A poco más de un año de haber iniciado su gobierno y aun en pleno proceso de estabilización de un país que intentaba superar la peor crisis de su historia, el entonces flamante presidente Néstor Kirchner impulsó e hizo sancionar por el Congreso de la Nación la ley Nº. 25.844, instituyendo el 13 de noviembre como Día del Pensamiento Nacional. Y no se trató de una movida al azar: lo que hizo Kirchner entonces fue darle forma concreta a lo que él mismo ya sabía iba a ser la idea rectora del proyecto político nacional-popular que recién empezaba a tener poder en el Estado con su presidencia. Néstor sabía —y ahora lo vemos nosotros claramente— que su gobierno iba a ser jauretcheano en su praxis y, por lo tanto, profundamente peronista en esencia. La institución del Día del Pensamiento Nacional fue ese mensaje claro de Néstor Kirchner a la sociedad argentina: teníamos una doctrina y dicha doctrina se expresaba claramente en la obra Arturo Jauretche, representante por excelencia de un pensamiento nacional que se oponía frontalmente al cipayismo imperante desde 1976 hasta esa parte de la historia. El Día del Pensamiento Nacional instituido como ley fue una declaración de patria.

Arturo Jauretche fue un argentino que la vio bien clarita y que la vio antes que nadie. El 13 de noviembre de 1901 nacía en Lincoln, provincia de Buenos Aires, el que con agudeza interpretativa y un estilo inconfundible de comunicar fue el máximo exponente de la ideología y de la acción política en el campo de lo nacional-popular en Argentina. Junto al igualmente brillante Raúl Scalabrini Ortiz y a otros destacados patriotas fundó la Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina (FORJA), que desde una postura yrigoyenista le plantó cara a partir de 1935 a la Década Infame, al denunciar lo que en ese momento esos jóvenes denominaron el Estatuto Legal del Coloniaje. Desde ese humilde lugar y juntando monedas para imprimir sus propios volantes a como diera lugar, Jauretche, Scalabrini y los demás muchachos de FORJA militaron la verdad de los pueblos como quien predica en el desierto, literalmente. Durante la Década Infame se dedicaron a convencer de a uno sobre la amarga realidad de un gobierno de facto que tenía por único objetivo la entrega de la patria a los más oscuros intereses del colonialismo apátrida, sobre todo de los británicos.

Arturo Jauretche junto a un histórico del peronismo que aún está entre nosotros, Lorenzo Pepe, actual titular del Instituto Nacional Juan Domingo Perón.

Así transitó Jauretche con sus compañeros de FORJA la Década Infame hasta llegar a 1943, cuando el golpe de Estado del Grupo de Oficiales Unidos (GOU) puso fin al gobierno de Ramón Castillo, último presidente de aquella nefasta coyuntura de la historia argentina, y allanó el camino para lo que poco más de dos años después sería el nacimiento del peronismo. Entonces los jóvenes radicales de FORJA supieron interpretar el hecho, no siguieron la huella y vieron que allí estaba el renacimiento del yrigoyenismo, ni más ni menos; lo que Jauretche supo ver con claridad y aún hoy a algunos les resulta incomprensible es que nunca se trató de radicales o peronistas, comunistas, socialistas o lo que fuere, sino de la contradicción real entre los intereses del pueblo-nación argentino —que se expresó y sigue expresándose políticamente en lo nacional-popular, desde Juan Manuel de Rosas en adelante— y los intereses de las corporaciones, del colonialismo británico y luego del imperialismo en general. Jauretche fue capaz de leer la coyuntura más allá de los dogmas, que en esa época eran más fuertes y más pesados que hoy, y de hacer aquello que prescribía Maquiavelo hacía ya varios siglos: juzgar al dirigente político únicamente por sus logros concretos en el campo de batalla. Y para el 17 de octubre de 1945, cuando ya eran significativos los logros de un Juan Domingo Perón que había acumulado cargos en el gobierno, aunque no había conducido, Jauretche supo que allí estaba la expresión de los intereses del pueblo-nación argentino y obró en consecuencia, como intelectual, como militante y como patriota.

El reverso de la trama

Decíamos que Jauretche la vio muy clara y antes que nadie, y eso es porque siempre fue capaz de ver el reverso de la trama, más allá de aquello que tiene visibilidad en el discurso público y en los medios de difusión. Esa capacidad y el ingenio criollo para la expresión sencilla del resultado de sus observaciones, al alcance de cualquier paisano, hicieron de Jauretche el pensador de las ideas del pueblo-nación argentino por antonomasia. Desprovisto de la pedantería intelectual que por esos tiempos caracterizaba a la que él mismo llamó “intelligentzia” (categoría que empalma con la de intelectuales orgánicos de las clases dominantes que el Jauretche de Italia, Antonio Gramsci, supo emplear), las ideas de Don Arturo se difundieron rápidamente y se popularizaron entre los que hasta ese momento no se encontraban entre los consumidores regulares del discurso sociológico y político. En una palabra, con la sencillez de su prosa Jauretche tuvo la virtud de hacer accesible al pueblo lo que tanto la intelectualidad como la dirigencia de las primeras décadas del siglo XX se esmeraban en mantener restricto a una minoría: la política bien entendida y fácil de entender.

