El próximo 7 de octubre se realizarán en Brasil las elecciones generales programadas para elegir el nuevo presidente y vicepresidente de la Nación, además de renovar dos tercios de las bancas del Senado (54 de 81 escaños), la totalidad de los 513 diputados nacionales y los gobernadores de las 27 unidades territoriales, que en ese país se denominan Estados de la federación y son lo equivalente a nuestras provincias. Se espera que alrededor de 150 millones de ciudadanos acudan a las urnas el primer domingo de este mes, en lo que es el cuarto proceso electoral directo más grande del planeta. Las elecciones en Brasil son enormes y solo superadas en cantidad de electores habilitados a votar por la India, Indonesia y los Estados Unidos, aunque en este último la participación efectiva suele ser muy baja, ya que el voto no es obligatorio y se vota siempre los días martes. En la práctica, las elecciones de Brasil ocupan el tercer puesto del ranking mundial de votos.

Pero la importancia de las elecciones en Brasil no es solo una cuestión numérica y tampoco se limita al propio país. Brasil es hoy una potencia regional y la primera economía de América Latina, por lo que el resultado de las urnas en el gigante suele tener repercusiones en toda la región. Puede decirse que Brasil les marca la tendencia a sus vecinos y así la atención está puesta en sus resultados. Lo que pase en esta primera vuelta y se ratifique en el ballotage (previsto para el 28 de octubre, último domingo del mes) va a determinar en gran medida el futuro político de los países vecinos y entre ellos el de Argentina, que irá a las urnas en octubre del año que viene. No es descabellado pensar que si Brasil optara por retomar la senda de lo nacional-popular —la que había abandonado tras el golpe institucional a Dilma Rousseff en el año 2016—, esa opción tendría serias repercusiones en nuestro país y es muy probable que Argentina siga finalmente el mismo rumbo. He ahí toda la importancia práctica de los comicios del próximo domingo en Brasil, las que ameritan un análisis en profundidad.

Más allá de la magnitud de los números y la importancia política que tienen las elecciones de Brasil en la región, existe hoy un dato de la realidad que antecede cualquier análisis: el pueblo brasileño votará el próximo domingo con uno de los candidatos proscritos. Y no es cualquier candidato, sino el que en la previa encabezaba todas las encuestas (incluso las de sus enemigos) y el que ya había sido presidente de la Nación es dos ocasiones. Lula da Silva sigue preso y no podrá participar del proceso electoral gracias a una serie de maniobras coordinadas entre los poderes fácticos, entre ellos el poder judicial y los medios de difusión de las corporaciones. Después de una larga e intensa pulseada, la Justicia Electoral determinó que Lula no podría ser de la partida y entonces se desencadenó una frenética campaña por parte del frente O povo feliz de novo (El pueblo feliz de nuevo), una coalición entre el Partido de los Trabajadores, el Partido Comunista y el Partido Republicano del Orden Social, para instalar a Fernando Haddad como candidato sustituto de Lula en muy pocos días. Además de preso y proscrito, Lula se encuentra prácticamente incomunicado, impedido de participar en la producción del material de campaña necesario para difundir la idea de la transferencia del voto. En la práctica, lo que Lula no puede hacer es grabar testimonios en audio o video indicándoles a sus electores que votar a Fernando Haddad es votar a Lula y eso hace toda la diferencia. El concepto de “Haddad al gobierno, Lula al poder”, equivalente al de la campaña de Héctor Cámpora en las elecciones argentinas de 1973 con Juan Domingo Perón proscrito debe ser ahora difundido por el propio Haddad, ante la imposibilidad de obtener la palabra de Lula. No obstante, al momento de cerrar esta edición, las encuestas de opinión indicaban que Fernando Haddad ya tenía el 22% de las intenciones de voto —once veces más de lo que tenía cuando se ratificó la proscripción de Lula da Silva— y ya se ubicaba en el segundo puesto, a seis puntos de un Jair Bolsonaro en franco descenso y virtualmente asegurado en un muy probable ballotage. En tan solo dos semanas, Haddad pudo ascender de un inexistente 2% a un expresivo 22% a fuerza de instalar la idea de que representa a Lula en la contienda y de presentar la única opción real de proyecto político nacional-popular. Con el tercer candidato con más intención de voto estancado en un modesto 11%, todas las encuestas indican que hay enormes probabilidades de que haya una segunda vuelta electoral entre Bolsonaro y Haddad.

