En el debate político del siglo XX se los llamaba “posibilistas”, por cierto, despectivamente. En oposición a los revolucionarios que se atrevían a tomar el cielo por asalto —como diría Marx, hablando de esa actitud maximalista de querer hacer toda la revolución de una sola vez, sin hacer concesiones ni negociar con nadie—, los posibilistas transitaron un siglo repleto de revoluciones predicando el famoso “paso a paso” y el hacer consenso con los distintos sectores para lograr progresivamente solo aquellos objetivos que consideraban posibles. En algunas oportunidades tuvieron la razón y en otras no tanto, pero siempre se los consideró de “centro” y normalmente fueron asociados políticamente con la socialdemocracia que en Europa fue la alternativa burguesa a la propuesta triunfante de los bolcheviques en Rusia. En los círculos de la intelectualidad de izquierda en todo el mundo el posibilismo es valorado aún hoy como una manera de claudicar ante el poder, de llegar a soluciones de compromiso que no cambian la realidad y de dejar pasar la ocasión de llevar a cabo la revolución general de los pueblos. Pero esa valoración no se funda en un análisis histórico adecuado, sino en una dicotomía que, como quedará aquí demostrado, es falsa.

Empecemos por lo básico. Si seguimos la cronología propuesta por Eric Hobsbawm, veremos el siglo XX fue un siglo corto: un siglo de poco más de siete décadas empezando entre 1914 y 1917, con la I Guerra Mundial y la Revolución rusa, y terminando entre 1989 y 1991, a la caída del Muro de Berlín y la disolución de la Unión Soviética y el campo nacional-popular socialista en el Este. Al morir ese “siglo XX corto” y revolucionario, el antes bastardeado posibilismo volvió a tener relevancia en el debate político de Occidente y de sus colonias en el contexto del decretado “fin de la historia”, la muerte declarada de los grandes relatos sociales y políticos, o el pretendido triunfo definitivo de la ideología neoliberal. ¿Por qué? Porque la derrota de los pueblos fue entonces muy profunda y pensar en soluciones maximalistas durante la década de los años 1990 pasó a ser simplemente una cosa delirante. Hasta los partidos dichos de tendencia revolucionaria intentaron reconvertirse y lavarse la cara estratégicamente para poder subsistir a la oleada reaccionaria capitalista occidental, que parecía imparable e irreversible. Lejos habían quedado las referencias de un faro como la Revolución cubana y la propia Revolución rusa ya pasara al catálogo histórico, con los bolcheviques yendo a formar con los jacobinos parte de un mismo pasado muy difuso. El siglo XXI de la política empezaba simbolizándose en el Consenso de Washington, en el mundo unipolar bajo la hegemonía planetaria y sin grietas de los Estados Unidos y en la perspectiva perfectamente consolidada de un neoliberalismo eterno. A los más jóvenes, los que hoy llamamos “millennials” o “Generación Y”, puede costarles comprender cómo McDonald’s pudo al fin inaugurar un local en plena Plaza Roja de Moscú y el Partido Comunista en países de América Latina se disolvió, o en el mejor de los casos se fraccionó, y vio cómo sus miembros migraban masivamente hacia las filas de fuerzas políticas de tipo socialdemócrata dichas “progresistas”. Todos fuimos cooptados o atropellados por el avasallador Consenso: el peronismo fue neoliberal en Argentina durante el gobierno de Carlos Menem; el PSDB nació en Brasil para ser igualmente neoliberal con el gobierno del otrora sociólogo de izquierda Fernando Henrique Cardoso; Cuba ingresaba a su Periodo Especial y en un hondo aislamiento internacional; el Subcomandante Marcos y su Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) se resignaban a un rol de milicia de liberación provincial, restringiendo su actividad a la zona de Chiapas y en el resto del mundo los maximalistas de otros tiempos hablaban de cambiar el mundo sin tomar el poder, una consigna clásica de época que terminó siendo el título del célebre libro publicado por John Holloway en 2002, justo cuando el proceso reaccionario iba a empezar a tocar su fin. Para los que vivimos esa etapa todo eso es perfectamente comprensible y se explica por la profundidad de la derrota de los pueblos tras el hundimiento del campo nacional-popular de tipo socialista en el Este y la emergencia de los Estados Unidos como única potencia mundial indiscutida.

El historiador británico Eric Hobsbawm propuso las categorías de “siglo XIX largo” (1789/1914) y la de “siglo XX corto” (1914/1991) para contar en dos etapas determinadas la historia del mundo desde la Revolución burguesa en Francia hasta la actualidad.

