De acuerdo con el relato paralelo de los medios de difusión, las elecciones en Brasil que se realizarán en primera y en una muy probable segunda vuelta este mes de octubre tendrán lugar en un “inédito” escenario de fragmentación. Esa afirmación es, como casi todo lo que sale de los medios de las corporaciones, mínimamente errónea: sin necesidad de escarbar demasiado, en la historia reciente de Brasil se registra por lo menos un caso clásico de elecciones realizadas en una coyuntura de fragmentación política, con lo que ya quedaría descartada la teoría de que el actual panorama es una novedad.

Las elecciones del año 1989 en Brasil fueron las primeras en las que el pueblo pudo finalmente elegir por el voto directo al presidente la Nación. Después de un largo periodo de 21 años ininterrumpidos de dictadura cívico-militar-mediática (1964/1985), entre los acuerdos suscritos por los jerarcas de la dictadura y la dirigencia política de la época estaba el consenso acerca de la supuesta necesidad de elecciones indirectas para lograr una transición suave. Y así, en un esquema bipartidista en el que una de las fuerzas representaba los intereses del régimen saliente, se reunió el Congreso Nacional —senadores y diputados— para elegir indirectamente el nuevo presidente de la Nación. El candidato de la Alianza Democrática les impuso a los conservadores una dura derrota al obtener el 72% de los votos de los 686 legisladores presentes, dejando en evidencia el amplio rechazo social a la dictadura que se retiraba.

Encuentro de históricos, para sepultar el pasado y dar lugar a una nueva era en Brasil. De izquierda a derecha, cuatro gigantes de lo nacional-popular: Tancredo Neves (primer presidente electo después de la dictadura), Leonel Brizola, Ulisses Guimarães (artífice de la Constituyente de 1988) y un joven Lula da Silva.

En los meses previos a aquella sesión que consagró a Tancredo Neves como primer presidente de la democracia hubo una intensa campaña por parte de los sectores populares para que las elecciones de 1985 fueran directas y que el pueblo pudiera así elegir su presidente por el voto, pero los generales consideraban que eso era prematuro y que la ciudadanía había estado “anestesiada” durante más de dos décadas de régimen militar, e impusieron esa tesis para que las elecciones de ese año fueran indirectas. El demócrata Tancredo Neves —abuelo del actual dirigente del neoliberal PSDB, Aécio Neves, derrotado por Dilma Rousseff en las elecciones de 2014— resultó electo, como veíamos, por amplio margen, aunque jamás pudo asumir el mandato: un día antes de la asunción, el 14 de marzo de 1985, Neves fue internado al presentar síntomas de apendicitis. El vice, José Sarney, asumió en su lugar el día siguiente y Tancredo moriría un mes después, en extrañas circunstancias. Sarney pertenecía al PMDB, era muy cercano a los conservadores y a la cúpula militar, y gobernó hasta 1990 la totalidad del mandato que debió cumplir el demócrata Neves. En Brasil aun existe el consenso de que los militares perdieron la elección y, mediante un magnicidio y un golpe, lograron imponer igualmente a uno de los suyos para asegurar la inviabilidad de un Juicio a las Juntas similar al que había llevado a cabo un Raúl Alfonsín electo por el voto popular en Argentina a partir de 1983.

Quiera el pueblo votar

Terminado el gobierno Sarney y con el asunto del juicio a los jerarcas de la dictadura debidamente enterrado en la agenda por la hiperinflación y otros temas que parecían entonces más apremiantes, los brasileros fueron convocados a votar. A fines de 1989 se realizaron elecciones directas para presidente después de 29 años. Los últimos comicios de ese tipo habían sido en 1960, consagrando a Janio Quadros como presidente y a João Goulart como vicepresidente (en esa época presidente y vice se elegían por separado). Quadros renunciaría siete meses después de asumir el mandato y Goulart tomaría la posta hasta 1964, cuando fue depuesto por el golpe militar.

