En las recientes reformas propuestas por el gobierno neoliberal y neocolonial en las fuerzas armadas existe mucho ruido, mucho grito de indignación y muy poca comprensión del hecho cultural que subyace y finalmente va a posibilitar que la presencia de militares en tareas de “seguridad interna” —o sea, el despliegue de tropas al interior del territorio— sea una realidad aceptable para las mayorías. Vamos a hablar de un error, que es un error de apreciación de la realidad y que se funda en la incomprensión del otro en sus limitaciones.

Nuestro error, el de los militantes, como casi siempre, es la no comprensión del pueblo argentino y de su sentido común. Lo que hacemos es eso, gritar indignados porque los militares van a ser destinados a la “seguridad” y pueden (lo más probable es que lo sean y que ese sea el objetivo) utilizarse para la represión puertas adentro, represión sobre el mismo pueblo. Claro que el hecho es aberrante si se lo analiza teniendo en cuenta los precedentes habidos en materia de uso de militares para esos fines y también la doctrina del actual gobierno. El problema es que las mayorías ignoran esos precedentes y desconocen dicha doctrina, ni saben que hay una doctrina. No están en el tema.

En una palabra, el rechazo de nuestras minorías militantes al despliegue de las fuerzas armadas hacia el interior del país es una hermosa campana de palo para las mayorías populares.

¿Por qué? Porque las mayorías populares no solo aprueban ese despliegue, sino que además lo desean. Aunque nos duela, la verdad es que el argentino promedio desea ver militares en las calles y quiere represión por parte del Estado. El argentino promedio está educado para querer y para desear las botas y la “mano dura”. Ese es el resumen de lo que es el sentido común y que, en palabras precisas de Alejandro Dolina, en nuestro país es de derecha.

El asunto obligado del momento: el decreto del presidente Mauricio Macri alterando sensiblemente el rol de las fuerzas armadas y activando la posibilidad de que los militares realicen tareas al interior del territorio nacional, algo que no ocurría en la Argentina desde el fin de la última dictadura cívico-militar-mediática, en 1983.

Los militantes no comprendemos al pueblo y mordemos el anzuelo de suponer que todos comparten nuestra opinión sobre los militares en la calle y también conocen las reales intenciones del poder en la cuestión. Y la verdad es que eso no pasa. En realidad, solo una ínfima minoría está preocupada por el decreto de Macri. Las mayorías o bien están de acuerdo o ni siquiera están al tanto. Y ahí está el problema que en una década de gobierno nacional-popular no hemos sabido resolver: generalizar entre el pueblo argentino la conciencia de que cada vez que las fuerzas armadas salieron de sus cuarteles y tomaron las calles fue para hacer desastres que el propio pueblo luego pagó en carne propia.

El error militante

Los militantes vivimos en una suerte de microclima y formamos nuestro propio sentido común a partir de la comunión diaria con otros militantes. Al hacerlo, uno de los efectos colaterales es la pérdida de contacto con el sentido común de las mayorías, que es el sentido común propiamente dicho y no se forma en la reflexión dialéctica del debate entre pares, sino por lo que baja desde los medios de difusión y no solo a través de las noticias regulares: el sentido común de las mayorías se forma mucho más en el consumo de contenidos que aparentemente no son informativos como las ficciones (novelas, series de TV, películas y afines), los programas de la tarde de amenidades y chimento, las “mesas” de las llamadas divas con invitados que opinan y generalizan su opinión a diestra y a siniestra, montados sobre la enorme cantidad de rating que esos programas tienen. El sentido común de las mayorías es un producto del poder a través de sus medios de difusión masiva y es la reproducción de las ideas y de la ideología del poderoso en forma de zonceras.

