Nosotros lo hicimos y al atento lector con la memoria intacta no le resultará difícil recordarlo. Durante meses, tanto en las páginas de esta revista como en La Batalla Cultural, que es nuestro espacio en las redes sociales, hemos denunciado la movida de los pañuelos de todos los colores como lo que entendemos que fue y es en realidad: una movida divisionista cuyo objetivo primario es generar un quiebre al interior del campo nacional-popular, mediante el enfrentamiento entre militantes y de estos con el sentido común en general. En nuestro análisis, la división por categorías caducas que parecen novedosas y por criterios de moral religiosa y sexual apuntaba finalmente a la corrosión de la unidad popular que venía gestándose a partir del atropello sistemático del gobierno de los ricos. En una palabra, lo que interpretábamos entonces y seguimos interpretando ahora es que las divisiones por cuestiones que no hacen a la política en un sentido de lucha por el poder en el Estado son funcionales justamente al que detenta ese poder en la actualidad. Y por eso denunciamos, por entender que el pañuelaje, de una parte y de otra, solo es útil al mantenimiento del statu quo.

Claro que nuestra postura fue muy mal recibida por griegos y troyanos, como se dice. En cada una de las falsas contradicciones que fueron puestas en el tapete por los medios de difusión del poder fáctico hemos sido criticados, atacados y hasta escrachados por los bandos de un lado y del otro de la grieta artificial. En la dicotomía por la ley de aborto legal —que duró varios meses y sirvió para poner a Cristina en un brete del que solo ahora pudo salir, como veremos más adelante—, los celestes nos acusaron de ser verdes y los verdes, por supuesto, nos acusaron de ser celestes. Fuimos abortistas o provida según el gusto de cada uno. Y lo mismo ocurrió después, cuando la ley de interrupción voluntaria del embarazo naufragó en el Senado y el poder intentó reemplazar rápidamente esa dicotomía por otra, la de una supuesta separación de la Iglesia y el Estado. Con el verde mutando en naranja y los celestes pasándose automáticamente para el lado de los “chupacirios”, el que quiso denunciar que allí no había una contradicción real, sino tan solo una maniobra del poderoso, fue puesto en el bando contrario: para la progresía talibán de la deconstrucción y de todas las causas justas del universo, menos las del país, como diría Jauretche, fuimos católicos, conservadores y “dinosaurios que atrasan”; para los católicos, sin embargo, fuimos ateos y anticristianos, casi unos satanistas. Recibimos el bombardeo de ambas parcialidades como si se tratara aquello de un Boca-River en el que alguien se atreve a decirle a la turbamulta exaltada que hay algo más importante en el mundo que el fútbol.

La imagen de los saqueos, instalada en la cultura y en el sentido común como de “combustión espontánea”. Solo en los últimos años empieza a generalizarse la comprensión del uso y la manipulación para generar hechos políticos.

A pesar de todo eso comprendemos, sabemos bien que nuestra cultura es la cultura del par dicotómico y que los argentinos tendemos a buscar los extremos en cualquier diferendo, aunque se trate de una nimiedad. Así, de patriotas y realistas, unitarios y federales, peronistas y gorilas y otras contradicciones importantes del juego político nacional, pasando por dicotomías entre cuadros de fútbol y también por metáforas futboleras que sirven para simbolizar otras cosas —como la de menottistas o bilardistas—, llegando finalmente hasta sinsentidos como la división por gusto musical por esta o aquella banda de rock, el argentino va a aceptar separarse de vecino en cualquier grieta que se genere. ¿Por qué no habría de ser así en el presente caso? De ahí, de esa comprensión y desde un profundo conocimiento de la cultura y del sentido común del pueblo argentino, no fue difícil concluir que había alguien revolviendo el río para obtener una ganancia. Llegamos a la conclusión de que la dicotomía de los pañuelos se había generado artificialmente por el que sabe cómo las mayorías en nuestro país van a comportarse ante el estímulo dicotómico. En ese momento nos pusimos a investigar para descubrir quien había armado todo el circo.

Todo aquel que el pretenda comprender la política debe saber que la combustión espontánea es un fenómeno que se restringe al campo de ciencias duras como la física y la química y, por lo tanto, no suele ocurrir en la sociedad. Para que algo se prenda fuego social y luego políticamente es necesario que alguien ponga el combustible y haga la chispa, que avive el fuego y cuide de que no se apague. Hoy vemos con claridad que los clásicos saqueos, por ejemplo, no son ni nunca fueron espontáneos, sino muy bien planificados y ejecutados por sectores interesados en hacer de esos saqueos un hecho político mucho más allá de la necesidad puntual de los que son utilizados en el hecho y salen a saquear los supermercados. Ya muy poca gente en nuestro país duda de ello: el fuego no se prende solo y al aplicarle esta regla a la enorme movilización de los pañuelos verdes primero, de los celestes que fueron su consecuencia después y luego la de los frustrados naranjas, entendimos que en la cuestión había intereses que trascendían largamente los asuntos que en teoría animaban esos diferendos. El que organiza y agita los saqueos no lo hace porque quiera personalmente saquear supermercados, sino para generar en ello un hecho político. Y entonces, por lógica, el que organiza y agita los pañuelos no lo hace porque quiera legalizar el aborto ni hacer un Estado laico en Argentina (incluso porque, por otra parte, el Estado ya es laico). Lo que los saqueadores, los abortistas o los laicos deconstruidos piensen al respecto es irrelevante, pues estos no son al fin más que peones funcionales a los intereses de otros y estos intereses, a su vez, nada tienen que ver con los de quienes se suben de buena fe a una movida de esas características. Ahí está el problema y la naturaleza de la denuncia que hicimos y seguimos haciendo, la que muchos no logran comprender.

