En el último año lo que ha signado la mayor parte de las discusiones entre propios y ajenos ha sido, sin lugar a dudas, la cuestión del género asociada al feminismo y a las nuevas representaciones socioculturales que devienen de esta llamada “tercer ola” feminista que, en palabras de sus defensoras, vino a “tirar abajo el patriarcado”. Bien, este artículo no tiene el propósito de hablar específicamente de la cuestión feminista, sino más bien de lo que subyace a ella y de las consecuencias en el conjunto que estamos pudiendo observar después de varios meses signados por la exacerbación de los ánimos y las expresiones diversas y cuantiosas para poner el tema en boca de todos.

Es innegable, con los datos y las situaciones que cada individuo en nuestra sociedad puede vivir en lo cotidiano, que estamos atravesados por una violencia estructural que forma parte de nuestra cultura popular. Somos bruscos, gritamos y nos enojamos con facilidad, puteamos mucho, a veces somos ordinarios y otras tantas nos sentimos ofendidos cuando no entendemos o malinterpretamos algo. Somos culturalmente violentos y esto, sumado al deterioro permanente y exponencial de las condiciones materiales por causa de un gobierno antipueblo, se ha potenciado en los últimos años y eso es algo que no podemos negar. Estamos bajo presión, no sabemos si llegamos a fin de mes, si vamos a tener laburo, si nos van a robar en la esquina, si nos vamos a cruzar con algún loquito que nos pegue un tiro porque tuvo un mal día. No sabemos, estamos inmersos en esa incertidumbre a la que nos dijeron que nos tenemos que acostumbrar, porque el plan del gobierno de las corporaciones está saliendo de maravillas y hoy, a casi 3 años del comienzo del infierno, estamos padeciendo las consecuencias que tienen un propósito claro: nos quieren divididos, para poder seguir gobernando.

Durante una marcha, feministas radicalizadas intentan pintar consignas en la vidriera de un negocio. Estas acciones son vistas por el sentido común como extremadamente agresivas, reforzando la idea de que el feminismo es violento y de que existe una feroz guerra entre los sexos en la actualidad.

Y la mejor manera que tiene el enemigo de fortalecer su sometimiento por estas latitudes es fogonear una guerra moral en la cual quedemos todos, necesaria e indefectiblemente, involucrados. De ahí que las críticas que muchos hicimos a los movimientos de género no venían por capricho o por obsesión, sino por lo que hoy, ya con las cartas sobre la mesa, se hace evidente: ponernos a discutir cuestiones personales a escala comunitaria nos iba a llevar a pelearnos entre todos. Porque no se trata de tener más o menos razón, sino de evaluar objetivamente los intereses que hay detrás de la imposición de temas como el aborto o la ideología de género en un momento de un país en el que ya no hay ni Ministerio de Salud y mucho menos insumos elementales para las guardias hospitalarias. Mientras el plan económico excluía cualquier tipo de estructura que pudiese sustentar la implementación de derechos como un aborto legal, seguro y gratuito, el plan cultural estuvo (y sigue estando) destinado a fomentar la imposición de nuevas maneras de entender las relaciones humanas hasta los niveles más íntimos de los ciudadanos de nuestro país y del mundo.

¿Por qué? Porque es más fácil someter a un pueblo distraído y enemistado que a un pueblo unido y atento a lo que su gobierno, al que aquél mismo envistió de poder, está decidiendo por el presente y por el futuro del país. Por eso es que la batalla siempre fue cultural: las bombas y los ataques con fuego no tienen justificación posible de este lado del mundo ya que antes, cuando nos llevaron a perder una última guerra en nuestro propio territorio para bajarle el precio a nuestra capacidad de luchar por lo que nos corresponde, nos obligaron a firmar un desarme que hoy evidencia sus objetivos. Las únicas armas que puede empuñar el Estado son las del aparato represivo y en contra del pueblo. Entonces la guerra que nos declararon fue y sigue siendo por el sentido, por aquello que como conjunto compartimos para convivir y desarrollarnos en sociedad. Y cuando de repente las reglas de juego cambian, cuando el paradigma del comportamiento es puesto en duda y el objetivo es deslegitimarlo e imponer un nuevo sistema de valores a la sociedad toda, entonces es que el conjunto se trastorna y la lucha, en lugar de ser dirigida hacia el enemigo del pueblo, se vuelve horizontal, del pueblo contra el pueblo mismo, para ver quién se impone ante el otro mientras nos destruyen a todos por igual.

 Las pintadas en una clínica de fertilización asistida de la ciudad de Rosario: un resumen las expresiones catárticas que carac- terizan las manifestaciones de las militantes radicalizadas. La idea de “muerte al macho” es interpretada de modo literal por el sentido común y se percibe como eso, una apología a la muerte en todos los sentidos, agudizando la contradicción.

Estamos todos sometidos a evaluación permanente por parte de nuestros pares: se nos mide según qué decimos, cómo lo decimos, hacia quién nos dirigimos, de qué manera, qué hay detrás de lo que decimos, por qué decimos lo que decimos o hacemos lo que hacemos, qué defendemos o dejamos de defender; es decir, se nos mide moralmente, con varas que dependen de quién las tenga en la mano para decirnos cuán adaptados estamos o no al nuevo paradigma al que se nos quiere obligar a aceptar e incorporar. Estamos discutiendo las formas sin considerar el contexto en que esa discusión tiene lugar, estamos queriendo pintar las paredes mientras la casa se cae a pedazos.