Mientras los militantes nos retroalimentamos con la opinión de otros militantes y así vamos construyendo una cosmovisión de justicia social, soberanía política e independencia económica —que, por otra parte, podría ser mucho más efectiva para la labor militante si mediara el adoctrinamiento de la militancia—, las mayorías populares se limitan a repetir las ideas que se difunden por los medios de difusión. Cuando Arturo Jauretche hablaba de zonceras, las definía como “principios introducidos en nuestra formación intelectual desde la más tierna infancia (y en dosis para adultos) con la apariencia de axiomas, para impedirnos pensar las cosas del país por la simple aplicación del buen sentido”. Dichos principios son los que las mayorías populares asimilan en el consumo del mensaje de los medios de difusión ayer, hoy y todos los días.

Por lo tanto, es imposible que el argentino promedio educado en las zonceras que consume a diario desde los medios de difusión del poder rechace la militarización del país. Dicho de otra forma, al haber sido literalmente adiestrado por el poderoso para pensar que la sociedad es un descontrol permanente, que la llamada inseguridad es el resultado de que “los pibes están zarpados” y no de la injusticia social que el mismo poderoso impone y que los militares están para “poner orden” con la “mano dura”, lo más natural es que ese argentino no solo acepte, sino que desee la presencia de militares en las calles.

Mirtha Legrand y sus “mesazas” son el ejemplo por antonomasia de cómo el poder coloniza el sentido común y forma la opinión de las mayorías con contenidos que en apariencia no son informativos. Junto a los programas de la tarde y demás diversiones que parecen inocuas, desde los medios del poder se va construyendo sentido y moldeando a los pueblos para reproducir la ideología de los ricos.

Difícilmente podría ser de otra manera. Tras años de escuchar a los formadores de opinión desde lo mediático como Mirtha Legrand hablando del peligro oculto en el “zurdaje” y de la imperiosa necesidad de “mano dura” para frenar el descontrol social que es una constante en la Argentina, la asociación del poder militar con el orden es un hecho cultural casi natural. No hace falta más que asomar la cabeza fuera del microclima militante e indagar en el almacén, en el tren o en la fila del banco para ver claramente que la opinión general sobre lo que es y lo que debería ser, que es la cosmovisión, difiere muchísimo de la que suele circular entre la militancia. Eso es lo que llamamos sociología del estaño y que se inspira justamente en Jauretche: abandonar la zona de confort del microclima en el que los demás están más o menos de acuerdo con nosotros en lo fundamental e incursionar en las aguas profundas y agitadas del sentido común popular. Allí es donde están las respuestas para este enigma que nos acucia y es la pasividad de las mayorías ante la destrucción neoliberal y neocolonial.

La interpretación nihilista

Y es que entre las mayorías tal destrucción no existe. O, por lo menos, no existe la percepción de que exista. Una vez más habrá gritos, lamentaciones y previsiones apocalípticas hacia el interior del microclima, mientras que entre el sentido común de las mayorías existe total normalidad. En el contacto diario con otros militantes, donde se informa de cada detalle de la destrucción que el actual neoliberalismo neocolonial está llevando a cabo, el militante la ve muy oscura. Y al verla así, asume inmediatamente que todos la ven de la misma manera. He ahí el error, que es el de generalizar la percepción propia y suponer que es común a todos los demás individuos, lo que en la realidad fáctica nunca ocurre.

Un filósofo aparentemente tan opuesto a Jauretche como puede serlo Federico Nietzsche decía, en su nihilismo, que no existen o no tienen importancia los hechos en sí, sino la interpretación de estos. ¿Qué dice aquí Nietzsche? ¿Estará negando la existencia de la realidad fáctica, material, concreta? En realidad no. Lo que Nietzsche dice es que el hecho es irrelevante cuando no existe el contacto del sujeto con el objeto fáctico en cuestión. Un ejemplo prosaico y que demostraría la teoría hasta en los niveles más insospechados es el siguiente: un accidente de tránsito ocurrido a dos cuadras de donde está el sujeto que recibirá la noticia del hecho puede llegar a ser efectivamente un simple accidente de tránsito, una persecución policiaca, una pelea entre conductores y hasta un hecho de inseguridad. Todo va a depender de quién traiga la noticia y de cómo la reciba el sujeto que se informa. De más está decir que el hecho puede además no haber existido desde el punto de vista de ese sujeto, si es que nadie se lo informa. ¿Qué importancia tiene entonces el hecho para el que no tiene contacto directo con el mismo, que es prácticamente la totalidad de la humanidad?

