El reciente debate sobre el aborto giró — supuestamente— en torno a la narrativa feminista o la provida. En realidad, hay un problema de fondo y puede decirse que ninguna de estas dos fuerzas cortaba ni pinchaba en el asunto. Había una tercera fuerza en el terreno: el capital transnacional, que fue y es el responsable de motorizar la campaña del aborto en todo el mundo, ya que es un tema de agenda global que precede a la Argentina. No tiene nada de malo admitirlo, es la verdad, y el que diga otra cosa está mintiendo o no sabe. Todo aspirante a científico social tiene que anteponer los hechos a sus creencias y si una serie de factores basados en hechos concretos apuntan en una dirección, no hay que oponer ninguna resistencia, ya que así se logra obtener datos puros a partir de los cuales establecer mejores parámetros tácticos de influencia y transformación para el éxito de un fin de desarrollo y progreso material de la sociedad. Eso es por lo menos lo que corresponde a todo analista.

Por otra parte, hay que aclarar que no todo lo que toca el capital es malo, aunque ésta vez el conservadurismo lamentablemente se haya salido con la suya al rechazar la ley, el capital intentó cumplir un papel progresista (legalizar el aborto), más allá de que no sea en nombre de las inmaculadas y nobles reivindicaciones feministas. No hay que escandalizarse, está claro que los capitalistas siempre persiguen el lucro. Se lo tiene que entender como una categoría ética y religiosa, en palabras del filósofo Slavoj Zizek: “(…) el capitalista de corazón es el que está preparado de nuevo a poner en riesgo su vida, arriesgarlo todo con tal de que la producción crezca, el beneficio aumente, y el capital circule. Su felicidad está atada a eso”. De esta manera, la agenda del aborto forma parte de las recomendaciones del FMI, del Banco Mundial. El Estado argentino también fue aconsejado por la ONU y por el G20 para resolver el problema en favor de la legalización. Del mismo modo sabemos del ejército de oenegés que promueven esta agenda, siendo quizás la más notoria la Planned Parenthood. También estamos enterados que la agencia imperialista Amnistía Internacional invirtió una suma de por lo menos U$S 300.000 dólares nada más que en publicar una escandalosa contratapa en el New York Times para apoyar el aborto en la Argentina. Es decir, los más importantes organismos gubernamentales y de finanzas internacionales están comprometidos en la legalización del aborto, legalización que se dio hace tiempo en los países desarrollados, siendo ahora el turno para los países subdesarrollados.

La solicitada de Amnistía Internacional en el diario estadounidense The New York Times, por la que la ONG pagó la suma de 300 mil dólares.

Esta pequeña introducción sirve para contextualizar el tema, para no analizarlo en abstracto y darle un marco, ya que lo interesante no es el aborto en sí, sino las causas materiales que existen detrás del fenómeno. ¿Qué intereses puede tener el capital transnacional para promover esta agenda? El Banco Mundial, organizador del G20 en nuestro país, en un intento de tapar sospechas, adelanto algunos tips económicos a favor del aborto, tips que nada tenían que ver con los argumentos feministas. Uno de esos puntos pro-aborto era que con la legalización se bajaba los salarios en el mercado al duplicar la cantidad de fuerza de trabajo, y que además la mujer es una máquina de producción más barata. Estos datos, que constan en el diario económico El Cronista del 7 de febrero del 2018, ¿están extraídos del almacén de la realidad social y económica? ¿Están interesados los capitalistas en duplicar la cantidad de trabajadores ante un mercado laboral cada vez más reducido? Si la mujer es una máquina de producción más barata, ¿por qué los capitalistas no contratan solo a mujeres? Muchas preguntas, pero ninguna respuesta a la vista. De todos modos hay algo más de lo cual el capital transnacional no habla y es precisamente lo que no omiten algunos economistas heterodoxos, marxistas o keynesianos.

Por ejemplo, Anwar Shaikh advirtió un problema social de fondo. Se trata de la creciente complejidad de la infraestructura tecnológica que provoca alteraciones estructurales y contradicciones en las economías capitalistas que a su vez modifican el proceso de trabajo. Con seguridad, estas razones de orden económico son determinantes para el capital transnacional a la hora de impulsar una agenda política de dimensiones globales. Es un hecho comprobado que la precarización laboral crece al compás de la eliminación de puestos de trabajo y tiene que ver con el aborto porque los pobres, el sector de los trabajadores desocupados, se reproducen tres veces más rápido que la población ocupada laboralmente. Según un estudio que la Organización Internacional del Trabajo (OIT) realizó en noviembre del año pasado, la tasa de participación en el mercado laboral viene bajando ininterrumpidamente desde hace casi dos décadas en un contexto de desigualdad en aumento permanente. Hay una pérdida de trabajo generalizada en todo el mundo, de modo que no tiene que ver con la deslocalización industrial. Uno de los factores determinantes es el del aumento de la productividad como consecuencia de la creciente maquinización y desarrollo de nuevas tecnologías y robotización que en palabras de Shaikh hace “inevitable y deseable una reducción drástica” de puestos de trabajo, mientras que quizás una minoría de trabajadores podría convertirse en maestros de la tecnología en su terreno. En tal escenario, el aborto aparece como una medida práctica a modo de paliativo, ya que si:

A) El crecimiento de la población desocupada es mayor cuantitativamente que la ocupada, su tasa de natalidad es mayor;
B) La automatización de la producción provoca una disminución de la fuerza de trabajo, lo que obliga a que en todo el mundo crezca el sector de los desocupados.