Un sistema electoral muy particular

A diferencia de lo que ocurre en Argentina, donde el ganador resulta electo ya en primera vuelta si obtiene el 40% de los votos válidos y 10 puntos de ventaja sobre el segundo más votado, en Brasil son necesarios el 50% más uno de los votos válidos para que eso ocurra. Por lo tanto, históricamente las elecciones en Brasil desde el restablecimiento democrático y las elecciones directas para presidente han sido decididas en dos vueltas, salvo en dos ocasiones (1994 y 1998), cuando Fernando Henrique Cardoso logro elegirse y reelegirse con un inusual consenso y sin la necesidad de ballotage. La multiplicidad de candidatos y partidos en pugna normalmente resulta en que la obtención de la mayoría absoluta requerida para el triunfo en primera vuelta sea muy difícil de obtenerse y, por lo que vienen indicando todas las encuestas, las elecciones de este año 2018 no serán la excepción: ningún candidato se acerca ni mucho menos a los 50% + 1 requeridos para liquidar el pleito en una sola vuelta. Al empezar la campaña, los candidatos y las fuerzas políticas pronostican un trabajo en dos vueltas y todos los recursos son orientados desde el vamos a una estrategia acorde a ese pronóstico.

La urna y el voto electrónico, muy cuestionados en el mundo, pero ya consolidados en Brasil. La particularidad de no existir la impresión de troqueles que posibiliten auditar las elecciones en caso de sospecha de fraude es quizá uno de los puntos débiles del sistema, aunque el Brasil asegura que la fiabilidad es absoluta y no existiría la necesidad de dicha duplicidad de método.

Como se sabe, la urna electrónica es utilizada en Brasil hace ya más de dos décadas. Si bien la fiabilidad y la seguridad del sistema han sido cuestionadas en prácticamente todos los países del mundo donde se ha implementado, al parecer en Brasil no existen quejas sobre el mismo. Las máquinas utilizadas para la votación son de fabricación nacional y no están dotadas de ningún dispositivo de transmisión de datos por red, es decir, no existe la posibilidad de que se conecten a Internet y, por lo tanto, de que sean intervenidas por los llamados hackers. Los resultados de cada máquina son trasladados físicamente a los centros de cómputo en los famosos diskettes y se cargan uno a uno a la computadora que centraliza los resultados en cada distrito. El voto en Brasil es electrónico en el sentido de que no se utilizan boletas ni papeletas: el elector procede ingresando el número del candidato de su preferencia para cada cargo en disputa y no se imprime un troquel que luego es introducido en una urna tradicional, como ocurre, por ejemplo, en Venezuela. El voto queda registrado en la máquina y existe únicamente allí, sin posibilidad de que se audite manualmente después de las elecciones. Sin embargo, como la transferencia de los datos hacia el centro de cómputos ocurre físicamente, se considera que la posibilidad de fraude es nula. Para que un fraude fuera posible, afirman las autoridades electorales, sería necesario intervenir las urnas electrónicas una a una, lo que en sí sería una cosa compleja.

