Desde que el macrismo alcanzó la cúspide de poder en 2015, diversas voces se alzaron criticando el papel de Clarín y La Nación.

Muchos teóricos sociales le exigen al periodismo corporativo que genere debates políticos e informe a la sociedad atendiendo a las necesidades de los sectores populares, una exigencia de esta estirpe desconoce la estructura de clases a la que pertenecen los medios y no comprende que el hacerlo corresponde a una contradicción de tipo biológica que atenta contra sí mismo.
La confusión radica en creer que los medios de comunicación no tienen intereses económicos y políticos que afectan a la representación del mundo que le aportan a sus lectores de manera cotidiana. Desconocen que la naturaleza de los códigos mediáticos de las empresas hegemónicas es de tipo corporativa y, por lo tanto, que su visión del mundo también lo es.

Simplemente, hay que entender que los medios operan para aquellos sectores que le permitan alcanzar sus objetivos, poner fin a la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual y ocupar espacios en cada uno de los poderes en este caso, el sector financiero que busca incrementar la transferencia de ingresos de los que menos tienen hacia los que más tienen.

La principal crítica hacia el periodismo corporativo es la ausencia de objetividad en la prensa, desconociendo que la ideología se encuentra inmersa en todas y en cada una de las actividades que realiza el hombre, desde un trabajo mecánico y monótono, hasta acciones más complejas relacionadas con la religión, la economía, la política y, obviamente, la elección de noticias.
La noción de objetividad -ritual estratégico de defensa-, es sin duda, el pilar en el que se sostiene y se sostuvo -pero ya no puede hacerlo- desde su nacimiento en pleno contexto positivista, la prensa liberal burguesa. Sus padres, Heartz y Pulitzer, fueron quienes expusieron el lema “somos objetivos” y sentaron las bases para reflejar la realidad evitando que el sujeto creador interfiera en el encuadre de la noticia borrando las huellas de la producción periodística.
Sin embargo, la prensa liberal por más que levante las banderas de objetividad, independencia y neutralidad e intente plasmar un periodismo objetivo, lejos siempre se encontrará de esta premisa. En esta idea, se esconde una invisible, pero presente ideología que carga de subjetividad la noticia en el momento mismo en el que se produce su selección.

Es necesario recordar que en la Argentina tanto Clarín como La Nación tienden a alinearse con algún partido político. Esta orientación, que se ha convertido en una tradición, demuele el principio de objetividad al que la práctica profesional periodística pretendía arribar poniendo fin a la mentira subjetiva disfrazada.

Las críticas al periodismo corporativo carecen de sentido y solo provocan una pérdida de tiempo. Aprovechémoslo militando para la construcción de hegemonías alternativas que propicien el nacimiento de nuevos actores sociales que se sumen a esta batalla cultural para imponer, ahora sí, una representación del mundo desde los sectores populares.

*Mauro Brissio