Gran parte del éxito de la reacción blanca y conservadora de las clases dominantes en el sistema capitalista se debe a la capacidad de sus intelectuales a la hora de producir discursos cuya finalidad es la penetración y la manipulación del sentido en la ideología de los pueblos, principalmente mediante el manejo de las categorías que los subalternos utilizamos para expresar nuestra cosmovisión. Cuando el poder logra subvertir el sentido de esas categorías mediante un proceso de doble hermenéutica, lo que consigue es desvirtuar los contenidos de esas categorías hasta que se vuelvan funcionales a sus intereses. Así, lo que termina sucediendo es que los de abajo vamos a reproducir el discurso de los de arriba sin saberlo y además creyendo cabalmente que estamos expresando ideas propias de nuestros propios intereses, cuando en realidad estamos siendo funcionales a otros.

Eso es posible porque el consumidor de discurso no suele tener discernimiento del origen o del emisor de las ideas que consume y reproduce, simplemente se identifica con ellas y las hace suyas, sin mucha reflexión respecto a la funcionalidad de dichas ideas. Es así como los intelectuales del poder van a producir y emitir discursos que, a primera vista, serían contradictorios con la ideología de las clases a las que representan, pero que traen solapados conceptos que tienden a cristalizar esa ideología mediante su reproducción irreflexiva e indefinida por parte del subalterno. En cada afirmación de lo que parece un avance progresista y hasta revolucionario van implícitas las categorías y los contenidos reaccionarios que el poder supo introducir en el discurso con una gran sutileza intelectual.

El campo de lucha del momento es el feminismo y el feminismo es, como todos sabemos, intrínsecamente revolucionario al contestar un statu quo en el que el género masculino ha sido históricamente dominante. Es imposible para la llamada opinión pública concebir un feminismo reaccionario y ni siquiera pensar que en el feminismo puede haber postulados conservadores. El feminismo es progreso, solemos pensar, y todo lo que hace es en el sentido de mover el avispero y cambiar. Pero un rápido análisis del uso de las categorías más resonantes del feminismo actual nos dará como resultado el que sí, el feminismo puede ser muy reaccionario y hasta contrarrevolucionario cuando lo que expresa está contaminado por los intereses de los conservadores y los contrarrevolucionarios. A decir verdad, el feminismo puede ser hasta fascista si es cooptado por los que sostienen esa ideología, como veremos en este artículo.

A continuación, haremos un breve repaso de como la reacción puede utilizar y efectivamente utiliza las categorías y contenidos del programa de género para, mediante la manipulación del lenguaje, obtener un efecto absolutamente opuesto.

La empatía como  sustituto de la solidaridad de clase

Uno de los conceptos más utilizados por el feminismo de estos tiempos es el de “empatía”. Por lo que se ve en su aplicación, la categoría de empatía tiene como contenidos el que toda mujer sea capaz de empatizar con el sufrimiento de otras mujeres, aunque no se trate de su propio sufrimiento. De esta forma, una mujer que no es víctima de violencia de género debería tener la capacidad de indignarse y sentir el dolor que siente una mujer, otra, que sí ha sido victimada por la violencia machista. Este concepto es impecable y es indiscutible la necesidad de dicha empatía de género, puesto que el lugar de víctima nos puede tocar a cualquiera durante nuestras vidas y querremos que otras vengan en nuestro auxilio.

Un ejemplo reciente de la sobreposición de la empatía de género sobre los intereses de clase: las diputadas del campo nacional-popular Mayra Mendoza y Gabriela Cerruti del brazo de Daniel Lipovetzky y Silvia Lospennato para celebrar la aprobación de la ley del aborto legal, seguro y gratuito. Lipovetzky y Lospennato son arietes del neoliberalismo neocolonial en el Congreso y tienen, por lo tanto, su cuota de responsabilidad en el sufrimiento de cientos de miles de argentinos de clase trabajadora. Sin embargo, fueron beneficiados con una enorme lavada de cara al recibir el abrazo de los representantes de los subalternos, a los que Lipovetzky y Lospennato humillan, hambrean y matan todos los días.

