Históricamente, las clases explotadas se han visto y se ven obligadas a lidiar permanentemente con el fenómeno político del “espíritu revolucionario pequeñoburgués”. Este fenómeno social, al que Lenin llamaba irónicamente “izquierdismo infantil, amenazante, altanero de palabra y estéril en la práctica”, suele partir de análisis a través de los cuales su comprensión de la realidad no va más allá de lo medianamente perceptible. ¿Pero qué es, cuáles son sus características, cuál es su naturaleza? En El revolucionarismo pequeñoburgués, el filósofo soviético Boris Leibzon explicaba el fenómeno del ultraizquierdismo con las siguientes palabras: “La principal peculiaridad de todos los tipos de espíritu seudorevolucionario es el subjetivismo extremo, la falta de deseo de tomar en consideración las leyes objetivas del desarrollo social, la fe ciega en la fuerza milagrosa del llamamiento revolucionario y de la acción directa e inmediata, independientemente de la situación política y social. De aquí la táctica de aventuras desenfrenadas. Su base la constituye el estado de ánimo, el impulso”.

Ya Lenin, en El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo, da una definición aún más sintética del espíritu ultra revolucionario, diciendo: “Son de público conocimiento la inconstancia de ese revolucionarismo, su esterilidad y su tendencia a transformarse rápidamente en sumisión, apatía e incluso en entusiasmo frenético por una u otra corriente burguesa de moda”.

Lev Davídovich Bronstein, más conocido como León Trotsky, es el máximo referente histórico del izquierdismo. Debido a su trosqueo permanente, terminaría finalmente asesinado en agosto de 1940 por Ramón Mercader, un agente del entonces NKVD soviética. En ese momento Trotsky se hallaba en México y corría por izquierda operando política y culturalmente desde allí contra el proyecto político nacional-popular de la URSS, de donde había sido desterrado por orden de Stalin.

Desde hace varias décadas, la izquierda occidental en general padece ésta enfermedad infantil del izquierdismo. Tal es la gravedad de la situación y la dolencia se propagó tanto que ya tiene la abominable forma de epidemia. La izquierda se encuentra actualmente invadida por movimientos e ideologías acientíficas, conquistada por la reacción y esto explica, en gran medida, el por qué el movimiento de izquierda es inoperante, porque es disfuncional, porque es marginal y porque es incapaz de establecer la más mínima comunicación con las mayorías sociales, con la clase trabajadora, en una comunicación que debería de ser natural entre las masas y la izquierda. De esta manera, lo natural se convierte en una especie de viaje interestelar entre especies diferentes de galaxias lejanas y eso es porque quienes les hablan a las masas en nombre de la izquierda son, precisamente, elementos incapacitados científicamente y contaminados de ideologías para marginales desde formas de pensamiento anarquistas, aficionados a adoptar consignas cada vez más radicales al grito de “rompan todo”. Estas cualidades son justamente las “virtudes” del rebelde lumpenizado, el artista bohemio que quiere ser “más revolucionario que nadie”. En el pasado los elementos de esta corriente extremista eran todavía más trágicos y cumplían el papel del terrorista dispuesto a destruirlo todo, cueste lo que cueste. Toda esa exageración es en realidad producto del pánico, de su incomprensión de la realidad. El ultraizquierdista “enloquece” por las atrocidades del capitalismo y se convierte rápidamente en un revolucionario extremista dispuesto a prender fuego todo. La ultraizquierda dice: “De un lado los revolucionarios puros y del otro la masa reaccionaria compacta”, nada de variaciones en la correlación de fuerzas y otros aspectos que no encajen en el esquema extremista, nada de sectores medios vacilantes ya que éstos son clasificados con anticipación ubicándolos junto a la reacción, al igual que las grandes mayorías sociales por poseer prejuicios propios de su época concreta y su cultura. Sobre este tipo de desviaciones ultraizquierdistas, Federico Engels se burlaba de la siguiente manera: “Todos los partidos oficiales unidos aquí en un montón y allí los socialistas en una columna; gran batalla decisiva, triunfo en toda la línea de un solo golpe. En la realidad, las cosas no ocurren de un modo tan sencillo. En la realidad, la revolución comienza, por el contrario (…) cuando la gran mayoría del pueblo, y con ella los partidos oficiales, se unen contra el gobierno, que de este modo se ve aislado; y lo derriban”.

Pese al espíritu revolucionario pequeñoburgués, la medida justa de la virtud, decía Aristóteles, está en el término medio. Todos los radicalismos llevan a la contradicción. Precisamente es en los extremos de cualquier ideología, filosofía, religión o cualquier otro sistema de pensamiento (incluso el matemático), donde emerge la contradicción (o el error) y el mal que éste engendra.