Por otra parte, una de las peculiaridades más típicas de las elecciones en Brasil es el tiempo reservado en radio y televisión a los candidatos para que expongan sus propuestas y pidan el voto. Por sus características, esa modalidad de propaganda con fines proselitistas no registra parangones en el mundo, aunque existe con muchas variaciones en lo que respecta a cómo es instrumentada en países como Gran Bretaña, Francia, Canadá, España y Sudáfrica. En primer lugar, el tiempo en radio y televisión es gratuito, esto es, los partidos y frentes políticos no deben pagar nada por ello y solo deben aportar el material que deseen difundir. Eso representa una muy valiosa exposición en dos tandas diarias de 25 minutos cada una y en inserciones aisladas durante todo el día tanto en radio como en televisión. En el caso de esta última, la tanda vespertina tiene lugar a las 8:30 de la noche, en pleno prime time televisivo. Claro que las dos tandas aparecen en cadena nacional, obligando a todos los canales de televisión y estaciones de radio a retransmitirlas en simultáneo y prácticamente obligando también al televidente y al oyente a consumir el mensaje. Si bien ese espacio en los medios es gratuito para los candidatos y las fuerzas políticas, las empresas que controlan los canales de TV y las emisoras de radio son beneficiadas con exenciones proporcionales a la hora de pagar el impuesto a la ganancia.
Los 50 minutos diarios y las inserciones aisladas a lo largo de la programación en radio y televisión se reparten entre las fuerzas políticas en disputa utilizando el criterio de la representación parlamentaria de los partidos al momento de realizarse las elecciones. En otras palabras, el tiempo de exposición de cada frente se determina por la cantidad combinada de diputados nacionales de todos los partidos que forman en el frente. Este criterio va a gravitar muchísimo a la hora del armado de los frentes electorales, ya que los partidos con mayor representación en el Congreso serán los más requeridos para las alianzas. Si dos o más partidos con muchos diputados forman en un mismo frente, el tiempo de televisión y radio de ese frente será enorme y, por el contrario, los frentes conformados por pocos partidos o por partidos pequeños dispondrán de muy pocos segundos para emitir su propaganda. Así, algunas alianzas pueden ocupar 10, 12 y hasta 15 minutos del total de 25 por tanda, mientras que otras no tendrán más que 10 ó 15 segundos, habiendo casos extremos de 5 segundos por candidato.

Lula da Silva, aquí junto a Manuela D’Ávila del Partido Comunista, quien finalmen- te será la candidata a vicepresidenta del sustituto Fernando Haddad. Las elec- ciones en Brasil se realizan este año con el candidato favorito proscrito de modo arbitrario por un poder judicial que inclina la balanza contra los pueblos.

El tiempo de exposición en radio y televisión también se define por otra particularidad del sistema electoral brasilero: la inexistencia —o la invisibilidad, como veremos más adelante— de las listas de candidatos a legislador. Si bien hay frentes y alianzas, los candidatos a senador, diputado nacional y diputado provincial, además de los candidatos a concejales en las elecciones municipales, que se realizan intercaladas a las elecciones generales, son uninominales. Esto significa que el elector no vota una lista de candidatos, sino a un candidato en particular. En consecuencia, cada candidato pide el voto para sí mismo y no para una lista de la que forma parte, como ocurre en Argentina. Como el tiempo en televisión y radio no se usa solo para promocionar los candidatos a cargos ejecutivos como el de presidente o gobernador, sino también los que se postulan a las bancas legislativas “por cuenta propia”, esto resulta en un show de horrores, con candidatos pidiendo el voto en tres o cuatro segundos de televisión o radio. En la práctica, lo que esos candidatos hacen es poner la cara y decir: “Me llamo fulano, soy candidato a diputado. Votame”, con todas las implicaciones que eso tiene. El show de horrores está en que para sacar la mayor ventaja posible de esos escasos segundos, los candidatos hacen todo tipo de monería y de payasada para llamar la atención del elector y conseguir su voto. La propaganda electoral de los candidatos a legislador en Brasil es eso, una compilación de ridiculeces y básicamente nada de propuestas.

