Lejos de significar un nuevo amanecer para los pueblos de América Latina, las elecciones del pasado domingo en Brasil han encumbrado la peor versión de aquello que solíamos llamar la “derecha” y es el conservadurismo genérico. El claro triunfo de Jair Bolsonaro en el ballotage es una muy mala noticia para el proyecto nacional-popular en toda la Patria Grande, porque instala en el poder político una alianza entre militares, jueces, fiscales, jerarcas de las iglesias protestantes y demás guardianes de la moral antipolítica de siempre.

Con el 55% de la voluntad popular expresada en las urnas o unos 11 millones de votos de ventaja, la lista del PSL encabezada por Jair Bolsonaro resultó electa para un mandato de cuatro años hasta 2023. Acompaña en la lista como vicepresidente el general retirado del Ejército Hamilton Mourão, un militar considerado como de “línea dura” en las filas castrenses. Así quedó conformada la fórmula ganadora que deberá gobernar Brasil por los próximos cuatro años con dos militares retirados del Ejército a la cabeza del proceso. Esa formación, en un país que, como veremos en este artículo, jamás pudo pasar la página de 21 años de dictadura cívico-militar-mediática, dice muchísimo respecto del estado del sentido común en Brasil.

Montado desde el vamos sobre una retórica explosiva que apeló al odio de los sectores medios y el miedo de los sectores bajos —absolutamente desamparados tras la abrupta finalización del gobierno del Partido de los Trabajadores (PT) en 2016—, Bolsonaro logró captar la atención de una sociedad hundida en el hartazgo de una década signada por las operaciones de los medios y del poder judicial orientadas a ese fin. En la base del triunfo de Jair Bolsonaro está esto: desde el estallido del Escándalo del “Mensalão” (que tuvo lugar ya durante el primer mandato presidencial de Lula da Silva) en adelante, hubo una intensa y tenaz campaña de desprestigio de la política de un modo general, coordinada entre jueces y fiscales, agentes de la Policía Federal y los medios de difusión corporativos. Son exactos trece años de instalación en el sentido común y su colonización con la idea de que la política se reduce a la corrupción y de que la “clase política” es corrupta sin excepciones. Esa noción de una “clase” similar a una casta dedicada al saqueo sistemático del Estado tenía por objetivo la destrucción de las fuerzas populares y la construcción de una opción neoliberal más bien clásica, con poco contenido político y mucho aspecto de “renovación”. La idea inicial de los operadores desde el “Mensalão” a esta parte fue llegar a algo más bien parecido a lo que fue y es Cambiemos en Argentina: un gobierno de personeros cipayos cuyos dirigentes aparezcan frente al sentido común como “outsiders”, esto es, como cualquier cosa menos dirigentes políticos. La exposición reiterada y constante de la corrupción quiso destruir a los dirigentes tradicionales ante la opinión pública y lo logró; quiso instalar la imagen de un “salvador de la patria” sin historial en la política (al menos desde la percepción) y también lo logró. El problema es que a los liberales quizá se les haya ido un poco la mano en el proceso.


