Las últimas semanas del mes de noviembre han sido de las más tristes, agobiantes y ensordecedoras de los últimos tiempos por demasiados motivos, todos generados por un mismo manto destructor que nos cubre fatalmente desde hace casi 3 años. La pulsión de muerte nos envolvió y la sensación de la inminente derrota nos persiguió durante los primeros días de caos generalizado y orquestado milimétricamente, haciéndonos temblar de indignación y de bronca por causa de la ya normal injusticia que implica vivir en una Argentina gobernada por el odio y el revanchismo sistematizado.

Acontecimientos de diversas naturalezas, aparentemente desligados los unos de los otros, terminaron compartiendo un mismo hilo conductor que ahora, luego de que lo peor de todo hubo acontecido, se hace claro y concreto: hemos sufrido un ataque masivo para terminar de dividirnos mediante el amedrentamiento quirúrgico. Buscaron casos puntuales, que no escandalizaran al sentido común colonizado, que fueran aparentes cuestiones de grupos de los que el conjunto se siente distanciado porque así está programado que suceda.

Con el pretexto de la realización del G20, han encarcelado a musulmanes sin más pruebas que un pedido de helado para repartir y algunas armas obsoletas pertenecientes a un legado familiar. Han hecho una cacería de anarquistas por causa de la acción puntual de un grupo de inconscientes que, más que un atentado, quisieron posar para la foto y terminaron, de mínima, arruinándose su propia vida. Han aparentado inoperancia simulando encontrar explosivos en objetos cotidianos y, con ello, han logrado que durante días se hablase en el mismo y siempre autodestructivo tono de sorna sobre la (in)capacidad del ministerio con mayor presupuesto y poder, junto al de Desarrollo Social, que es el de Seguridad y Justicia y que está a cargo de una agente del Mossad a la que siguen tratando de borracha, ayudando a invisibilizar su altísima capacidad de ejercer la violencia desde el Estado. La misma agente que sale a decir que “el que quiere estar armado que ande armado, Argentina es un país libre” para intensificar la confusión generalizada y la hostilidad entre conciudadanos mientras ellos, que tienen el monopolio de la fuerza represiva, se preparan para recibir a los jefes de Estado más importantes del mundo en medio de este clima de aparente descontrol y barbarie.

El abrazo de Juan, Eva el pueblo, en esta obra maestra de la artista y destacada militante peronista Ángeles Crovetto: patrimonio de la cultura popular argentina.

Y en el medio de todo esto, de las miles de operaciones con las que salen a diario para mantenernos entretenidos mientras sigue el saqueo rabioso de nuestras riquezas y recursos, nos vinieron a matar a nuestros pibes, nos vinieron a decir que están cerca y que nada importa más que la permanencia del terror para que nos quedemos quietos. Esa cercanía infernal con la muerte, eso que nos tocó tan profundo la fibra, fue el golpe letal que diera este modelo de opresión para definitivamente hacernos saber que les molestamos, que estamos agitando el avispero, que nos ven y que saben que acá estamos y que no quieren que sigamos con lo que hacemos. Pero como una broma del destino que azota con violencia el rostro de quienes pretendían destruirnos y aislarnos, el efecto logrado con todos estos ataques a nuestra dignidad e integridad fue el contrario: de tanto doler nos hicieron más fuertes, de tanto llorar nos llenaron de determinación, de tanto espanto nos unió el amor.

Porque descubrimos, quienes estamos en la tarea de comunicar la única verdad, que es la realidad en permanente movimiento, que las armas que portamos pueden ser más potentes si las dirigimos con amor por las certezas, en lugar de hacerlo por el apuro de seguir el ritmo de la agenda que nos marcan. Nos tocaron tanto que terminamos viéndonos, encontrándonos, poniéndonos los unos a disposición de los otros en pos de un buen común, de romper con los límites de los monopolios mediáticos, de ser nosotros quienes instalásemos la agenda de todos para que de una vez entiendan que no nos callamos más y no es un lema, sino una determinación inclaudicable.

Descubrimos que los lazos de solidaridad y la unión verdadera más allá de las diferencias son las claves para superar este infierno y salir, de una vez y por todas, del calvario en el que la incomprensión, el egoísmo y el aislamiento nos han metido empujados por intereses inhumanos, esos que son guiados por el dios dinero y que matan los cuerpos para someter las voluntades de los que quedan en pie.