Finalmente, también sobre el carácter uninominal de las candidaturas a senador, diputado y concejal municipal en Brasil existe la contradicción siguiente: esas candidaturas no son realmente uninominales, es decir, las listas en efecto existen, pero no están visibles para el elector. Lo que ocurre en la práctica es que la suma de los votos de todos los candidatos de un determinado partido genera un coeficiente, que es el llamado “coeficiente electoral” y es el que verdaderamente define cuántos candidatos de ese partido serán electos para las bancas a las que se postulan. Eso da lugar a lo que son aberraciones ante los ojos del elector que no entiende cómo funciona el sistema. Un ejemplo claro de esto es Eneas Carneiro, un médico cirujano que, valiéndose de su excéntrico aspecto físico y su capacidad de ametralladora para decir muchísimas palabras en pocos segundos, obtuvo en Brasil una inmensa popularidad. En las elecciones del año 2002, Carneiro recibió la increíble suma de 1.573.642 votos uninominales y se convirtió en el candidato a legislador más votado de la historia del país. Esa votación obtenida en un solo distrito (Sao Paulo) fue superior a la de casi todos los candidatos a presidente a nivel nacional y, de hecho, Carneiro hubiera sido el cuarto más votado en esa carrera presidencial con su millón y medio de votos. Todo eso con pocos segundos de radio y televisión y compitiendo por un escaño con otros cientos de candidatos. El caso es que gracias al coeficiente electoral, Carneiro “arrastró” en su estela a otros seis candidatos de su partido, siendo que cinco de ellos habían obtenido menos de mil votos cada uno en un colegio electoral de casi 20 millones de electores. El último diputado electo en aquella “lista invisible” de Eneas Carneiro en esas elecciones fue Vanderlei Assis, con un irrisorio total de 275 votos uninominales. Assis ni siquiera había hecho campaña y fue votado solo por parientes, amigos y alguno que otro conocido suyo, pero asumió como diputado nacional porque el sistema de proporciones existe de hecho y aunque el brasilero no lo sepa, al votar a un candidato está votando la lista entera.

El mítico Enéas Carneiro, que se valía de un peculiar aspecto físico y de un discurso nacionalista explosivo para expresar en pocos segundos su proyecto. Carneiro fue un fenómeno electoral que difícilmente podrá igualarse y supo utilizar como nadie la exposición en televisión y radio que los candidatos tienen en Brasil por ley.

Lo opuesto también es cierto y siempre ocurre que candidatos a legislador con expresiva votación uninominal no logran ser electos. El coeficiente electoral va a determinar la cantidad mínima de votos que un partido debe recibir para acceder a una banca de legislador. En el caso de Sao Paulo, ese coeficiente era en el año 2002 de 280.000 votos y hubo candidatos que no fueron electos a pesar de haber recibido 260, 270 mil votos uninominales, mientras que sí entraban al Congreso Nacional un Vanderlei Assis y muchos otros con poquitos votos. De los 70 candidatos que obtuvieron un escaño de diputado nacional por Sao Paulo en el año 2002, solo 36 fueron electos con votos propios y todos los demás entraron por el mentado coeficiente.

Los candidatos de hoy

Más allá del particular sistema electoral de Brasil y sus recovecos, el plato fuerte de estas elecciones generales es la carrera presidencial. Con el país sumido en la crisis y en la recesión generadas por el golpe institucional de 2016 y la delirante Operación Lava-Jato de persecución a los dirigentes del campo nacional-popular, los brasileros llegan arrastrándose a las urnas, con la esperanza de que los resultados sean los que Brasil necesita para salir a flote. Tras la proscripción de Lula, que ya hemos visto en este artículo, 13 candidatos oficializaron finalmente sus candidaturas a presidente de la Nación. Algunos de ellos tienen ambiciones reales, pero la mayoría está allí solo para figurar.

Guilherme Boulos, candidato del PSOL y colectora de Lula por extrema izquierda. Boulos es el único candidato que propone abiertamente un indulto para Lula en caso de resultar electo. Es probable que Haddad haga lo mismo, aunque evita decirlo en campaña para no piantar votos y no ser acusado de atropellar la Justicia.

Entre estos últimos el más destacable es Guilherme Boulos, que se presenta por la alianza entre el Partido Socialismo y Libertad (PSOL) y el Partido Comunista Brasilero (PCB). Boulos es una suerte de colectora de Lula por extrema izquierda y su tarea es visibilizarse y juntar votos en ese sector para Fernando Haddad en un eventual ballotage, además de denunciar la proscripción de Lula en los 26 segundos de radio y televisión que la alianza PSOL/PCB tiene por día. Boulos pretende superar el millón y medio de votos obtenidos la candidata del PSOL, Luciana Genro, en las elecciones de 2014. Y luego revertir esos votos a Fernando Haddad en el ballotage del 28 de octubre.

