Las siguientes líneas no pretenden denigrar el progresismo, sino más bien comprender a un sector que es parte del movimiento nacional, y sobre todo problematizarlo en vinculación a la necesidad de su “nacionalización”. Hecha la aclaración pertinente, aquí entendemos que la historia y la política de la Argentina, en tanto su condición de país dependiente, semi-colonial, se divide básicamente en dos campos: el nacional y el colonial. Es claro que a lo largo de nuestra historia el enfrentamiento no ha sido entre izquierda y derecha, sino más bien el dilema es nación-pueblo contra la oligarquía aliada al imperialismo de turno.

De esta forma esos campos establecen esquemas para pensar la realidad que nosotros conocemos como el pensamiento nacional-latinoamericano y el pensamiento colonial. El primero busca construir una matriz de reflexión a partir de las características propias como nación, y a su vez la búsqueda de soluciones propias a las problemáticas de la patria: a éstas se las enfrenta con un criterio nacional. En este sentido, Lugones había reclamado “ojos mejores para ver la patria”. No se trata de cerrarse a “lo extranjero”, sino incorporarlo en tanto su correspondencia con nuestros problemas. Aquí lo central es la dependencia económica, sobre la cual se yergue la cultural.

Por otro lado, el pensamiento colonial es el esquema que planifica y justifica el orden semi-colonial dependiente, es eurocentrista y apunta a “solucionar” nuestros problemas “copiando y pegando” ideas y experiencias realizadas en otro tiempo y/o lugar, pero no incorporándolo en lo que nos pueda ser útil, sino haciéndolo como absoluto en tanto destrucción de lo propio.
Resulta que a lo largo de nuestra historia hay hechos y/o personajes que, cuando se puede, son silenciados por el aparato cultural, y cuando su acción no se puede ocultar, son demonizados, vaciados de contenido o tergiversado su accionar. Por último, vinculado a la segunda cuestión, cuando existen movimientos muy poderosos en tanto el cuestionamiento y/o transformación de la realidad, y esos movimientos se vuelven prácticamente innegables, los instrumentos culturales actúan rápidamente de forma de neutralizarlos.

Victoria Donda, Margarita Stolbizer y el error de Sergio Massa, el advenido al peronismo que pisó al palito al alinearse con la expresión progre del gorilaje para sumar por el “centro”. Cada vez que el peronismo se confundió con el progresismo más allá de las alianzas puntuales y necesarias, el resultado fue la corrosión de su base social, que está compuesta por trabajadores con conciencia nacional-popular y alejada de la zoncera de la “civilización” importada por la progresía.

En relación a esto último es que aparece el progresismo en relación al peronismo, como una deformación de este movimiento nacional. En este caso, apunta a instalar en vastos sectores, mayormente medios y medio-altos, un conjunto de ideas que, si bien permiten que esos sectores se sumen al movimiento nacional, los neutraliza en tanto esas ideas estrechan lazos con la matriz de pensamiento colonial. Busca destruir y/o controlar así la posible alianza entre los sectores medios y los populares que Jorge Enea Spilimbergo llamaba “alianza plebeya”.
En este sentido, el progresismo es, entonces, fruto del pensamiento colonial. Su esquema de pensamiento a partir del cual analiza la historia y la realidad está vinculado a esa matriz y no a la nacional, que es de la que se nutre, conforma, reproduce y fortalece el peronismo.

Nos interesa entonces ver algunas características de estos sectores progresistas. Como decíamos, mayormente están conformados por los sectores medios y medio-altos, en tanto como establece Arturo Jauretche son estos a los que apunta, sobre todo, la colonización pedagógica y son, al mismo tiempo, a los que dicha colonización logra penetrar con más fuerza.

Estos sectores suelen tener un desconocimiento bastante profundo de la historia de nuestra patria, ni qué hablar de la del continente. Esto se liga a su conformación cultural, a su formación. Decíamos que están formados en la colonización pedagógica, rompieron con algunos de sus patrones, pero no con la mayoría. Así, el desconocimiento histórico actúa como posibilidad de asentamiento de las zonceras coloniales. En este sentido, Hernández Arregui sostiene que la formación impartida por este pensamiento colonial es una formación contra nosotros mismos. El pensamiento colonial enseña a pensar a contrapelo de las necesidades de la patria. Nuestro gran José Hernández también lo había avizorado en el Martín Fierro cuando afirma que “es mejor que aprender mucho el aprender cosas buenas”.