Casi tres décadas de dictadura y democracia tutelada pudieron haber anestesiado o no al pueblo, como afirmaban los militares, pero lo cierto es que desorganizaron la política y resultaron en un escenario donde cualquier cosa parecía posible. La mayoría de los partidos políticos habían sido legalizados a partir de 1980 y en los siguientes nueve años muchos otros habían sido fundados, por lo que las alianzas o frentes electorales en 1989 fueron la excepción. En líneas generales, prácticamente todos los partidos creían en la posibilidad de ganar esas elecciones en soledad y eso resultó en el increíble total de 26 candidatos presentados, la gran mayoría de ellos por partidos que existían apenas teóricamente o habían sido creados al efecto. Una de esas candidaturas fue finalmente impugnada por la Justicia Electoral: la del conductor televisivo Silvio Santos, una especie de Marcelo Tinelli de la época. Santos había quedado expuesto cuando surgieron denuncias de que su partido era “de cartón”, esto es, que se había constituido a partir de fichas de afiliación apócrifas y generadas únicamente para cumplir los requisitos mínimos establecidos. Queda claro que el Partido Municipalista Brasileiro (PMB) de Silvio Santos no era el único en esas condiciones de precariedad, pero solo se aplicó todo el rigor de la ley en su caso gracias a la presión de los dirigentes tradicionales, que temían una avalancha de votos a un outsider con altísimos índices de popularidad y que probablemente ganaría fácilmente esas elecciones. En semejante escenario de fragmentación y con un pueblo absolutamente desprovisto de cultura política, la fama televisiva de Santos y reputación de “honesto” (no era un dirigente político tradicional) habrían sido fatales para los demás candidatos.

Silvio Santos, una especie de Marcelo Tinelli brasilero que pudo haber arrasado en las elecciones de 1989, valiéndose de su descomunal popularidad televisiva y un escenario de fragmentación absoluta de la política en la época.

Silvio Santos quedó entonces rápidamente eliminado y la campaña en serio empezó con los demás 25 candidatos en una alucinante carrera inicialmente sin favoritos. Todos reclamaban el derecho participar en los debates televisivos —lo que habría sido imposible, simplemente porque no había forma de acomodar 25 atriles y el debate hubiera durado larguísimas horas— y todos buscaban esos segundos de exposición para darse a conocer. En los primeros días de campaña por lo menos 20 de los 25 candidatos creían estar realmente en carrera y con posibilidad de triunfo ya en primera vuelta, lo que en sí no debe tener precedentes en la historia de las elecciones modernas.

Pero las elecciones en el sistema capitalista son una cuestión de dinero para llevar a cabo la campaña electoral y tras algunos días se hizo sentir la diferencia de caja entre unos y otros. Al finalizar la primera vuelta, solo 8 de los 25 candidatos habían obtenido más del 1% de los votos y, en realidad, la mitad oscilaba entre el 0,01% y el 0,5%. Fernando Gabeira, el candidato del Partido Verde (PV) estaba entre los que peleaban ese descenso. Gabeira obtuvo el total de 125.842 votos, lo que en un colegio electoral de más de 70 millones representaba un magro 0,18%. Fernando Gabeira había sido guerrillero del Movimiento Revolucionario 8 de Octubre (MR-8) y había sido artífice del delirante secuestro del embajador de Estados Unidos en Brasil, Charles Elbrick, estuvo preso por ello y finalmente exiliado. A su retorno, adoptó un discurso más bien progre sobre temas como la ecología y las libertades individuales, apto para el consumo de los sectores medios. Así fue como, muchos años después, en el 2008, Gabeira estuvo a un suspiro de ser electo intendente de Río de Janeiro, la segunda ciudad más importante de Brasil. En esas elecciones, el moderado de derecha Eduardo Paes se impuso por tan solo 55 mil votos, menos del 1% de los votos válidos.

Entre los ocho candidatos que en 1989 movían un poco más el amperímetro, tres tenían entonces una orientación que podría ubicarse a la izquierda del arco: Roberto Freire, del Partido Comunista Brasileiro (PCB), que obtuvo el 1,13% o casi un millón de votos —números expresivos para ese partido—, Leonel Brizola, del Partido Democrático Laborista (PDT, por sus siglas en portugués), con el 16,55% o más de 11 millones de votos, y Lula da Silva, del Partido de los Trabajadores (PT), con el 17,14%, prácticamente empatado en el segundo puesto con Brizola. Estos tres candidatos se presentaban separados, aunque acordaban en la orientación de sus proyectos políticos. Esta fragmentación del campo nacional-popular venía a tono con la atomización generalizada de la política y les costaría muy cara a los pueblos, como veremos.

