En estos días de noviembre he presenciado el resurgimiento de lo que hasta hace muy poco era la mala palabra. La cosa rara, eso que la gente nos tira en la jeta sin siquiera saber de dónde viene, ni quién lo acuñó, ni por qué, ni cómo, ni para qué. Lo que está allí desde que nací, allá lejos, en 1980, y está ahora, incambiable: “Eh, ¿y el tercer Perón? ¿Y López Rega? ¿Y la Triple A? ¡Isabel! ¿Nos tenemos que hacer cargo de Isabel? ¿Y la ley antiterrorista?”. Todo el manual de preguntas relevantes que te enseñan en el antro más peligroso desde donde se combate a Juan Perón. Sí, hablo de todos los componentes de la mafia de la UBA, “la mafia de Puán”, que es como el “Turco” Asís nombra con precisión quirúrgica a los que allí conviven.

Pero vamos con lo interesante del asunto: el primero que recogió ese animal discursivo fue Alberto Saá, quien citó parte del análisis que hizo Juan Perón sobre la situación del erario público de 1946 en un discurso que dio tres años después de asumir el gobierno.

“Enhorabuena”, dije. “Por fin nuestros representantes hacen anclaje en palabras que tienen el sustento de la experiencia de la gestión más exitosa, a mi entender, que tuvo el Estado de la República Argentina”. Luego —cual si estuviera observando como el hombre, el “Sudeste”—, la compañera Cristina Fernández citó un fragmento potente en el que el General Perón esclarece el tema de las recetas mágicas del FMI y los organismos internacionales y sus consecuencias. Por último, Miguel Pichetto reprendió fuertemente a los muchachitos que hoy gobiernan por falta de “coraje” a la hora de asumir las responsabilidades que traen los cargos que ostentan. Si bien no hay cita, vale recordar lo que decía Juan Perón en alusión a los funcionarios en septiembre de 1973: “Si cada uno de los servidores argentinos se dedica en su cargo a horario y a hacer todos los días algo por el bien de la República sin mostrarse más de lo que es ni menos de lo que pueda ser, la República podrá sentirse satisfecha y confiada, porque sus destinos estarán asegurados”.

Pues bien, es claro y conciso que el peronismo no tiene rival en ninguna área ni en ninguna contienda una vez que se decide a hablar porque es, justamente, un movimiento nacido de las entrañas mismas de la máxima pelea: El pueblo y sus condiciones de vida. Y allí comienza a descubrirse el velo de lo que hasta ahora pareciera un tema tabú, oscuro, sórdido: no hay tres Perones. Existe Juan Perón.

Afiche de la CGT en homenaje al líder sindical José Ignacio Rucci, ejecutado presumiblemente por Montoneros en 1973. El peronismo está repleto de contradicciones internas como esta y todas van sorteándose por acción del propio peronismo en el tiempo. “Con el camión en marcha los melones se acomodan”, como solía decir el mismísimo Juan Domingo Perón, con notable sabiduría criolla.

La pelea que venimos dando desde Mayo hasta nuestros tiempos por la definición y la aplicación de cultura está perfectamente sintetizada en lo que dice Perón sobre qué es pueblo y qué es masa. No hay descubrimiento del pueblo porque es el pueblo (por lo menos aquí, en este país) quien descubre, y lo que descubre es un hombre, un animal político con todas sus acepciones. Sí, desde 1945 que la centralidad del pensamiento como sujeto histórico la llevan adelante los hombres y mujeres de nuestra Patria, que deviene como construcción política. Lo que se denomina “pueblo”. Nada nuevo: en este país la categoría pueblo existe desde el 17 de octubre de 1945. Es un hecho, le guste a quien le guste. Para ello, Juan Perón desata lo que llamamos peronismo, pero también nos dejó como reaseguro una obra filosófica poderosa y cargada de fuste ideológico que es la doctrina nacional justicialista.