Claro que con este sencillo ejemplo estamos suponiendo algo muy concreto y que pasa a una distancia de apenas doscientos metros. Aplíquese la misma teoría a los conceptos abstractos de la política que ocurren como hechos —las medidas de gobierno, como la militarización del país— a distancias enormes y se verá ahí la imposibilidad de que el hecho tenga ninguna relevancia en la formación de la opinión de las mayorías. Todo va a depender de quien interprete el hecho y haga llegar esa interpretación al sujeto que debe “informarse” acerca de la realidad.

Ahora bien, la pregunta aquí es inevitable: ¿Quién o quiénes son los que hacen la interpretación de los hechos? En principio, cualquiera de nosotros está en condiciones de hacerlo. Basta con haber tenido contacto con el hecho, aunque indirectamente, y tener la capacidad de construir un relato sobre el mismo. Aun en el ejemplo anteriormente propuesto, cualquier vecino que pase por el lugar del accidente de transito puede caminar doscientos metros y ofrecer como “noticia” su interpretación de lo que vio allí. Y también puede hacerlo sin ni siquiera haber visto dicho accidente, con una interpretación de lo que le contaron otros, lo que sería el contacto indirecto antes mentado. Cualquiera puede interpretar los hechos y formar sobre estos la opinión de otros individuos mediante la exposición de su propia interpretación. Lo que cualquiera no puede hacer es masificar esa interpretación y convertirla en sentido común.

Según la caracterización del filósofo francés Paul Ricoeur, Nietzsche es un “maestro de la sospecha”, categoría en la que también están Marx y Freud. Para Ricoeur, la hermenéutica de la sospecha que estos tres pensadores expresan considera que la conciencia en su conjunto es una conciencia falsa. De ahí, por ejemplo, la máxima nietzscheana que prioriza la interpretación sobre los hechos.

La cuestión es que además de la capacidad de interpretar los hechos, que todos en principio tenemos, es necesario tener la capacidad para generalizar esa interpretación como información, como noticia o como opinión autorizada. Y esa capacidad la tienen en mayor medida los medios de difusión de masas, que al montarse sobre varios puntos de rating se aseguran todos los días el hablarles a muchos de una sola vez. Y entonces pueden y de hecho logran formatear el sentido común acerca de una realidad que al sentido común le es inaccesible. Así es como las corporaciones —que poseen los medios en monopolio— ganan la batalla cultural y generalizan su manera de ver el mundo y de proyectar cómo debería ser entre las mayorías: imponiendo la interpretación de los hechos que les convenga visibilizar en cada momento y también ocultando directamente aquellos hechos que sean inconvenientes a sus propios intereses.

Micromilitancia del estaño

La parte del cuento que la militancia regular de la causa nacional-popular no quiere entender es que la opinión de las mayorías no coincide con la suya propia, simplemente porque las mayorías se informan de otra manera. Entonces empieza el conflicto: el otro se convierte en un estúpido incapaz de ver cómo un gobierno de los ricos lo está saqueando a diario, le está haciendo imposible la vida y ahora, como vemos y es el tema que nos atañe, está poniendo botas en la calle con el objetivo de reprimir a quienes no estén de acuerdo con todo eso. “¿Cómo no van a entender que esta es una maniobra de Macri para sostener el poder y seguir destruyendo el país?”, se pregunta, indignado, el militante del campo nacional-popular. Y la respuesta es que ni siquiera entienden que hay una destrucción en curso. Por lo tanto, está claro que difícilmente van a interpretar que la militarización del país tiene fines represivos, sino que se orienta a “poner orden”, que es lo que finalmente las mayorías adiestradas por los medios del poder desean.

