Llegar desde el centro de San Salvador de Jujuy hasta el aeropuerto insume entre 40 y 50 minutos en automóvil.

Eran las 3 de la tarde de un día de semana, después de dar una charla para los colegas de El Tribuno, salí del edificio y subí apurado a un taxi aprovechando que se había detenido en la puerta para que descendiera su anterior pasajera.

En el noroeste argentino los taxistas en su mayoría son tipos de pocas palabras, pero Carlos es una rara excepción.

En cuanto le pedí que me lleve al aeropuerto comenzaron sus preguntas: “¿De dónde es usted?”, “¿Qué anda haciendo?”, “¿Qué le pareció Jujuy?”, “¿Conoce Purmamarca?”. Cinco o seis consultas más adelante ya habíamos entrado en confianza y le tiré la que yo tenía atragantada porque sabemos que en todo el mundo los taxistas tienen un termómetro particular de la opinión y el humor social:

—¿Qué te dice la gente que sube al taxi de Milagro Sala? ¿Vos qué opinás?

Ahí Carlos cambió su tono afable y sonriente por otro algo apesadumbrado, entonces comenzó un monólogo que duró los 20 minutos que restaban del viaje y que trataré de reconstruir con la mayor fidelidad que mí memoria permita:

—Es una presa política. Y mirá que yo la odiaba a esa negra de mierda, hermano. Yo la odiaba, creo que a nadie he puteado tanto en mí vida como a esa negra, y hoy vivo en un barrio de la Tupac. Mirá como es la vida.

Y siguió contando:

—Resulta que tengo un sobrino que era ladrón y drogadicto. No sabés como le daba al paco, hermano. Un día viene mí sobrino y me dice: “Y vos, ¿por qué la odiás a la Milagro?”, y ahí nomás siguió: “Yo pungueaba, yo andaba en la droga, hasta que la Tupac me dio trabajo. Ahora no me drogo, no robo. ¿Y sabés por qué no robo? Porque no lo necesito. Ahora tengo casa, ¿vos tenés casa propia?” Y no, yo alquilo, le digo.


Y Carlos siguió con su relato.
—Hoy mí sobrino vive en Buenos Aires. Se casó, tiene dos hijos. El otro día mí hermana me muestra una foto de él y yo no lo conocí. ¡Tiene todos los dientes! No sabés lo que era cuando estaba acá. Es que, trabajando en la Tupac, en las obras, aprendió electricidad, se hizo electricista y entró a trabajar en una empresa que hace obras por todo el país. Se fue a vivir a Buenos Aires y me dijo: “Tío, ¿no te querés venir a vivir a mí casa?” Así que hoy le cuido la casa y vivo en el barrio de la Tupac. ¡El barrio tiene pileta de natación! La negra le hizo una pileta en todos los barrios para que los pobres se puedan bañar en el verano. Yo tengo colegas que en su vida han entrado a una pileta de natación, hermano.

Así, de manera desordenada como lo escribo, es como las ideas le iban surgiendo a Carlos y me las contaba:

—La negra nos cortaba todas las rutas hasta que conseguía lo que quería. Lo que la puteé cada vez que me encontré con una ruta cortada, creo que no puteé a nadie en mí vida como a esa negra de mierda. Pero así consiguió hacer los barrios y montó fábricas de materiales de construcción. Y la acusaban de entrar a los barrios y echar gente, y sí, a los tipos que caían borrachos y golpeaban a las mujeres o a los chicos, ella misma entraba a los barrios y los sacaba a patadas, con ese tipo de gente tenés que ser así. Eran miles de personas trabajando con ella, había desaparecido el choreo callejero en Jujuy hermano, podías dejar la puerta abierta de las casas.

Inmediatamente recordó otra historia:

—Si ella hubiera sido más viva, hoy sería la gobernadora de Jujuy. Acá sube gente que habla de ella y llora hermano. El otro día subió una mujer y me contó que su hijo tenía una enfermedad y que para hacerle el tratamiento necesitaba llevarlo a China. Fue a verla a la Milagro y le pagó el viaje y el tratamiento. Cuando llegamos a la casa, me dice: “Mire, ese es mi hijo. Juega, corre, igual que los otros chicos, todo gracias a esa negra de mierda”, me dijo llorando.

Entrando al aeropuerto y mientras le pagaba el viaje finalizó:

—Mi sobrino viene ahora de visita, viene a parar a la casa, que es su casa, y me dijo: “Si la sueltan a la Milagro y rearma la Tupac, dejo todo en Buenos Aires y me vuelvo a trabajar con ella, tío. Yo le debo mucho”.

*Eduardo M. Aguirre