Entre los rezagados en la carrera, hay además de Boulos otros cinco candidatos. Ninguno de ellos ha podido formar alianzas y se presentan en las listas de sus propios partidos en soledad. El trotskista Partido Socialista de los Trabajadores Unificado (PSTU) postula a Vera Lucia Salgado, una socióloga de origen humilde que trabajó de mucama y mesera para financiar sus estudios universitarios. El ultra neoliberal Partido Novo, cuyo padrino declarado es el Banco Itaú, presenta a João Amoedo, un banquero, por supuesto. El Partido Patria Libre (PPL), una agrupación nueva y sin ideología muy bien definida, postula a João Goulart Filho, hijo de Jango, el presidente depuesto por el golpe de 1964. Goulart Filho es filósofo y transitó toda su infancia y adolescencia en Uruguay, en el exilio junto a su padre. Por la Democracia Cristiana (DC) se presenta José Maria Eymael, empresario y abogado sin expresión. Finalmente, el insólito Partido Patriota postula Benevenuto Daciolo Fonseca dos Santos, el famoso Cabo Daciolo, un exmilitar de extrema derecha que como diputado logró ser expulsado de su anterior partido al proponer la siguiente modificación a la Constitución de Brasil: reescribir el artículo primero de la Carta Magna, sustituyendo la expresión “Todo el poder emana del pueblo” por “Todo el poder emana de Dios”. La propuesta no tuvo adhesiones y fue rápidamente cajoneada, pero Daciolo logró con ello el apoyo de buena parte de los evangelistas, que son muchos, aunque no los suficientes porque Daciolo sigue peleando el descenso y se considera que es una colectora por derecha (si tal cosa fuera posible) de Jair Bolsonaro.

El descenso. Candidatos que se presentan con distintos objetivos, siendo que ninguno de ellos es ganar las elecciones. De izquierda a derecha, en sentido horario: Vera Lucia Salgado (PSTU), Cabo Daciolo (PATRI), João Amoedo (NOVO), José Maria Eymael (DC), Guilhermo Boulos (PSOL) y João Goulart Filho (PPL).

Otros cinco candidatos están a mitad de tabla, como se usa decir en la jerga futbolera. El primero de ellos es Henrique Meirelles, exministro de economía y expresidente del Banco Central. Neoliberal, aunque a veces derrapa y transa con el populismo (fue ministro de Lula), Meirelles se presenta por la alianza entre el Movimiento Democrático Brasilero (MDB) y el Partido Humanista de la Solidaridad (PHS) y aquí está la primera sorpresa de estas elecciones: el MDB es una lavada de cara del viejo PMDB, el partido más grande de Brasil en cantidad de afiliados y unos de los partidos “catch-all” más importantes del mundo. La ideología del MDB es ninguna, lo que le posibilita captar afiliados en todo el arco político, desde la extrema izquierda hasta la extrema derecha, lo que efectivamente ocurre. Y pese a su descomunal tamaño (tiene aproximadamente 2,5 millones de carnés de afiliación emitidos), el MDB jamás pudo o quiso ganar las elecciones presidenciales, optando siempre por entrar en alianzas con el favorito en cada ocasión e imponer el candidato a vicepresidente. El MDB asumió la presidencia de la Nación en tres ocasiones desde 1985, con sus vicepresidentes suplantado a un titular fallecido (Tancredo Neves, sustituido por José Sarney antes de asumir aquel) y a dos titulares depuestos (Fernando Collor de Mello por Itamar Franco y Dilma Rousseff por el actual Michel Temer). La sorpresa está en el magro desempeño de Meirelles en las encuestas: el economista varía entre el 1% y el 2% de la intención de voto, lo que en números absolutos es incluso inferior a la cantidad de afiliados de su partido.