El problema aquí empieza cuando la empatía se extiende a todas las mujeres del mundo, lo que va a incluir también a las mujeres de las clases dominantes y a aquellas que en el terreno de la política hacen el juego de esas clases para reproducir y perpetuar la dominación social. Lo que va a pasar es que vamos a empatizar con el victimario en forma de mujer tan solo por el hecho de ser mujer. Si bien está claro que la capacidad para defenderse de la violencia de género que tienen las mujeres de clase dominante ya es de por sí muy superior a la que tenemos las mujeres de las clases populares, por una cuestión de recursos tanto simbólicos como económicos, y entonces la mujer de clase dominante puede prescindir absolutamente de la empatía y defenderse muy bien sola, la cosa empieza a ponerse grave cuando la empatía se extiende a todos los demás aspectos de la vida. De tanto empatizar con cualquier mujer solo por el hecho de serlo, vamos a terminar empatizando con mujeres cuando estas no estén en situaciones de sumisión, sino más bien en posición ofensiva. Cuando una mujer de clase dominante o representante de esta en la política se presente a elecciones contra un candidato varón de las clases subalternas, la empatía va a empezar a operar de la manera que los ricos quieren que opere. La preferencia de las mujeres, por esa cuestión de la empatía, va a tender hacia esa candidata mujer y allí se logrará el objetivo que es la estafa a las trabajadoras por parte de los patrones.

El poder ya ha mostrado la punta de esta estrategia de confusión en el reciente debate por el aborto legal, seguro y gratuito que tuvo lugar en el Congreso de la Nación. Allí pusieron a una Silvia Lospennato con un discurso preparado y una actitud de sororidad que parecería no cuadrar (y no cuadra) con la idea de mundo que la derecha tiene. Lospennato es sostén en la política del proyecto que oprime a los trabajadores y trabajadoras de Argentina, pero se la vio muy sorora en su intervención y los aplausos incluso de la militancia peronista y kirchnerista no se hicieron esperar. El poder midió y tomó nota del resultado de ese experimento y concluyó que es posible vender la empatía de género en forma de sororidad para reemplazar la solidaridad de clase, que no conoce de géneros. El poder entendió que es posible presentarse con cara de mujer y así arrebatar adhesiones de mujeres a las que, de otra forma, no podría ni siquiera acceder.

Claro que Silvia Lospennato es tan solo un cobayo para estos experimentos. El aporte de Silvia Lospennato aquí es ese, el de corroborar la siguiente teoría: si la solidaridad de clase se sustituye por la solidaridad de género, la empatía y la sororidad, entonces habrá mujeres de clase popular dispuestas a apoyar y votar las listas de los ricos cuando la candidata presentada por estos sea una mujer. También es cierto que no todas las mujeres vamos a pisar este palito, que es bastante burdo, pero en política nunca el objetivo es la totalidad. Lo que el poder quiere es que una parte de las mujeres caiga en la trampa y vote contra sus intereses reales por empatía de género, por sororidad. Cualquiera sea la cantidad de mujeres —también de varones, que también los hay feministas y a veces hasta más feministas que las mujeres, ya que las ideologías no tienen género y uno las suscribe cuando cree que son justas— cooptados por esta estrategia es muy bienvenida, sobre todo anticipando que los resultados de las elecciones de aquí en más tienden a definirse por muy poquito, como ocurrió en 2015.

La única empatía y la única sororidad posibles son dentro de los límites de las clases sociales. Si esto no es así, el feminismo empieza a ser instrumento de reproducción de otras injusticias y de otras desigualdades, como la injusticia y la desigualdad social. Si el feminismo va a servir para meter en la misma bolsa a todas las mujeres y para definir que el enemigo ya no son los ricos y los poderosos, sino todos los hombres de una manera genérica, entonces el feminismo va a ser una herramienta de dominación más y la manipulación de sus categorías y principios por parte de las clases dominantes habrá sido un éxito. La feminista con conciencia de clase empatiza y tiene sororidad con la mujer de clase trabajadora, que es la verdadera víctima del patriarcado al no tener las condiciones simbólicas ni económicas para defenderse sola.