Entonces comienza a funcionar la dialéctica: la masa descubre al líder y el líder se hace cargo de la conducción de esa masa. Esto es elemental, sino pareciera que los destinos de los hombres se realizan por el solo hecho de hacerlo, porque es una virtud de los seres humanos. Y no, no es así. Para eso, nada mejor que la suprema definición: “Nadie se realiza en una comunidad que no se realiza”. La doctrina brinda las herramientas necesarias para que se desarrolle, la masa se pone en marcha, se convierte en pueblo y ese pueblo, a través de la doctrina, se convierte en gobierno.

Y lo que es aún más profundo: ese pueblo tiene poder. Y si tiene poder, jode. Jode tanto que comienza a sentirse único. Y lo es porque nunca había surgido de tal manera. Pero lo más terrible para el mundo es que ese pueblo que tiene poder reconoce su representación en un líder que, a su vez, reconoce como nadie a sus representados (estas dos etapas de la política son manejadas por Perón como por ningún otro político en la historia del mundo) y así, con esa prepotencia de saberse único, comienza a pujar por un lugar en el mundo, a la par de todos los otros.

La militancia peronista, en toda su heterogeneidad: el análisis de las banderas y consignas desplegadas en cada acto o movilización es el testimonio de la existencia de una infinidad de sectores agrupados en la categoría de “peronistas”. Por una parte, es esa heterogeneidad la que va a resultar en las innumerables contradicciones internas del movimiento. Por otra, no obstante, en lo diverso también se encuentran la fuerza, la vitalidad y la resiliencia del peronismo a lo largo de tantas décadas.

Al mismo tiempo que se consolida esta construcción, se consolida su contracara: el antipueblo. Y aquí estamos, en pueblo-antipueblo. No busquen más, no traten de encontrar nada en los libros europeos. Las respuestas están acá, las respuestas están en San Martín y Ugarte, en Juan Perón, en Jauretche y en Scalabrini Ortiz. En Hernández Arregui y John Cooke. También están en Eva Perón, en Espejo, en Rucci y en Ubaldini, con luces y sombras (con muchísimas más luces). No existen más definiciones que las nuestras propias: los trabajadores (el pueblo) y la oligarquía (el antipueblo).

Reconocido el enemigo, entramos de lleno en lo que bien llama el compañero Daniel Santoro “el único invento argentino”, el peronismo. ¿Por qué? Porque es lo único que se planta frente al mundo y le dice sin tapujos: “Oigan, aquí hay algo nuevo y excesivo. Y si no les gusta, pueden empezar a chillar”. Eso nuevo y excesivo es la tercera posición. Ni una ni otra, una nueva y distinta. Pero no se confundan, no es el tercer mundo, porque Perón nunca creyó que hubiera un primer mundo ni un segundo mundo ni un tercero. Nosotros somos del primer mundo porque —y aquí está lo medular— lo pensamos desde nosotros y para nosotros. A tal grado que la “izquierda” y la “derecha” son parte integrante del mismo régimen porque ambos, como construcción política, empiezan por reconocer la primacía de unos sobre otros. Pero no solo de uno, de los dos. Perón dice entonces: “Nosotros somos terceros”, pero terceros sin pensarlo en forma de ordenamiento porque quizá, para otros, somos “mundo 67”. Esto pareciera una tontera, pero no lo es porque si uno no está atento (hace varios años que estamos desatentos), al nombrarnos como parte del “tercer mundo”, el mundo nos coloca en inferioridad de condiciones y encima gratis. Felices se ponen los internacionalistas cuando nos autodenominamos así porque significa que nos ganaron en el terreno de lo simbólico. Y este empeoramiento se profundiza porque ni lo que dicen unos ni lo que dicen otros es cierto. Nunca lo fue.

Renovación y futuro. Jóvenes peronistas restituyen a la sede del Partido Justicialista los cuadros con las imágenes de los cuatro referentes históricos máximos del movimiento, que habían sido sustraídos durante la intervención del partido.

