Todos los conocemos, nos reímos con ellos, incluso los compartimos y hasta algunos crean los propios con los que otros, después, se seguirán riendo. Los memes se han instalado a través de las redes sociales como herramientas de queja, caricaturización y satirización de la realidad, pasando a resumir las reflexiones sobre lo que sucede a imágenes y unas breves palabras en las que se pueden contener una inmensa cantidad de mensajes. Esto, en tiempos de inmediatez y frenesí informativo, es una consecuencia natural, una manera de concentrar lo que nos pasa como conjunto para compartir lo que sentimos con otros a los que no tenemos cerca físicamente. Pero, a la vez, es una manera de diluir broncas, de hacer descargos fugaces desde donde estamos, de sentir que estamos participando del descontento social, aunque no veamos a los otros que están tan descontentos como nosotros. Acá es donde empieza el ruido del uso y abuso de los memes que, sin ser despreciables, están cumpliendo una doble función que queremos tratar de explicar para hacerla visible y, al menos en la medida de lo posible, controlable.

La tarea de los comunicadores e intelectuales orgánicos de cada clase es la de interpretar y explicar el recorte de la realidad que está vinculado a los intereses de la clase a la que pertenece. Entonces tenemos que, por un lado, los que son funcionales a la clase dominante van a tomar y difundir los aspectos que desean destacar para sostener su posición y alimentar su discurso y diluir las relaciones de poder que nos vinculan mientras que, por otro lado, los que son funcionales a las clases subalternas harán lo propio colocando el foco en aquellas cuestiones que hagan visible la lucha en la que estamos las mayorías implicadas, haciendo énfasis en las cuestiones que más nos afectan negativamente para poder transformarlas. Esto es algo bien simple y no hay ciencia ni misterio.

El popular meme basado en la figura del basquetbolista chino Yao Ming: la difusión del meme en la cultura popular en los últimos años ha avanzado vertiginosamente y ya constituye una manera autónoma, aunque bastante precaria, de comunicar.

Ahora, bien, en cuanto a la manera de difundir esos recortes es que podemos hablar del uso de los memes como placebo para la lucha del pueblo. Porque definitivamente hay un abismo entre el desarrollo de una interpretación de la realidad, con sus detalles y articulaciones, y la simplificación de la realidad en unos pocos caracteres, acompañados por alguna imagen alusiva y siempre en un tono burlón, pintoresco, irónico. En el primer caso se necesita de la participación activa del lector/receptor del mensaje, de su reflexión para absorber la información y de su capacidad de discernimiento para que obtenga como resultado una comprensión más acabada de aquello que se le quiere comunicar. En el segundo caso, en cambio, con tener un poco de sentido del humor y saber leer es suficiente para que el efecto llegue, más allá de que haya muchos que pueden entender un meme con mayor profundidad que la que tiene el sentido común. Para que se entienda mejor, hay un abismo entre leer una nota completa y quedarse sólo con el titular. Y esto lo sabemos bien.

Entonces lo que viene sucediendo, cada vez con más fuerza y frecuencia, es que la realidad está siendo explicada más por los memes que por los análisis críticos de la misma, haciéndola más “accesible” en términos de practicidad pero, a la vez, haciéndola más abstracta y minimalista, en concordancia con los tiempos efímeros y fríos que estamos viviendo en los que todo tiene que ser inmediato, bien delimitado y de fácil incorporación. Y el peligro de eso es que, a la vez que la información llega a sectores que antes podían ser indiferentes o lejanos a la concienciación de lo que acontece, también llega de una manera light, suavizada, sin profundidad ni especificidad, de modo que queda librada a la interpretación amplia de quien la reciba, perdiéndose la direccionalidad de lo que se quiere transmitir.

Pero más grave que esto es el hecho de ir licuando el descontento social mediante el uso del meme como canalizador de la bronca, como medio para hacer catarsis, para descargar rápidamente y sin necesidad de pensar demasiado, de modo que aquel que antes necesitaba juntarse con amigos, con compañeros, salir a la calle o participar de una marcha, cada vez necesita menos de la acción concreta porque a través de las redes y los memes puede decir que se siente disconforme con lo que sucede, puede sumar para que algo se haga viral y después de una jornada laboral que cada día se hace más tediosa en tiempos de neoliberalismo rabioso, sentir que al menos pudo decir lo mucho que le molesta lo que está pasando y que “algo aportó” a la visibilización de lo que lo está destruyendo.

Tomar por base una imagen llamativa y utilizarla para expresar una sola idea, este es el método para hacer en internet la transmisión de una unidad de información cultural, en términos de Richard Dawkins. Ese modo de expresar ideas por unidades mínimas de información tiene la ventaja de ser de fácil transmisión, pero puede deformar al receptor mediante la reducción de su capacidad de comprensión, simplificándola demasiado.

Y no es que no tenga su cuota de realidad este sentir, pero lo cierto es que en la medida en que avanza el enemigo sobre nosotros, también lo hacen los disipadores de la fuerza del campo popular en pos de seguir fragmentando para que la lucha sea inefectiva. Esto, claro está, no le quita peso ni sustancia a las movilizaciones, porque son el elemento más contundente que tenemos los pueblos para defendernos. El problema es que, incluso con protesta mediante, con un par de memes se tergiversa hasta la disputa más noble y ahí es donde el enemigo vuelve a avanzar sobre nosotros, que nos reímos de nosotros mismos pero muchas veces no sabemos cuándo dejar de hacerlo.

Acá la cuestión no es si memes sí o memes no, porque están instalados y todos los usamos y disfrutamos de alguna manera. La cuestión es que no nos conformemos con creernos informados por ver un par de memes al día y de esa manera explicar la realidad, porque lo cierto es que pasan muchas más cosas alrededor de una síntesis y no podemos ni debemos dejarnos distraer ni siquiera con aquellas cosas que creemos que están para llamarnos la atención. A veces es mejor leer una o dos buenas notas al día que nos dejen en claro el panorama, que pasar el día riéndonos de memes y terminar creyendo que mañana, como por arte de magia, “vamos a volver”. No nos convirtamos en nuestra propia “Campaña BU”: hagamos el esfuerzo de seguir leyéndonos para entender mejor y salir unidos y organizados para sacarlos a patadas en el orto de una vez. No seamos un meme de nuestra propia destrucción.

*Romina Rocha