Un poco por encima de Meirelles se ubica Álvaro Días, que se presenta en una alianza de cuatro partidos pequeños. Senador desde 1999, Días es un clásico “gorila” y basa su discurso en el gastado combate a la corrupción, siempre y cuando la corrupción involucre a los dirigentes y militantes del Partido de los Trabajadores, por supuesto. Con tan solo el 3% de la intención de voto, Días deberá ser políticamente enterrado en estas elecciones y su jubilación representará un parásito menos para el Estado de Brasil.

Habiendo sido la tercera en discordia y jugando un papel similar al de Sergio Massa en elecciones anteriores, Marina Silva hace agua en 2018 con tan solo el 5% de las intenciones de voto. Silva es candidata por la alianza entre la Red de Sustentabilidad (un partido con discurso ecologista y mucha sarasa) y el Partido Verde (PV), pero está muy lejos de los 22% que en el 2014 la ubicaron en el tercer puesto y le posibilitaron soñar con un ballotage contra Dilma Rousseff. Si no mejora mucho de aquí hasta el domingo, Marina Silva habrá sido arrollada en una elección que la tenía por favorita a principios de este año.

La segunda sorpresa que nos presenta el escenario actual son los escasos 8% de intención de voto del gobernador de Sao Paulo, Geraldo Alckmin. Presentado como candidato en una alianza enorme de nueve partidos —casi todos ellos pesos pesados en términos de tradición, representación parlamentaria y cantidad de afiliados—, Alckmin tiene el mayor tiempo de exposición en radio y televisión entre todos los candidatos y mucha estructura partidaria. Además, es el candidato propio del Partido da Social Democracia Brasileira (PSDB), que gobernó Brasil hegemónicamente entre 1994 y 2002 y estuvo al acecho de Lula y Dilma en todas las elecciones posteriores. Desde 2002 hasta 2014, el PSDB siempre colocó su candidato en el ballotage y estuvo muy cerca de dar el batacazo con el Aécio Neves en los últimos comicios, siendo derrotado por tan solo dos puntos. No obstante, Alckmin no parece despegar y el fracaso del PSDB lo aleja del lugar de oposición indiscutida. Además del PSDB, van a naufragar con Alckmin el Partido Progresista (PP), el Partido Laborista Brasilero (PTB, por sus siglas en portugués), el Partido Social Democrático (PSD), el Partido Republicano Brasilero (PRB), el Partido de la República (PR), el Demócratas (DEM, ex PFL, ala liberal de la dictadura militar), el Solidaridad (SD) y el Partido Popular Socialista (PPS). Como nota de color, cabe destacar que todos esos partidos son expresivos, aunque en ninguno de ellos la ideología predominante coincide con la nomenclatura: no hay progresistas en el PP, no hay demócratas en el DEM y mucho menos socialistas en el PPS. La falsa denominación de los partidos políticos también es muy típica de la política en Brasil y la enorme alianza de Geraldo Alckmin lo demuestra cabalmente.

Entre los candidatos que están a “mitad de tabla” la gran sorpresa es Geraldo Alckmin, que pese a tener la mayor abundancia de recursos y una alianza de pesos pesados, no logra despegar con su candidatura y anticipa un fracaso histórico para el PSDB, un partido que no está acostumbrado a perder y menos por goleada.

