La historia se repite, sí señor. Este es un hecho tan patente hoy en día que difícilmente alguien pueda ponerlo en duda. Como en los relatos de “Érase una vez el Hombre…”, donde veíamos una y otra vez a los mismos personajes conocidos representar el mismo papel a lo largo de distintas épocas y pueblos de la historia, antiguas prácticas y roles se reproducen en la historia de la humanidad a través de los siglos. Quién podría evitar ver en los modernos estadios de fútbol el famoso “pan y circo” del Coliseo Romano, en la moderna invasión de Oriente Medio la “Pax Romana” de Julio César para las Galias, o en Israel una nueva cruzada medieval europea contra Tierra Santa.

Pero a menudo olvidamos que cuando esos mencionados hechos del pasado sucedían, la historia ya se estaba repitiendo. Puede que hayamos descubierto el hierro hace cuatro mil años y haber aprendido a escribir hace siete mil, pero la humanidad tiene dos millones de años. La historia de nuestra especie, ciertamente, no comenzó en el Antiguo Egipto ni con Roma. El imperialismo romano puede haber sido una novedad por su escala y perfeccionamiento de ciertas técnicas administrativas y militares, pero lo que subyace en el fondo del imperialismo ario es mucho más antiguo.

El problema del capitalismo moderno es básicamente el problema histórico de la humanidad desde antes de descubrir el fuego: la tentación del canibalismo.

Cuántas veces en la historia de nuestra especie una comunidad de neandertales o cromañones, dirigida por algún viejo carcamán que ya no quería mover un músculo para salir a cazar o recoger bayas para alimentarse, decidió usar su poder e influencia dentro de la comunidad para convencer a los demás de engañar a uno de sus miembros, matarlo, y comérselo. Sí, ya no la hambruna, ni la desesperación ni la lucha denodada por la supervivencia, sino la tentación de un cómodo plato de carne bien sabroso y calentito, es lo que ha hecho ciertamente que algunos de nuestra especie en su brutal y animal estupidez, decidiera convertir a uno de sus semejantes en un banquete.

Conscientemente ustedes no lo recuerdan, pero inconscientemente sí. El horror de esos momentos de pesadilla está todavía bien registrado en muchos yacimientos arqueológicos. Pero, sobre todo, está profundamente impreso en nuestro patrimonio genético, en nuestros temores ancestrales. No es sorprendente entonces descubrir que no ha sido erradicado de nuestra vida social, sino que sólo ha cambiado de forma.

El palestino Fadi Abu Salah, mutilado y expulsado de su tierra por el ejército israelí en el año 2008, siguió luchando contra la invasión hasta mayo de este año, cuando finalmente fue ejecutado por un francotirador del mismo ejército israelí. Abu Salah es un ícono de la resistencia palestina al igual que Razan an-Najar, ejecutada también por un francotirador a principios de junio.

Eso es todavía lo que está viviendo la humanidad actualmente. Gobernada por EE.UU. y con la anuencia de la Europa ilustrada, la comunidad internacional selecciona cada tanto a una nación económica y militarmente más débil, pero rica en recursos naturales (mmm sí… y qué rica), y se dan a la tarea de calumniarla en sus medios masivos de desinformación. La aíslan de la comunidad internacional mediante sanciones político-económicas, hasta que está suficientemente desamparada, y luego la asesinan y se la comen. Y adivinen qué: nunca están satisfechos. Esta es básicamente la historia del colonialismo europeo en África, Indochina y América. Sólo en el siglo XXI sucedió con Irak, con Libia y Afganistán. ¿Y ahora quién seguirá? ¿Venezuela, Irán o Corea del Norte?

En el caso de Palestina, los caníbales han tomado la precaución de no matar de una vez a la víctima, sino de ir amputándole los miembros uno a uno y hasta darle cada tanto un respiro para que las heridas cicatricen, porque de esa manera la carne se mantiene fresca más tiempo, claro. Esto puede constatarse claramente en cualquier mapa que relate cómo, década tras década, Israel se está fagocitando a Palestina.

Es difícil no pensar en esto al ver las imágenes del palestino Fadi Abu Salah, quien primero fue expulsado de su tierra, luego en el bombardeo israelí del 2008 a Gaza perdió sus piernas, y no hace mucho fue rematado por el ejército israelí de un tiro en la cabeza.

Así vivimos hoy en día en este mundo, preguntándonos cuándo dejaremos de ser vistos como personas y comenzaremos a ser el almuerzo del vampiro que nos gobierna. Y no hace falta irse a la política internacional para encontrar caníbales, todos lo sabemos, están entre nosotros. Todos nos hemos sentido alguna vez mirados como poco más que un almuerzo de ocasión, por la policía, por un jefe de personal, hasta por un pariente o por un gobierno.

La humanidad no será humana ni vivirá en paz hasta que encuentre el coraje para perseguir y exterminar a los caníbales, sin piedad. Más aún, nunca será finalmente humana si no lo hace.