He ahí el antes mentado “fin de la historia”, concepto propuesto por Francis Fukuyama para describir un statu quo que se pretendía de allí en más inalterable. La derrota de los pueblos en los años 1990 parecía definitiva y por eso el maximalismo se retiró silenciosamente de la escena. De pronto, todos se habían convertido en posibilistas y era necesario hablar únicamente de aquello que se podía hacer con lo que quedaba del mundo tras la disolución de la URSS. Lo que antes había sido una “agachada”, una vergonzosa actitud de claudicación, pasó a ser regla general entre los pocos valientes que insistían en discutir política en un mundo ahora signado por la antipolítica.

¿Cómo pudo haber tenido lugar semejante giro? En principio, la cuestión podría resolverse con el análisis desapasionado de las condiciones objetivas de aquella coyuntura, es decir, tratando de simplemente ponerse en el lugar de los que se vieron obligados a afrontar aquella derrota momentánea, que en ese momento parecía más bien definitiva. Si las posturas políticas son puestas sobre escenarios de condiciones reales que suelen no tener relación con las expresiones de deseo contenidas en el discurso, esas posturas dejan de parecer dicotómicas y pasan a verse como distintas caras de la misma moneda. Eso es lo que pasa con el posibilismo y el maximalismo, que no son posiciones estáticas ni pueden sostenerse dogmáticamente, esto es, más allá y sin tener en cuenta las condiciones objetivas del momento. El que se plante en un posibilismo inflexible en épocas revolucionarias termina normalmente arrollado por los acontecimientos, de la misma forma que un maximalismo terco en épocas de reflujo es la mejor garantía de ser aplastado por la reacción, que siempre viene degollando. No existe contradicción entre el posibilismo supuestamente claudicante y el maximalismo revolucionario de los intrépidos. Lo que existe es la aplicación estratégica de una u otra manera de hacer política, siempre de acuerdo a esas condiciones objetivas de las que venimos hablando. Entonces la cuestión no ser posibilista o maximalista de una vez y para siempre, sino tener la capacidad de hacer una lectura y ser lo que la coyuntura requiere en cada momento.

El fin del fin de la historia

Así, haciendo esa lectura de la realidad y aplicando el posibilismo estratégicamente, empezaron a aparecer en América Latina los gobiernos de corte nacional-popular que dieron al continente una década de progreso y dignidad simultáneos nunca antes conocidos en la región. Y aunque nos guste fantasear con ello, los Hugo Chávez, los Néstor Kirchner y los Lula da Silva no llegaron al poder en el Estado tomando la Bastilla ni el Palacio de Invierno a los tiros. Llegaron haciendo posibilismo y, en casi todos los casos, de manera absolutamente disimulada y hasta con alguna traición mediante.

La patética postura de sumisión del presidente neoliberal de Brasil en los años 1990, Fernando Henrique Cardoso —frecuentemente comparada a la de un perro o mascota— frente al estadounidense Bill Clinton es un símbolo de la indignidad del Consenso de Washington para América Latina.

Pondremos de ejemplo estos tres casos, los de Venezuela, Brasil y Argentina, países donde entre los años 1998 y 2003 advinieron gobiernos de tipo nacional-popular que falsaron la teoría del “fin de la historia” de Fukuyama, horadaron el Consenso de Washington hasta fundirlo y dieron a los pueblos un nuevo e inesperado amanecer. Ninguno de esos gobiernos populares tiene su origen en lo que solemos denominar vulgarmente “revolución”, esto es, el cambio brusco de paradigma mediante el empleo del asalto armado al régimen que se quiere superar. Todos ellos —y también los que siguieron apareciendo para completar el cuadro, que son los de Evo Morales en Bolivia, de Fernando Lugo en Paraguay y de Rafael Correa en Ecuador— llegaron a ser ganando las elecciones sin decir lo que pensaban hacer y casi siempre lo hicieron diciendo precisamente lo opuesto.

Un interesante ejercicio para el atento lector es buscar material fílmico que permita ver el registro de los inicios de la Revolución Bolivariana que todos recordamos. Después de una intentona maximalista prematura y de haberla pagado con cárcel, Hugo Chávez ganó las elecciones de 1998 en Venezuela con más del 56% de la voluntad popular expresada en las urnas. Lo que veremos en las imágenes de la época es un Chávez muy distinto al que acostumbramos a ver caracterizado de rojo durante la década siguiente. De hecho, enfundado en traje y corbata, Chávez negó una y otra vez ser socialista ante las cámaras de televisión. ¿No lo era en 1998? No hay forma de saberlo, pero probablemente haya comprendido que, de haberse declarado socialista (en este caso, maximalista) en pleno “fin de la historia” y auge del Consenso de Washington le hubiera costado la derrota electoral. Entonces Chávez se puso el traje de posibilista al frente de una coalición se llamó Movimiento V República, arrasó en las elecciones con un discurso más bien nacionalista. Y luego sí, mucho más tarde, después del año 2002 y de haber sufrido un intento de golpe de Estado en febrero de ese año, Chávez empieza a “blanquear” y a asumir el carácter socialista de la Revolución Bolivariana.

