Si aún viviera, Pablo Neruda cumpliría hoy inverosímiles 114 años. Neruda fue un poeta, un militante de la causa de los pueblos y un amigo de Salvador Allende, a quien sirvió como funcionario en su gobierno revolucionario. Neruda murió en 1973, a pocos días del golpe de Estado de Pinochet contra la revolución socialista en Chile. Las causas de su muerte siguen generando controversias.

Pero más allá de la efeméride, esta nota no es sobre Neruda. Es sobre nosotros mismos, es sobre cómo nos han programado para que deconstruyamos toda una tradición cultural popular y volvamos a empezar de cero, sin héroes, sin mártires y sin doctrina, como alertara Rodolfo Walsh allá lejos y hace tiempo.

El asunto no es complejo ni requiere demasiada introducción. Se resume en la capacidad intelectual que tienen las clases dominantes para destruir de tiempos en tiempos el cúmulo de logros culturales de las clases subalternas. Lo que el poder siempre hizo y no es ninguna novedad es meter cizaña allí donde debió haber concordia en la solidaridad de clase, con el objetivo de que nosotros mismos hagamos el trabajo sucio de liquidar el patrimonio acumulado de sabiduría, aprendizajes, íconos y símbolos de lucha. En una palabra, el poder utiliza y manipula a los frenéticos entre nosotros para que desde sus vanguardias iluminadas pongan en tela de juicio todo lo que nos es propio a los pueblos, que es lo nacional-popular en un sentido amplio.

Durante años el poder estuvo intentando ensuciar la imagen de Pablo Neruda para seguir ensuciando la de Salvador Allende, pero sin éxito. Mientras el poderoso más machacaba, más los pueblos veíamos héroes y mártires en los Neruda y los Allende. Y, en consecuencia, más llevábamos sus nombres como bandera, como capital simbólico para la lucha presente. El ataque frontal, como se ve, nunca fue una estrategia adecuada para despojar a los pueblos de sus banderas históricas, de su inspiración en forma de poesía, de música, de cultura popular.

Esto es lo que el poderoso aprendió: la deconstrucción del capital simbólico de los pueblos es algo que el enemigo de los pueblos no puede hacer, porque al intentarlo lo único que logra es agrandarlo y fortalecerlo. Esa deconstrucción la tienen que hacer los propios pueblos en la inconsciencia de lo que hacen y en la fe ciega de que, al hacerlo, están haciendo revolución.

Volver a empezar de cero

La obra de Pablo Neruda viene sirviendo de inspiración y de bandera para los luchadores populares hace décadas. En la continuidad entre pasado y presente se forma la proyección de cara al futuro gracias a que las generaciones siguen compartiendo los mismos códigos, siguen marchando con los mismos héroes y los mismos mártires a la cabeza. Así, por una cuestión de acumulación, la tendencia es que en el tiempo más y más individuos tomen conciencia de la barbarie nazi que Pinochet le impuso a Chile con el golpe a partir del ejemplo de hombres como Allende, desde lo político, y de Neruda, desde lo cultural. Si esa acumulación sigue se da aquello que el mentado Rodolfo Walsh solía decir que no se daba, es decir, que los trabajadores empecemos a tener héroes, mártires y doctrina, entonces la lucha no empezaría de nuevo una y otra vez a cada generación, separada de las luchas anteriores, la experiencia no se perdería y las lecciones no se olvidarían.

Y eso es lo que las clases dominantes necesitan romper a como dé lugar: la continuidad de la cultura popular. Para lograrlo, el poder se vale de los frenéticos, a los que usa y manipula.

Los frenéticos siempre radicalizan las causas y por eso mismo son frenéticos. Y la causa del momento es la causa feminista. Los frenéticos entonces transforman lo que inicialmente fue un proceso hacia la igualdad de género en una caza a las brujas; transforman una lucha revolucionaria contra un sistema desigual en una persecución justiciera a los machos de clase popular. Para los frenéticos, los que no se hayan deconstruido y no se hayan despojado de los prejuicios adquiridos en años y décadas de educación sexista no son dignos, por ejemplo, de decir una palabra contra la injusticia social del sistema capitalista. Si uno no está vuelto a sus configuraciones de fábrica, entonces justicia es perseguirlo, escracharlo y borrarlo socialmente.

Así es como procede la progresía frenética al servicio del poder fáctico de tipo económico: colocando simbólicamente el enemigo entre los que estamos al lado y abajo, para distraer la atención respecto de los que están en frente y arriba. En vez de concentrar las fuerzas contra las clases dominantes, lo que la militancia progresista hace es ocuparse de los machitos no deconstruidos en sus propias filas y en las clases populares.

De modo análogo, el frenesí progre ataca con el feminismo radicalizado —que es liberal, nunca popular— a los íconos culturales de las clases populares, que son esos héroes y esos mártires cuyo ejemplo de lucha necesitamos para orientarnos en la marcha contra el poder. Es necesario destruir sus imágenes públicas hasta que caigan en el olvido y la lucha vuelva a empezar de cero otra vez, sin relación con luchas pasadas.

