Creemos que la cantidad de bits y pixeles destinados a explicar cómo hace la derecha para ampliar su caudal de votos y lograr que gran parte del pueblo trabajador apoye un gobierno corporativo han sido suficientes. Por eso, solo diremos que todo se reduce a generar guerras morales dicotómicas que se apoyan en binarios opuestos: Despenalización del aborto/“Salvemos las dos vidas”; inmigrantes/deportación; Doctrina Chocobar/derechos humanos; ESI/”Con mis hijos no te metas”.

Sin embargo, consideramos que hay un binario opuesto instalado por los medios de comunicación que ha partido a la sociedad argentina y debe ser considerado —junto con otras variables— como uno de los grandes responsables de la victoria de Mauricio Macri. Es el binario opuesto corrupción/honestidad en el que, obviamente, el actual presidente personificaría la honestidad.

Por este motivo, nos preguntamos: ¿Cómo se representó a la corrupción en esta guerra moral? Justamente, se percibió la corrupción como una enemiga y que, por lo tanto, debe ser combatida.

Para darle un sustento científico a nuestro planteo nos sumergiremos en el marco teórico aportado desde la lingüística cognitiva por George Lakoff en su obra Metáforas de la vida cotidiana con el fin de realizar un análisis del discurso de las representaciones metafóricas sobre la corrupción presentes en los titulares de los diarios Clarín y La Nación durante el periodo electoral que va desde el 1º. de agosto del 2015 al 20 de noviembre del mismo año.

Entendemos que las metáforas son una buena herramienta de persuasión, razón que nos lleva a sostener que ese costado “poético” cubre de alguna manera los intereses políticos y económicos de cada medio, de forma que muchas veces pasen inadvertidos. Sin embargo, desde La Batalla Cultural las dejaremos al descubierto.

Margarita Stolbizer es el prototipo del dirigente político que no hace política ni dirige nada en absoluto, existiendo únicamente gracias a la instalación de la idea de la una corrupción como enemiga pública número uno. Stolbizer surfea la ola del “honestismo” para existir en la política y no tiene, por lo tanto, ninguna utilidad para la sociedad en su conjunto. Vive de robar, irónicamente.

Es importante analizar las metáforas, ya que a diferencia de lo que pensamos, las metáforas impregnan el lenguaje y el pensamiento cotidiano de los sujetos debido a que permiten comprender situaciones muy complejas recurriendo a conceptualizaciones más accesibles cognitivamente, dejando en evidencia que nuestro sistema conceptual es de naturaleza metafórica al estructurar la manera en que entendemos al mundo.
Las metáforas son un fenómeno tan frecuente en nuestra vida cotidiana que, de hecho, muchas veces no percibimos su presencia en nuestro lenguaje cotidiano. Sus usos frecuentes las han alejado de la creencia tradicional que las relegan como meros recursos de la poesía o de los géneros narrativos.

Las metáforas duermen en nuestro cerebro, a la espera de que alguna situación las despierte. La esencia de una metáfora es entender y experimentar una cosa en términos de otra. Todo el pensamiento humano se estructura en torno a metáforas. En su libro, Lakoff describe las distintas características que poseen las metáforas, estableciendo varias categorías. Sin embargo, y para no entrar en conceptualizaciones que aburran a nuestro sagaz lector, solo describiremos las ontológicas.

Los idiotas útiles. A partir de la instalación de la metáfora de la corrupción como enemiga pública número uno y de adjudicarle todos los males del país y del mundo, los reaccionarios sin contenido —idiotas, en un sentido griego clásico, de toda la vida— encuentran la causa o el pretexto con el que presentarse ante la sociedad desde un pretendido lugar de superioridad moral. Ese lugar es el del “honestismo”. No obstante, al idiota le importa poco la corrupción: solo quiere destruir y simular ser lo que no es.

