Al momento de cerrar esta nueva edición de nuestra Revista Hegemonía —la séptima, aun contra todo pronóstico—, la economía de nuestro país se había reducido a las finanzas y toda la política económica del gobierno neoliberal y neocolonial pendía de la timba financiera en la cotización de una moneda extranjera, el dólar estadounidense. La actividad económica real había llegado a una parálisis práctica, con escasez de mercadería en las góndolas de los supermercados y una enorme incógnita respecto a los precios de las cosas. Claro que los especuladores hacían lo suyo, escondiendo la mercadería a la espera de que la devaluación brutal se trasladara a los precios, aun a sabiendas de que la capacidad de consumo de los sectores populares y medios en general ya estaba agotada.

No obstante, Mauricio Macri seguía imperturbable sentado en el sillón de Rivadavia y manteniendo en sus puestos a todos sus ministros, pese a los rumores de cambios en el gabinete y hasta de una renuncia a las apuradas ante el panorama devastador. De esta parte, evaluábamos postergar la publicación de la revista hasta tener alguna certidumbre y evitar así quedarnos desactualizados en cuestión de días y horas, pero la dinámica de la política, que es la política económica, en estos días de locura demuestra que sería en vano esperar esa certidumbre: los argentinos hemos de acostumbrarnos a vivir con un alto nivel de inseguridad respecto al futuro a corto plazo, por lo menos en los próximos meses y hasta que la política brinde las soluciones con quizá un gobierno de transición que estabilice el país y llame a elecciones para que la Argentina se reencuentre con un proyecto político de tipo nacional-popular y otro ciclo de prosperidad, como el que habíamos experimentado entre los años 2003 y 2015.

Por lo tanto, para esta edición de la Revista Hegemonía hemos decidido saltear toda esa etapa supuesta de caída definitiva del neoliberalismo neocolonial y de transición, pasando directamente a la resolución del problema que debe ocuparnos de aquí en más: la construcción de ese nuevo ciclo de gobierno nacional-popular a la brevedad, de cómo lograrlo y de cómo se verifica históricamente que se trata de una utopía de lo posible.

De una parte, demostramos que el maximalismo es pernicioso en la construcción política con todos y todas, en la diversidad de opinión que se potencia en esta sociedad de la opinión. Veremos que la pretensión de imponer la totalidad de una cosmovisión dada, ya sea desde un lugar de poder o desde el llano, es algo corrosivo para la unidad o el consenso mínimo necesario para la construcción o sostenimiento de un proyecto político. El talibanismo en la política termina aislando al talibán, que finalmente no podrá ni siquiera aplicar los fundamentos básicos de aquello que proyectaba o, en otras palabras, el “ir por todo” normalmente resulta en quedarse con las manos vacías. Si bien es reconfortante pensar en una revolución total que cambie de base la sociedad entera de un plumazo, la verdad es que eso nunca se da en la realidad efectiva e incluso aquellos procesos dichos revolucionarios y vistos como maximalistas han tenido que negociar para llegar a soluciones de compromiso con los distintos sectores de la sociedad y no ser derrotados. Hasta los bolcheviques en la Revolución rusa —que son el maximalismo por antonomasia— tuvieron que implementar una NEP a poco de andar la Revolución y eso fue para no terminar como los jacobinos de Francia, cuyo destino fue la guillotina.

La NEP en Rusia fue una solución de compromiso con los sectores de la burguesía para no paralizar la producción y Lenin, el propio Lenin, recibió críticas de su ala izquierda por ese “paso atrás” en la implementación del socialismo. Pero Lenin sabía que ese “paso atrás” se daba para tomar carrera, como se dice, al igual que la Revolución cubana cuando se reajusta a sí misma y empieza a contemplar sectores que antes consideraba enemigos.

Todo eso es sobre el maximalismo, pero por otra parte está la misma cuestión de la construcción política de un nuevo ciclo de gobierno nacional-popular y de sus vericuetos en medio a la turbulencia de estar en oposición a un gobierno que más se asemeja a un ejército de ocupación. ¿Cómo se logra, cómo se hace eso? ¿Cómo reconquistar el poder político para las clases populares en una sociedad, incluso ante un estallido del modelo dominante? ¿Ese estallido garantiza por sí solo el triunfo de los pueblos en la política?

Son muchos interrogantes que intentamos analizar en esta edición de nuestra Revista Hegemonía, que además viene con un contenido diverso que el lector sabrá apreciar, un contenido que va desde la crítica del cine alternativo a la que ya estamos acostumbrados hasta el análisis filosófico del reverso de la trama, sobre lo que está y no vemos y sobre otros factores de poder y su peso real en la política de esta posmodernidad mediática, que es muy distinta a la modernidad que todavía nos sigue prestando categorías más bien obsoletas.

Una vez más decimos presente y aparecemos con esta edición de la revista, que esperamos siga siendo del agrado de nuestros lectores y, más importante, que siga sirviendo para brindar una mirada distinta sobre la realidad, que parece ser cada día más compleja. Estamos seguros de haber dejado todo en el intento y con la convicción de seguir haciéndolo de cara al futuro. Sea ese futuro el que fuere porque, como decía Salvador Allende, la historia es nuestra y la hacemos los pueblos.

Allá vamos.

Erico Valadares
Revista Hegemonía
La Batalla Cultural