Acá es donde se entiende la idea de Zizek, porque precisamente el carácter revolucionario del capitalismo es ese, el que busca siempre aumentar la capacidad de producción para obtener una plusvalía mayor, lo que hace que esté constantemente revolucionándose desde sus épocas más remotas hasta hoy. El desarrollo económico del capitalismo apuntó siempre a dividir cada vez más el proceso laboral en operaciones cada vez más simplificadas que después se enseñan a los trabajadores como tareas específicas. Ninguna sociedad antes del capitalismo había dividido su trabajo de manera tan sistemática. Este proceso de distribución de tareas, especialidades y oficios específicos de producción a lo ancho de la sociedad es propio y particular del capitalismo que logró dividir el trabajo de forma sistemática en cada especialidad productiva. Al mismo tiempo, el progreso del desarrollo tecnológico reunifica el proceso de producción. El ejemplo del que se sirve Adam Smith para explicar el proceso de producción de alfileres en su famosa obra La riqueza de las naciones. Ya no los hace una serie de trabajadores que estira los alambres, afila las puntas, etc., sino que lo hace una sola máquina que transforma grandes manojos de alambres en millones de alfileres. El mismo ejemplo se puede encontrar en la agricultura, donde se reemplazaron los caballos por tractores y se sustituyó casi completamente la mano de obra rural por las cosechadoras automáticas. Casos similares se observan en la antigua producción textil. Antes de la revolución industrial se requería una gigantesca fuerza de trabajo, que de a poco se fue reemplazando por máquinas que desarrollan de manera más eficaz y veloz el proceso de hilado y tejido. Actualmente podemos encontrar otros ejemplos similares que se pueden ver en la fabricación metalúrgica, siderúrgica, en la industria automotriz, en la construcción, en la industria mecánica, incluso hasta en oficinas. Todos los trabajos rutinarios van automatizándose en un desarrollo incesante de la tecnología que obliga que se produzca un desplazamiento de gran parte de la fuerza de trabajo. Y esto por no mencionar los grandes cambios que supondrá el desarrollo de la “inteligencia artificial”, de los algoritmos de software, por ejemplo, los radiólogos, traumatólogos, dermatólogos, patólogos, etc., diagnostican placas, ven las imágenes y estudian si están bien o no. La inteligencia artificial está llegando ya a hacer ese trabajo mejor que los humanos y el mismo ejemplo lo podemos trasladar a otros ámbitos, sobre todo en el sector industrial.

La creciente automatización industrial que resulta en la destrucción de puestos del trabajo, un problema para los pueblos que el sistema capitalista parece no tener interés en resolver, sino más bien en intensificar.

Una segunda medida para amortiguar los efectos del desplazamiento de la fuerza de trabajo, además del aborto, sería la que proponen muchos economistas heterodoxos, especialmente los keynesianos, y es la famosa “renta básica universal”. En Argentina tenemos el ejemplo de la CTEP, el movimiento de desocupados en estos momentos hace reclamos que van en esa dirección. Bill Gates, Mark Zuckerberg (primero y quinto en el ranking de Forbes) están de acuerdo con la política de un “ingreso básico universal” para contrarrestar la destrucción del trabajo, pero del dicho al hecho hay mucho trecho. ¿Quién va a pagar ese ingreso, si precisamente la radicalización del capitalismo en su versión neoliberal nos propone un Estado subsidiario que se ocupe nada más que de seguridad y justicia? Acá está el segundo gran problema de mi tesis: el neoliberalismo, que plantea una religión “sana” del egoísmo, pero “racional” de sus intereses individuales —gracias a la fantasmagórica intervención de la “mano invisible” que en teoría aseguraría la armonía universal de los mercados, garantizando también la eliminación de lo que ellos llaman el “problema moral”, donde el ejemplo a seguir como individuos para ser económicamente y socialmente óptimos y eficientes— sería ser simplemente lo más egoístas e individualistas posible.

Analizando la lógica capitalista y sus corrientes más radicales que hoy están en pleno auge, no se hace difícil entender porque no se preocupan por resolver este problema y buscan apenas tibias medidas para atenuarlo. La razón es que al capitalista, el que es dueño del trabajo de otros, le da lo mismo el “factor de producción”. No importa si el que produce es un animal, un trabajador o una máquina, porque el capital desprecia los recursos mediocres que suponen un aumento mínimo de la productividad. Esto es evidente en los economistas neoliberales que nos ven como “números”, pero no es lo mismo para las familias, los hombres y mujeres que viven de su propio trabajo. La diferencia entre vender su fuerza de trabajo o ser desplazado por otra fuerza es mucha, porque toda su economía familiar descansa sobre el trabajo asalariado. Los economistas neoliberales no tienen teoría del valor-trabajo, son simples técnicos, matemáticos y no sociólogos, solo les interesa el precio de la producción y no las relaciones sociales ni el trabajo de las personas.

Christine Lagarde, del Fondo Monetario Internacional. El FMI es uno de los mayores interesados en el control de natalidad en las colonias y subcolonias de Occidente.

Es muy importante advertir el carácter histórico de éste fenómeno clave a la hora de comprender los cambios estructurales del proceso de trabajo, ya que se trata de un fenómeno de gran impacto. No creo que se puedan hacerse predicciones exactas, pero cualquier incremento del desempleo en las próximas décadas tendrá efectos sociales gigantescos. Los datos técnicos son contundentes. Las mayorías sociales necesitarán más que nunca una regeneración política madura capaz de analizar el estado psicológico de esas clases populares, el cual nos indica en qué nivel de conciencia están y de qué forma quieren que se defiendan sus derechos. Una generación que luche por causas reales y no por pañuelitos, una generación que no esté del lado de los problemas sino de las soluciones.

*Martín D’Amico