Desde la semántica militante se entiende por “gorila” a aquella persona que presenta un odio visceral hacia las conquistas sociales alcanzadas por Juan Domingo Perón y piensa que ejerció de forma totalitaria su poder. En contraste, decide apoyar proyectos políticos que permiten la transferencia de ingresos de los que menos tienen hacia los sectores concentrados, es decir, a los “gorilas”.

Los primeros análisis sobre los orígenes del peronismo corresponden al sociólogo italiano Gino Germani que, en su libro Política y sociedad en una época de transición. De la sociedad tradicional a la sociedad de masas (1962), intentó insertar el fenómeno peronista dentro de los gobiernos fascistas de Adolf Hitler y Benito Mussolini y, a partir de allí, justificar la dominación demagógica que operó sobre el movimiento obrero argentino.

En toda su obra se puede observar una constante subestimación de la capacidad crítica de la clase trabajadora que, en su mayoría, se trataba de inmigrantes de las provincias más pobres del interior del país que, sin experiencia política y sindical, habrían entregado su apoyo —de forma pasiva— a un líder carismático a cambio de recibir las conquistas sociales. Una suerte de relación de sumisión fortalecida por “factores psicosociales” propios de la experiencia traumática de la transición del mundo rural al mundo urbano.


En efecto, lo que Gino Germani intentó demostrar a partir de su tesis es que predominó una fuerte pasividad en la clase obrera que, sumada al carisma y la estrategia de dominación demagógica de Perón, gestó las condiciones para explicar la fuerte adhesión de este sector al peronismo. Sin embargo, este planteo desconoce la capacidad de resistencia de los trabajadores de los surcos, de los frigoríficos, de los ingenios azucareros, de los obreros municipales y de los marítimos que en diversas situaciones decidieron emprender etapas de luchas y prolongadas huelgas. Evidentemente, no eran pasivos, tampoco fueron manejados como títeres y de sumisos no tenían nada.

Nada más “gorila” que la interpretación de Germani para explicar el fenómeno peronista. El problema deviene cuando somos los mismos militantes que, utilizando estos razonamientos simplistas, sostenemos que el electorado argentino es un recipiente vacío de mensajes críticos y que es influido y manipulado por los medios de comunicación haciendo entrega de su soberanía a la derecha el día de las urnas.

Sin darnos cuenta, caemos en una interpretación “gorila” de un fenómeno social. La diferencia es que ahora está “invertido”, porque usamos la misma tesis conductista de Germani —como si se tratara del perro de Pavlov— entendiendo que los medios producen determinados estímulos y, como consecuencia, devienen sus respuestas condicionadas.

Esto es el “gorilismo invertido”, apropiarnos de un discurso que no nos pertenece y usarlo en nuestro contra. Somos nosotros quienes erróneamente entendemos que nuestros mismos compañeros son fácilmente manipulables y, como consecuencia, se vuelven presas fáciles de las corporaciones mediáticas. Interpretaciones como estas son las mismas que impiden que se realice un complejo y profundo análisis a partir del estudio de cada una de las variables sociales que impactaron en la decisión electoral de los ciudadanos.

Aunque los medios intenten influir en la percepción de la realidad a partir de la construcción de determinadas representaciones, no significa que el resultado de las elecciones esté unido a este proceso. Un análisis lineal y reduccionista de este tipo desconoce que los fenómenos sociales son siempre multicausales y le atribuye a la comunicación mediática un efecto que no es tal. La comunicación mediática es simplemente una de esas variables y, a veces, ni siquiera la más relevante.

La militancia debe volver a las bases sentadas por Néstor Kirchner, que hablaba de convencer desde la ternura y el cariño, jamás con la soberbia o la burla. Néstor supo ganarse el corazón de millones de argentinos con paciencia y amor, dejándonos valiosas enseñanzas sobre cómo debemos proceder frente al que no piensa como nosotros.

Estas interpretaciones son propias de análisis simplistas que subestiman la capacidad crítica de las audiencias y, es propio, del optimismo ingenuo que concibe a la participación pública como un actor pasivo sometido a los mensajes mediáticos, sin posibilidad de resistencia a la retórica difamatoria de los medios de comunicación. Además, desechan los diversos aportes sobre las audiencias orientados a la codificación y decodificación de los mensajes mediáticos llevados adelante para la Escuela de Birmingham, cuyos resultados demuestran que existen diferentes recepciones y que siempre es el espectador el que decide cómo recibir la información.
De igual manera, son las personas quienes eligen a los medios y no los medios a las personas. Los medios vehiculizan distintas representaciones de la realidad a las que adherimos cuando su representación coincide con nuestra visión del mundo, es decir, cuando existe una coincidencia ideológica a partir del hecho representado.

Tenemos que dejar de practicar el “gorilismo invertido” —práctica tentadora por sus rasgos simplistas—, mirarnos a la cara, putearnos, dejar de echarle toda la culpa a los medios de comunicación y hacer una reflexión sobre nuestros errores y, recién allí, podremos barajar y dar de nuevo. Hasta que no entendamos esto, no podremos entender cuáles son las nuevas características que tienen que tener nuestros militantes y cómo tenemos que pararnos en el nuevo espacio político de cara al 2019.

De hecho, este “gorilismo invertido” se retroalimenta de aquellas discusiones en las que al mismo tiempo en que estigmatizamos a nuestros compañeros con el rótulo de “globoludo”, se refieren a nosotros como “choriplaneros”. Ambos planteos se sustentan en la misma descalificación simplista que invisibiliza la capacidad reflexiva de los sectores populares.
Pensamos que nuestro compañero de trabajo es un estúpido fácilmente manipulable por la corporación mediática —“gorilismo invertido”— y que, por lo tanto, debe convencerse a partir de su experiencia empírica del error que cometió al votar a la derecha. Entendemos que será consciente de su error cuando note cómo aumentan todos los servicios públicos al mismo tiempo que su sueldo se devalúa y se contrae el empleo. Error garrafal. Como militantes, y desde la micromilitancia, tenemos que dejar de esbozar estos razonamientos infundados y comprender que ese compañero necesita de nuestra interpretación diaria para volverle sencillos los complejos procesos macro y microeconómicos y tirarle sobre la mesa cómo el sector financiero juega a la timba a sus espaldas. En ese instante, conocerán el placer casi orgásmico de traer de vuelta a un trabajador a su realidad social.

*Mauro Brissio