Más allá de la información biográfica sobre la individualidad de Arturo Jauretche —que es fascinante porque es la de un hombre que supo incluso batirse a duelo en defensa de sus principios y convicciones—, lo que Jauretche brinda y sigue siendo actual en el presente es esa capacidad de hacer sencillo lo complejo, de presentar el reverso de la trama de la lucha por el poder político en el Estado de una manera accesible a prácticamente cualquiera que sepa mínimamente leer. En otras palabras, lo interesante de Jauretche es precisamente su obra, en la que vamos a encontrar una precisa descripción de la sociedad argentina y de la política, un sistema fundado en la comprensión del pueblo en el contexto de su historia, de su idiosincrasia y de las características fundamentales de su formación reciente que únicamente pueden aprehenderse en el contacto diario con ese mismo pueblo. La principal diferencia entre el relato que la “intelligentzia” cipaya y los dirigentes políticos de clases dominantes presentaban sobre el pueblo argentino y la descripción hecha por Jauretche es que esta última se escribía no para ni sobre, sino desde el pueblo.

Y en ello hay mucho método. Para empezar, Jauretche no se dejaba confundir por las falsas premisas instaladas por el poder, las que él mismo caracterizó como “zonceras” y eran, en sus palabras, lo siguiente: “(…) principios introducidos en nuestra formación intelectual desde la más tierna infancia —y en dosis para adultos— con la apariencia de axiomas, para impedirnos pensar las cosas del país por la simple aplicación del buen sentido”. La utilización del método para comprender al pueblo argentino empieza justamente por el descarte de esas zonceras, su crítica y la aplicación del buen sentido, de una manera de pensar alternativa a la del sentido común colonizado por las minorías privilegiadas con el control de los medios de difusión y del sistema educativo. Jauretche consideraba que las zonceras eran como anteojeras e impedían ver las cosas como realmente son, esto es, obstaculizaban la observación de la realidad. El método Jauretche para lograr esa observación es el prescindir de dichas anteojeras e ir a ver la realidad en la aplicación del buen sentido en el nivel de las clases populares, para poder así pensar las cosas del país de forma autónoma.

Una imagen de las que no se consiguen: Jauretche disertando en presencia de un joven coronel Juan Domingo Perón, presumiblemente entre 1944 y 1945, algunos meses antes de aquel 17 de octubre que dará inicio a la gesta histórica del peronismo.

Ahí está el primer paso fundamental para lo que luego vamos a poner en las categorías de soberanía e independencia: la capacidad de ver lo nuestro desde aquí nomás y ya no mediado por un sistema de ideas importado de las mismas potencias que nos explotan económicamente. Claro que en este nacionalismo aparece el primer punto de contacto con el peronismo naciente de los años 1940, pero siempre diferenciándose del zonzo “nacionalismo” de los bravucones de siempre, el que no deja de ser funcional al opresor foráneo. Sobre este asunto, no subsistían dudas. Jauretche afirmaba ser nacional, no nacionalista. En una discusión con uno de esos “nacionalistas”, el filósofo Jordán Bruno Genta, Don Arturo decía: “El nacionalismo de ustedes se parece al amor del hijo junto a la tumba del padre; el nuestro, se parece al amor del padre junto a la cuna del hijo, y esta es la sustancial diferencia. Para ustedes la nación se realizó y fue derogada; para nosotros, sigue todavía naciendo”.

Ese, por supuesto, es el nacionalismo auténtico expresado en la obra de un Raúl Scalabrini Ortiz y en las políticas concretas de Perón entre 1946 y 1955; es el nacionalismo entendido como la construcción de esa unidad nacional-popular en la que “pueblo” y “nación” pasan a ser sinónimos necesarios en tanto y en cuanto el primero es la única expresión concreta posible de la segunda. Esta idea rectora de lo nacional-popular va a entrar en contradicción con la idea liberal dominante de “nación” como el conjunto de las instituciones de un país, excluyendo al pueblo de la construcción. Cuando Jauretche denuncia la existencia de esas instituciones como garantes de la dominación colonial y ubica la patria en los hombres y mujeres de carne y hueso que la conforman, expresa de una manera cabal el ideal peronista y se pone en frente a todo el aparato ideológico de la oligarquía de la época. Si fuera solo por eso, y por su capacidad de ver el reverso de la trama, como decíamos al principio, para ponerlo al alcance de las mayorías, Jauretche ya habría sellado su destino nacional-popular y se habría vinculado de una vez y para siempre con el peronismo naciente. Pero hay mucho más.

