Allá lejos y hace mucho tiempo, en 1976, la maravillosa Ornella Vanoni publicaba una de las joyas del género musical que los italianos clasifican como “música ligera”. La voglia, la pazzia, l’incoscienza, l’allegria es uno de esos álbumes que quedan para siempre y que aquí viene a colación por su título, el que hoy nos sirve para resumir el mes de locos que nos tocó transitar a los que hacemos con tanto amor esta Revista Hegemonía y los distintos espacios de La Batalla Cultural en las redes sociales.

En los últimos treinta días nos pasó prácticamente de todo. Para empezar, un problema técnico en la plataforma del operador de nuestras suscripciones, que nos privó por semanas de la única fuente de ingreso real que tenemos para mantener este proyecto. Y si no fuera porque aquí hay más militancia que laburo, esta 10ª. edición no tendría que haber visto la luz. Es gracias a la abnegación de nuestros colaboradores —entre los que sobresale la irremplazable Romina Rocha—, que la presente edición no solo sale en tiempo y forma, como sucede todos los meses, sino que además viene con más páginas y más contenido. Es decir, a mal tiempo, buena cara, coraje y a redoblar la apuesta. Cuando la fortuna parece querer bajarnos con sus contingencias, entonces nos paramos con más fuerza que nunca y decimos que no.

Esa rebeldía dio resultados al promediar el mes, cuando al fin nos tocó una muy buena: la intervención de Cristina Fernández en el Foro del Pensamiento Crítico de CLACSO, que nos regaló el tema central de esta edición y nos llenó de satisfacción al confirmar que estábamos en lo cierto cuando luchábamos contra las divisiones al interior de la militancia de lo nacional-popular. Allí, en el reducto progre por antonomasia, Cristina le cantó las 40 a toda la progresía y con un solo discurso terminó de enterrar la pésima idea de “purgar” el kirchnerismo de aquellos que —siempre en la opinión de la vanguardia progre— no están lo suficientemente evolucionados para ser parte del armado. “Hay que deconstruirse”, sentenciaba la progresía en los últimos meses, aunque una buena cantidad de compañeros no estaba dispuesta a compartir los criterios morales impuestos. Había fractura en puerta y en eso llegó Cristina para poner orden y determinar desde el lugar de conductora indiscutida que el único requisito para estar en las filas de lo nacional-popular es precisamente ser nacional-popular en un sentido estricto, que hoy es el de estar dispuesto a luchar por un nuevo ciclo de gobierno de los pueblos a la brevedad.

Y así, con una de cal y una de arena, íbamos promediando el mes ya con relativa normalidad (o por lo menos encontrando un equilibrio entre lo negativo y lo positivo) cuando fuimos golpeados por la peor noticia. Nos faltaba alguien y nadie sabía dónde estaba. Nos dispusimos a indagar en medio a la angustia de la ausencia forzada y al poco tiempo tuvimos la confirmación de que lo peor había pasado, de que la desgracia en serio nos tocaba la puerta: apareció muerto nuestro amigo, compañero y colaborador Martín Licata, en circunstancias que hasta ahora cuestan mucho digerir. Habíamos quedado diezmados, privados de la compañía de un indispensable. Todo lo sucedido en el mes hasta ese momento quedó en segundo y en tercero plano, ante la pérdida que aún no logramos asimilar.

He ahí la apretada síntesis de un mes que jamás podremos olvidar, aunque quisiéramos hacerlo. La síntesis que el atento lector encontrará desplegada en las 42 páginas de esta nueva edición de la Revista Hegemonía, la décima en diez meses, que nos sale literalmente como un grito del alma y refleja el estado de ánimo actual de los que aquí estamos para ver el reverso de la trama y compartir con el atento lector nuestra evaluación de ello. Si bien es cierto que lo mejor hubiera sido guardarnos en este duro momento que nos toca transitar, hemos decidido una vez más salir con los tapones de punta. Nos mueve la obligación moral del militante que quiere socializar la verdad relativa de los pueblos, es verdad, pero también la necesidad de entregarle al atento lector esta edición como un tributo a un joven de 27 años que ya no está entre nosotros y ya se hace extrañar.

Dedicamos entonces esta edición a nuestro amigo y compañero Martín Licata, alias Martín D’Amico, Iona Yakir y otros tantos pseudónimos que nuestro Martín Mil Nombres utilizaba para difundir sus ideas de revolución y justicia social. Y esperamos que el atento lector, con nosotros, considere que se trata de un tributo acorde a la calidad del homenajeado, que era mucha.
Siguen cortando las flores, pero la primavera no puede detenerse. Y allá vamos, otra vez. Bastante golpeados, pero vamos igual, hasta la victoria siempre.

Erico Valadares
Revista Hegemonía
La Batalla Cultural