Hasta Hebe de Bonafini fue víctima del izquierdismo trotskista al ser simbólicamente incinerada en forma de muñeco en plaza pública. Cuando el izquierdismo considera que hay una “agachada” o claudicación, no perdona ni siquiera a los referentes más históricos de la lucha de los pueblos: la cuestión se reduce a estar siempre a la izquierda de todo y de todos.

El ultraizquierdismo parte siempre de concepciones “idealistas” de la realidad y por eso lo que trata de explicar Engels en la cita es que no se puede enfrentar al individuo con las fuerzas productivas ni con el devenir histórico. Es aquí donde la teoría revolucionaria se divorcia del infantilismo izquierdista, ya que éste último niega, de manera idealista y metafísica, la necesidad de condiciones materiales que el hombre necesita para desarrollar una acción exitosa de transformación de la realidad social. Para los ultraizquierdistas “todo depende del hombre, de su voluntad, de su conciencia”. Es un subjetivismo pobre, un voluntarismo vulgar e idealista.

El materialismo, por otro lado, analiza la materia, lo que existe, lo único que influencia la realidad y la vida del hombre, ayuda a defender posiciones desde la elaboración de análisis y valoraciones del contexto, apreciando las relaciones de fuerzas de todas las partes implicadas sobre el terreno. En oposición, la concepción idealista del ultraizquierdismo infantiliza el pensamiento humano, de manera primitiva, ante la incapacidad de comprender científicamente y de una manera desarrollada el mundo.

Toda esta degeneración ideológica también se manifestó en las condiciones materiales de existencia con respecto a toda o gran parte de su masa de activistas. A lo mejor en nuestro país esto no sea tan perceptible, pero en el llamado “primer mundo” ya es vox populi el lugar de privilegio que ocupa el activismo izquierdista dentro del conjunto de las relaciones sociales. Es sabido que el capitalismo tiende a apropiarse de todo hasta convertirlo en mercancía, pero no se puede dejar de señalar el carácter pequeñoburgués de este mal concepto de izquierda, no solo a nivel ideológico, sino precisamente por su ubicación económica en la sociedad. Por ejemplo, existen bares, cafés, restaurantes, comercios y toda clase de merchandising dedicados exclusivamente a satisfacer las demandas de estos grupos ultraizquierdistas. Su “lifestyle” es propio de los barrios ricos. Es conocida, por ejemplo, la tienda en línea llamada TheCheStore.com, en la cual venden productos con la imagen del Che Guevara. Hacen envíos gratis en todo EE.UU. continental; también venden gorras comunistas a 20 dólares. Es un negocio de moda, ya no hay más editoriales como Anteo, Fundamentos, la pequeña biblioteca marxista-leninista. La generación de milennials izquierdistas consume puras mercancías sin valor espiritual ni intelectual.

Contradicciones. En la desesperación por colocarse como fuere a la izquierda del gobierno nacional-popular de Cristina Fernández, los trotskistas del llamado Movimiento Socialista de los Trabajadores (MST) no dudaron en marchar con la oligarquía terrateniente durante el lock-out patronal del año 2008. Ese lock-out casi terminó en golpe de Estado y los trotskistas terminaron quedándose pegados con gorilas como Eduardo Buzzi y Hugo Biolcati. Para el recuerdo.

