No hay peor ciego que el que no quiere ver y hay verdades que duelen tanto que nos hacen mentirnos a nosotros mismos para reconfortarnos. Esta concepción, que parece provenir del campo de la autoayuda, puede ayudarnos a desmenuzar los tiempos que corren. Hay consignas políticas muy fuertes, que aplican a determinadas coyunturas y nos marcan el camino hacia grandes utopías, pero su declamación las hace existir en el plano discursivo y es nuestra militancia la que determina si se transforman o no en realidades. Un ejemplo muy claro es “el amor vence al odio”, un eslogan de mucho contenido, un tanto meloso si se quiere, pero sin lugar a dudas el señalamiento de un horizonte que no se plasmó en la realidad. Las urnas y la coyuntura le otorgan día a día victorias al odio y derrotas a nuestros pueblos.

El problema surge cuando comenzamos a trabajar sobre la base de eslóganes, creyendo que son axiomas políticos y estos conceptos no se condicen sobre la realidad, es arar sobre la arena. “Los pueblos no se equivocan” es un mantra que se escucha y se lee después de cada elección, y le endilgamos la derrota a la dirigencia y en menor medida a la militancia. Esta adjudicación es sin lugar a dudas una subestimación de la capacidad de discernimiento del electorado y una falsedad enorme. Los pueblos tienen profundas contradicciones y parece una obviedad recordarlo, pero el colectivo popular está integrado por seres humanos, y como tales tenemos bajezas y virtudes. Es absurdo por parte de la militancia idealizar al electorado de acuerdo a nuestros ideales, cual adolescente enamorado pensando en su amor. Pensar que lo único que toca las fibras de un colectivo es la solidaridad y la conciencia de clase es, cuanto poco, cándido. El egoísmo es muchas veces un sentimiento que aflora más rápidamente que la solidaridad. Recordemos que vivimos un país que acuñó la frase “algo habrán hecho” mientras torturaban y mataban a 30.000 argentinos y hoy, 42 años después, anchas franjas de la población siguen pidiendo resolver los conflictos sociales y las diferencias políticas con violencia y muerte, donde la tarea del policía sea la de ejercer la fuerza contra el pobre y contra la militancia (hay que poner una bomba en la villa). Un genocidio no sació la sed de sangre de la derecha argentina.

Gran parte de la sociedad pasa más tiempo al día en las redes sociales —que no tienen neutralidad política, aunque todos podamos escribir— que con sus vecinos. Este aislamiento autoinducido es particularmente beneficioso para que el discurso y la simbología de la derecha fomenten la individualidad. Votar y apoyar a la derecha satisfacen una pulsión de exclusividad que es muy humana en algún punto, brinda la ilusión de estar participando en un grupo selecto, con el poder de aplastar al débil, al sucio, al pobre, al ingenuo que cree y depende de un colectivo para progresar. El dinero es uno de los más sólidos elementos ideológicos y la clase media está profundamente adoctrinada por el poder simbólico del consumo. Por más que se vea negativamente afectada por las medidas de la política neoliberal, conserva preconscientemente la fe de ser aliada del poder económico en su cruzada contra los pobres. La posibilidad de que los sectores más vulnerables penetren en el recinto de exclusividad de las clases medias alimenta la paranoia de amplios sectores sociales. Y aunque gran parte de esas clases medias económicamente hoy estén debajo de la línea de pobreza, su mayor temor sigue siendo otro aluvión zoológico que ponga a los “cabecitas negras” en el centro de la escena.


Para peor, una despreciable corporación mediática que, en muchos casos, oficia de brújula moral, incentiva este pensamiento, potencia este discurso hasta unificarlo, convirtiéndolo en la identidad política de muchos en una época en la que una sociedad líquida comparte valores difusos y una baldosa o la participación de Apu en la televisión, parecieran tener más eco que el presupuesto para la educación.

Sobre este escenario estamos parados, la derecha plantó la semilla del odio y hoy está recogiendo sus frutos, pero… ¿Es este avance de la derecha algo irreversible? No, no hay derrotas eternas. No obstante, para empezar, tenemos que tener un diagnóstico más objetivo sobre las concepciones ideológicas de nuestro pueblo y sobre las condiciones políticas de nuestro país. Y para eso hay que escuchar, generar un diálogo, un ida y vuelta con la gente, transmitir nuestras ideas y nutrirnos de las suyas. Si no lo hacemos, nunca podremos abordarlos adecuadamente.

Dejar librado a que la economía genere por la fatalidad del destino la unidad del pueblo contra la clase dominante es vivir en un cuento de hadas. Y vivir en un cuento de hadas, en la masturbación ideológica mientras nuestros pibes crecen malnutridos, es irresponsable y deshonroso para cualquier militante.

Militantes del colectivo LGBT irrumpen con un “besazo” en un acto político del partido de Jair Bolsonaro. La insistencia de emitir un discurso sobre lo que solemos considerar lo “justo” no fue comprendida por una sociedad cuyas demandas pasaban por otro lado. Los militantes de la imagen tienen y seguirán teniendo la razón, pero el poder lo tendrán otros.

Tampoco es útil infantilizar al pueblo cuando nos llueven insultos y no responder para “no piantar votos”. Es lamentable ver que se utilice la categoría de kirchnerista de manera tan peyorativa, así Néstor y Cristina nos hayan dicho que era una bajada de precio, seamos firmes al momento de hacer respetar nuestras ideas, no nos pongamos en una posición de agresión verbal, pero tampoco queramos persuadir desde una posición humillante. Tratemos al que piensa distinto de modo adulto. No por ser militantes nuestra palabra vale menos, nuestra moral debe estar cada vez más alta frente a los golpes psicológicos del enemigo.

Como parte del pueblo, debemos luchar contra la semilla de odio e individualismo creando lazos comunitarios con ese mismo pueblo, donde afluyan el espíritu de confraternidad entre los pares y de lucha contra el enemigo común. Seamos lo suficientemente objetivos y lo suficientemente inteligentes para identificar lo bueno y lo malo de nuestro pueblo, y trabajemos en base a eso. Si no nos analizamos como pueblo, si no nos autocriticamos no solo como militantes, sino también como integrantes de un pueblo, no solo vamos a perder elecciones: además nunca llegaremos a conocer a la gente para quien militábamos y las grandezas que encerraban. También vamos a padecer nosotros el hambre, lo padecerán nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos. No esperemos más y salgamos a disputar en serio, porque cuando nos persigan y estemos en el exilio o en cana, con un Bolsonaro en Balcarce 50, va a ser muy tarde.

*Francisco Quispe