Milan Kundera decía, en La insoportable levedad del ser, que “(…) La gente, en su mayoría, huye de sus penas hacia el futuro. Se imaginan, en el correr del tiempo, una línea más allá de la cual sus penas actuales dejarán de existir”. Los tiempos de la crisis, en todos sus aspectos, nos llevan irremediablemente a la reflexión: qué hicimos, quién es responsable de lo que nos pasa, qué sucedió mientras no nos dábamos cuenta de que la fatalidad tocaba a la puerta. El dolor y el padecimiento logran que todo ser humano deba sumergirse dentro de sí mismo para intentar entender por qué es que la oscuridad invadió nuestros días.

Y la oscuridad, por su propia naturaleza, nos invita a lugares incómodos para nosotros mismos. Esos de los que solemos huir por la contundencia con que se nos presentan, por el horror muchas veces de asumirnos débiles, malvados, egoístas, cobardes y frágiles. Como individuos, sí, pero también y de manera indisoluble, como ciudadanos e hijos de una Patria a la que terminamos rechazando desde lo profundo de nuestro ser por lo leve, por lo intangible, por lo que nos exige irremediablemente: la fe.

Fe, ese sentir tan relacionado a lo institucional religioso, pero que no proviene de allí sino de la convicción amorosa acerca de algo —una causa, una cosa o una idea— que no necesita de pruebas tangibles para ser, para manifestarse. La fe, en verdad, es de las mayores fuerzas con las que contamos los seres humanos para sobrellevar la vida en un mundo que ofrece cada vez más estímulos y menos contenidos. Es el cimiento de las fortalezas que se forjan para sentirnos seguros, aun cuando todo arde y tiembla.

Por eso se dice que mueve montañas, porque un individuo con fe es capaz de las mayores hazañas en nombre de aquello en lo que cree, en lo que su amor incondicional está depositado. Y al extrapolar este sentir a la conformación del ser nacional, se convierte en el aglutinador de todo aquello que es necesario para que cualquier persona en cualquier lugar del mundo ponga por encima de sus intereses individuales a los intereses colectivos, que son los que llevarán a ese sujeto a defender la tierra que lo vio nacer por sobre todas las cosas, incluyendo su propia vida. La fe en su Patria, de la que se sabe parte inalienable porque comprende que no puede existir ella sin aquel que la conforma, es la que transforma al sujeto-individuo en ciudadano, es la que le da su identidad, su sello inconfundible ante los ojos del mundo.

El ser nacional argentino, resquebrajado ante la mirada de los buitres cuyo interés es la desintegración de la cultura para destruir dos siglos de construcción política, balcanizar el país y así facilitar la extracción de los abundantes recursos naturales.

Pero en nuestro país, la fe y el ser nacional son estados separados para las mayorías que, convencidas por la colonización pedagógica sarmientina y extranjerizante que las ha educado a tales fines, creen que tener fe en algo significa ser religioso o incluso bobo, por esa necesidad que nos han impuesto de tener pruebas de la existencia de las cosas, aunque para ello sólo se necesite, en el fondo, tener la fe depositada en los mensajeros y no en los mensajes. Es decir, la doble moral del argentino promedio le impide decirse poseedor de una fe depositada en un proyecto o en un ideal, pero lo habilita a creer ciegamente en lo que diga tal o cual persona sobre aquello en lo que el argentino quiere creer a como dé lugar. Así, sólo basta con que el argentino se sienta incómodo con algo para que cualquiera que justifique mediante un mínimo argumento aquello que lo incomoda sea digno de su respeto, sea receptor de su fe. Y es entonces que la necesidad de pruebas de la veracidad de aquello que justifica su incomodidad se diluye, convirtiendo así al sujeto en un seguidor de todo lo que justifique su incomodidad e incluso su ignorancia.

Yo soy argentino, pero yo no soy como los
argentinos

Entonces, a través de esta disociación entre el ser y el ser nacional, entre la idea de uno mismo y la idea de dónde provenimos, es que el enemigo de los pueblos se nutre y se hace de soldados para su propio ejército, ese que está compuesto de seres alienados de sí mismos y que responden siempre, con una fe ciega y absoluta, al llamado a la batalla diaria en la que ponen el mayor de sus esfuerzos a la orden de la destrucción del ser nacional, ese que se hace insoportable por su levedad, por su liviandad, por su intangibilidad.

El ser nacional pasa así a ser objeto de rechazo, de desprecio e incluso de persecución. ¿Cómo alguien va a defender ideales de una Patria que no existe en los hechos? ¿Cómo, en un mundo tan informado y digitalizado, es posible que haya personas que aún creen en historias de lucha y defensa de los pueblos libradas a caballo, guiadas con coraje y ganadas con sangre, sudor y amor colectivo? Mejor y más simple es pensarse a uno mismo como ciudadano del mundo, inserto en lo global y conectado con el afuera. Un afuera ideal, por supuesto, que es pulcro y modosito, con formas y apariencias oníricas y delicadas, de una irrealidad muchas veces esquizoide y perturbadora. El argentino que rechaza al ser nacional por su insoportable intangibilidad es el que se rechaza a sí mismo, es el que se termina odiando por no hallar su reflejo en el espejo, en las miradas de sus semejantes.

Durante el gobierno nacional-popular de Cristina Fernández de Kirchner (2007/2015), se intentó generalizar el concepto de la unidad indivisible del pueblo-nación que está presente en la filosofía de Antonio Gramsci y también en los mejores escritos sociológicos de Arturo Jauretche. No obstante, ese intento de generalización no fue suficiente y el ser nacional argentino es aún muy difuso, nos cuesta realizar la asociación necesaria en nación, patria y pueblo en un sentido de clase social popular.

Ese argentino que se dice argentino pero se siente algo más, algo distinto, es el que deposita su fe en los ídolos de barro, en lo efímero de las satisfacciones inmediatas, en la adrenalina de sentirse libre de sí mismo y de sus pesares y oscuridades, porque finalmente lo que quiere ese argentino es no hacerse cargo de sí mismo, de sus miserias, de sus miedos, de su ser. Tan íntima es la relación entre esta evasiva y el rechazo del ser nacional que no pueden concebirse la una sin la otra, porque el flagelo de la propia identidad es el que le impide ver al otro, sentir empatía, sentir compasión, sentir amor.

Estamos en los tiempos en los que las frustraciones personales son canalizadas a través de manifestaciones colectivas y sectarias, en las que la competencia es por ver quién grita más fuerte, pero no para superarnos en la lucha por la liberación del conjunto. Porque asumir nuestra identidad nacional no es otra cosa que responsabilizarnos por nuestra historia, por nuestro presente y por nuestro futuro, pero la inmediatez de lo superficial, la ansiedad por dejar de lado el dolor y la tristeza que implican la conciencia de nuestro lugar en el mundo, son el problema a superar en este fragmento de la historia que nos toca escribir. La angustia no se irá jamás de nuestros corazones hasta que no asumamos, con fervor y coraje, que somos artífices de nuestro destino y de los destinos de la Patria. Que no estamos ni estaremos jamás exentos del compromiso en la construcción del mundo en que queremos vivir, y que hasta tanto no nos formemos y nos encarguemos de formar argentinos hijos de este suelo, seguiremos luchando los unos contra los otros mientras el mundo avanza y los pueblos se definen entre libres y oprimidos.

Porque como dijo José Hernández:

“Los hermanos sean unidos,
Porque esa es la ley primera,
Tengan unión verdadera,
En cualquier tiempo que sea,
Porque si entre ellos pelean,
Los devoran los de afuera”.

*Romina Rocha