El caso Neruda

Al parecer, en una obra póstuma (de esas que solo aparecen después que el autor haya muerto), surge un extracto en el que Neruda relata un episodio de violación en el que él mismo, Neruda, habría sido protagonista mientras fue cónsul de Chile en Ceylán, allá por el año 1929. Y este extracto de menos de 100 palabras sobre la vasta obra de Neruda es lo que toda la progresía utiliza hoy para decirnos que, al tratarse de un violador, debemos escrachar a Neruda y olvidarlo.

El extracto de Confieso que he vivido es el siguiente:

“Una mañana, decidido a todo, la tomé fuertemente de la muñeca y la miré cara a cara. No había idioma alguno en que pudiera hablarle. Se dejó conducir por mí sin una sonrisa y pronto estuvo desnuda sobre mi cama. Su delgadísima cintura, sus plenas caderas, las desbordantes copas de sus senos, la hacían igual a las milenarias esculturas del sur de la India. El encuentro fue el de un hombre con una estatua. Permaneció todo el tiempo con sus ojos abiertos, impasible. Hacía bien en despreciarme. No se repitió la experiencia”.

Aquí hay varios problemas. El primero es el anacronismo, ya que se trata de un episodio —dando por sentado que es cierto, puesto que lo relata Neruda en primera persona— ocurrido en 1929. Claro que, si aplicamos las normas de comportamiento aceptables para el presente, la cosa es grave. Pero seguimos hablando de 1929, nueve décadas mediante. Estamos ante un hecho del año 1929, cuando el comportamiento masculino relatado en esas líneas de Confieso que he vivido no solo era aceptable, sino que además era deseable. El hombre de 1929 no era del todo hombre si no iba por lo que quería en términos de deseo sexual. No es necesario ser muy inteligente para comprender la diferencia entre el mundo de hoy y el de hace un siglo, por lo que aplicar aquí los criterios morales del presente para juzgar el hecho real o supuesto narrado por Neruda equivaldría a tildar de bárbaros, por ejemplo, a los jacobinos de la revolución burguesa de Francia que optaron por el método de la guillotina para impartir justicia revolucionaria a fines del siglo XVIII y comienzos del siglo XIX. Eso se llama anacronismo, que es el medir hechos pasados con criterios que en ese pasado no existían, justamente porque son del presente.

El segundo problema es precisamente la nimiedad comparativa del hecho real o supuesto que se narra. La progresía arma un escándalo ante el relato breve de una relación sexual forzada o no consentida que, de nuevo, ocurrió hace casi 90 años, pero no se hace ningún problema ante los ricos de hoy, que no se privan de violar a las mujeres y niñas de clase popular valiéndose de su poder económico. Hace más ruido bombear a Pablo Neruda que ponerse a denunciar esas atrocidades que ocurren y siguen ocurriendo mientras el progre se ocupa de Neruda y da cátedra de deconstrucción. Por lo demás, el progre sabe que denunciar al poderoso no conviene mucho, puesto que el que se atreva a hacerlo puede terminar deconstruido físicamente, es decir, boca abajo en alguna zanja.

No, es mejor denunciar a Pablo Neruda, que ya está muerto y ni siquiera puede defenderse. Es mejor ir por la fácil y quedar como un duque ante la hipócrita sociedad: “Miren, miren qué deconstruido estoy, bardeo a Pablo Neruda”. Esto es así porque el progre se mueve por la épica, por la imagen, y de ninguna manera lucha contra las injusticias reales y actuales. La cuestión es quedar bien ante los demás hipócritas.

Esto solo está empezando y no van a parar hasta deconstruir toda la cultura popular. Algunos grupos más fanatizados ya lo están haciendo con Porcel y Olmedo, con Gustavo Ceratti y hasta con Alberto Spinetta. ¡Hasta con Spinetta se meten! Claro que están todos muertos y no pueden levantarse de sus tumbas para decirle a la progresía: “Che, paren un poco. En mi tiempo no existían estos criterios morales, existían otros”.

No van a parar, esa es la tarea para la que el poder los ha programado, es la utilización de un feminismo distorsionado y anacrónico para la deconstrucción de la cultura popular. Van a llegar a un punto en el que cualquiera de nosotros se verá obligado a consultar una lista para saber si está bien recitar un poema, escuchar una canción o simplemente reír con sketches clásicos. Cuando la limpieza esté completa, solo quedarán en el menú las boludeces enlatadas de la cultura posmoderna y los referentes culturales de las clases dominantes, que saben cuidar muy bien las formas mientras hacen barbaridades en sus vidas privadas.

Cuando el progre talibán de la posmodernidad habla de “deconstrucción” se refiere, sin saberlo, a esto: a la destrucción común y pedestre de todo lo que somos intrínsecamente, para que perdamos la memoria y tengamos que volver a empezar. El que no está pulcro no califica y así van a calificar muy poquitos, los sectarios de siempre, que no mueven el amperímetro y son la mejor garantía del triunfo de los ricos en la lucha de toda la vida.