Gabriela Cerruti y Martín Sabbatella, aliados del kirchnerismo que vienen del progresismo criollo. La primera ha mostrado la hilacha progre en más de una ocasión, incluso favoreciendo insólitamente al enemigo en asuntos secundarios; el segundo, luego de hacer perder a Néstor Kirchner las elecciones del año 2009, vino a formar en el movimiento nacional-popular y pasó de ser el “mejor intendente del Conurbano” a enemigo número 1 de Clarín al asumir la titularidad del AFSCA.

Obsérvese en materia histórica que estos suelen ser tentados con “el evitismo”, que considera que, al fin y al cabo, la que era realmente revolucionaria era Eva Perón, mientras que Juan Perón sería una suerte de “milico” conservador, más aún en su tercer gobierno, donde se manifestaría su maniqueísmo ya que pasó de alentar la revolución a aniquilarla en tanto “volvió” de derecha, se “transformó” en facho (y la revolución en este caso la encabezaría “la tendencia”). Este “evitismo”, que desde el peronismo de base se lo ha considerado hace ya tiempo como “la etapa superior del gorilismo”, cala profundo en el progresismo.

En vinculación a esto último aparecen al menos tres aristas a tener en cuenta: el desconocimiento del peronismo como un movimiento que llevó a cabo una revolución nacional, y a Perón como el líder que la realizó. En segundo lugar, el “anti-militarismo abstracto”, que aparece aquí a partir de la idea del “milico” conservador, noción ya largamente tratada desde el pensamiento nacional que entiende a las Fuerzas Armadas como una institución compuesta por hombres que pueden cumplir el rol de romper la dominación o asegurarla (lo mismo vale para la Iglesia, ya que el “anti-clericalismo” abstracto también aparece en el progresismo). En este punto también es importante entender el rol fundamental de las Fuerzas Armadas en los países coloniales y semi-coloniales (quizás el comandante Chávez, más cercano en el tiempo, puede servir para la comprensión), y conocer su origen nacional, popular y anti-colonialista. En tercer lugar, aparece aquí también la idea de que el enfrentamiento principal en nuestro país es entre izquierda y derecha, y no entre lo nacional y lo colonial como indicamos al comienzo.

Hernández Arregui decía que los sectores medios —y nosotros podríamos sumar aquí progresistas— piensan “siempre en términos absolutos (…) su minúscula situación social le hace perorar con frases de gigante”, de ahí ese aire de “superioridad” moral y de pensamiento con respecto a la población argentina que no arribó a “sus verdades”.

Formado en el radicalismo yrigoyenista, Arturo Jauretche supo denunciar muy bien la función de sostén del colonialismo ejecutada por la progresía y demostró ade- más que no es necesario ser peronista para estar del lado Patria de la dicotomía fundamental: basta con analizar las cosas del país desde mismo país y no con las anteojeras importadas como ideología.

El progresismo es abierto en términos de libertades individuales, pero no suele serlo en materia de pensamiento político. No decimos acá en relación al pensamiento político oligárquico, sino al del amplio movimiento nacional, y sus adyacencias. “Argumenta” que “no entiende” al electorado, que todo se reduce a su “ignorancia” y lo “putea”, lo que no pareciera ser la estrategia política más audaz para la persuasión, y que indefectiblemente lleva a la cerrazón y a la no posibilidad de construir políticamente. Al mismo tiempo, pretende “construir” a partir de cruzar con la “vara” de la traición a propios y ajenos, un pensamiento que divide “mancha-pureza” y que no da la impresión de ser una categoría para analizar la política. Incluso podemos decir que es “falsamente purista”, porque en esa construcción se deja afuera interesadamente a unos y ubica a otros ya sea en términos temporales o personales.

En este marco, también se hace presente una idea que el campo nacional no ha tenido, y sí la izquierda abstracta: nos referimos a la noción (y a veces el sentimiento) de que todo empeore para poder mejorar electoralmente. Cuanto peor, mejor. Es la política de la “panza llena”, que no comprende que el drama de las crisis para los sectores populares no consiste en no vacacionar o tener que ahorrar, sino en comer o no hacerlo. Esta idea, además, lleva al quietismo político, a esperar a que “todo suceda”.