La final

Varias cosas quedaron aclaradas luego de que se contaran los porotos de la primera vuelta. Una de ellas fue que el pueblo brasilero no estaba “anestesiado”, ni mucho menos, como sostenían los militares y los conservadores. En realidad, ese pueblo estaba con ganas de votar. Las elecciones de 1989 registraron una participación del 88,09%, inusitada incluso en países donde el voto es obligatorio.

También quedó claro que, si bien cualquiera puede presentarse como candidato y pueden postularse muchos, ganar es para unos pocos. Y en 1989 hacía su debut un futuro ganador: el Partido de la Socialdemocracia Brasileira (PSBD), que vendría a gobernar a partir de las siguientes elecciones y por dos periodos, obtuvo ya en su primera participación un impresionante cuarto puesto, con el 11,51% o casi 8 millones de votos para la lista encabezada por el histórico Mario Covas. ¿La explicación? El dinero. El PSDB se fundara el año anterior sin escatimar recursos, confirmando la antes mentada relación necesaria entre dinero y política en el sistema capitalista.

Pero el momento del PSDB no había llegado porque hubo en 1989 gente más decidida a gastar. Fundado apenas meses antes de las elecciones, el Partido de la Reconstrucción Nacional (PRN) fue el más votado en primera vuelta y su candidato, el magnate Fernando Collor de Mello accedía así cómodamente a un ballotage contra Lula da Silva, que había superado a Leonel Brizola por escaso margen. Con un discurso moralista de combate a la corrupción prácticamente como único proyecto visible en el discurso y mucho dinero para gastar en campaña, el perfecto desconocido Collor de Mello se impuso en primera vuelta con el 30,47% o 20 millones y medio de votos, una marca impresionante.

Todo pasa. Fernando Collor de Mello, al asumir el mandato en 1990. Luego de ser destituido y de volver a la política quince años más tarde como senador, hoy es uno de los que denuncian la proscripción de Lula y la califican como “una enorme injusticia”.

Collor de Mello y Lula da Silva llegaron entonces al ballotage, donde ocurrieron las alianzas que en primera vuelta no habían podido tener lugar. Todos los partidos a la izquierda del arco político se alinearon rápidamente detrás de Lula, incluso el PDT de Brizola, que había quedado relegado de la segunda vuelta por poco más de 400 mil votos. Durante la campaña, un irreverente Brizola había tratado de ridiculizar a Lula apodándolo “sapo barbudo”, por su aspecto físico, y ambos se distanciaron. Al empezar el armado rápido de las alianzas para el ballotage, Lula habría dicho que preferiría prescindir del apoyo de Brizola y los medios fueron a buscar a este para saber qué opinaba al respecto. Brizola no dudó: “Me tiene sin cuidado lo que piensa el señor Lula da Silva de mí, es irrelevante si quiere o no quiere mi apoyo. Él es el mejor candidato y convoco a mis electores a votar por él en el ballotage”. Así Lula unificó el campo nacional-popular de cara a la batalla final y con muy buenos pronósticos: sumados los votos de todos los partidos, incluso los de “centro” que lo apoyaban, los números cerraban.

Por su parte, Collor de Mello tenía dificultades en reeditar el éxito de la primera vuelta y el establecimiento de las alianzas con las fuerzas a la derecha del arco eran dificultosas. Si bien Collor no era precisamente un outsider como el proscrito Silvio Santos —había sido intendente de Maceió y gobernador de Alagoas—, provenía de una unidad territorial muy pequeña y marginal, y su discurso moralista piantaba adhesiones entre los caciques de la derecha más tradicional, que no habían descubierto todavía el truco del honestismo para generalizar la corrupción después de ganar las elecciones.