Claro que la solución al problema está donde siempre estuvo, que es en la propiedad privada de los medios de difusión y en el tratamiento de la información como mercancía. Este es un asunto que frecuentemente discutimos tanto en los espacios que La Batalla Cultural tiene en las redes sociales, en esta revista y también en los libros que hemos publicado al respecto. No hay dudas de que la manipulación y la desinformación de las mayorías populares por el poder fáctico de tipo económico va a seguir siendo una realidad en tanto y en cuanto los medios sigan concentrados en manos de las corporaciones y, por lo tanto, es necesario desconcentrarlos, socializarlos y democratizar la palabra.

Pero el reconocimiento del problema de la concentración de los medios nos plantea otro problema, este un tanto más inmediato: ¿Qué podemos hacer los militantes mientras la socialización de los medios y la democratización de la palabra no llegan? Está claro que el simple diagnóstico del problema podría conducir a que nos crucemos de brazos y demos por sentado el hecho de que nada puede hacerse mientras las mayorías sigan rehenes de las corporaciones y sus medios, pero el cruzarse de brazos no es una opción y siempre hay algo que puede hacerse, quizá no para zanjar la cuestión, sino para mitigarla.

Y aquí vuelve a aparecer Arturo Jauretche, cuya obra es un canto contra el microclima militante y por la práctica de lo que solemos llamar micromilitancia. Jauretche se definía a sí mismo como un “sociólogo del estaño”, esto es, como alguien que hacía sociología no desde un lugar académico, sino desde la observación constante de lo que nosotros mismos somos en realidad. Y a partir de allí, de esa observación cotidiana, fundaba sus teorías sobre lo que es, cómo se organiza y cómo debería ser la sociedad argentina.

En su momento, el “timbreo” fue una jugada maestra del neoliberalismo neocolonial. Aunque se trató de una puesta en escena, popularizó la imagen de los dirigentes que se connaturalizan con el pueblo allí donde la militancia de lo nacional-popular —inmersa en su microclima— no llega: al lugar del que no está convencido.

Ese método sociológico de Jauretche es el método de escuchar lo que dicen los paisanos en el bar, apoyado en la barra, que en esos tiempos estaba hecha de estaño. De ahí la categorización de Jauretche sobre lo que él mismo era y hacía, con un toque de humorada y mucha precisión: el estaño simboliza el contacto permanente con el sentido común popular y el alejamiento del microclima intelectual y militante que no entiende al pueblo, por cortarse solo y ponerse en otro lugar. Cuando Jauretche habla del estaño, habla de ese contacto con las mayorías populares, que es donde está precisamente la verdad de los pueblos.

La militancia necesita estaño, necesita alejarse un poco de esa “rosca” entre convencidos y necesita ir a ver qué dicen en el bar, en el supermercado, en la verdulería. Y una vez que se acerque a eso como observadora, la militancia debe pasar a la siguiente etapa, que es la de ir a evangelizar en esos niveles. La militancia debe ponerse en modo de micromilitancia, que para nosotros es el trabajo de hormiga y cotidiano de discutir la realidad con los que hoy piensan distinto por reproducir ideas que no les son propias, sino digitadas por un poder cuyos intereses también les son ajenos y que difunde zonceras para mantener el statu quo de ignorancia generalizada respecto a lo que es y a lo que debería ser para que exista la justicia social. Podríamos empezar por comprender que el otro no pide “mano dura” y presencia de milicos en las calles por ser un estúpido o un “globoludo”, sino porque ha sido adiestrado para pensar de esa manera y nunca tuvo acceso a otra cosa. Debemos, en una palabra, tener ganas de entender al pueblo, de escucharlo y de convencerlo de algo diferente. Con paciencia, con ternura, con comprensión y con mucho estaño. Si el vecino o el almacenero pide botas en las calles, es porque no sabe en qué eso va a resultar. Entonces hay que explicarle e ir desandando el camino de la manipulación de los medios del poder, contrarrestando su fuerza en el uno a uno, en el cara a cara cotidiano. Esto es una guerra que solo puede ser de guerrilla, porque los medios los tiene el enemigo. Y Jauretche, apoyado en el estaño, siempre lo supo. Falta que lo sepamos nosotros mismos y lo echemos a andar.