En este sentido es que tenemos que poder discutir los cambios culturales de la nueva era: no se trata de tener más o menos razón, ni siquiera de poner en duda la validez de los reclamos de los sectores minoritarios. Acá estamos en medio de una guerra económica en la cual los más vulnerables están muriendo de hambre y de soledad, en la que el lumpenaje crece de manera exponencial generando condiciones mucho más hostiles en sectores cada vez más amplios de la sociedad, propagando el egoísmo, la enajenación, la ausencia de valores, de respeto, de conciencia ya no de clase, sino humana. Y en ese escenario desolador que cada día empeora más, las discusiones por las formas carecen de sustancia, ya que no hay un aparato institucional en el gobierno de las corporaciones que permita que ninguna ampliación de derechos sea aplicable, porque el objetivo es que estemos cada día más sometidos, más desesperanzados, más agotados. Entonces pelearnos entre compañeros en los momentos más críticos de nuestra historia reciente, mientras la educación, la salud, el sistema previsional y la economía familiar están siendo desguazadas literalmente no sólo es un despropósito, sino que es absolutamente funcional a que estas cosas sigan profundizándose, que el saqueo siga avanzando, que el pueblo todo siga camino a su propia destrucción por causa de las formas.

En tanto no podamos organizarnos en torno a un proyecto político dentro del cual todos los aspectos de la sociedad estén incluidos, ningún reclamo fragmentado, por más válido que sea, tiene lugar a plasmarse en una transformación real y positiva del conjunto. Por el contrario, a medida que el neoliberalismo neocolonial avanza sobre nuestras cabezas y nuestros sueños, las peleas internas se agudizan ya que la presión que todos sufrimos termina canalizándose entre nosotros en lugar de ser redirigida hacia aquellos que nos están oprimiendo. Cuando hablamos de unidad hablamos de heterogeneidad, de coparticipación activa, de sumar, de ampliar, de borrar límites para construir puentes de apoyo mutuo. Y en la unidad no debe haber sectarismos ni personalismos, sólo debemos estar unidos por el proyecto de país que queremos y compartimos, más allá de los matices con los cuales cada uno de nosotros lo contempla desde su perspectiva individual. Tenemos que poder superar las contradicciones con las que vivimos a diario, no porque no sea necesario el cambio de paradigma hacia una sociedad menos violenta, sino porque violentando a quienes no quieren o no están preparados para el cambio sólo acrecentamos el mal que queremos combatir.

La guerra no tiene que ser de los sexos, no podemos seguir apuntándonos con el dedo por ser mujeres, hombres o disidentes, la intimidad de cada ser humano debería ser una elección particular y nunca una imposición moral ni cultural. En este mundo desigual el problema no es el sexo ni la identidad sexual, sino el proyecto corporativo a nivel global que necesita a los pueblos enemistados, fragmentados y luchando por causas que no cambian el modelo económico al que estamos todos sometidos. En un mundo donde la igualdad es la norma, nadie le dice al otro qué debería hacer ni cómo hacerlo, porque la igualdad implica libertad y la libertad nos lleva a elegir sin estar sometidos a las presiones de un mercado en el que unos y otros peleamos para sobrevivir en lugar de vivir. Ejemplo de ello es Noruega, país declarado como el de mayor igualdad de género del mundo, con un nivel de vida altísimo, empleos bien remunerados y condiciones laborales óptimas, en el que cada uno es libre de elegir de qué quiere vivir porque el acceso a una vida digna está asegurado y bajo estas condiciones, que podríamos considerar ideales, los trabajos que tradicionalmente se consideran “de hombres” son mayoritariamente realizados por hombres y los que se consideran “de mujeres”, por mujeres en su mayoría también. Y esto no es subjetivo, sino que son datos objetivos de una sociedad que, al observarse a sí misma, entendió que la igualdad y la libertad están dadas, en primer lugar, por la posibilidad de elegir más allá de lo económico, por la certeza de acceder a una existencia digna y desde ese lugar poder manifestar su esencia en el área que cada individuo considera que lo hace más feliz.

Eva Perón, ejerciendo en su lecho de enferma el derecho al voto que había conquistado en la lucha. Evita hablaba de la justicia social, no del enfrentamiento entre géneros como método para alcanzar el equilibrio de la sociedad argentina.

De eso se trata todo esto, de ser felices. Pero no podemos serlo en tanto vivamos bajo un régimen de hambre y miseria que nos empuja a luchar por un plato de comida, a enfermarnos por trabajar más horas y así ganar un poco más a fin de mes, a no poder soñar con un mañana porque cada día es un enigma a resolver para no caer. Por eso la lucha es por el poder político en el Estado: necesitamos, con suma urgencia, cambiar la estructura en la que estamos todos inmersos para que cualquier libertad real sea posible. Porque la felicidad de nuestro pueblo fue posible en los tiempos en los que Perón y Evita primero, y Néstor y Cristina después, nos abrieron las puertas al desarrollo, a la educación, a la salud, al ocio, al arte, a la belleza. Cuando nos invitaron a participar de la construcción de la Patria transformándonos de personas a ciudadanos, de números a sujetos de derecho con voz y voto. Cuando nos dieron las claves para entender el mundo y para darle forma a nuestra identidad nacional. Porque sólo en un país con independencia económica, soberanía política y justicia social es posible que cada uno de nosotros se exprese y viva de la manera en que se siente más feliz.

Entonces hoy, que el hambre mata y la desesperación aprieta, es nuestro deber el darnos la mano bien fuerte y unir fuerzas y salir a militar en todo ámbito y a toda hora que no podemos seguir esperando a que las cosas simplemente mejoren, porque mientras sean los ricos quienes nos administran la vida, los trabajadores seguiremos perdiendo derechos hasta perdernos a nosotros mismos en el proceso. La lucha no es “minorías sí” o “minorías no”, la lucha hoy, como siempre, es “Patria o muerte”, es “Patria sí, colonia no”. La lucha hoy es por la liberación y en este frente tenemos que poner todos alma y corazón. Nos va la vida en ello.

*Romina Rocha