También en mitad de tabla, pero con ganas de ascender, está un extraño Ciro Gomes, que se presenta en la alianza entre el Partido Democrático Laborista (PDT, por sus siglas en portugués) y el Avante, un nuevo y pequeño partido que podría ubicarse en la centroizquierda. Ciro Gomes y el PDT siempre estuvieron muy cercanos a Lula y al PT, expresando básicamente la misma idea política, pero escindiéndose en elecciones. Ya el 1989, el PDT presentó a Leonel Brizola como alternativa a un Lula que se postulaba por primera vez por el PT. Esa escisión terminó siendo fatal en unas elecciones cuyo escenario de fragmentación es muy similar al actual (véase el informe especial al respecto, en la página 28). De haberse postulado juntos, Lula y Brizola probablemente habrían triunfado sobre Fernando Collor de Mello ya en primera vuelta. Y si bien Brizola apoyó luego a Lula en el ballotage de aquel año, ambos fueron derrotados por Collor de Mello. Es imposible no ver la similitud en la actualidad y aunque se da por descontado que Ciro Gomes (hoy con el 13% de la intención de voto, según las últimas encuestas) apoyará a Fernando Haddad en un ballotage contra Jair Bolsonaro, hay en Brasil muchos que hubieran preferido una alianza ya en primera vuelta. Pero Ciro Gomes y el PDT optaron de nuevo por lista propia y seguramente se ubicarán cómodos en el tercer puesto, lejos de su inmediato perseguidor, Geraldo Alckmin, pero mucho más lejos de poder acceder al ballotage.
En la cima de la tabla y con aspiraciones de levantar la copa solo hay dos candidatos: Jair Bolsonaro y Fernando Haddad, que presentan ideas políticas opuestas y son eso, lo opuesto uno del otro en prácticamente todo.

Ciro Gomes, candidato por el histórico PDT de Leonel Brizola, divide las opiniones en el campo nacional-popular de Brasil. Por una parte, algunos sostienen que Gomes es una colectora de Lula con el objetivo de juntar votos para el ballotage y restarle presión a Haddad. Por otro, muchos señalan que, en realidad, se trata de un clásico movimiento quintacolumnista orientado a restar por izquierda y debilitar a Fernando Haddad. Sea como fuere, es casi seguro que Ciro Gomes brindará su apoyo a Haddad en un eventual mano a mano con el fenómeno ultraconservador Jair Bolsonaro en la segunda vuelta.

Como veíamos anteriormente, Haddad es el candidato sustituto de un Lula da Silva proscrito para estas elecciones. Haddad fue intendente de Sao Paulo, la ciudad más grande del país, y es una figura carismática en ascenso. Abogado y docente universitario de profesión, Haddad se postula en una alianza entre el Partido de los Trabajadores (PT), el Partido Comunista de Brasil (PCdoB, que aporta la candidata a vicepresidenta, la explosiva Manuela D’Ávila) y el Partido Republicano del Orden Social (PROS) y tiene actualmente impresionantes 22% en la intención de voto según la última encuesta. Hace dos semanas, Haddad no figuraba en las encuestas y viene luchando para instalar la idea de que representa a Lula en la contienda, lo que está dando sus resultados.

Por su parte, Jair Bolsonaro es el fenómeno electoral del odio y la violencia en un país dividido. Bolsonaro es un exmilitar con claras ideas de extrema derecha en materia social, pero una incógnita en términos económicos. La controversia alrededor de Jair Bolsonaro es infinita y se explica por un discurso y una imagen de ultraconservador clásico que el candidato cultiva. Bolsonaro ha construido su política exclusivamente con ataques sistemáticos contra las minorías y la diversidad cultural, sexual y política. En realidad, sus 28% de intención de voto —que lo ubican en la cima de todas las encuestas— tienen que ver precisamente con su misoginia, su homofobia y su apología a la “mano dura”, a la proliferación de armas entre civiles y su violencia verbal. Lo que Bolsonaro expresa es un sector muy numeroso de la sociedad de Brasil, un sector que está sumido en el odio y no tiene más proyecto político que la eliminación física del diferente y del disidente.

Jair Bolsonaro, el favorito a quedarse con el triunfo en primera vuelta, pero con serios problemas para ganar la batalla final. ¿Optará el pueblo brasilero por el salto al vacío con un candidato disruptivo y sin compromiso con lo social?