Bolsonaro, por cierto, tiene una extensa trayectoria en la política. Luego de ocupar por dos años una banca de concejal en la ciudad de Río de Janeiro, Bolsonaro fue electo diputado nacional en 1991 y desde entonces ha renovado su mandato continuamente, totalizando siete legislaturas sin faltar. Pese a esta intensa actuación legislativa, Bolsonaro es percibido por la opinión pública como un auténtico “outsider”, un “hombre que no viene de la política”. Eso puede deberse al hecho de que, aun sentado durante casi tres décadas en una banca de legislador, como diputado ha mantenido siempre una postura de oposición retórica a todos los gobiernos que se sucedieron en Brasil desde principios de la década de los años 1990. De hecho, en 1999, propuso el fusilamiento del entonces presidente neoliberal Fernando Henrique Cardoso, quien en su opinión debió haber ido al paredón junto a otros 30.000 “políticos”, realizando así “el trabajo que la dictadura militar en Brasil no hizo”. Esa reivindicación de la violencia de Estado contra la mal llamada “clase política” fue suficiente para darle a Bolsonaro una imagen de “outsider” que, finalmente, le vino como anillo al dedo para colocarse en el lugar “donde iba a caer la pelota” en estas últimas elecciones. El establishment de Brasil necesitó a un dirigente no tradicional para encabezar la lista antipolítica para el triunfo y Bolsonaro dio la talla de ese ideal de dirigente.
La instalación de la antipolítica en Brasil ha dado así enormes resultados: en las elecciones regionales, que se realizaron en simultáneo con las nacionales, fue electa una gran cantidad de “outsiders”, reales o percibidos, para los cargos de gobernador de estado (que es la unidad territorial brasilera equivalente a las provincias argentinas), de senador y de diputado nacional y provincial. Sin ir mucho más lejos, empezando por quienes van a conducir el gobierno de los estados más grandes del país, São Paulo eligió a João Doria Junior, un empresario y publicista famoso por su conducción de programas de televisión para el tilingaje paulista. Doria Junior asciende de alcalde de la mayor ciudad del país al gobierno del mayor estado. En efecto, Doria era la apuesta neoliberal para ser el Macri de Brasil ya en estas elecciones, pero la emergencia de Bolsonaro lo ubicó como candidato a gobernador, obteniendo un éxito importante al ganar las elecciones en segunda vuelta con el 52% de los votos válidos. Ya Río de Janeiro fue aun más lejos y puso al frente del gobierno local a un juez “mano dura”. Wilson Witzel ganó prácticamente de la nada y es, así, un “outsider” real: el nuevo gobernador del segundo estado más importante del país jamás había disputado una elección y, en consecuencia, no ocupó ningún cargo electivo antes de acceder al de gobernador de Río de Janeiro y nunca estuvo afiliado a ningún partido hasta marzo de este año, cuando renunció a su juzgado y se afilió al Partido Social Cristiano (PSC) para ganarle increíblemente al experimentado Eduardo Paes con casi el 60% de los votos. Witzel va a gobernar una unidad federativa con casi 17 millones de habitantes y un PBI equivalente al de países como Chile y Perú sin haber estado ni siquiera cerca de una función ejecutiva o política en cualquier sentido. Un verdadero salto al vacío.

Otros estados importantes de la federación hicieron algo parecido en estas elecciones. El joven empresario Carlos Massa “Ratinho” Júnior es el nuevo gobernador de Paraná (11,5 millones de habitantes y la quinta mayor economía del país). El “ratoncito” Massa Junior tiene solo 37 años y como credencial presenta la de ser hijo de un mediático populista de extrema derecha que durante décadas llevó a cabo en su programa diario de policiales en televisión una intensa campaña por la adopción de la pena de muerte para violadores y criminales. Massa Junior resultó electo ya en primera vuelta con el 60% de los votos, convirtiéndose en un fenómeno electoral sin precedentes en la región. Otro tanto sucedió en Minas Gerais, donde Romeu Zema fue electo gobernador con el 72% de los votos en segunda vuelta, aplastando al experimentado senador Antonio Anastasia. Zema es otro que gana en su debut electoral y va a gobernar sin ninguna experiencia política previa nada menos que la tercera economía nacional, una población de casi 22 millones de habitantes y un PBI equivalente al de Venezuela.

La viñeta de Bas van der Schot en el diario holandés ‘de Volkskrant’, simbolizando un nazismo en chancletas. Brasil vuelve a ser motivo de burla en el mundo, luego del respeto conquistado durante la presidencia de Lula da Silva.

Otros candidatos “outsiders” resultaron electos gobernadores en similares condiciones, pero es en la nueva composición del Congreso Nacional y de las cámaras provinciales donde mejor se ve el efecto del voto antipolítica sobre el electorado. Entre los nuevos diputados provinciales, nacionales y senadores de la Nación —las legislaturas de los estados, a diferencia de lo que ocurre en nuestro país, son unicamerales— hay una gran cantidad de jueces, fiscales, agentes de policía, pastores evangelistas y mediáticos sin ninguna experiencia política previa. El caso más llamativo es el de Janaina Paschoal, una abogada y religiosa a ultranza que tuvo mucho protagonismo al participar de la destitución de Dilma Rousseff desde los pasillos judiciales en el año 2016. Paschoal obtuvo la insólita suma de 2 millones de votos compitiendo por una banca de diputada provincial. Esa votación es récord histórico en elecciones legislativas en Brasil y es infinitamente superior al mínimo necesario requerido para alcanzar una modesta banca de diputado provincial. Como en Brasil el voto legislativo no es a una lista de candidatos, sino uninominal, los votos obtenidos por Janaina Paschoal serían suficientes para elegir los 20 primeros legisladores de los 94 que componen la cámara paulista y alcanzarían para aspirar a mucho más. Por su parte, el actor porno Alexandre Frota tampoco tuvo problemas para obtener una banca de diputado nacional por São Paulo en el PSL de Bolsonaro con unos 155 mil votos uninominales. Y así en todas las legislaturas locales, en la Cámara de Diputados y hasta en el Senado de la Nación, que este año va a recibir hasta a una exjugadora de vóley. Ana Paula Connelly tiene en su haber una medalla de bronce olímpica y va al Senado como primera representante y candidata más votada por el Distrito Federal. Los casos similares y aún más llamativos ascienden a varias decenas por todo el país de la antipolítica.