“Hermana, yo sí te creo”

En línea con una parte de la estrategia anteriormente expuesta surge el “Hermana, yo sí te creo”, lo que vendría a ser simplemente la adhesión automática de todas las mujeres a lo que sostenga una mujer, principalmente en los casos de violencia de género. Otra vez, el propósito es noble y verdadero: en un mundo donde las mujeres debemos probar que hemos sido víctimas de violencia, ya que el poder judicial tiende a relativizar el testimonio femenino, el “Hermana, yo sí te creo” vendría a paliar esa situación mediante la sororidad y la empatía. La mujer que denuncie haber sido violentada por un varón tiene la suscripción automática de todas las mujeres a su denuncia y eso alcanzaría para equilibrar la balanza y poner presión sobre el poder judicial, para que sea más justo y menos machista.

Pero aquí también está solapada la manipulación antes descrita, porque el “Hermana, yo sí te creo”, además de contrariar ciertos principios legales como el de la presunción de inocencia y puede resultar en el summum de la injusticia, que es el castigo a un inocente, presupone de entrada que todo el género masculino es enemigo de todo el género femenino, lo que es absurdo incluso por la existencia de varones feministas, como describíamos anteriormente. Enemistados así los géneros y ante cualquier disputa entre ellos, el “Hermana, yo sí te creo” va a determinar que allí la mujer siempre dice la verdad y siempre tiene la razón.

La patoteada de María Eugenia Vidal, dirigente de las clases dominantes, a unos trabajadores en Mar del Plata le valió la empatía y la sororidad de Gabriela Cerruti, quien se expresó en los términos de “mujer líder y fuerte” y afirmó respetar a la que “ejerza el liderazgo con convicción femenina”. Lástima que para la enorme mayoría de los bonaerenses gobernados por Vidal ese “liderazgo con convicción femenina” solo les haya traído hambre, pobreza o directamente miseria.

Eso es peligroso y muy peligroso, por cierto, puesto que mentir no es privilegio de ningún género y hay mentirosos y mentirosas más o menos en la misma proporción. De mínima, en los niveles más bajos de la sociedad, el “Hermana, yo sí te creo” podría habilitar a que cualquier mujer, por el motivo que fuere, haga una denuncia de violencia de género contra un varón y a este no se le dé ni la posibilidad de defenderse de las acusaciones. Con la presunción de inocencia descartada, le quedaría al varón la dura y casi imposible tarea de demostrar que no es culpable y allí hay en potencia un desequilibrio social muy grave cuando los casos se multipliquen. Pero de máxima (y acá está el objetivo de la manipulación) en los niveles más altos y en la lucha política, se torna muy fácil destruir a cualquier referente de las clases trabajadoras. Si este es varón, se le forja una denuncia por violencia de género en su contra y se lo obliga a luchar para probar su inocencia. Con un buen uso del aparato mediático y el fogoneo de los sectores radicalizados del actual feminismo para el escrache, el linchamiento está asegurado y la eliminación del dirigente en cuestión, también.

La consigna del “Hermana, yo sí te creo” apela a la emoción de las mujeres, ya cansadas de que no nos crean y de que tengamos que probar que hemos sido víctimas, de que literalmente se nos rían en la cara y nos manden a casa a ser “buenas” desde cualquier comisaría de policía, cuando no directamente desde fiscalías. Pero como principio legal y como argumento para determinar quiénes son los malos del mundo es un arma de doble filo. Al apelar a la emoción de nosotras, lo que el poder quiere es meter confusión y que no entendamos que, en realidad, lo que se necesita es una profunda reforma en el poder judicial para desalojar de allí a los agentes de las clases dominantes que justamente sostienen el patriarcado en esa institución. Lo que se necesita es paridad de género entre jueces y fiscales, para empezar. Y luego una forma democrática para su elección. Con el “Hermana, yo sí te creo”, que no podría tener ningún valor en un juicio serio, lo único que vamos a lograr en el largo plazo es catarsis. Sirve por el momento, pero debemos avanzar. Por su parte, lo que el poder logra con eso es manipular el sistema y, de paso, mantener las viejas estructuras del poder judicial que le son absolutamente favorables. Si limitamos el accionar a imponer consignas como el “Hermana, yo sí te creo” no vamos a destruir el patriarcado: lo vamos a fortalecer y lo vamos a cristalizar.

