Hace exactamente un mes publicábamos la edición de octubre de nuestra Revista Hegemonía y lo hacíamos, en ese momento, con un optimismo que nos desbordaba: pese a ciertas encuestas que daban como ganador en las elecciones a Jair Bolsonaro, el margen de ventaja sobre el candidato del Partido de los Trabajadores y de los pueblos Fernando Haddad era pequeña y a veces casi ninguno, lo que permitía augurar un triunfo popular en las dos vueltas que se realizarían durante ese mes. Según los cálculos más racionales, habría una victoria apretada de Bolsonaro en primera vuelta y luego, en el ballotage, iba a tener lugar una alianza heterogénea entre todos los que rechazaban el discurso y el proyecto de ese candidato, aunando fuerzas alrededor de Haddad y garantizando la victoria de este en segunda vuelta. Pero el cálculo falló precisamente porque era racional y, al serlo, no tuvo en cuenta los aspectos emocionales que dieron el tono de esta campaña en Brasil como, por ejemplo, el “voto vergonzante”. Bolsonaro resultó tener muchos más votos de los que reflejaban las encuestas, estando a punto de liquidar la cuestión ya en primera vuelta.

Ese “voto vergonzante”, que es el voto del que no se anima a decir a qué lista va a votar, aunque igualmente la vota, determinó la elección. Más allá de los que se posicionaron abiertamente de una parte y de otra, entre los 11 millones de votos de ventaja que Jair Bolsonaro obtuvo finalmente sobre Fernando Haddad hubo mucho, muchísimo “voto vergonzante” de gente que no tolera “quedarse pegada” con el candidato, pero elige pagar para ver qué pasa. No fueron los militantes y simpatizantes del PT ni los fanáticos de “Bolsomito” los que decidieron las elecciones de este año en Brasil. Fueron aquellos que en la jerga de la política solemos denominar “tibios”.

Jair Bolsonaro es el nuevo presidente electo de Brasil, habiendo cosechado el 55% de los votos válidos en el ballotage. Este es el hecho concreto sobre el que aparece esta edición de la Revista Hegemonía, la triste noticia que tenemos para darles a los pueblos. La noticia es triste, pero de aquí en más no habrá tiempo para lamentarse ni llorar. Esta nueva derrota del campo nacional-popular en América Latina debe servir para que aprendamos de una vez, para comprender que la política en este siglo XXI es sustancialmente distinta a lo que fue y ya nunca más será, y que el enemigo domina la técnica para, justamente, dominar las elecciones y la política.

Por lo tanto, todo esfuerzo de análisis deberá ser, en adelante, orientado a obtener la comprensión de la naturaleza de la política en esta posmodernidad mediática, de los métodos del poderoso y de las posibilidades de los pueblos en la dura tarea de recuperar la iniciativa. ¿Qué cosas hacen bien ellos y cuáles son las que nosotros hacemos mal? ¿En qué piensa el elector a la hora de votar? ¿Cuáles son sus esperanzas, sus deseos, sus miedos y sus miserias? ¿Qué necesitamos cambiar para volver a triunfar e iniciar un nuevo ciclo de gobierno nacional-popular, empezando ahora por Argentina el próximo año? Las elecciones en Brasil ya están perdidas, pero no son para el olvido. Por el contrario: las tenemos que tener entre ceja y ceja para intentar anticipar las movidas del enemigo de los pueblos, neutralizarlas todo lo posible y hacer eso, todo lo que esté a nuestro alcance para no repetir en Argentina la historia de Brasil, un país que tiene como perspectiva por lo menos cuatro años de un gobierno que nadie sabe a ciencia cierta cómo va a ser, aunque todos acordamos que no va a ser nada bueno.

No es habitual —el atento lector lo sabe— que las publicaciones aparezcan antes de la fecha prevista para que lo hagan. Y en el caso de nuestra Revista Hegemonía, ya nos habíamos acostumbrado a verla cada primer del mes, regularidad que hemos venido manteniendo desde que establecimos que así fuera. Sin embargo, hoy nuestra revista de noviembre aparece en el último día de octubre, pues no podíamos seguir demorando la publicación de las primeras conclusiones tras las elecciones del domingo. Se trata, sin lugar a dudas, de una edición oscura, sin la alegría que la suele caracterizar, pero desde luego sin pesimismo y mucho menos pronósticos de catástrofe. La situación es bastante delicada para los que no tenemos ningún poder para defendernos cuando los ricos concentran todos los poderes, pero de ninguna manera estamos derrotados. Hemos sufrido una derrota, una más entre tantas, lo que es muy distinto.

En Brasil suele decirse que, después de una caída, es menester sacudirse el polvo y salir por arriba. Eso es lo que pretendemos hacer de aquí a octubre de 2019. No nos han vencido, jamás lo harán. Y pondremos lo mejor de nosotros para entender el perverso sistema que armaron. Nosotros, junto al atento lector, lo haremos y sobre los resultados de eso construiremos una vez más el triunfo hasta un nuevo amanecer de los pueblos en América Latina.

Erico Valadares
Revista Hegemonía
La Batalla Cultural