Lo de “tercer mundo” surgió, como siempre, en los centros de dominio. Tal es así que “primer mundo” y “tercer mundo” son conceptos primos, complementarios en el sistema demoliberal que domina. Ese sistema no tuvo nunca una, sino por lo menos dos versiones desde que se creó hasta ahora. Pero hay algo que ese sistema no tolera: lo que no tolera, lo que le complica es su sistema de reivindicación y seguridad, la versión tercera, la nuestra, la que nació acá, la del tercero en discordia. La que, por mal que les pese a unos y a otros, “es y no es”. La que se enfrenta al concepto aristotélico de que “algo es o no es, pero no hay nada que sea y no sea al mismo tiempo”. Esto es otra cosa que no es cierta: el hombre, por lo menos el nuestro, el que nació en 1945, “es y no es”. ¿Por qué? Porque la contraposición “es o no es” supondría que en el mundo hay unos que “son” y otros que “no son”, que es lo que Perón advierte con gran astucia y, al mismo tiempo, denuncia y evidencia al preguntarse: “Ellos son. ¿Y quiénes son los que no son? Los pobres”. Entonces, lo que nosotros decimos, lo que la tercera posición dice, es: “Nosotros somos esto”. No negamos ni esto ni aquello, ni nada. Pero estamos aquí y tenemos nuestras propias ideas. Y nuestras propias ideas están aplicadas, y se pueden comprobar fácilmente. Y son caóticas, pero también están muy organizadas y están planificadas, tienen un orden meticuloso, son grandilocuentes… ¡Y funcionan! Y vaya que funcionan. Y así es como somos. O nos aceptan o tendrán que lidiar con nosotros en cada vez más terrenos.

Lo que deviene es preguntarse y reflexionar acerca del ser nacional, pero el ser es un proceso y este se contrapone al “no ser”, a la negación de años contra la que venimos luchando en todos los campos de batalla en los que nos dan guerra. Porque el Peronismo también es un campo de batalla semántico y morfológico, un campo de batalla total. Y estamos solos, pero no pudieron con nosotros ni con Perón, ni proscribiéndonos, ni fusilándonos, ni secuestrándonos, ni con nada. Acá seguimos molestando. Ya es tiempo de que se den cuenta de que no somos fáciles.
Lo que entonces nos queda por volver a imponer es el desarrollo de nuestra “tercera posición”, porque sigue siendo nueva y porque la prueba elemental de que esto es así y no de otra manera la encontramos en la marea de obstáculos que encuentra esta tercera posición en dos estamentos claves: en los centros de dominio y de poder y en los claustros académicos. Ambas piezas de un mismo sistema que trabajó y trabaja el efecto pinza, siempre en detrimento del pensamiento nacional, el ser nacional, la tercera posición y su objetivo sublime: La comunidad organizada.

El peronismo es un movimiento heterogéneo y equilibra no sin mucha dificultad todas las opiniones divergentes y contradictorias en su interior, pero en algo siempre hace consenso: todas sus vertientes tienen la cara del pueblo argentino.

Es hora de que se enteren en todos los lugares del mundo que el peronismo es una categoría. Piensa por sí y para sí y no tiene más debilidad que las contradicciones propias de todos los elementos que lo integran. Lo que engrandece aún más a este movimiento es que acepta esas contradicciones, abraza al equivocado y combate el error. Y encima, para satisfacción de muchos, siempre se está expresando, siempre está dando explicaciones. Siempre está siendo. Por eso y porque es nuestra categoría. Y piensa el mundo. Y lo piensa bien. Y es argentina. Y nos pertenece y atraviesa. Seguir desconociendo esto es un acto de ignorancia, o bien es un acto que responde a intereses inconfesables. La tercera posición es lo único que el mundo puede ofrecer para salvar al mundo.

Nota del autor: Este artículo terminó de escribirse al candor de una discusión que existe por los conceptos “izquierda”, “derecha”, “pueblo”, “sarasa”, “coso”, etc. No, compañeros, no perdamos tiempo, la verdadera discusión es otra. Tenemos que estar pensando en cómo reconstruimos nuestro sistema de representación, en cómo reconstruimos el corazón de todos los argentinos. Esa es nuestra discusión. Y para eso, nuestra biblioteca, la propia, la de todos nosotros, está llena de palabras que aclaran todo, y encima, como si fuera parte de algo descarado, está esperando en el futuro, está más delante de todos nosotros, aguardando el buen momento para ser puestas en práctica.

*Sebastián Quevedo