En muchas cuestiones coincide el pensamiento progresista con el liberalismo. El progresismo es en gran medida liberal. No observa otra salida para el país que el endeudamiento, aunque más controlado, que las inversiones extranjeras, el asistencialismo, el destino de país dependiente agroexportador (piensa que la Argentina no puede construir industria, que eso “ya fue”), y la no ruptura del orden dependiente. Por poner algún ejemplo: puede discutir el precio de las facturas de luz y gas, pero no quién lo genera, propiedad de quién es, para qué se utiliza, la necesidad de poner la energía al servicio del desarrollo, etc. El progresismo no considera necesario planificar la economía y el país, como sí lo hace lo nacional.

En otra materia que se hace presente el pensamiento colonial, y que también hace mucho daño al movimiento nacional, es la denigración al sindicalismo. Podríamos hoy llamarlo como “anti-sindicalismo abstracto”, considerando a los representantes de los trabajadores —¡ay, la colonización pedagógica!— como burócratas y, cuando no, ladrones. Desconoce que el peronismo es un movimiento, si bien más amplio, fundamentalmente de trabajadores organizados, “la columna vertebral”. Se podría discutir si deben ser la columna vertebral o la cabeza, pero nunca el rol y lugar primordial de los mismos. Parece que el progresismo mamó del pensamiento colonial el mismo odio que la oligarquía le tuvo al movimiento obrero organizado a lo largo de toda nuestra historia.

El progresismo se suma a luchas de causas lejanas y/o vinculadas a temáticas secundarias, vías de escape a las nacionales. Así, por ejemplo, la desmalvinización se va a hacer patente en estos, Malvinas y específicamente la guerra del ‘82 como una “locura de un borracho”, y los que lucharon por la Patria como “pobres pibes”, más nunca entendiéndola como una gesta nacional anti-colonialista y a los que defendieron nuestra soberanía nacional como héroes. Confunde el nacionalismo con nazismo, y el nacionalismo de los países opresores con el de los oprimidos. Termina pensando que el nacionalismo está “fuera de moda”.

Asimismo, el progresismo considera que un tipo negro “es piantavotos”, mientras que un joven universitario de ojos claros con aires de “canchero” cala más profundo en nuestro pueblo que aquel. Llevando al mismo tiempo a la pérdida de identidad ideológica y política.
El progresismo, como no podría ser de otra manera, por estar formado dentro del pensamiento colonial, piensa en términos de la madre de todas las zonceras: “civilización y barbarie”. Así es eurocentrista, denigra lo nacional, lo auténticamente nacional. Por lo cual lee a los autores europeos en detrimento de los propios, los considera “poco serios”, “no científicos”, también gusta leer (y decirlo también claro, en busca de “distinción”), Le Monde y otros medios similares. Al fin y al cabo es lógico, porque como lo aborda Fermín Chávez, el pensamiento colonial piensa que la cultura es un árbol de dos raíces: la cultura, que sería la cultura europea, elitista, que da todos buenos frutos; y por otro lado lo nacional, que implica que lo que nazca de la patria profunda es un árbol que no puede dar buenos frutos. El pensamiento colonial denigra la conciencia nacional.

El “evitismo” —modo de reivindicar el peronismo sin el “milico” reaccionario— y la adaptación de la figura de Evita a la estética y la moral posmoderna es una típica herramienta de la progresía para generar confusión.

Pensamos aquí que el progresismo debe conformar el movimiento nacional, es más, es necesario porque el peronismo siempre fue un movimiento nacional frentista que apunta a aunar a todos los sectores que estén en mayor o menor medida enfrentados a la oligarquía y al imperialismo, de modo de lograr triunfar en “la madre de todas las batallas”: la ruptura de la dependencia. Por lo tanto, el progresismo debe estar dentro del movimiento nacional, pero no conducirlo, claramente. Porque como enseña el “Bebe” John William Cooke el peronismo es un movimiento policlasista, pero la ideología es la de los sectores trabajadores.

La revancha clasista de la oligarquía encabezada por el macrismo se encamina a cuatro años más de gobierno a partir del 2019 si no actuamos rápidamente, con humildad y patriotismo. Mirar adelante y no para el costado. Así, resulta imperioso que el peronismo “vuelva a sus fuentes” para poder reconstruir el movimiento nacional, desplazar a la oligarquía del poder y volver a conducir los destinos de la patria.

*Juan Godoy