El peso de la cultura

Más allá del aspecto coyuntural fabricado por la alianza mediática, judicial y policial en los últimos trece años, existe en Brasil una cuestión cultural que no es menor: la nostalgia de las botas. Al no haber tenido lugar en este país un proceso de memoria, verdad y justicia parecido al de Argentina, lo que ocurrió en la práctica es que los militares jamás se retiraron del juego político o, cuando menos, nunca dejaron de operar sobre ese juego y sobre el sentido común del brasilero.

La dictadura militar en Brasil duró 21 años, en lo que va de 1964 a 1985, retirándose lentamente de las estructuras del poder político en el Estado en un proceso de apertura democrática que duró una década y jamás se consolidó. Los militares en Brasil no fueron sangrientos como sus pares en Argentina y además gobernaron mayormente con un proyecto político de tipo desarrollista, realizando obras monumentales que incrementaron notablemente la infraestructura del país y hasta propiciando crecimiento económico por momentos, con picos del 14% al año entre 1969 y 1973. Esa realidad y la ausencia de un consenso en el sentido de condenar esos “años de plomo” de la historia fortalecieron en Brasil la percepción de que “con los milicos estábamos bien”. La idea no es original y también existe en otros países de la región, incluso en el nuestro, pero en ninguna parte está tan instalada en la cultura y en el sentido común popular como en Brasil.

Entre las obras de infraestructura realizadas por los militares y que más tarde habrían de catapultar a Brasil al estatus de potencia regional están el programa nuclear, con la construcción de la central nuclear de Angra I, la Hidroeléctrica de Itaipú —que genera el 17% de la energía consumida en Brasil y el 75% de la que consume Paraguay—, decenas de miles de kilómetros de rutas y hasta un puente de 15 kilómetros sobre el mar, maravilla de la ingeniería, entre muchas otras. Ese periodo de la historia suele denominarse el “milagro económico” de Brasil y es, como se ve, objeto de nostalgia para mucha gente aun en los días de hoy. Y esa nostalgia, sumada al hecho de que los archivos de la dictadura siguen cerrados y de que no hubo castigo a los represores, resulta hoy en una valoración incorrecta de esos años. Poco se habla de que a la par del crecimiento económico hubo represión, tortura y desaparecidos, y de que, además, el “milagro” no fue tan milagroso para los vastos sectores populares: la desigualdad social y la concentración de la riqueza crecieron como nunca durante la dictadura, algo que los nostálgicos de las botas prefieren no recordar.


Sea como fuere, Jair Bolsonaro y los demás “outsiders” que arrasaron en estas elecciones se montaron sobre esa nostalgia de un “tiempo de orden y progreso”. El razonamiento es incorrecto, pero no deja de ser lógico para el que no cuestiona sus premisas básicas: si con los militares hubo orden y progreso, y con la democracia esto es un lío de corrupción y degradación moral, un nuevo golpe militar sería la solución necesaria para el país. Hubo y hay los partidarios de dicho golpe, la banda de la “intervención militar ya” que presionó por una salida golpista de tipo militar al gobierno de Dilma Rousseff. Ese golpe finalmente fue institucional y entonces las botas llegan con una boleta electoral, con militares retirados como candidatos a presidente y vicepresidente y toda una retórica afín. Lo que subyace es el deseo de un sector muy numeroso de la sociedad por un gobierno militar o símil. Si ese gobierno llega con un golpe o por elecciones, desde el punto de vista del que lo desea es básicamente lo mismo. La retórica explosiva de Bolsonaro acerca de flexibilizar los permisos para el acceso de los civiles a las armas y el despliegue de las tropas para la realización de tareas de seguridad interior tiene mucha llegada entre los sectores medios, acuciados por el delito que Argentina llamamos genéricamente “inseguridad”. Esos sectores medios fueron precisamente los que llegaron a ser medios gracias a las políticas sociales del gobierno que el Partido de los Trabajadores implementó y ahora votan a un gobierno de signo opuesto porque promete “mano dura” contra la delincuencia, para volver a tener el “orden” y el “progreso” que, según su percepción, solo existieron durante la dictadura militar desde 1964 hasta 1985. Es cierto que por una parte Bolsonaro supo canalizar muy bien esa percepción y proyectarse a sí mismo como el candidato del orden, aunque no menos cierta es la incapacidad manifiesta del gobierno nacional-popular de Lula da Silva y luego de Dilma Rousseff en todo lo que tuvo que ver con el aspecto seguridad pública. Por temor a reproducir el discurso de orden de la dictadura, el gobierno del pueblo se puso simbólicamente en el lugar de la “mano blanda”, del garantismo y de lo que los brasileros clasifican muy despectivamente como “derechos humanos solo para delincuentes”. He ahí la veta que vio Bolsonaro y supo aprovechar de modo magistral, un hecho cultural que, si bien es erróneo por donde se lo mire y está más bien invertido en su valoración, está asimismo plenamente instalado en el sentido común.