Lula da Silva, Néstor Kirchner y Hugo Chávez, los tres mosqueteros de lo nacional-popular en América Latina, que pusieron fin al “fin de la historia” y derrotaron el Consenso de Washington con paciencia, política y una estrategia posibilista. Aquí reunidos en un imagen histórica, registrada durante una Cumbre del Mercosur en Montevideo. (Foto: Ricardo Stuckert)

Aunque parezca raro, Chávez no llegó a ser Chávez siéndolo desde un primer momento. Y en esto se parece al mismísimo Fidel Castro, que en 1959 conquista el poder en el Estado en Cuba mediante una revolución declarada nacionalista y tampoco se priva de negar ante las cámaras de televisión cualquier tendencia socialista o comunista en el movimiento. Dicha tendencia no será revelada hasta 1962, cuando en ocasión de la Crisis de los misiles el vínculo entre la Unión Soviética y Cuba, y el carácter socialista de la revolución en este país, la cosa queda finalmente expuesta. Como se ve, ni aun en las revoluciones más clásicas puede prescindirse de una dosis de posibilismo para no mostrar la hilacha antes de tiempo.

Por su parte, Lula da Silva ganó las elecciones del año 2002 en Brasil luego de haber sido derrotado tres veces: en 1989, 1994 y 1998. Nótese que la primera derrota fue precisamente a pocos días de la caída del Muro de Berlín y del hundimiento simbólico de todo aquello que en el mundo tuviera el color rojo y la estrella socialista, que son justamente el emblema del Partido de los Trabajadores de Brasil. La segunda derrota, aun más aplastante que la primera, se da un año después de la firma del Consenso de Washington y la victoria solo vendrá en el cuarto intento, ya en el año 2002. Y vino porque Lula supo aprovechar el hartazgo general de la sociedad brasileña frente a las políticas neoliberales que Cardoso aplicaba por cuenta y orden de la embajada de Estados Unidos, pero también porque Lula supo “bajar el tono” de su discurso y abandonar la vieja retórica maximalista de su militancia para ganar. Lula ganó las elecciones del año 2002 con el 62% del voto popular, ganó en 25 de las 26 unidades territoriales de la federación y lo hizo con la consigna de “paz y amor”. No confrontó abiertamente con el enemigo, no anunció de antemano el giro brusco que habría de aplicar luego en las políticas de Estado, sino más bien todo lo opuesto: prometió continuar todo lo que había dejado de bueno el gobierno saliente (vaya uno a saber qué era eso) y no dejaba pasar la oportunidad de explicarse con la famosa metáfora de la casa.

Néstor Kirchner, aquí haciendo posibilismo y tejiendo con Eduardo Duhalde para ganar las elecciones. Desde el punto de vista de Duhalde, el traidor es Néstor.

Cuando apremiado por los sectores más a la izquierda de su alianza electoral —el PCdoB y el PCB, que ante la posibilidad de triunfo volvieron rápidamente a la postura maximalista que hasta allí venían disimulando—, Lula decía de modo prosaico que un país es como una casa y que, si el proyecto fuera reformar esa casa, no sería buena idea empezar derribando todas las paredes al mismo tiempo. “Porque así se nos cae el techo en la cabeza”, remataba un fenomenal Lula. Había que derribar una pared, levantar una nueva en su lugar; después derribar otra pared y volver a construirla, y así sucesivamente. Esta metáfora, con la que Lula calmaba la ansiedad de la tropa propia y evitaba pisar el palito con una declaración maximalista que los medios esperaban para destruir su imagen ante una opinión pública adiestrada para ser pacata y posibilista, sirvió para que el Partido de los Trabajadores ganara esas elecciones y sirve para describir de manera gráfica ese posibilismo que aquí venimos tratando de explicar.

