El poderoso es hábil y viene ganando desde siempre la batalla cultural con mucha astucia, siguiendo las prescripciones de Nicolás Maquiavelo, el fundador de la política moderna. Y de todos los preceptos maquiavélicos, el que el poder más atiende es aquel que recomienda vender mucho humo y jamás consumir el humo que nos quiera vender el enemigo.

Así es como los pueblos, que no tenemos ni una pequeña parte de la astucia y de los recursos con los que el poderoso cuenta desde tiempos inmemoriales —y además hemos sido educados para pensar que Maquiavelo y maquiavélico son malas palabras, feo, caca—, no hacemos otra cosa que consumir el humo que nos venden desde las usinas de discurso e ideología que son los medios de difusión/empresas privadas.

Entre todo ese humo que fumamos a diario viene el concepto o la zoncera de la “grieta”. De acuerdo con el que postula dicha “grieta”, la sociedad argentina estaría partida en dos mitades más o menos iguales de numerosas y al interior de cada una de esas mitades habría una perfecta armonía ideológica, esto es, cada lado de la “grieta” sería homogéneo puertas adentro y frontalmente opuesto al otro lado. Sí, el famoso Boca-River, donde las contradicciones internas no existen y todos tiran a matar hacia el mismo lado, que es donde está el enemigo de toda la vida.

Pero no, la sociedad argentina (o las sociedades en general) no se asemeja a un Boca-River, sino más bien a una liga con una multiplicidad de clubes, entre los que están Boca, River y unos cuántos más. En esta metáfora futbolística, cada club es un sector determinado de la sociedad y compite con otros clubes, que son los demás sectores sociales, para lograr sus objetivos. Algunos quieren dar la vuelta olímpica, otros desean asegurar un cupo en alguna copa internacional, hay de los que pelean el descenso y también de los que están en mitad de tabla, jugando a permanecer allí nomás.

Eso es lo que comprendieron los intelectuales orgánicos de las clases dominantes, mientras por otra parte hacen circular entre nosotros la idea de una “grieta”. Por lo tanto, eso es lo que no logramos comprender en nuestro fanatismo y no solo aceptamos la idea de que existe una “grieta”, sino que además nos aferramos a ella. Es un lugar de comodidad el sentirse parte de un enorme colectivo en el que todos compartimos las mismas ideas y así prescindir socialmente de todos los que no formen en ese colectivo, que sería la otra mitad de la sociedad. “Menos mal que existe la grieta”, nos dicen algunos, “porque si no parecería que somos iguales a los globoludos”.

¿Cómo se ganan las elecciones?

Nosotros acá, aferrados a la “grieta” y discutiendo entre los que ya estamos convencidos. Al fin y al cabo, como nuestro bando es nada menos que la mitad de la sociedad, en algún momento los de en frente van a aflojar, van a sucumbir ante la dura verdad del ajuste de los ricos y triunfaremos, es solo una cuestión de tiempo. Hoy gana River, pero mañana va a ganar Boca, porque está claro que la alternancia es regla y los demás cuadros simplemente no existen.

Y lo que no vemos es que la sociedad no es así, no hay ni nunca hubo una “grieta”. Lo que hay son sectores con intereses particulares muy diversos y que pueden o no ponerse de acuerdo sobre un proyecto determinado en un momento dado. He ahí el resumen de la teoría presentada por Ernesto Laclau, fundamentalmente en Hegemonía y estrategia socialista: la sociedad está compuesta por sectores con intereses particulares y sus respectivas demandas y, por lo tanto, para que un proyecto político triunfe en esa sociedad y alcance el poder político en el Estado es necesario articular la mayor cantidad posible de esas demandas para integrar a esos sectores en ese mismo proyecto.

Así se ganan las elecciones y así es como las clases dominantes se han apropiado de Laclau, al aplicar su estrategia, pero para fines políticos muy diversos a los que el propio Laclau afirmaba perseguir.

El método de los intelectuales orgánicos del poder, con Durán Barba a la cabeza, es precisamente ir articulando esos sectores con sus intereses y demandas. A cada uno de ellos presenta una cara, un discurso, un referente, y así con todos los sectores, incluso con aquellos que para nuestro prejuicio fanático serían inaccesibles al discurso de los ricos. Y acá empieza el problema para el proyecto nacional-popular, porque sectores que podrían considerarse de adhesión automática a este proyecto empiezan a partirse y, en algunos casos, empiezan a darse vuelta.

La “grieta” es humo. Lo que realmente hay, como decíamos, son sectores con intereses y demandas particulares. Por ejemplo, el feminismo. De acuerdo a un prejuicio que viene instalándose con cada vez más fuerza, existiría una relación mágica entre el patriarcado y el sistema capitalista en la que la destrucción del primero resultará automáticamente en la caída del segundo. Eso se basa en el supuesto absurdo de que todos los que sostienen el sistema capitalista son varones y de que las mujeres son todas anticapitalistas. Es decir, una vez destruido el patriarcado e instaladas en el poder las mujeres, el sistema capitalista tocaría su fin.