La doctrina y el estaño

Al avanzar sobre el estudio y el análisis del método jauretcheano para su aplicación, vemos que la observación del pueblo con el buen sentido solo puede realizarse si, además de abrevar en una doctrina claramente establecida, el observador está dispuesto a bajar de la “torre de marfil” —que es la zona de confort clásica de los intelectuales de todo tiempo y lugar— para meterse allí donde el pueblo está. En una palabra, para poder comprender al pueblo argentino, hay que connaturalizarse con el pueblo argentino. Y el problema es que, al igual que los intelectuales orgánicos descritos en su momento por Gramsci en Italia, la “intelligentzia” siempre se caracterizó por desnaturalizarse de la nación, que es el pueblo. Nuestros intelectuales fueron cada vez más cipayos y menos criollos.

Jauretche en su oficina de presidente del Banco de la Provincia de Buenos Aires, cargo en el que se desarrolló hasta el año 1950, durante la gobernación peronista de Domingo Mercante. Desde aquí, Jauretche implementó activas políticas de crédito y fomento orientadas al desarrollo industrial de la Argentina.

He ahí donde Jauretche se corta de esa tradición y va a ser el intelectual orgánico de clase subalterna por antonomasia: cuando le preguntaban, Jauretche solía clasificarse a sí mismo como un “sociólogo del estaño”, en alusión a los mostradores de los bares frecuentados por el pueblo y en oposición a los sociólogos académicos, absolutamente ignorantes de la existencia de esos mostradores y, por supuesto, del hecho de que se forjaban en estaño. Fue allí, apoyado en la barra y en el cara a cara con el paisano, con el trabajador, con las clases populares del subsuelo de la patria —en el decir de Scalabrini— donde Jauretche construyó esa sociología. Entonces la continuación del método jauretcheano indica que para comprender al pueblo hay que connaturalizarse con el pueblo, no teorizar sobre el pueblo en base a zonceras preinstaladas ni producir discursos para el pueblo desde ese microclima que tanto se asemeja a una vanguardia iluminada. Lo que Jauretche nos enseña es que —sin prescindir del estudio y la formación necesaria para la adquisición de la doctrina propiamente dicha— no hay forma de entender al pueblo desde lejos. Para comprender al pueblo hay que pensar desde el pueblo. Hay que frecuentar el estaño, que es otra manera de decir “tener calle”.

Incorporar la doctrina y corroborarla en la calle, ahí está la mejor síntesis del método jauretcheano que la militancia de lo nacional-popular debe necesariamente aplicar hoy para la victoria. Si por una parte es inútil meterse en el barro sin la formación suficiente para obtener los resultados necesarios, por otra es igual de inservible tener toda la doctrina incorporada y no bajar a la calle a ponerla en práctica. En la no conjugación de doctrina y estaño en su justa medida, es decir, en la no aplicación del método de Jauretche están los dos errores fundamentales de los que hoy militamos el proyecto político del pueblo-nación argentino y no logramos superar la derrota: el error del microclima y el error de no tener doctrina.

El primer error, como decíamos anteriormente, se asemeja al de las viejas vanguardias iluminadas, que desde la posesión de toda la verdad absoluta a partir de mucha lectura y/o muchísima rosca entre militantes, daban por sentado el pensar y el sentir de las masas populares y tenían fe en la construcción de un discurso técnicamente impecable como instrumento para lograr el triunfo en la lucha por el poder en el Estado. Dicho de otra manera, el error que esas vanguardias cometían y que un sector del kirchnerismo en la actualidad vuelve a cometer es el creer que en la política triunfa el que tiene razón. Este es un error típicamente moderno, pero de una modernidad positivista y que, de alguna forma, subsiste en esta posmodernidad. El exceso de lectura y de rosca militante en el microclima va a conducir a la percepción de que uno está en poder de la misma verdad revelada y de que, lógicamente, si el otro no se pone de acuerdo automáticamente con uno, es porque atrasa, es un “cabeza de globo”, un amarillo, etc. Por lo demás, eso de ningún modo es un exceso de doctrina, sino precisamente lo opuesto: al no comprender la necesidad de abandonar el microclima para connaturalizarse y para entender al pueblo, el militante manifiesta, en realidad, su absoluta falta de doctrina nacional-popular, aunque sea un tipo muy leído.