Sentenciar a los caníbales a la pena de muerte, sí, pero sin comérselos. Guarda con eso. Porque los caníbales siempre buscan una excusa para mimetizarse entre nosotros, manipular nuestra indignación y convencernos de que la presa que ellos tanto codician ha cometido “canibalismo” y merece ser sacrificada. Guarda con ese engaño. Y luego de sacrificado bajo la falsa acusación de comerse a su pueblo, Carlitos al-Gadafi, que hasta ayer le dábamos la mano y le prometíamos ayuda para alimentar a sus hijos en África… bueno, no vamos a desperdiciarlo, ¿verdad? Mira esas costillas, por Dios… con un poco de sal quedarán una gloria…

La humanidad es inhumana porque aún somos todavía más animales que humanos. Hemos roto el precinto del instinto hace miles de años, pero aún seguimos gobernados por él, porque no tenemos el coraje y la claridad para dejarnos guiar por el Criterio. La humanidad no será nunca humana ni vivirá en paz hasta que encuentre el coraje para perseguir y exterminar a los caníbales. Sin piedad, hasta el último de ellos. Y sin comérselos, porque el prión de la encefalopatía espongiforme que convirtió a esos piratas del África en caníbales vive y contamina peligrosamente cada riqueza que se hayan tragado y contengan en sus estómagos. No puede ser aprovechada de ninguna forma: hay que incinerarla, aunque luego tengamos que comer bayas y raíces.

Es difícil, porque somos un rebaño imbécil y fácil de engañar. Ojalá enfrentarnos cara a cara con los caníbales fuera nuestro único problema, tenemos problemas más inmediatos. Mientras los caníbales se mimetizan entre nosotros y simulan cazar caníbales (y de paso se los comen), sus medios masivos de desinformación han convencido a la mitad más uno de nosotros (el 51%) de colaborar, incluso de ofrecerse voluntariamente en sacrificio. Y la verdad es difícil combatir el canibalismo cuando tienes que convencer a tus padres y a tus primos de algo tan básico como que comerse a tus parientes y amigos es horrible. Básicamente, es difícil luchar contra el Gran Caníbal cuando el obrero ha aprendido por televisión a sentir como propio el hambre del patrón. ​
Estos imbéciles son fáciles de identificar por su discurso, son los optimistas pacifistas de toda laya y color. Su miedo es tan profundo que los ha llevado a entregarse y, lo que es peor, a entregar a sus seres queridos. Han notado que el único momento de paz y tranquilidad que tenemos en este Infierno es cuando el Gran Caníbal está ocupado comiéndose a alguien y han llegado a la conclusión de que, si no puedes vencerlos, únete. Ya no quieren luchar, están cansados. Quieren tener al menos un momento de felicidad en esta vida antes de convertirse en la cena del patrón, tener “una alegría”, como dicen ellos. Entonces eligen vivir en el engaño, porque la realidad es tan horrible, tan espantosa, que no soportan mirarla a los ojos.

Éstos son los que nos hablan como muchas de nuestras mujeres cuando regañan a los niños, porque son los que nos dicen que las cosas no se arreglan con violencia. En su cómodo y animal embrutecimiento, desprecian el Criterio que distingue el bien del mal y no ven la diferencia entre juzgar solemnemente y sentenciar al caníbal, y los asesinatos que el Caníbal comete. “¿Qué es el bien y el mal? ¿Quién dice qué es lo correcto y lo incorrecto? Todo es relativo, todo es según el cristal con que se mire…”.

Para ellos es lo mismo, todo es violencia: la del Caníbal Invasor y la del que se defiende de él. Así confunden el crimen con la justicia.

Dicen que el problema no es el canibalismo en sí, porque canibalismo ha habido siempre, sino que el problema es querer acabar con el canibalismo. Dicen que eso es lo que nos ha llevado a desunirnos y ha causado una dolorosa y amarga grieta en nuestra feliz y armoniosa fraternidad de palomas y escopetas. Y cada vez que alguno de nosotros tiembla de indignación cuando se están llevando a uno de sus seres queridos para comérselo, estos optimistas posmodernos, a veces progresistas o a veces conservadores, se escandalizan con el indignado, lo censuran y lo llaman a reprimirse. Es difícil saber si lo hacen adrede, pero lo que es seguro es que les facilitan el trabajo a los patrones caníbales.

El ministro de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires, Enrique Avogadro —vulgar neoliberal—, preparándose para comer en platitos de papel una torta con la forma del cuerpo de Cristo, que es la forma de un cuerpo humano. El Caníbal lo es también en el plano simbólico y no pierde la oportunidad para dejarlo bien en claro.

