Quizá el más importante mérito del director Miguel Littin en su obra Allende en su laberinto (Chile y Venezuela, 2014. 90 min.) sea el haber podido relatar con verosimilitud las últimas horas de vida del revolucionario presidente de Chile Salvador Allende. Más allá de las extraordinarias intervenciones de Daniel Muñoz en el rol de Allende y de Aline Küppenheim como “La Payita” Contreras, en esta película el que más se luce es el director, quien pasa lejos de comerse la curva de la historia oficial pinochetista evitando asimismo los lugares comunes del mito que envuelve el asedio al Palacio de la Moneda ese 11 de septiembre 1973. No es tarea de las más fáciles meterse con un asunto tan delicado para las mayorías latinoamericanas y salir de ella ileso, pero habiendo contado la historia sin repetir el discurso del vencedor.

El largo Allende en su laberinto es, así, una obra de incalculable valor para el campo nacional-popular, porque además demuestra de manera lógica cómo el (mal) supuesto suicidio de Allende no pasa de una maniobra del relato de la derecha triunfante en su intento por desmoralizar a los pueblos. Un Allende suicidado sería y fue muy útil a la reacción para instalar durante décadas en Chile la idea de que la revolución se hacía con la boca, pero no se defendía con el cuerpo, aunque esta película reivindica la figura de Salvador Allende y pone las cosas en su lugar al mostrar cómo el presidente y sus colaboradores defendieron la revolución hasta el último minuto y pagaron esa valentía con la vida.

El film hace una síntesis de los hechos acaecidos durante el golpe de Estado que tuvo lugar en Chile en 1973, poniendo el foco sobre Salvador Allende en sus últimas horas antes de ser bombardeado el Palacio de La Moneda por parte de su propio ejército sublevado bajo el mando del golpista Augusto Pinochet. Aquí vemos la esencia de lo que Allende significó para el pueblo de Chile y para todos los pueblos del mundo, pero también cuál es la naturaleza de la derecha fascista de ayer y de siempre en complicidad con el imperialismo norteamericano.

Un momento clave de la trama: Allende exige que los representantes de las tres armas de Chile ante el gobierno aclaren el panorama sobre los rumores de que hay un golpe de Estado en marcha. Una constante de la película son los intentos de Salvador Allende por comunicarse con Augusto Pinochet, siempre sin éxito. Eso deja en evidencia la confianza que Allende tenía en Pinochet y que fue finalmente traicionada, con Pinochet liderando el golpe y estableciendo su posterior dictadura fascista.

Allende fue derrotado en tres elecciones hasta ganar, finalmente, en los comicios de 1970. Su gobierno duró más bien poco, aunque desde luego se puso en contra a la oligarquía chilena, las corporaciones y los intereses de los Estados Unidos en América Latina al poner en marcha profundas transformaciones sociales en un país muy desigual en el que la derecha y los ricos siempre hicieron lo que quisieron. Pese a la profundidad e intensidad de esas transformaciones propuestas y a diferencia de lo que había hecho Fidel Castro en Cuba —y de lo que el mismo Fidel le propuso a Allende para Chile—, el chileno quiso transitar el camino de un socialismo “por la vía pacífica”, confiando en que el camino hacia la paz estaría libre de armas.

Lo que nos brinda esta película es un aspecto de las reflexiones finales de un hombre que, siendo fiel a sus convicciones e ideas, entiende que no es posible confiar en la palabra de la derecha fascista porque ésta no tiene palabra, sólo propósitos a los que no renuncia sea cual fuere el costo para llegar a conseguirlos. Allende en su laberinto le da al espectador la oportunidad de ponerse en la piel de un destacado prohombre de la historia de América Latina, uno que vino a cambiar la historia de los subalternos y que pagó con su vida el costo de ponerse al frente de una revolución socialista que hoy sigue viva en las ideas que sembró con su ejemplo.

“Aquí no se trata de reformar un sistema inhumano, se trata de destruirlo. Lo que construyamos, en cambio, pueda ser manejado por cualquier campesino, por cualquier obrero, por cualquier estudiante. Ese es el fondo del pensamiento”. Y es esa la clave para comprender dónde se para el hombre para hacerle frente al laberinto en el que él mismo se metió, por querer hacer la revolución con un gobierno desarmado y un ejército preparado y apoyado por el imperialismo para matar y destruir.

Allende en su laberinto no es sólo una película que recrea una situación de la historia, es la invitación a participar de la profunda humanidad y emoción de un hombre que, enfrentándose a las circunstancias que finalmente habrían de determinar su muerte, a la traición y a la desolación, no claudica en la defensa de sus ideas y al compromiso asumido con su pueblo.

La Batalla Cultural y Hegemonía recomiendan este film con cuatro estrellas sobre cinco, porque en él vive la actualidad del pensamiento de Allende —presente en cada intervención del actor que representa y le da vida a su personaje— y sirve como ejemplo concreto para el militante de que en ningún momento es conveniente perder de vista al enemigo, por más disimulado que venga presentándose. La incomunicación con el General Pinochet, que es una constante durante toda la trama y deja un mensaje claro: el revolucionario no puede confiar el poder las armas en manos de oportunistas sin convicciones en el proyecto nacional-popular. Allende en su laberinto es eso, un grito desde el fondo de la historia a un presente y a un futuro que necesitan tener bien en claro que no tener en cuenta que la reacción del poder está en todas partes, incluso dentro de las filas propias, se paga con muerte y destrucción para las mayorías populares, siempre. La película es un llamado de atención y es material obligatorio para todos los que queremos construir un mundo mejor y más justo, que es posible, pero no se logra pidiendo permiso.

*De la redacción