Aunque breve, la historia de nuestro país tiene infinidad de luces y sombras que nos conforman como conjunto, que componen nuestra identidad nacional. La sombra de la aniquilación de los pueblos originarios y el desplazamiento y estigmatización de sus sobrevivientes en nombre del “progreso”. De la persecución sistemática de todo aquello que fuera y sea contrario a la enseñanza sarmientina, extranjerizante y fragmentaria. Del odio permanente hacia las libertades y los derechos del pueblo que una y otra vez se levanta de los golpes que las corporaciones y sus personeros se encargaron de perpetrar sobre el conjunto. De las dictaduras que en nombre del orden se cargaron la vida de miles y desaparecieron a los 30.000 que hoy seguimos buscando.

Y las luces de la memoria, esos faros invencibles que nos guían en medio de la oscuridad más profunda, esos fuegos que no se apagan para que no perdamos el rumbo. Nuestros referentes, nuestras luchas colectivas, nuestros héroes y nuestros mártires. Y nuestras madres y abuelas, las de todos los argentinos, hermanos de los 30.000 que siguen vivos en ellas y en nosotros. Esas luces que fueron siempre objeto de furia del enemigo, que desde que empezaron a brillar las quiere apagar, las quiere silenciar, las quiere borrar de entre nosotros. Las han perseguido, las han amenazado, las han extorsionado, pero ellas siguieron marchando, sin descanso, en reclamo de memoria, verdad y justicia para todo el pueblo.

Pero lo que parecía imposible, lo que resultaba impensado, casi sin darnos cuenta se transformó en realidad: lograron empezar a bajarle el precio a los pañuelos blancos de nuestra memoria. Esos que eran hechos de los pañales de los hijos y nietos de los compañeros detenidos-desaparecidos, esos que simbolizaban la lucha inclaudicable de las madres y abuelas que le hicieron frente a la bestia, que se abrazaron y unieron sus brazos una y otra vez en estos más de 40 años de búsqueda de aquellos que fueron borrados en cuerpo, pero que permanecían vivos en el recuerdo.

Los pañuelos, en su estado, versión y sentido originales: las Madres de Plaza de Mayo utilizaban los pañales de tela de la época para simbolizar que luchaban para que la dictadura cívico-militar-mediática dijera dónde estaban sus hijos desaparecidos. Así nació el símbolo de una lucha que trascendió enormemente la causa de un grupo de madres que buscaban a sus hijos y se convirtió en la lucha de un pueblo por memoria, verdad y justicia, que hoy también es justicia social.

¿Cómo es que esto pasó? ¿Por qué afirmar algo tan despreciable y doloroso? Y las respuestas, como suele suceder, están al alcance de todos, pero no es tarea fácil el reconocerlas por su compleja simplicidad.

Deformación de los íconos

La construcción simbólica de lo que es importante para la conformación de nuestra identidad tiene, sin excepción, un contexto que acompaña el desarrollo del símbolo, que determina y le da entidad a lo largo del tiempo y el espacio. Cuando, por ejemplo, vemos los dedos índice y mayor alzados, en forma de V, inmediatamente pensamos en la victoria, en el peronismo, en la verdad de los pueblos. Pero esto no es caprichoso ni azaroso: está incorporado a nuestro lenguaje corporal, a la identificación de la lucha histórica de los pueblos del mundo por la liberación. No pasó de la noche a la mañana, fue incorporado para simbolizar a lo largo del tiempo la batalla inclaudicable de los oprimidos ante el poderoso que es siempre el mismo, disfrazado de diferentes rostros, pero con la esencia intacta y el objetivo inamovible.

De la misma manera, los pañuelos blancos de las Madres y las Abuelas marcan un antes y un después en la memoria colectiva de nuestro país: una vez que ellas se pusieron esos pañales en la cabeza para buscar a sus hijos y a sus nietos, ya nunca más se los quitaron, impidiéndonos mantenernos indiferentes ante sus reclamos y sus desgracias. Desde hacía 40 años, por causa de la lucha de este grupo de mujeres que le hicieron frente a la dictadura cívico-militar-mediática más terrible y despiadada de nuestra historia reciente, cada vez que pensábamos en la palabra “pañuelo”, nos venía a la mente el pañuelo blanco de su lucha, el pañuelo blanco de la memoria, de la verdad y de la justicia, el pañuelo blanco del Nunca Más.

Pero esto fue hasta el 2017, año en que el poderoso dueño de los medios de difusión, de las estrategias de dominación y de las voluntades de los intelectuales orgánicos de la clase dominante logró, con todos sus medios y sus corporaciones alineadas, empezar el proceso vaciamiento de contenido a los pañuelos blancos de la memoria, a través de la instalación de los pañuelos verdes del aborto, que llegaron para quedarse y romper con la unidad del campo popular en la batalla contra el enemigo del pueblo todo. ¿Por qué? Porque podría haber salido la misma consigna por la ley del aborto legal, seguro y gratuito con otra insignia, con otro elemento: una bandera, un pin, un brazalete, una muñequera o cualquier otro accesorio con cualquier otra forma. Pero no, fue un pañuelo, en un país en el que los únicos pañuelos de los que hablábamos eran de los pañuelos de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo. Y esto, por supuesto, no puede ser casualidad.