¿Acaso creían que no íbamos a aprender? Y es que nos estudiaron tanto que no nos terminaron de comprender: lo que este pueblo tiene no se encuentra en ningún manual ni se explica con ninguna teoría, porque lo que este pueblo es trasciende y atraviesa las ideas y las formas y se hace carne en una identidad que nos conduce irremediablemente hacia la liberación. Nuestro pueblo, el pueblo argentino, tiene a Perón y al peronismo como sustento invencible de la voluntad de construir una Patria libre, justa y soberana. Y lo tiene a pesar de todo y de todos, aún sin la conciencia colectiva de que esto es así. El peronismo está ahí, siempre latente, atravesando y transformándolo todo a su paso, jamás pasando inadvertido, aunque muchas veces siendo incomprendido en su esencia más elemental. Pero ahora, en estos momentos en los que pareciera más importante un partido de fútbol que los destinos de la Patria, finalmente se pone en evidencia que la única herramienta concreta que tenemos a disposición para vencer es la doctrina, son los fundamentos que comprenden que los intereses colectivos están siempre por encima de los intereses individuales, que afirman sin dudar que somos un pueblo enfrentado a los intereses de las corporaciones representadas por una oligarquía que insiste en destruirnos, pero que desde la llegada de Perón tuvo que matar, desaparecer y proscribir para sostenerse en el poder por periodos interrumpidos, ya que jamás pudo obtener consensos ni poder real en el Estado: sólo los consiguió por la fuerza, por la mentira, por la muerte.

Y acá es donde radica la potencia transformadora que resulta de todo este momento: nosotros sabemos lo que es vivir después de morir. Los nuestros, los que pensaron en nosotros desde nosotros mismos, todos viven en nuestra lucha permanente y se desarrollan exponencialmente a medida que el enemigo avanza sobre el conjunto, ya que ante la necesidad de respuestas volvemos una y otra vez a encontrar en ellos, los pensadores argentinos, las herramientas fundamentales para llevar adelante una nueva etapa en esta batalla que estamos librando contra el colonialismo salvaje de la nueva era. El enemigo no ha podido, por más que lo ha intentado, borrar de nuestra historiografía y de nuestra idiosincrasia los faros nacionalistas que nos impiden perder el rumbo, pero tampoco ha logrado convencernos de que el amor no sirve de nada, porque de tanto que nos odiaron nos empujaron a amar mucho más y mejor.

Lo que se hizo tangible en estos tiempos no sólo fue la cercanía con el fin del cuerpo y la presencia inobjetable de un odio desatado y ruin, sino también lo opuesto a ello, lo que compensa la oscuridad, lo que equilibra la balanza: se ha materializado el lazo indestructible de la solidaridad y el apoyo mutuo, el que nos demuestra que cuando la guía es el corazón sincero, el camino hacia las certezas se hace claro y concreto. En este sentido la comunicación, ese arte de expresar y explicar la realidad, ha demostrado una vez más que el poder de cambiar el mundo está a nuestro alcance, porque gracias a un trabajo cooperativo, sentido y comprometido, un grupo de seres humanos diversos y en apariencia desconectados entre sí logró, a pesar de los monopolios y de los cercos, atravesar todas las barreras e instalar la realidad del subsuelo de la Patria que se vuelve a sublevar. Y este hecho es un punto de inflexión en el curso de esta parte de la historia que nos toca escribir, porque es la prueba cabal de que aún tenemos en nuestras manos la posibilidad de convertir el escenario actual en favor de los intereses del pueblo sin esperar para ello que todo explote por los aires y que los muertos sigan siendo los nuestros.

A estos fines, Perón decía con una vigencia inagotable que lo que quería “(…) es tratar de despertar en el ánimo de los argentinos la conciencia de que debemos unirnos para resolver estas minucias de nuestra política interna, porque esta frente de nosotros una juventud a la cual tendremos que legarle algo positivo, y lo positivo que podemos legarle es lo que hagamos para las soluciones del futuro mediato. Si no, la juventud tendrá un día derecho a decir que nosotros hemos sido unos patanes que no hemos sabido resolver un problema que en ese momento ellos verán con una claridad meridiana. Seamos capaces de pensar, seamos capaces de prever, y empeñémonos en las empresas importantes, con todo el empeño que debemos poner, dejando las cosas subsidiarias y secundarias como es la política interna, para resolver lo principal entre amigos que buscan y quieren un destino común”.


El aprendizaje que nos debe dejar este nuevo nacimiento tiene que estar en orden con la realización definitiva de una unidad organizada en todos los ámbitos de nuestras vidas: en lo político, en lo social, en lo personal, lo que nos debe reunir es el abrazo, la sonrisa sincera y la mirada que abriga, el gesto solidario e incondicional, la compasión y la empatía, porque lo que nos separa irremediablemente del enemigo es justamente esa humanidad que aún en tiempos de angustia sigue prevaleciendo entre quienes buscamos la verdad. No tenemos que esperar a que nos saquen todo para salir a ganar, hoy tenemos en nuestras manos la posibilidad de vencer porque, como decía Evita, “No hay nada que sea más fuerte que un pueblo. Lo único que se necesita es decidirlo a ser justo, libre y soberano”. Estamos en el momento clave para esa decisión: depende de nuestra voluntad y de nuestro compromiso el volver a ser un país feliz. “Nos quisieron enterrar, pero no sabían que éramos semilla”. Estamos a tiempo.

*Romina Rocha