Cuando Cristina tuvo que enfrentarse al lock-out patronal del año 2008 y estuvo amenazada durante semanas por un golpe de Estado que parecía inminente, se prendieron todas las señales de alarma en el kirchnerismo: era necesaria una fuerza militante propia que asegurara la presencia en la calle ante eventuales intentonas golpistas del poder.

Allá por el 2008 esa fuerza no existía y fue necesario que Luis D’Elía irrumpiera en Plaza de Mayo para desactivar el intento de golpe. No había una fuerza militante típicamente kirchnerista en ese momento para copar la Plaza y forzar la retirada de los gorilas golpistas. Y a partir de ese episodio el kirchnerismo se dispuso a crear su fuerza militante apoyándose, básicamente, en la juventud, que hasta entonces no había sido convocada a la discusión política activamente.

Lo anterior es la descripción de cómo el kirchnerismo abrió por fin el cauce, las grandes alamedas, como diría Salvador Allende, e hizo pasar a los jóvenes para que se agruparan en organizaciones juveniles como, por ejemplo, La Cámpora.

La militancia atendió el llamado y se agrupó, efectivamente, aunque sería temerario afirmar que se organizó, porque una cosa es juntarse alrededor de un proyecto político determinado, pero otra muy distinta es organizarse en torno a eso.

Agruparse es juntarse con otros para un determinado fin. Organizarse, sin embargo, es unirse en la comprensión de dicho fin. Y eso se logra con doctrina.

El ejemplo más clásico de organización militante quizá sea el propio cristianismo: agrupados en torno a una doctrina cuya adopción es de carácter obligatorio, el cristianismo supo transitar varios siglos sin la necesidad de un referente único que orientara a los cristianos en cada momento. Si el cristianismo hubiera necesitado esa orientación unipersonal, no hubiera durado más allá del tiempo de vida de los Pedro y de los Pablo, que son los santos cristianos. En una palabra, sin conducción el cristianismo hubiera tenido vida muy corta y, sin embargo, la tuvo y la sigue teniendo muy larga. ¿Por qué?

Porque los cristianos han tenido desde siempre su doctrina y se los ha adoctrinado fuertemente para que supieran siempre qué hacer y qué decir en cada momento, más allá de las coyunturas y del mensaje del enemigo, de las dificultades y oposiciones, etc. Entonces los cristianos son eso, son militantes de un proyecto político y una cosmovisión universal que, aun en la ausencia de referentes, saben cómo actuar ante la adversidad y no pierden el rumbo. Y por eso el cristianismo sigue existiendo como tal.

Lo mismo no puede decirse de la militancia del proyecto político nacional-popular de los tiempos que corren, que es la militancia kirchnerista y buena parte de los peronistas. Nos hemos aprendido todas las canciones de militancia y hemos incorporado toda la mística, pero nunca nos hemos acercado a la doctrina. Y la evidencia está en la primera prueba que tuvo que enfrentar esa militancia: la ausencia de su principal referente tras la derrota electoral del año 2015. Cuando faltó la orientación diaria de Cristina, la militancia derrapó, como veremos ahora.

La falta de doctrina y adoctrinamiento

La militancia derrapó cuando se encontró sola, es decir, sin la presencia orientadora de su referente. No supo organizarse desde el llano para enfrentar en las calles al gobierno neoliberal y cuando este mismo gobierno neoliberal —cuyas corporaciones patrocinantes controlan todos los medios de difusión— ofreció distracción, la militancia tomó la distracción y se distrajo.

Todo esto va quedando claro a medida que pasan los meses y se acercan las elecciones del año 2019. En la inminencia de la gran batalla electoral, el poder optó por canalizar a la militancia hacia causas de las que no se discute el mérito, sino la temporalidad. Primero el poderoso habilitó el debate por la ley de aborto seguro, legal y gratuito, y allí fue prácticamente toda la juventud militante a ponerse el pañuelo verde y a copar las calles por un asunto que no rozaba ni de lejos el núcleo central del gobierno de los ricos, que es la transferencia regresiva del ingreso nacional desde los trabajadores hacia las corporaciones. En eso estuvimos ocupados por semanas, mientras la transferencia seguía y hasta al FMI hicieron entrar al país.

