la guerra. Y como en toda guerra, se lucha en el campo propio y también en el campo del enemigo. Las clases dominantes de nuestro país, que son personeras cipayas del imperialismo y hoy concentran el poder económico, el poder político y todos los demás poderes fácticos salvo un sector de la Iglesia Católica, están operando con toda su fuerza en nuestro campo, que es el campo de los pueblos, de la unidad de lo nacional-popular. Su objetivo es la fragmentación del campo a través de la instalación de luchas intestinas en las que pretenden hacernos desangrar entre pares mientras el saqueo sigue a toda marcha. Ya lo hicieron en otras latitudes y también ya lo hicieron aquí en otros tiempos. El método es siempre el mismo, siempre el mismo es el modus operandi de los ricos para expoliar a los pueblos. La misma debe ser entonces la orientación de la fuerza de los pueblos en defensa propia, en defensa de su unidad nacional-popular y su joven construcción política de tan solo dos siglos, que hoy está amenazada. Eso no se logra con cada cual tomando la bandera que le parezca más justa, porque en un colectivo cada uno no hace lo que quiere, sino siempre lo que sea mejor para la preservación de la unidad del grupo. Es necesario volver a la doctrina peronista, sobre todo en lo que se refiere a la necesidad de una comunidad organizada. Es necesario hacer como decía Evita y oponerle a la fuerza brutal de la antipatria la fuerza del pueblo organizado. Solo nosotros mismos podremos hacerlo y lo haremos. Lo haremos nosotros mismos.

*Erico Valadares