El lenguaje “inclusivo” como enemigo de la inclusión

No existe ningún problema intrínseco en el llamado “lenguaje inclusivo”. En realidad, el lenguaje en sí es resultado de un devenir histórico y se ajusta en el tiempo, según las necesidades o intereses de cada momento. No hablamos ni escribimos hoy como lo hacíamos cien años atrás y mucho menos como en el siglo XV y eso, que parece una perogrullada, tiene que ver con las deformaciones que se introducen en el lenguaje y que luego son incorporadas al propio lenguaje al ser aceptadas por quienes están en el centro del campo y detentan el lenguaje canónico en cada idioma. En una palabra, lo que hoy no es admitido por las reglas ortográficas y gramaticales de un idioma como el castellano, mañana será legitimado por la Real Academia Española y será regla, no excepción. De modo que el “lenguaje inclusivo” probablemente sea normalizado de alguna manera y se incorpore al castellano en un futuro cercano.

Pero el problema no está en la cosa, sino en el mal uso de la categoría de la cosa, que no es un uso arbitrario ni accidental. Cuando los intelectuales orgánicos de las clases dominantes construyen el discurso que será funcional a esas clases, buscan por todos los medios debilitar el discurso de los subalternos a través de la subversión, corrupción y confusión de sus postulados fundamentales. Lo que esos intelectuales orgánicos hacen son operaciones de doble hermenéutica orientadas a vaciar de sentido lo que los subalternos creemos y volver a llenarlo con un sentido distinto, normalmente opuesto al original y contradictorio en términos con este. Ese sentido con el que los intelectuales orgánicos de las clases dominantes vuelven a llenar las cosas en su doble hermenéutica es el sentido más conveniente a los intereses del poder fáctico de tipo económico, es decir, de los ricos.

Y así va a suceder con la cuestión del “lenguaje inclusivo”. ¿Qué, a quiénes y en qué sentido incluye ese lenguaje? En sus propios términos, el “lenguaje inclusivo” quiere servir para incluir en la expresión hablada y escrita a los géneros (en un sentido sexual) y para darles visibilidad a esos géneros en el discurso. Todo esto es muy progresista y valorable, puesto que la invisibilidad de lo femenino —por lo menos en nuestro idioma— es histórica. El problema, como decíamos, está en la categoría utilizada para la contención de todo eso y más específicamente en la parte de “inclusivo”, porque incluye, sí, pero no en el sentido de clase que está en el origen de la idea de inclusión social.

Más igualdad no metafórica: la Asignación Universal por Hijo (AUH) es el mejor ejemplo de igualdad social práctica en las últimas décadas en nuestro país. Gracias a la AUH —que además perciben directamente las mujeres, obteniendo así una autonomía relativa en el hogar— las familias más postergadas cuentan con un ingreso básico o piso mínimo de dignidad, garantizando la escolarización y los controles de salud de sus hijos, cosas a las que los grandes de hoy no pudieron acceder en su momento.

La inclusión social es un proceso activo que históricamente ha sido promocionado desde el Estado en aquellas coyunturas en las que las clases subalternas han tenido cierta cantidad de poder político. Ejemplos claros de esas políticas de inclusión social real en tiempos recientes son, por ejemplo, el programa Conectar Igualdad y la Asignación Universal por Hijo. La primera se llevó a cabo en el sentido de acercar la tecnología a los alumnos de las escuelas públicas, hijos de las clases sociales postergadas, con el objetivo de incluirlos a una sociedad que es cada vez más digital mediante el proporcionarles una computadora. La segunda tenía por meta, además de un ingreso o piso mínimo de dignidad a los que estaban excluidos de la sociedad, garantizar la escolarización y los controles de salud a los niños de esas familias que antes se encontraban excluidas y olvidadas. Allí estaba la utilización genuina de la categoría “inclusión”, ya que se incluía al conjunto de la sociedad sin especificar ni discriminar, por lo demás, entre hijos e hijas, alumnos y alumnas. La inclusión social es la verdadera inclusión porque incluye a todos y todas, sin hacer diferencia por género, credo, ideología o color de piel.