Y finalmente llegamos al caso de Néstor Kirchner, el último de estos tres mosqueteros en lograr el objetivo. En el año 2003, con Lula y Chávez ya consolidados en Brasil y Venezuela, Néstor Kirchner triunfó en las elecciones de un modo más bien extraño y no exento de vericuetos. Néstor perdió por tres puntos la primera vuelta, pero fue declarado ganador antes de realizarse el ballotage porque su rival, el expresidente Carlos Menem, se retiraba de la compulsa anticipando un “efecto Le Pen” en su contra, es decir, un nivel de rechazo altísimo que le imponía un techo ubicado más o menos en los 25% que había obtenido en la primera vuelta. Menem sabía que todos los demás se iban a volcar hacia Néstor Kirchner en el ballotage y que su rival iba a lograr un triunfo aplastante si ese ballotage llegara a realizarse. El ballotage existe precisamente para eso, para ungir al ganador de las elecciones con el voto mayoritario por encima del 50% que brinda la llamada legitimidad de origen. Néstor ganaría entonces ese ballotage con alrededor del 70% del voto popular y para evitar que se diera un baño de legitimidad, Carlos Menem se retiró de la disputa y Kirchner fue declarado ganador con tan solo el 22% de los votos.

John Holloway, ese “marxista autónomo” irlandés que durante el reflujo del fin de la historia propuso “cambiar el mundo sin tomar el poder” y dio testimonio de la idea imperante en la época: el poder en el Estado sería ya inalcanzable para los pueblos y había que buscar otras formas de transformar la realidad social, porque el proyecto político neoliberal había llegado para quedarse y no quedaba otra. Por suerte, desde América Latina la respuesta no se hizo esperar y los gobiernos de tipo nacional-popular fueron los enterradores de esa idea tan desoladora.

Pero eso no es todo. Para lograr el objetivo, para encabezar las listas y ganar las elecciones Néstor Kirchner tuvo que hacer mucho posibilismo. Tuvo, por ejemplo, que aliarse con nadie menos que Eduardo Duhalde. Los kirchneristas solemos borrar esa información de la memoria, porque es poco elogiosa, pero lo cierto es que Kirchner llegó de la mano de Duhalde y llegó —he aquí lo fundamental— sin poner guiño antes de girar, sin anunciar lo que realmente iba a hacer una vez que ganara las elecciones y asumiera el mandato. De hecho, Néstor obtuvo tan solo el 22% de los votos porque muchos de los que luego nos beneficiamos y nos enamoramos de su gobierno nacional-popular no sabíamos que Néstor iba a ser Kirchner. Lo que no sabíamos es lo que tenía pensado hacer y no fueron pocos los que incorporamos la idea de que se trataba de un “chirolita de Duhalde” y que venía a continuar lo hecho por este. Entonces Néstor Kirchner tuvo que hacerse duhaldista para ganar las elecciones y luego tuvo que traicionar a Duhalde para ejecutar el plan de gobierno antiduhaldista que tenía en mente. Kirchner es sin dudas el dirigente más posibilista de la historia de América Latina después del General Perón y, aun así, no deja de ser uno de los más revolucionarios si se lo valora por su obra concreta de gobierno, que es como deben realmente ser juzgados los dirigentes políticos y los generales: por sus logros concretos en el campo de batalla.

Marchas y contramarchas

No es conveniente para los que militamos o simpatizamos con el proyecto político nacional-popular hacer un relato mítico de sus orígenes. Cuando intentamos hacer que todos los ciclos de gobierno nacional-popular tengan un relato similar a un asalto al cuartel de la Moncada o a un célebre “aluvión zoológico” del 17 de octubre de 1945, lo que hacemos es ocultar las condiciones reales de producción de esos movimientos políticos. Y la épica, en estos casos, es muy poco conveniente.

Si bien es cierto que el relato épico es convocante y tiene una utilidad práctica en el sentido de movilizar y romper la inercia de los que están quietos en un determinado momento, no es menos cierto que suele condicionar el comportamiento de los individuos más allá de las condiciones objetivas de la coyuntura que se pretende cambiar. En otras palabras, ocultar el origen posibilista de los movimientos de corte nacional-popular que finalmente derrotaron el Consenso de Washington en América a principios de este siglo impone sobre el presente la exigencia de que cualquier nuevo ciclo de gobierno de los pueblos venga con una épica maximalista, necesariamente. Como el chavismo en Venezuela y el kirchnerismo en Argentina ocurrieron por simple combustión espontánea y sin la necesidad de tejer políticamente las alianzas del caso y de construir el discurso adecuado. Eso es lo que va resultar en el fanatismo de muchos de los nuestros, en su “vamos a volver” y en el señalar uno a uno a los “traidores”, con los que no hay posibilidad de ninguna construcción. Ese maximalismo tiende al sectarismo y a la creencia de la posesión de toda la verdad. Entonces nos volvemos maximalistas en tiempo de reflujo, en tiempos de reacción conservadora: nos cerramos en una idea y no admitimos negociar políticamente para ganar las elecciones porque, como se sabe, las convicciones no se negocian.