Nos convocan a mantener la paz y a la tranquilidad. Seamos parte del cambio, nos dicen, dejemos que se lleven a Manuel. Más aún, despidámoslo afectuosamente… ¡es un héroe, un ejemplo! Recordémosle que lo queremos mucho y que siempre recordaremos con agradecimiento nuestras charlas con mate y torta fritas hasta la madrugada, y todo lo que hizo por nosotros. Y esta noche durmamos por fin en paz, porque el Gran Caníbal estará ocupado adobando a Manuel en la parrilla y va a dormir pipón. Pero no seamos violentos, por favor, porque las cosas no se arreglan con violencia.

Cualquiera con un poco de astucia sospecharía que lo que estos optimistas están defendiendo en realidad, es el derecho del Gran Caníbal a hacer uso exclusivo de la fuerza. Así parece cuando argumentan que, si el Gran Caníbal quiere apropiarse de la fuerza pública para comerse a nuestros amigos y parientes, allá él, problema suyo, nosotros no caeremos en esas bajezas. Ya verá él con el tiempo que todo vuelve en esta vida. Nosotros haremos meditación yogui para controlar nuestros bajos instintos apartándonos de la vulgar muchedumbre embrutecida, y nos retiraremos a las inmaculadas alturas del anarco-veganismo animalista antiespecista. Porque la caridad bien entendida empieza por casa.

Pero jamás usaremos la violencia para ponerle ningún límite al proceder del Gran Caníbal, porque sólo Dios decide quién vive y quién muere (bueno, también el Gran Caníbal lo decide… y ya que está muerto, no lo vamo’ a desperdiciá’, mirá esas costillas brillantes y calentitas).
Si a alguno esto le parece poco más que una parodia exagerada, quizás debería recordar que mientras el Gran Caníbal de Oriente Medio ordenaba la masacre en la que mataron a Fadi Abu Salah —y fusilaron también de un tiro en la cabeza a la joven doctora Razan an-Najar, 21 años, de Médicos sin Fronteras, mientras atendía a un herido—, en Eurovisión a un enorme caníbal como Benjamín Netanyahu lo “humanizaban” bailando “el baile del pollito”.

Nos dicen los pollitos optimistas que el Caníbal también es un ser humano como nosotros. Que no deberíamos odiarlo, porque el odio nos hace mal y no suma. Que odiando al caníbal no hacemos más que rebajar nuestra humanidad. Al caníbal hay que educarlo, con paciencia y predicando con el ejemplo, demostrándole buenos modales. A lo mucho hay que hacerle chas-chas en la colita y explicarle “No, no… la gente no se come… mirá, acá tenés una ensalada de soja”.

La representación artística del Gran Caníbal occidental, por el enorme caricaturista brasileño Carlos Latuff: el águila imperial desgarrando al planeta con hambre insaciable de riquezas naturales, poder global y, claro, mucha carne humana.

Más aún, en su desbordante alegría quieren pasar del dicho al hecho y ser más coherentes con su manera de pensar, proponen que a nuestros intelectuales y profesores de nuestras universidades se los mandemos a los caníbales, a ver si los educan. Desarmados, por supuesto, porque el Gran Caníbal pobrecito, con tanto alboroto ahora tiene miedo y se puede sentir discriminado. Si no logramos que el Gran Caníbal los escuche a ellos, pues entonces hay que convencerlo de alguna manera, haciéndole más atractiva nuestra propuesta. Podemos enviar junto con nuestros intelectuales y literatos, no sé… algo que llame su interés…

¿Qué le puede interesar al Gran Caníbal? Hay que ganarse su corazón… Ah, claro: le mandaremos a nuestros intelectuales y literatos condimentados con sal y chimichurri, y atados de pies y manos, para que no se asuste. Y con una manzanita roja en la boca, para que sepa que esta vez no lo van a importunar durante su almuerzo hasta que él decida escucharlos. Y una tarjetita simpática que diga: “Si Ud. lo desea, recuerde siempre que puede retirar la manzanita de la boca de nuestros intelectuales y escucharlos, ellos tienen algo muy importante para decirle. ¿Se anima a salir de su zona de confort? ¡Será divertido!

¿No es una idea genial? ¡De esta manera cambiamos positivamente el mundo! ¡Vamos que llega la Era de Acuario!

Así se debate la humanidad hoy en día, entre el dilema de convivir con los caníbales y ver diariamente cómo se llevan y se comen a nuestros amigos y seres queridos, o la idea de organizarnos y exterminar a los caníbales. Ese es básicamente el dilema entre el capitalismo y cualquier revolución: luchar o no luchar contra esta institucionalización moderna, diplomática y tecnificada del canibalismo en nuestra especie que Marx llamó “explotación del hombre por el hombre” y que es básicamente una forma moderna y maquillada de convertir a tus semejantes en una cena calentita.

Ciertamente, la humanidad no será humana ni vivirá en paz hasta que encuentre el coraje para perseguir y exterminar a los caníbales, hasta el último de ellos. Sin piedad. Nunca será verdaderamente humana hasta que abrace el Criterio para siempre, haga ese sacrificio final, y aprenda a distinguir entre la justicia y el crimen. Nunca más, ¡nunca!

Mo’ámmer Al-Muháyir