El lema de campaña de Bolsonaro es el escalofriante “Brasil por encima de todo, Dios por encima de todos”, una clara referencia histórica al tristemente célebre “Deutschland über alles” (“Alemania por encima de todos”) cantado y decantado por los nazis encabezados por Hitler a principios del siglo XX. Los 28% de intención de voto son aun más impresionantes si consideramos que se sostienen en una alianza entre dos partidos muy pequeños: el Partido Social Liberal (PSL) y Partido Renovador Laborista Brasilero (PRTB, por sus siglas en portugués). Esta alianza electoral es ínfima en términos de estructura partidaria y representación parlamentaria, tan ínfima que Bolsonaro dispone de míseros 8 segundos de radio y televisión por tanda, solo tres segundos más que el mínimo asignado a candidatos sin expresión como la trotskista Vera Lucia Salgado y el banquero João Amoedo. En una palabra, el voto de Bolsonaro es todo de Bolsonaro y lo es porque sí, haga o no haga campaña, lo que habla de manera muy elocuente del estado degradación moral por el que atraviesa Brasil hoy: hay un tercio de la población pidiendo, básicamente, que la extrema derecha se haga cargo y desate el terror en el país.

Los pronósticos

Como veíamos hasta aquí, hay dos candidatos que claramente tienden a pasar al ballotage: Jair Bolsonaro y Fernando Haddad, que allí tendrán una elección nueva y absolutamente distinta a la de la primera vuelta.

Para empezar, Haddad tiene la ventaja teórica de contar con casi la totalidad (sino la totalidad) de los votos de Ciro Gomes (entre el 11% y el 15%) y los de Guilherme Boulos (entre el 1% y el 2%), lo que en sí no es nada despreciable. Por otra parte, es poco probable que cualquiera de los candidatos derrotados en primera vuelta, salvo el Cabo Daciolo (menos del 1%), apoye abiertamente a Bolsonaro en una segunda vuelta. Lo más probable es que los altos índices de rechazo que tiene este candidato sean suficientes para que el piso sea el techo y Bolsonaro no obtenga mucho más que el 30% en el ballotage. De ser así, Haddad ya estaría virtualmente electo con tan solo garantizar la segunda posición el próximo domingo, algo que a esta altura ya parece más que consolidado.

Jean-Marie Le Pen, es creador involuntario del efecto del rechazo electoral que puede definir las próximas elecciones en Brasil y posibilitar el triunfo de Haddad.

En términos de teoría política, podría decirse que pesa contra Jair Bolsonaro el famoso “efecto Le Pen”, cuyo origen está en el famoso dirigente francés de extrema derecha Jean-Marie Le Pen, contra el que se unían siempre todas las fuerzas del arco político en segunda vuelta debido el enorme rechazo que suscitaba su negacionismo del Holocausto y su simpatía con el Reich. El “efecto Le Pen” pudo haberse visto claramente, por ejemplo, en las elecciones presidenciales de argentina del año 2003. En esa ocasión, estaba previsto que Carlos Menem tendría en su contra el 75% de los electores en un eventual ballotage contra cualquier otro candidato. Pero Menem renunció antes de la realización de la segunda vuelta y Néstor Kirchner se vio obligado a asumir la presidencia de la Nación con escasos 22%, los mismos que tiene hoy Fernando Haddad.
Haddad tiene y tendrá cada vez más los votos de Lula da Silva, aunque también tiene el mismo nivel de rechazo. La incógnita está en saber quien será más rechazado por el elector el 28 de octubre, cuando tenga lugar la segunda vuelta electoral y por fin conozcamos al nuevo presidente de Brasil. La sociedad tendrá que optar entre un candidato de una fuerza política demonizada sistemáticamente por los medios de difusión en los últimos años y un candidato que se demoniza a sí mismo como estrategia para llamar la atención y captar voluntades. Si se da la lógica, Haddad no tendría demasiados problemas para conseguir esa mitad más uno y ganar. Pero la política, como se sabe, no siempre es una cosa lógica. Brasil decide, Argentina y el resto de América Latina esperan. ¿Será cara o cruz el futuro de los pueblos? ¿Cambiará al fin la suerte en este puticlub que el neoliberalismo neocolonial ha hecho de la región a fuerza de golpe y estafa? La respuesta la tendremos después de un vertiginoso mes de octubre, ya en la próxima edición de nuestra Revista Hegemonía.

*Erico Valadares