Pero, claro, la ley de aborto seguro, legal y gratuito se instala como una urgencia y no había que sacarle el cuerpo. Nos dicen que se trata de una causa popular y que, de alguna manera, sería además útil para debilitar al gobierno, aunque se esté viendo lo contrario. Les daremos la razón a los que sostienen ese argumento, por ahora.

La cuestión es que las movidas identitarias, de género, parciales o simplemente superestructurales no se detienen ni se detendrán con la ley de la interrupción voluntaria del embarazo. Ni bien esa ley se trató en Diputados y pasó al Senado para ser aprobada, el poder empezó a lanzar otras, algunas de ellas con su propio pañuelo, en un intento de arrastrar militantes desde la militancia por el aborto hacia nuevas causas. Y acá está la prueba de que la causa en sí es irrelevante y que, sea la que fuere, la militancia kirchnerista la va a tomar y hará de ella una épica: ya apareció el pañuelo naranja por la supuesta separación entre la Iglesia y el Estado.

Como Cristina no aparece para ordenar a la juventud militante, los jóvenes se quitan el pañuelo verde y se ponen el pañuelo naranja tras una movida coordinada entre los principales medios de difusión, que instalaron el debate. Y allí vamos, hacia varias semanas y meses de discusión, militantes en la calle, fracturas internas entre los que están a favor y los que están en contra dentro del mismo movimiento (porque, claro, no todos los kirchneristas y mucho menos los peronistas son favorables a la ley de interrupción voluntaria del embarazo o a la separación de la Iglesia y el Estado), más discusión, más debate, más marchas multitudinarias. Y mientras tanto el neoliberalismo sigue de pie, saqueando un país entero en plena luz del día.

¿Por qué? ¿Por qué la militancia sin conducción va detrás de los señuelos que el poder lanza a cuentagotas? Porque la militancia no tiene doctrina y no sabe qué hacer ni qué decir sin que esté Cristina para dar las orientaciones del caso.

Ahora bien, Cristina no va a vivir para siempre. Al igual que Pedro y Pablo, su tiempo de vida es limitado porque, aunque a veces no lo parezca, Cristina también es humana. ¿Qué será del kirchnerismo cuando Cristina ya no esté entre nosotros para orientarnos? La inquietud es incómoda.

El lanzamiento de la campaña por la separación entre la Iglesia y el Estado no pudo ser más burdo y evidente: fue impulsado por Clarín, La Nación e InfoBAE de modo simultáneo; fue inmediatamente apoyado por el trotskismo antipatria que en el 2015 llamó a votar en blanco y dijo que daba lo mismo Macri que Scioli; se ha impuesto como ícono de la campaña a Catherine Fulop, notoria gusana antichavista en nuestro país. Y así y todo buena parte de la militancia compró y se subió al carro. ¿Cómo puede ser posible esto?

Es posible por la falta de doctrina. Si esa doctrina existiera, los militantes sabrían de la existencia del Método Jauretche, aquel que recomienda ver qué dice el Diario La Nación (lo que se extiende hoy a Clarín, a InfoBAE y a los demás voceros del enemigo) y pararse automáticamente del lado opuesto. Si esa doctrina fuera regla y los militantes estuviéramos debidamente adoctrinados, entonces sabríamos que el trotskismo es el vulgar instrumento del imperialismo y la reacción y no nos subiríamos a ningún carro al que ya se hayan subido los troscos. Finalmente, si los cristinistas tuviéramos doctrina como los cristianos, sabríamos al instante que Catherine Fulop es una de las caras del enemigo de los pueblos y que a ese enemigo no se le da la mano, aunque parezca que tiene razón, porque en realidad nunca la tiene.

Pero no tenemos doctrina y seguimos la huella de los medios de difusión del poder, nos abrazamos con el trotskista funcional al enemigo y hasta nos solazamos con las caras agradables que el enemigo pone para representarse ante la sociedad. No tenemos doctrina y la previsión es que como movimiento tendremos vida muy corta: básicamente los años de vida que le queden a Cristina.

¿Qué proyecto nacional-popular podremos construir en tan poquito tiempo? Ninguno y más bien estamos en plan de deconstrucción y separación, que es lo que el poderoso propone semánticamente como moda. Nosotros vamos a pasar, pero el cristianismo va a seguir existiendo y el poder fáctico de las corporaciones también. Ellos sí que saben adoctrinar a sus militantes para reproducirse en el tiempo. “Como dios manda”, nos dirá un cristiano. Y con toda la razón.