El antiprogresismo

También entre los aspectos culturales que posibilitaron el triunfo de un candidato y un proyecto muy oscuros en Brasil está el evidente hartazgo de las mayorías hacia todo el avance progresista logrado y proyectado por el gobierno del Partido de los Trabajadores. Si, por una parte, el brasilero promedio tiende a asociar la “mano dura” de la dictadura con el orden y hasta con el progreso —no casualmente dicho lema está estampado en la bandera del país, una de las pocas banderas en el mundo con eslogan—, por otra no es menos cierto que Brasil es una de las sociedades más conservadoras de América Latina. La imagen que solemos hacer los que vacacionamos en sus playas, una imagen de apertura en lo que se refiere al comportamiento sexual, por ejemplo, está totalmente distorsionada. En realidad, la enorme mayoría de los brasileros es conservadora en el sentido que en la calle se suele denominar “chapado a la antigua”. El destape que vemos sobre la arena de la playa y en los carnavales engaña fácilmente al que no tiene la oportunidad de profundizar en esa cultura para ver que, debajo de todo eso, existe un conservadurismo que no es fácil de encontrar fuera de Oriente Medio.


Bien observada la cosa, el brasilero promedio parece tolerar bien la homosexualidad, “siempre y cuando no sea en mi familia o en mi entorno” y ve con buenos ojos la emancipación femenina, esto es, “si no pasa de ciertos límites”. Y son esos límites simbólicos, tan irracionales como ciertos, los que el ala progresista del campo nacional-popular en Brasil se atrevió a cruzar, metiéndose en toda suerte de controversias con gente incapaz de argumentar aquello que siente, aunque lo siente igual. De modo programático, el PT de Brasil considera que el progreso económico debe acompañarse de un progreso social y eso significa que la sociedad debe avanzar culturalmente, desechando en el proceso sus viejos prejuicios sexuales, religiosos y raciales. No hay dudas de que lo postulado es impecable en términos racionales, pero la realidad no es así y está muy lejos de ser así.

En lo que se refiere al comportamiento sexual en sociedad y los límites que el sentido común está dispuesto a tolerar, el PT chocó contra una muralla en casi todas sus iniciativas. El matrimonio igualitario o entre individuos del mismo género existe desde el año 2013, aunque se aplica en la práctica con muchas anomalías y sigue siendo materia de discusión, a diferencia de lo que ocurre en Argentina. El aborto sigue tipificado como un delito y el debate reciente por su despenalización —impulsado por el ala progresista del PT y la “izquierda del todo o nada”, como decía Correa— fue utilizado por Bolsonaro como argumento electoral contra el candidato Fernando Haddad, al igual que el famoso “kit gay”, que nunca fue tal e igualmente se instaló en el sentido común. Durante su mandato de alcalde de la ciudad de São Paulo, Haddad implementó en las escuelas públicas municipales la distribución de un manual de Educación Sexual Integral (ESI) que había sido compuesto mientras él mismo fue titular del Ministerio de Educación de la nación en el primer gobierno de Dilma Rousseff. El manual, al parecer, no era nada de otro mundo, pero venía con orientaciones y consejos para evitar la homofobia entre los más chicos. Esto fue suficiente para que los responsables por la campaña de Jair Bolsonaro instalaran en la opinión pública que Haddad era el “padre del kit gay”. Claro que no existe ni jamás existió tal kit y nunca hubo ningún intento por difundir la homosexualidad ideológicamente en las escuelas. El problema, como veremos, es que el solo rumor difundido en las redes sociales fue suficiente para tocar esa fibra de conservadurismo del brasilero y “piantarle” una enorme cantidad de votos a Haddad. El equipo de campaña estuvo hasta el día del ballotage intentando desmentir lo del “kit gay”, pero ya era tarde: la imagen de Haddad ya había quedado asociada emocionalmente a la del “sucio comunista sin fe” que pretende hablar de sexo en las escuelas y eso es lo que las mayorías en Brasil no quieren por el simple hecho de que no han sido preparadas para comprenderlo. Entonces la cosa va a sintetizarse en la expresión, también demasiado imprecisa, de “ideología de género”. De pronto todos se oponen a eso, sin que nadie sepa de qué se trata. Mientras tuvo el poder político, los intentos por parte del Partido de los Trabajadores de instalar la comprensión necesaria fue tibio; una vez apeado de allí, sus gritos no han sido más que campanas de palo.