Un frío análisis de los números de la época indica que el ballotage de 1989 se definiría por estrecho margen en favor de Lula, pero pasaron cosas, como suelen decir los neoliberales de hoy: a pocos días de realizarse la segunda vuelta en Brasil, muy lejos de allí los alemanes demolían el Muro de Berlín y hacían bajar vertiginosamente la cotización de los partidos y fuerzas políticas en todo el mundo identificados con el color rojo y la estrella socialista. Esos eran (y son) los símbolos del PT del barbudo sindicalista apoyado por comunistas Lula da Silva, en adelante valorados todos como “cosa trasnochada”.

Pero lo que realmente inclinó la balanza en favor de Collor de Mello fue la más importante de las adhesiones: la de los monopolios de medios de comunicación, en especial la del Grupo Globo, que cerró filas con este candidato y dio el golpe decisivo para la derrota de Lula da Silva. Podrá parecerle extraño al atento lector, pero en esa época, los debates televisivos en Brasil entre candidatos no se hacían en vivo, sino que eran grabados y emitidos en diferido. En poder de dicho material, la Red Globo hizo una edición muy tendenciosa, en la que presentaba solo las mejores intervenciones de Collor de Mello y las peores de un Lula que además se veía desmejorado, desprolijo, sudoroso y con un aspecto más bien repulsivo. Esa edición del debate entre Collor de Mello y Lula da Silva está considerada en Brasil como el factor determinante para el triunfo de aquel y hasta los responsables por la edición admitieron, muchos años más tarde, haberlo manipulado para influir en los resultados de las elecciones.

El PSDB con Mario Covas (primero a la izquierda) formó en la alianza nacional-popular en el ballotage contra Collor de Mello. Con el Consenso de Washington, la línea del partido cambió y Fernando Henrique Cardoso ganó en 1994 para implementar un proyecto neoliberal, en consonancia con lo que pasaba en toda la región en la etapa del “fin de la historia”.

Fernando Collor de Mello quedó instalado en el sentido común, que es la “opinión pública” teledirigida, como el futuro, como un joven candidato, deportista, buenmozo y proveniente de una familia que suele valorarse como “bien”. Lula da Silva, por su parte, fue presentado como un obrero ignorante y de muy feos modales, que además pretendía instalar una dictadura del proletariado recientemente derrotada en Europa. En el ballotage, Collor de Mello ganó con el 53,05%, o unos 35 millones de votos, contra los 46,95% obtenidos por Lula. Una diferencia de 4 millones de votos que instalaba en el poder político y como primer presidente electo directamente por el voto popular a un joven de 40 años de edad cuya principal y casi única propuesta era un combate abstracto a la corrupción que, dos años más tarde, terminó resultando en lo opuesto: el moralista Collor de Mello tenía la bragueta abierta, generalizó y sistematizó la corrupción en el Estado y fue depuesto por el Congreso Nacional a fines de 1992.
El escenario de fragmentación de 1989 es similar, por lo tanto, al que presenta la actual coyuntura para las elecciones que van a realizarse el próximo domingo, 7 de octubre, con una diferencia: en aquellos tiempos, todos los candidatos y partidos eran “nuevos” ante la percepción del electorado y ninguno emitía discursos extremos. Nadie había gobernado, no existía la judicialización de la política. Por lo tanto, no existía el rechazo masivo de grandes sectores sociales a este o aquel candidato, como ocurre hoy con los dos favoritos a llegar al ballotage, Fernando Haddad y Jair Bolsonaro. Pero las grandes alianzas que se habían formado desde 1989 y fueron destruidas por la Operación Lava-Jato en los últimos dos o tres años ya no están, y la fragmentación es extrema, aunque no inédita. Brasil llega hoy a las urnas como en 1989, con la mayoría de los partidos presentando lista propia o en alianza con otros partidos muy pequeños. Bolsonaro quiere ser el Collor de Mello que fue y Haddad pretende lograr lo que Lula no pudo sino después de cuatro intentos: arrebatar el poder político para reactivar un país que en la actualidad está derrotado. Veremos quien tiene más razón y el gatillo más rápido en este western electoral.

*De la redacción