Inauguración de monumento en homenaje a Arturo Jauretche en la Avenida 9 de Julio, en pleno corazón de la Ciudad de Buenos Aires. El entonces jefe de gobierno de la Ciudad, Mauricio Macri, intentó impedir el emplazamiento del monumento y hasta propuso ubicarlo en otra parte (aparentemente en el barrio de Almagro), pero perdió la pulseada con la Legislatura y la inauguración tuvo lugar, con la presencia del sobrino de Jauretche, Ernesto (izq.), del entonces legislador porteño Juan Cabandié y del historiador Pacho O’Donnell.

Lo anteriormente descrito es la falta de estaño, de calle, y es algo que afecta a una parte de lo que hoy es la militancia kirchnerista, a la que le está costando mucho comunicarse con el sentido común del pueblo argentino para avisarle que el relato de los medios está tapando su propia destrucción. Pero también está el otro extremo del problema, que es otro desequilibrio: la absoluta falta de formación respecto a los contenidos mínimos básicos de aquello que se pretende discutir en la política. En una palabra, la falta de doctrina, sobre todo en los sectores juveniles y progresistas que han sido movilizados a partir del advenimiento del kirchnerismo en la década pasada. Al tener toda la voluntad (la “leche”, como suele decirse en el estaño) de militar las causas justas, el militante sin doctrina es incapaz de argumentar mínimamente su postura sin recurrir a la chicana y a la provocación patoteril, por una parte, mientras que por otra tiene muchas dificultades a la hora de discernir entre las causas justas por las que hay que pelear y las que surgen en el horizonte como distracción de la lucha o simplemente humo. En realidad, prácticamente todo lo que hoy consideramos el progresismo dicho “no peronista” padece de esta enfermedad que es el vulgar voluntarismo. Y eso tiene que ver con la profundidad de la derrota que seguimos arrastrando desde la caída del Muro de Berlín en 1989 y el “fin de la historia” en la década posterior, que resultaron en una generación despolitizada, pero que luego fue convocada de apuro a la política por el kirchnerismo.

Lo cierto es que son muchos los jóvenes —y otros ya no tan jóvenes— en esa situación. Néstor y Cristina incentivaron la lectura y el estudio de Jauretche, sabiendo que allí estaban los elementos básicos de una formación militante en la doctrina de lo nacional-popular. Es verdad que tanto Néstor como Cristina fomentaron esa lectura y ese estudio, hasta se hicieron imprimir libros y se generó material audiovisual al efecto. Pero algo faltó y lo que sigue faltando es la decisión por parte del peronismo (entendido como expresión política legítima de los pueblos) en el sentido de adoctrinar activamente a su militancia. Faltó y sigue faltando esa firme resolución de romper con el prejuicio liberal instalado, según el que adoctrinar es de fascistas. Faltó y falta, finalmente, que tengamos el coraje de emprender una enorme campaña de adoctrinamiento de todo argentino bien nacido, para que la comprensión respecto a lo nacional-popular pueda generalizarse y para que particularmente la militancia, armada de doctrina y de estaño, tenga la capacidad de salir a elevar el nivel promedio de conciencia de nuestro pueblo en la batalla cultural de todos los días, que se da en la academia, en los pasillos de las universidades y en las unidades básicas, claro, pero también y fundamentalmente en la verdulería, en el club de barrio, en la puerta del colegio donde los demás papás y mamás esperan la salida de sus hijos, en el fulbito de jueves por la noche con los amigos, en la fila del banco y en todas partes donde el pueblo argentino se manifiesta en su cotidianeidad. Falta y sigue faltando eso, que la incorporación del método jauretcheano como doctrina sea de carácter obligatorio entre los que sentimos la necesidad construir la unidad nacional-popular argentina y luego latinoamericana, en oposición a la dominación imperialista de las corporaciones que hoy además tiene el poder en el Estado.

Nada de eso se logra pasivamente ni dejando que la militancia se forme sola, porque no se va a formar así. Si comprendemos que nuestra derrota es mucho más cultural que política y, unidos por el espanto frente al neoliberalismo neocolonial logramos ganar en las urnas un nuevo ciclo de gobierno nacional-popular, el adoctrinamiento de la militancia debe ponerse a la orden del día y los recursos para llevarla a cabo deben aparecer. Sin doctrina y estaño jauretcheano para elevar el nivel de conciencia de la gente de nuestro pueblo, va a ser tan solo una cuestión de tiempo hasta que el enemigo de los pueblos vuelva a instalar un gobierno propio para la destrucción de todo lo que se haya construido durante el ciclo nacional-popular. Y eso es lo que debemos evitar, triunfando en la batalla cultural. Para que no vuelvan nunca más y para que tengamos para siempre mucha doctrina, mucho estaño y muchísimo pueblo. Como le gustaba a Arturo Martín Jauretche, un argentino que se definía sí mismo como “apenas un gil avivado” y que murió justo un 25 de mayo. Un argentino de los mejores.

*De la redacción