El reciente reencuentro entre Cristina Fernández de Kirchner y Hugo Moyano sirvió para indicar el rumbo que el campo nacional-popular debe tomar para ganar las elecciones: adopción de una estrategia posibilista para tejer las alianzas necesarias con todos los sectores que mueven el amperímetro en el escenario político argentino. Y allí la unidad del peronismo es un factor sustancial, por lo que los motes de “traidor” deben suspenderse inteligente y momentáneamente. Ganar es nuestra obligación, porque el país ya no aguanta más tanto maltrato neoliberal y neocolonial por parte de las corporaciones y sus cipayos.

Néstor Kirchner dijo, al asumir el mandato de presidente el 25 de mayo de 2003: “Me sumé a las luchas políticas con valores y convicciones a las que no pienso dejar en la puerta de entrada de la Casa Rosada”. Esa fue una típica declaración maximalista, por supuesto, y muy épica. Pero no conviene obviar que únicamente apareció cuando las elecciones ya estaban ganadas y justo en el momento de asumir el gobierno. Lo que el maximalismo fuera de tiempo de este momento propone es declarar la lealtad a esas convicciones antes ni siquiera de tener definido el candidato o la candidata para las elecciones del año que viene. “Si Cristina no se presenta, no voto a nadie” y “la única que garantiza el gobierno que queremos es Cristina”, hemos escuchado decir a la militancia más de una vez, sin que sepamos todavía si Cristina querrá o podrá encabezar las listas y olvidando que, al fin y al cabo, los que los pueblos necesitamos es un gobierno que represente nuestros intereses más allá del referente que ponga la cara para representarlo en elecciones.

Claro que Cristina es esa convicción que no pensamos dejar en la puerta del cuarto oscuro y es la referente indiscutida de un proyecto, la heredera natural de Néstor Kirchner. Eso no se discute, no hay un “kirchnerismo sin Kirchner” como no pudo haber un “peronismo sin Perón”. Lo que debemos evitar es la épica maximalista de “si no es como yo quiero que sea, entonces que explote todo”. En estos tiempos de reflujo y de reacción conservadora es necesario tener cuidado con aquello que uno desea, porque puede concretarse y las consecuencias suelen ser nefastas para las mayorías populares.

La desolación de un trabajador despedido de la Fábrica Militar Río Tercero y desalojado de allí por la policía es una de las razones por las que estamos llamados a ganar, no a tener razón y perder “dignos y limpitos”. (Foto: Micka Hubeli)

La historia tiene marchas y contramarchas y la política también es la capacidad de interpretar el tiempo histórico para adaptar el comportamiento propio y saber ganar. Hacer política es no quedarse rezagado en posibilismos mediocres cuando la historia avanza, pero también es no insistir en un comportamiento maximalista y en ser aplastado por la reacción cuando la historia retrocede. La política bien entendida es eso, es tener inteligencia suficiente para leer la coyuntura en cada momento, la humildad para adecuar el discurso y la praxis a esas coyunturas, es tener la buena voluntad para tender los puentes necesarios para ganar, porque la política es modificar la realidad social desde el poder político en el Estado. Y para eso hay que ganar. La política es ganar y después vemos.

Fidel Castro es reputado por el sentido común como un enorme maximalista, un hombre que barrió a la reacción e hizo toda la revolución en Cuba. Pero ya hemos visto que fue además un brillante dirigente político, uno que supo hacer siempre la lectura de la situación y aplicar el posibilismo allí donde correspondió hacerlo. Y Fidel dijo, en lo que quizá haya sido una de sus más importantes definiciones, que “Revolución es sentido del momento histórico”, Fidel dijo que es necesario comprender la realidad para modificarla y nos enseñó que la ortodoxia maximalista solo conduce a la derrota. ¿Alguien se animará a tildar de posibilista claudicante a Fidel? Sí, los trotskistas lo hacen. Pero los trotskistas, como ya sabemos, nunca ganaron nada en ninguna parte y por eso jamás modificaron la realidad social de los pueblos.
Seamos más inteligentes, seamos como Fidel y nunca como los trotskistas. La historia nos exige la victoria, no morir con las botas puestas y teniendo toda la razón del mundo.

*Erico Valadares