La banalización planificada de los pañuelos, aquí representada en los llamados “provida” que se oponen a la ley de aborto legal, seguro y gratuito. La épica del pañuelo verde construyó la épica opuesta, que viene con pañuelo azul, hasta que los pañuelos dejaran finalmente de simbolizar la lucha de todos y pasaran a representar causas parciales, sectoriales o simplemente superestructurales que existen en la división del pueblo argentino por opinión sobre un determinado asunto.

Desde la llegada de los pañuelos verdes de la campaña por el aborto legal, seguro y gratuito, la palabra “pañuelo” pasó de ser símbolo de memoria, verdad y justicia, a ser símbolo de disputas entre la vida y la muerte, entre los derechos y los anti derechos, entre lo público y lo privado, entre lo personal y lo colectivo. El pañuelo dejó de ser pañal de bebés desaparecidos y robados, para ser símbolo de bebés que por diversas causas no deben llegar al mundo. Y luego de esto, también pasó a ser el pañuelo celeste de quienes bregan por “las dos vidas”, pero que en muchos casos no contemplan las vidas que ya existen y que son ignoradas por los que hablan de que todas las vidas son valiosas.

Más banalización de los símbolos, ahora extrapolando a otros temas y mostrando que la tendencia es inevitable. Aquí, las mediáticas Catherine Fulop y Verónica Llinás luciendo pañuelos de color naranja que se quieren instalar como símbolo de la Campaña Federal para la Separación de la Iglesia y el Estado, en la que una vez más la sociedad argentina se va a fragmentar alrededor de un asunto que poco y nada tiene que ver con la justicia social que el pueblo argentino necesita recuperar.

Los pañuelos, desde que el poderoso entendió que el campo popular necesitaba algo por qué luchar y militar que no fuera contra su plan de negocios, pasaron de ser un símbolo indiscutible de la lucha por los derechos humanos, a ser el foco de la disputa por los derechos de unos humanos por sus derechos de grupo, con todo un mundo de discordias en el medio que tienen que ver con lo individual, con lo personal, con lo moral y ético de cada sector. Los pañuelos, después de 40 años de lucha, pasaron a ser una discusión y dejaron de ser una certeza.

Entonces, cuando creíamos que teníamos en nuestro haber ciertos símbolos inalterables e incorruptibles con los que el enemigo jamás, por más intentos y atropellos que ejerció sobre ellos, pudo destruir, nos encontramos de repente y casi sin darnos cuenta ante una enorme encrucijada de la cual no sabemos, hoy por hoy, de qué manera salir ilesos: se metieron con los pañuelos de la memoria. Y esto es terrible, porque no tiene que ver con la lucha que vino a hacerse un lugar en este momento de nuestra historia como lo es un derecho en salud pública integral, sino con el símbolo utilizado para que dicha lucha fuera canalizada por la sociedad y, en un mismo movimiento, para enfocar la fuerza militante hacia un lugar determinado y lejano al poder real.

Estamos, entonces, en medio de un nuevo problema y es la destrucción de nuestra memoria colectiva, esa que siempre fue la luz en medio de toda oscuridad, porque su brillo era inconfundible e irreemplazable. Esa memoria colectiva que el gobierno neoliberal y neocolonial se está encargando de destruir símbolo por símbolo, desde nuestros próceres y sus legados, hasta de nuestros Nunca Más. Y luego de haber instalado esta confusión entre nosotros, nos anuncian que las botas vuelven a caminarnos al lado, que aquellos a quienes esos pañuelos blancos les hicieron frente con coraje y convicción, con amor de madres y abuelas en busca de verdad y justicia, vuelven a ser puestos para controlarnos, para hostigarnos, para atemorizarnos.

No es bueno perder de vista todo esto: si seguimos permitiendo que destruyan a nuestros referentes y a nuestras insignias, llegará pronto el momento en que no sepamos contra quién estamos peleando, porque harán que nos enfrentemos el pueblo contra el pueblo mientras ellos, que vinieron a terminar el trabajo de aquellos golpistas genocidas del ayer, miran con gozo los resultados de su trabajo minucioso y perverso. No podemos seguir cayendo en este juego, es vital entender que se metieron con los pañuelos del pueblo, no de un sector en detrimento del otro. Este pueblo es un pañuelo, el de la memoria, la verdad y la justicia, el que nos tiene que hacer gritar con todas nuestras fuerzas que, esta vez y para siempre, es Nunca Más.

Romina Rocha