La mala utilización de la categoría “inclusión” en la cuestión del “lenguaje inclusivo” es, por lo tanto, esa operación de doble hermenéutica que pretende vaciar la inclusión de su sentido social y volver a llenarla con un sentido más específico, que es el de género. Lo que el poder logra, por una parte, es la sumisión de la cuestión social hasta su invisibilización, reemplazada por otras cuestiones que no hacen a la lucha por el ingreso nacional y la puja distributiva, que es una lucha de clases. Por otra parte, el poderoso calma la conciencia de muchos individuos ubicados simbólicamente en la mal llamada “clase media”, porque al tener la posibilidad de utilizar un lenguaje “inclusivo” en su expresión, consideran que hacen algo por la igualdad social y muchas veces se limitan a hacer eso.

De acuerdo con el manual, el introductor del concepto de deconstrucción ha sido el filósofo posestructuralista (posmoderno y progre a secas) Jacques Derrida. Lo que empezó como una propuesta para crítica textual, viene siendo adaptado para la deconstrucción del texto entero, es decir, de la realidad, funcional a la posmodernidad que tiende siempre a los microrrelatos.

Si vamos a pensar que es posible lograr la inclusión verdadera cambiando nuestra forma de hablar o de escribir, no vamos a lograr incluir a nadie. El avance del lenguaje debe seguir para eliminar la heteronormatividad, pero urge modificar la categoría de “lenguaje inclusivo” y volver a la denominación de “lenguaje no sexista” que se usaba anteriormente y que es más adecuada al fin que realmente se le da. No es conveniente para la gente de a pie bajarle el precio a la cuestión de la inclusión, que es y siempre será la inclusión social de todos y todas y no admite ni se puede prestar a confusiones.

La “deconstrucción”

Y para frutilla del postre hay un clásico: la deconstrucción. No hay discusión entre hombres y mujeres en las que nosotras no les pidamos a los varones que se deconstruyan, o sea, que hagan un esfuerzo de autocrítica sobre sus convicciones machistas que han heredado de una educación orientada a ese fin. Y una vez más el propósito es irreprochable. Lo que los varones deben hacer si desean vivir en un mundo más justo y estar al mismo nivel de nosotras, sus compañeras, amigas, madres, hermanas, colegas de trabajo, y no en una patética posición de superioridad que no tiene ningún fundamento lógico es poner en tela de juicio toda la educación que recibieron. Esa educación siempre fue conservadora y siempre fue misógina, y el varón debe reeducarse, es su obligación hasta moral de hombre.

Pero debe reeducarse, y no deconstruirse, puesto que aquí hay una imposibilidad importada de la intelectualidad de los países centrales y de las usinas de pensamiento (think tanks) del poder de las corporaciones. Nadie se deconstruye, sino que se recrea a partir de lo que va incorporando a lo largo de la vida y eso es lo que todos y todas debemos hacer siempre: crecer. También muchas mujeres, que son a veces más machistas que los machos, a raíz de esa misma educación retorcida.