Las metáforas ontológicas más comunes son aquellas en las que el objeto se manifiesta como persona, esto es, se le concede una entidad humana. Un ejemplo de esta personificación la encontramos en los siguientes ejemplos: “Su teoría me explicó…”, “este hecho habla por sí mismo”, “la inflación se está comiendo…”, “el experimento alumbró”, “la inflación nos ha puesto contra la pared”y, nuestra metáfora ontológica, “la corrupción es una enemiga”.
Estudiar un sustantivo abstracto como “corrupción” es una forma de entender y explicar sus efectos en los individuos y en la sociedad toda, como así también las representaciones que tenemos sobre esos temas. Cuando vemos cómo un político tira bolsos con dinero en un convento de monjas o se cuenta dinero de extraña procedencia en La Rosadita, entendemos que “la corrupción es una enemiga”. Esta será nuestra metáfora conceptual hallada y de la que se desprenden múltiples expresiones metafóricas:

•Macri prometió crear una agencia contra la corrupción. (Clarín)
•La corrupción política permite el crimen. (Clarín)
•Vargas Llosa: “La corrupción es la mayor amenaza en América Latina”. (La Nación)
•Recuperar el dinero de la corrupción. (La Nación)
•Controlar la corrupción para restablecer la confianza. (La Nación)
•Corrupción pública y privada: no sólo existe, sino que se puede combatir. (La Nación)
•La corrupción obstaculiza el desarrollo. (Clarín)
•Norberto Quantín: un fiscal leal a la verdad que se dedicó a combatir la corrupción. (La Nación)
•Luchar contra la corrupción no acabará contra la pobreza. (La Nación)

Todas estas expresiones metafóricas parten de la noción de “enemiga”, entendiéndola como un obstáculo, que debe ser controlada, que hay que recuperar lo que se robó, que hay que combatirla, que hay que luchar contra ella, que es una amenaza, que es alguien que puede despojarnos de nuestros bienes, robarnos, herirnos e incluso destruirnos. Lo mismo que sucede en una guerra en la que se combate contra un enemigo o en una guerra moral, como la construida por las corporaciones mediáticas al servicio de los sectores concentrados.

Los casos anteriormente descritos, permiten comprender que se personifica la corrupción. Sin embargo, la metáfora no es explícitamente que la corrupción es una persona, sino que supone un modo más sutil y específico: la corrupción es una enemiga y hay que combatirla en términos bélicos porque es una amenaza. No solo nos está aportando un modo peculiar de pensar la corrupción, sino que está estableciendo de antemano un modo de actuar determinado.

Pensamos en la corrupción como una “enemiga”, una rival, una oponente que puede atacarnos, herirnos, robarnos e incluso hacernos daño y que, por lo tanto, debemos tener especial cuidado, debemos protegernos de ella y luchar para que desaparezca.

El juez Claudio Bonadío, que se vale de la metáfora para declarar como enemiga a la corrupción y desde ese lugar combate, en realidad, del lado de las corporaciones contra el proyecto nacional-popular persiguiendo a sus principales referentes.

Por todo lo anterior, vemos que las metáforas no son neutras ni objetivas, sino que presentan una fuerte carga ideológica, cuya reproducción cultural está en estrecha relación con los intereses político-económicos de quien los reproduzca, en este caso, los medios de comunicación al servicio del poder real que reside en las corporaciones y entidades financieras a nivel global.
Lamentablemente, y al igual que este gobierno y las corporaciones mediáticas, la metáfora tiene la potencialidad de engañar, convencer y persuadir. Su utilización dista mucho de ser neutra y objetiva. Detrás de ella existe toda una maquinaria para garantizar que su elección esconda los intereses del sector que las utilizó, al mismo tiempo, que seduce al receptor por su alta literalidad que encuentra anclaje en las experiencias propias de la vida cotidiana.

Por eso nunca debemos tomar estas expresiones metafóricas por separado ya que, de ser así, perderíamos una generalización superlativa al no detectar la conexión entre ellas. No son expresiones metafóricas aisladas. Todas se corresponden y parten de la misma metáfora madre “La corrupción es una enemiga”, pero debemos saber que el problema es, en verdad, pensar en la metáfora y por ello no ver a quien la pone de pantalla para confundirnos.

*Mauro Brissio