El fenómeno del ultraizquierdismo en nuestro país se expresa principalmente dentro de las corrientes trotskistas. Una actitud extremista, por ejemplo, fue la del FIT durante las pasadas elecciones legislativas. Su lanza de la revolución para implicar y cohesionar en torno suyo a los trabajadores fue la propuesta electoral de “jornadas de 6 horas y 25.000 pesos de sueldo”… ¡en medio del mayor avance de la reacción y sus políticas neoliberales! Como se ve, al izquierdismo infantil no le importa la correlación de fuerzas y no se preocupa en lo más mínimo si tiene la más remota posibilidad de conseguir por lo menos una milésima parte de lo que dice querer lograr. El ultraizquierdismo no toma posiciones ni desarrollos de comunicaciones en base a necesidades prácticas para influenciar a las masas. Sino que, por el contrario, todas sus maniobras tácticas cumplen una función individualista de sectores marginales de la política a los que solo les interesa aumentar lo más posible su retórica ultra revolucionaria, inmiscuidos en consignas con las que únicamente ellos se identifican en una comunicación que solo reproducen para sí mismos. No buscan desarrollar tácticas en torno al lenguaje y a las formas psicológicas de los trabajadores para atraerlos y acumular fuerzas, sino que desarrollan posiciones desde el izquierdismo pequeñoburgués. Todas sus formas de hacer política, cada paso que dan, cada discurso, obedecen a una recreación aislacionista de grupos marginales que pretenden hacer de sus pasiones románticas del mundo un motor de lucha que les permita crecer como fuerza. A pesar de tanto voluntarismo, el griterío idealista no sirve de nada. La eficacia está del lado de las maniobras de influencia material que garanticen avances de cualquier tipo. El comunismo debe apoyar toda fuerza de la materia, histórica y presente, que encarne una proyección progresista sobre el terreno, la fuerza más avanzada contra la fuerza más reaccionaria que domina el escenario político. Y esto es al margen de las banderas, el modelo de propiedad, sus formas productivas y las ideologías. Es de esta manera pragmática, logrando las mayores implicaciones con los intereses de las mayorías sociales, que se consigue desarrollar el contexto hacia estadios superiores, solapándolos con fuerzas cada vez más avanzadas para obtener resultados cada vez más progresistas, aunque esto signifique aliarse a elementos con un programa político diferente, pero con los que las masas se representan y vinculan. Por eso, exigir una adaptación extremadamente técnica del marxismo, como suele hacer el trotskismo a la hora de desarrollar sus tácticas, no solo es antimaterialista, sino que demuestra que su nivel de análisis es primitivo y débil por no comprender qué fuerza representa un valor progresista, civilizador, y qué fuerza representa un valor reaccionario y predador de los intereses de las mayorías sociales. Por estos motivos, no hay que caer en las posiciones ultraizquierdistas superficiales de valorar lo que son las ilusiones y los deseos, sino que se debe analizar qué sector es el que mayor influencia proyecta en una situación concreta, es decir, valorar la correlación de fuerzas desde la materia, porque solo intervienen en la realidad objetiva quienes sean capaces de proyectar fuerza. Las ilusiones y los deseos, los panfletos partidarios, los discursos ultra revolucionarios no proyectan fuerza y, por lo tanto, no tienen ningún poder de influencia sobre las condiciones materiales de existencia. Siguiendo esta línea de razonamiento, Engels alentaba a “(…) apoyar momentáneamente a otros partidos en medidas que beneficien directamente al proletariado o que representen un progreso en el sentido del desarrollo económico o de las libertades políticas”.

Es responsabilidad del comunista, de quien estudia el materialismo dialéctico, saber valorar las fuerzas que a lo largo de la historia y ante determinados contextos van produciendo los avances materiales y progresivos que obligan a producir saltos cualitativos haciendo caducar a los viejos regímenes. También saber identificar las fuerzas conservadoras que, involucradas en todo momento, obedecen a los valores de influencia reaccionarias, que resisten el pulso por los intereses más derechistas y conservadores. Por eso Engels continua de esta manera su fundamentación en la que apoyar ciertas fuerzas progresistas, aunque éstas sean burguesas, a veces es necesario: “Solo soy partidario de esto cuando la ventaja para nosotros sea directa o la que represente para el desarrollo histórico del país en la senda de la revolución económica política sea indiscutible y valga la pena”.

El llamado “troscobardo”, un clásico de la protesta social. Cuando la manifestación se conduce de manera ordenada y se apresta a lograr sus objetivos puntuales, aparece la izquierda del todo o nada —Rafael Correa dixit— a romper todo y a darles a las fuerzas del orden la excusa para reprimir a la generalidad. ¿A quién le terminan haciendo el juego con este proceder?

Cuando Engels señala el “desarrollo histórico” se refiere a la explicación clásica dada por el marxismo para con la historia, donde el progreso lucha contra la reacción constantemente. De esta manera la sociedad va progresando hacia estadios más avanzados de civilización. El mismo desarrollo podemos encontrarlo en la naturaleza, ahí por ejemplo donde la materia inorgánica, como la corteza terrestre, va progresando a través del desarrollo de nuevas estructuras geológicas, o la materia orgánica que también evoluciona hacia cada vez más sofisticadas formas de vida.

El ultraizquierdismo no puede comprender todo lo anteriormente dicho, porque parte de concepciones idealistas de la realidad. Por eso se queda a mitad de digestión, cayendo en desviaciones ideológicas serias, degeneraciones infantiles que suelen beneficiar a la reacción. Como suele decir un compañero ucraniano del que aprendí mucho, aquí es donde se ven reflejadas las diferencias entre una concepción estratégica que tiene la obligación de adaptarse de la forma más acertada con el objetivo de conseguir la máxima influencia sobre la clase trabajadora y lo que son las maniobras individualistas de autoanulación y subjetivas que, abstraídas de la realidad concreta, pretenden no adaptarse a las mayorías sociales, sino que esas mayorías se adapten a ellos.

Martín D’Amico