Claro que eso no es así y el modo de producción no es una cuestión de género en un sentido sexual, pero la idea va ganando fuerza y eso hace suponer —una vez más, equivocadamente— que todo el movimiento feminista es automáticamente popular y de ninguna manera podría ser cooptado por el proyecto político de las clases dominantes que sostienen el sistema. En otras palabras, ese sector social cuyas demandas se describen como feministas ya estaría de una vez y para siempre alineado en un proyecto político de corte popular y opuesto radicalmente al neoliberalismo de los ricos.

El problema es que eso está lejos de ser así y más bien tiende a ser lo contrario: el feminismo a nivel mundial hoy está hegemonizado por el liberalismo y se encamina a ser un ariete del neoliberalismo de los ricos en todas partes.

Erosionar sector por sector

Si el poderoso se quedara quieto, el proyecto político nacional-popular llegaría a articular en muy poco tiempo a la casi totalidad de las demandas de los sectores sociales, simplemente recogiendo por el camino a los que se caen del sistema en cada ajuste que neoliberalismo neocolonial hace. Si el poderoso se quedara estático, insistimos, el gobierno de los ricos en un país como Argentina estaría condenado a durar pocos meses. Pero el poderoso se mueve y se mueve muy bien y rápido, y su proyecto político no solo dura mucho más que unos pocos meses, sino que amenaza en extenderse por varios periodos de gobierno en el Estado. En una palabra, mientras el atento lector lee este artículo, los intelectuales orgánicos de las clases dominantes en Argentina están preparando el triunfo electoral de Cambiemos en las elecciones de 2019.

Por una parte, esos intelectuales articulan con mucha habilidad los intereses y las demandas de los sectores con más afinidad ideológica a lo que todavía hoy llamamos derecha: el poder concentrado, el poder judicial conservador y fáctico, el ala derecha de la Iglesia Católica, las fuerzas armadas y de seguridad (que son las fuerzas del orden) y, por supuesto, todos los sectores conservadores, reaccionarios, fascistas, socialmente resentidos y atrasados de las clases populares y trabajadoras. Ese es el núcleo duro de los ricos, es lo que llamamos “el otro lado de la grieta” y desde donde no sale jamás un solo voto que no sea a las listas de los ricos, sea como fuere que se presenten en cada momento.

Por otra parte, erosionan el campo nacional-popular sector por sector, penetrando en cada uno de ellos para lograr, de máxima, la adhesión total del sector al proyecto de los ricos o, de mínima, para que no adhiera totalmente al proyecto de los pueblos. En una palabra y específicamente hablando, Cambiemos no hace entrar a sus arietes a las comisiones barriales, por ejemplo, para que todos los que viven en los barrios y en las villas voten por las listas de Cambiemos, sino para erosionar la fuerza que tendría en ese sector el proyecto nacional-popular. Ya está visto que, por lo demás, esa tarea viene realizándose con mucho éxito, porque no solo han logrado erosionar el proyecto político nacional-popular entre los sectores más vulnerables de la sociedad, han conseguido mucho más: Cambiemos gana y sigue ganando las elecciones en prácticamente todas las llamadas villas de la Ciudad de Buenos Aires.

Otro tanto hacen hoy con el feminismo en ascenso. Aprovechan la inexistencia de doctrina y el exceso de fanatismo que hay entre los militantes de dicha causa y hacen entrar a los suyos a disputar la conducción. A la vez, presentan un discurso progresista y las caras muy amigables de los referentes como Daniel Lipovetzky y Silvia Lospennato, entre otros, para ir captando voluntades hacia el interior del sector feminista, ponerse al frente de sus demandas y erosionar —de mínima— la fuerza que tendría el proyecto nacional-popular teóricamente allí.

“¿Cómo podés vivir en una villa y votar a Macri, hermano?”, nos preguntábamos, asombrados ante el fenómeno, hace unos años. Luego los resultados electorales en el tiempo fueron demostrando que en las villas votan mayormente a Macri y la pregunta se fue desvaneciendo hasta que nos resultó absolutamente natural la situación. La tendencia es que a la pregunta asombrada de “¿Cómo podés ser feminista y votar a María Eugenia Vidal?” le pase lo mismo y que, en un futuro cercano, lo natural sea ser feminista y neoliberal y ya nadie se espante de ello.

Cuando la militancia del PRO empezó a lucir aquellas célebres remeras estampadas de un Macri caracterizado como el Che Guevara y como la misma revolución, hubo “de este lado de la grieta” una mezcla de estupor, escándalo y escarnio. “Nunca van a poder instalar eso”, decíamos. La contradicción es demasiado evidente, sí, pero solo para los que la saben ver. Y la verdad es que, desde el punto de vista de un militante sin doctrina o del ciudadano de a pie que no está muy informado de estos asuntos de ideología, es perfectamente factible que se instale un referente del neoliberalismo en el lugar del revolucionario. Si ese referente milita el aborto legal, seguro y gratuito, la separación de la Iglesia y el Estado y la despenalización de la marihuana, con un poco de campaña mediática y algo de humo no va a ser difícil verlo como el mismo Che Guevara. Y eso va a ser revolución desde la óptica de las mayorías, puesto que las cosas son o no son según quien las defina. Hoy las define el poder. ¿Quiénes las van a definir mañana? ¿Quién va a decidir si revolución es el poder popular en el Estado para modificar la realidad social o si es un poco de progresismo en un país de muertos de hambre?