Cuando lo mejor del cine europeo se reúne para realizar un film que mezcla drama, comedia, historia universal reciente y política, el resultado puede ser extraordinario. Así podría sintetizarse Good Bye, Lenin! (Alemania, 2003. 121 min.), una película brillantemente dirigida por Wolfgang Becker y que narra en primer plano el drama familiar de los Kerner, una apasionante e insólita trama que tiene lugar en Berlín oriental durante los sucesos de la caída del Muro, la disolución del campo socialista en el Este y la reunificación de Alemania forzada por Occidente. En la obra también hay divertidas referencias al Mundial de fútbol de 1990 en Italia —casualmente, o quizá no tanto, ganado por Alemania y celebrado como hito de reunificación— y una buena cantidad de intertextos con otras películas y piezas musicales de mucho éxito, como el film 2001: Odisea del espacio, obra maestra de Stanley Kubrick en el año 1968, y la canción de Scorpions Vientos de cambio, lanzada en 1990 justamente para celebrar esa caída del socialismo y ese triunfo del capitalismo occidental sobre el resto de Europa. Good Bye, Lenin! Está repleta de dichos intertextos y es recomendable estar atento a ellos, porque agregan valor a una obra ya de por sí magistral.

El afiche oficial de ‘Good Bye, Lenin!’, retratando en primer plano al protagonista Daniel Brühl. Junto a Burghart Klaussner, cuyo personaje representa a su padre en este film del año 2003, Brühl aparecerá nuevamente al año siguiente en ‘Los Edukadores’ (‘Die fetten Jahre sind vorbei’, en su título original), otra película alemana con un fuerte contenido político y social.

Cuando Christiane Kerner (Katrin Sass) se ve abandonada por su marido, Robert (Burghart Klaussner), se ve obligada a llevar adelante sola la crianza de sus dos hijos. Robert supuestamente huyó a Alemania Occidental y para asimilar el golpe, luego de algunas semanas en estado de shock, Christiane es internada y regresa dispuesta a dedicarse con devoción a la militancia en el Partido Socialista Unificado de Alemania (SED, por sus siglas en alemán), en el que pasa a actuar como una especie de comisaria política por el bienestar social y vocera de las necesidades cotidianas de la gente común de su distrito. En un sistema ya en decadencia y víctima de sus propias imperfecciones, Christiane dedica su vida a un ideal de justicia social que abraza con fervor y así transcurren los años y la crianza de sus dos hijos, Alexander (Daniel Brühl) y Ariane (Maria Simon).

Diez años después de la partida de Robert y del giro militante de Christiane, la Alemania Democrática se apresta a celebrar los 40 años de su fundación en medio a una crisis institucional que resultaría en su disolución en el corto plazo. Alexander ya es un joven adulto, no está conforme con el socialismo y no deja pasar la oportunidad de expresar esa disconformidad. En la noche de los festejos por los 40 años de la RDA, Christiane se dirige a la sede del gobierno para participar de las celebraciones, a las que había sido invitada, pero se ve retenida en un atasco provocado por una marcha liberal opositora al régimen. Obligada a bajarse del auto y caminar hasta destino, tiene un ataque cardíaco al ver como Alexander es detenido junto a otros agitadores liberales y cae en un profundo coma que durará ocho meses. Y aquí es donde empieza la trama.

Cuando Christiane despierta del coma, el Muro de Berlín ya ha caído y Alemania se ha transformado abruptamente, al reemplazarse de golpe en el Este el sistema socialista por el capitalismo que ya regía en el Oeste y avanzaba con voracidad inusitada sobre el pequeño país oriental. Christiane no puede ser sometida a emociones fuertes y Alexander considera que si se enterara de la caída del sistema que había militado con tanto fervor podría provocarle otro infarto y la muerte, por lo que decide sacarla del hospital y llevarla a casa, donde reconstruye en una habitación la estética del mundo que se había derrumbado meses antes. Para evitar que su madre tenga conocimiento de lo que sucedía en el mundo exterior, Alexander involucra a todo el vecindario en una puesta en escena delirante que no va a estar exenta de contratiempos.

Pero el mensaje ideológico que esta película transmite aparece con toda su claridad en el detalle de que el mundo diseñado por Alexander para garantizar la tranquilidad de su madre recrea la Alemania Democrática que se había disuelto, pero solo en su estética. En la parte ética o ideológica de esa recreación lo que se ve es la utopía de aquello que la RDA nunca pudo llegar a ser y que, justamente por no serlo, fracasó como proyecto político. Como Christiane no puede mirar televisión ni escuchar radio, ya que de hacerlo tomaría contacto con la realidad exterior, Alexander graba noticieros ficticios en complicidad con su compañero de trabajo, Denis Domaschke (Florian Lukas), un aspirante a cineasta que se gana la vida instalando antenas de TV satelital. Cada contratiempo de la puesta en escena tendrá su explicación en esos noticieros: en ocasión de su cumpleaños, Christiane logra divisar desde su cama y a través de la ventana abierta como unos operarios desplegaban un enorme cartel publicitario de Coca-Cola en el perfil de un edificio vecino. Al otro día, el noticiero Alexander y Denis vendrá con la “noticia” de que la fórmula de la famosa gaseosa, en realidad, había sido un descubrimiento del socialismo alemán del Este. Y así con cada una de las contradicciones que Christiane va viendo por descuido de Alexander, hasta que el canal de noticias termina por reflejar un país ideal, al que acuden miles de refugiados occidentales huyendo del capitalismo salvaje y en búsqueda de la dignidad en el Este. El líder histórico de la RDA, Erich Honecker, será reemplazado en el cargo por el cosmonauta Sigmund Jähn (Stefan Walz), cuando Alexander lo encuentra manejando un taxi y le propone participar de la puesta en escena para salvar a su madre.

Escena clave de la película: Christiane aprovecha que Alexander se queda dormido y sale por primera vez de la habitación, llegando a la calle. En ese justo momento un helicóptero militar sobrevuela el lugar transportando una estatua de Lenin que había sido retirada de la ciudad en el proceso de rápida occidentalización de Berlín. Ese Lenin volador “saluda” a Christiane a pasar, como despidiéndose de ella.

La película es una crítica al viejo sistema socialista impuesto por la Unión Soviética, pero también critica duramente al sistema capitalista occidental. La propuesta no es volver a lo que fue ni aceptar lo que es, sino avanzar sobre lo que debería ser, sobre la utopía bien entendida. Sobre esa utopía que, según Eduardo Galeano, sirve para eso: para caminar. Y esa oda a la utopía de lo nacional-popular que se despliega durante las dos horas de Good Bye, Lenin! es la razón por la que esta película es mucho más que un clásico del cine universal. Good Bye, Lenin! es una pieza fundamental para la formación política de los que caminamos hacia la utopía de un mundo mejor, que es posible. La Batalla Cultural y la Revista Hegemonía recomiendan este film con cinco estrellas sobre cinco.

*De la redacción.