Bolsonaro también se montó sobre el fanatismo religioso de las mayorías y, claro, sobre el ateísmo militante del enemigo. En una formidable alianza con las iglesias evangélicas y parte de la Iglesia Católica que desoyó las órdenes del Papa, Bolsonaro tuvo mucho éxito en instalar ese ateísmo de los “comunistas” del PT en el sentido común de las mayorías, haciendo verdaderos estragos. No ayudó mucho la militancia, claramente, con su insistencia en agitar temas de moral religiosa y sexual justo en el año electoral. Lo que la militancia creía, inmersa en su microclima, iba a funcionar para convocar a la ciudadanía fue lo que finalmente espantó a los pacatos, que son muchos millones y fueron a votar al candidato del proyecto de los ricos por razones tan prosaicas como “estoy harto de tanta propaganda LGBT”, “no quiero educación sexual en las escuelas”, “no tolero la idea de matar a un inocente (por el aborto legal, seguro y gratuito)”, “hay que terminar con el escándalo de los gays besándose en las plazas” y demás sandeces por el estilo. A cada una de esas expresiones la militancia respondió redoblando la apuesta: a los que no querían difusión de lo LGBT se les dio marchas y manifestaciones de homosexuales a toda pluma; a los que no querían el aborto legal, en vez de una argumentación y una docencia, se les tildó de cavernícolas; a los que decían oponerse a la “ideología de género” y a la implementación de la ESI en las escuelas se les contestó con el grito de que eso iba a ser ley obligatoria en un hipotético gobierno de Haddad. Y así es como pusieron del otro lado a mucha gente que no tenía por qué estar allí, simplemente porque no comulgaba en el proyecto político real de Bolsonaro, que es para los ricos.

Primates. El candidato Daciolo, derrotado en primera vuelta, corría (y sigue corriendo) a Bolsonaro por derecha. Ese es uno de los problemas previstos para el nuevo gobierno: ¿Cómo contener la ansiedad de fascistas, militares y civiles, que le exigen a Bolsonaro cumplir todas y cada una de sus propuestas sin provocar una guerra civil con ello?

Hay más, mucho más sobre el tema. Hay tanto que desborda el propósito de este modesto artículo y, desde La Batalla Cultural, estamos elaborando para publicarlo en el formato de un nuevo libro, en el que pretendemos analizar con el detalle que se merece esta materia. Por lo pronto, la conclusión no puede ser otra que la siguiente: entre Bolsonaro y Haddad, entre la extrema derecha intolerante y el proyecto de los trabajadores, los primeros son culturales y los segundos son contraculturales. Y sobre la cultura pivotea el poderoso para hacerse del poder político, ante la mirada atónita de los militantes de los pueblos que no logramos entender cómo puede ser posible que las mayorías voten tan mal y tan en contra de sus propios intereses. No lo comprendemos porque hacemos a la vez una imagen ideologizada de nuestros pueblos, no conocemos su sentido común e ignoramos su cultura, errores que el enemigo no comete y gana, por lo tanto, las elecciones con un candidato que presenta una articulación poco superior a la de un mono, un proyecto del que nunca se habló en campaña —justamente porque se ocupó todo el tiempo hablando de moral sexual y religiosa, de corrupción y “mano dura”— y que es un proyecto desfavorable para el 99,9% de los que lo votaron. Así y todo, el enemigo supo conquistar el triunfo, cuando en realidad no debió recibir un solo voto desde las clases populares y la mal llamada “clase media”. El enemigo triunfó en Brasil y se apresta a profundizar su triunfo en Argentina el año que viene, con un Bolsonaro argentino, porque conoce a la perfección la cultura del pueblo y conoce, lo que es muy importante, la idiosincrasia de nuestra militancia. El enemigo tiene la capacidad de predecir nuestra reacción ante cada hecho y fabrica esos hechos para cosechar esa reacción en todo momento. Todo para llevar agua a su molino. Y vaya si lo logra.

*Erico Valadares