Pero ahí no está el problema, sino que está en la idea solapada en la misma categoría de “deconstrucción”. En un momento de mucha necesidad de construcción política y social para las clases postergadas, aparece mágicamente la idea de “deconstrucción” en escena. Y se pone de moda. Todo es deconstrucción hoy en día, suena muy bien y lo queremos decir, lo queremos aplicar. Ya no hablamos de reeducación ni de autocrítica, ni de recreación, sino directamente de deconstrucción, y eso va penetrando el lenguaje y haciendo mella sobre conciencias que ya están siendo bombardeadas hace décadas por la imposición del ya harto conocido microrrelato posmoderno que el neoliberalismo instala para, justamente, deconstruir los grandes relatos de los siglos XIX y XX, que fueron los grandes relatos revolucionarios y de profunda transformación social. La tendencia pasa entonces a ser la deconstrucción, que va a resultar en nada menos que en una suerte de aberración nihilista posmoderna y en la completa apatía de los sujetos, arrojados a una pusilanimidad incapaz de construir nada en absoluto.

La cosa es más grave de lo que parece y puede verse en sus efectos, por ejemplo, sobre la militancia. Estamos más ocupados en ver cómo deconstruimos al otro que en cómo construir algo con el otro, nos detenemos demasiado en las individualidades y terminamos postergando el grupo, porque nos están haciendo entender que mientras no estemos todos deconstruidos y vueltos a las configuraciones de fábrica (lo que sería un estado anterior a la primera socialización de los primeros años), no vamos a poder marchar unidos por un objetivo común. De hecho, ya está en pleno proceso la caza a las brujas por “machitos no deconstruidos” en las filas de las organizaciones militantes. Nos han convencido de que eso es lo fundamental y no el coincidir en la necesidad de construir una patria más justa para todos y todas. Ahora queremos en nuestras filas solamente a los que hayan sido capaces de deconstruirse y estén “limpitos” de toda la educación recibida en el pasado. Invertimos mucho tiempo en determinar quién lo ha logrado y quién no, y más tiempo todavía persiguiendo y escrachando a estos últimos. Y lo que estamos haciendo es una auténtica deconstrucción, pero de la fuerza política que habíamos logrado construir para luchar codo a codo por un modelo de país inclusivo, peronista, kirchnerista, que incluya a todos y a todas como supo hacer durante 12 años entre 2003 y 2015. Nos estamos deconstruyendo como grupo al aplicar criterios de pertenencia absolutamente antiperonistas, criterios sectarios. Si para mi gusto el compañero y hasta la compañera no están debidamente deconstruidos y no piensan exactamente igual que yo respecto a las nuevas normas de conducta aceptables para los géneros, entonces los denuncio y los escracho hasta conseguir el rechazo social en su contra. Y lo que hago es eliminar a un compañero y una compañera que habían estado de acuerdo conmigo en lo fundamental. Lo que hago, finalmente, es sectarizar mi lucha expulsando de ella a los que no considero que estén en un nivel civilizatorio adecuado. Y así deconstruyo mi fuerza política al peor estilo trotskista hasta quedarme sola con mis amigas y amigos, entre los que pensamos igual en la cuestión de género.

Pero el peronismo y el kirchnerismo no son sectas y tampoco son movimientos feministas, sino que son movimientos amplios en los que cabemos todas y todos sin distinción de género, edad, creencia religiosa, color de piel ni ideas más o menos variadas respecto a cada uno de los asuntos sociales. El peronismo y el kirchnerismo no van a ser feministas, eso es un error. El feminismo debe ser peronista y debe ser kirchnerista, no debe deconstruir nada, no debe sectarizar. El feminismo peronista y kirchnerista debe construir incluso con aquellos y aquellas que no están en el nivel que uno mismo podría desear. En todo caso, se trabajará hacia el interior del movimiento para elevar el nivel cultural promedio hasta que nos parezca satisfactorio, pero no debe perderse de vista jamás la necesidad de construir cada vez más para la lucha por un proyecto de país nacional y popular, un proyecto de todos y todas adentro. Si el feminismo no hace eso, no es feminismo: es trotskismo o es progresismo berreta e intolerante condenado siempre a perecer en los márgenes de la política. El feminismo va a ser peronista y va a ser kirchnerista porque hay que lograr la justicia social. Como decía Evita, la que no necesita deconstrucción, “de nada valdría un movimiento femenino en un mundo sin justicia social”. A eso debemos ir y ese camino es el camino de la construcción de la patria.

*Romina Rocha