Pañuelaje ‘über alles in der Welt’. La instalación exprés y el avance del pañuelo verde pronto encontraron su reacción en el bando celeste, generando una grieta artificial entre el pueblo argentino para llevar agua al molino del poder.

Lo que en esta revista y en La Batalla Cultural siempre hemos intentado hacer ver es el reverso de la trama. No se trata de mirar las agujas del reloj y ver la hora, sino de cómo funciona el mecanismo y de entender cuando el reloj atrasa o adelanta, cuando no refleja la realidad. La capacidad de ver el reverso de la trama no está por cierto en los dominios del sentido común, pero debió desde luego ser una costumbre de la militancia. No obstante, debido al déficit de formación del militante promedio—tema sobre el que deberemos profundizar en el futuro y que es lo suficientemente antipático como para que muchos nos ubiquen otra vez en el bando opuesto y nos vuelvan a lapidar— ver el reverso de la trama no es un hábito. En realidad, el militante promedio del campo nacional-popular tiene hoy mucho más de fanático que de militante y por eso no solo no puede, no intenta ni quiere ver más allá de lo visible, sino que además tiende a atacar con furia inusitada al que sí trata de hacerlo. Y ese lugar de comodidad talibán está libre de dudas y repleto de certezas, pero está plagado también de errores.

El reverso de la trama (que no queremos ver)

En el quehacer de la criminalística y del derecho en general suele utilizarse como principio fundamental la locución latina cui bono como herramienta para la resolución de crímenes y otros hechos delictivos. Cuando el investigador empieza a indagar en un determinado caso, lo primero que hace es preguntarse quién se beneficia del hecho investigado. En otras y simples palabras, cuando alguien muere y está claro que muere porque lo matan, es muy útil para descubrir al asesino averiguar las relaciones del muerto, ver quién podría haberse beneficiado de esa muerte y empezar a interrogar por allí. Entonces el cui bono es una cosa que está rozando el mismísimo sentido común y, no obstante, casi nunca es aplicado por el militante promedio a la hora de valorar el hecho político que tiene delante de los ojos, lo que es como decir que mira las agujas del reloj y no piensa jamás en el mecanismo que está por detrás y las mueve. El militante sin formación doctrinaria y, por lo tanto, con escasa capacidad crítica, es incapaz de procesar la información que contradice esas certezas que ha adquirido en el ejercicio del fanatismo. Ese militante cree en algo, pero no sabe muy bien por qué lo hace y más allá del objeto de su fe, que puede ser más o menos justo, en su proceder y en su praxis no difiere en absoluto del barrabrava, del fundamentalista religioso e incluso del adoctrinado por el discurso mediático del poder. Y aquí aparece la trágica conclusión de que el militante acrítico y fanático de lo nacional-popular no es lo opuesto al televidente zombi que cree en un “segundo semestre” y en un “¡sí se puede!”. Es más bien su espejo, ambos son dos caras de la misma moneda en tanto y en cuanto proceden de la misma manera, a saberla, mirando las agujas del reloj e ignorando el funcionamiento del mecanismo aunque se lo muestren, deteniéndose en los detalles de la trama y nunca en el reverso, por más expuesto que este se encuentre.

He ahí la descripción detallada de aquellos que dimos en llamar “progres” y son los que se dejan distraer con cualquier señuelo, perdiendo de vista en el proceso el fondo de la cuestión. Un importante dirigente del campo nacional-popular solía clasificarlos en privado como “kirchnerismo silvestre”, o esa enorme masa de individuos que jamás tuvieron ningún interés por la política hasta el advenimiento del gobierno nacional-popular de Néstor Kirchner y Cristina Fernández. El “kirchnerista silvestre” no sabe muy bien por qué, pero ha quedado fulminantemente convencido del proyecto de país que dio el kirchnerismo y en el tiempo se fanatizó con dicho proyecto. El problema aquí no es ese amor incondicional, claramente, sino el no haber acompañado eso con una comprensión política de lo político, esto es, de una doctrina adecuada para sortear cada coyuntura, especialmente cuando el conductor no está para dar las orientaciones del caso. Entonces el “kirchnerista silvestre” es un apasionado de la justicia, quiere toda la justicia y la quiere ya, pero no tiene la más remota idea de cómo se hace para conseguirla. Así, si no recibe instrucciones en tiempo real termina derrapando, yendo al pasto y chocando. No sabe lograr lo que busca.

El “kirchnerismo silvestre”, sobre todo entre los más jóvenes, al verse sin causa de militancia tras las derrotas del 2015 y del 2017, y la lógica inactividad de Cristina, fue presa fácil de la distracción que las clases dominantes pusieron en el tapete para canalizar las fuerzas de los pueblos hacia fuera de la disputa por el poder. De pronto, el enemigo pasó a ser el celeste para el verde, el verde para el celeste, el género masculino para las mujeres y el neoliberalismo pasó a llamarse “patriarcado”.

Al no tener la doctrina necesaria para analizar la realidad en un contexto mucho más amplio que el coyuntural (porque la película no empieza cuando uno se sienta a verla, como decía recientemente la propia Cristina), el “progre” quiere toda la justicia, la desea ardientemente, pero no comprende una de las reglas más básicas del juego político: solo puede hacer justicia el que tiene el poder y entonces, antes de hacer justicia, es necesario alcanzar el poder. Aquí está la razón por la que los “progres” se enojan tanto cuando les decimos que la prioridad del momento es ganar las elecciones y acceder al poder político en el Estado, que actualmente está en manos de los ricos y las corporaciones. El enojo es porque el “progre” entiende la expresión “hay que ganar las elecciones” como “ustedes solo piensan en los cargos”, ve mezquindad donde hay doctrina y pragmatismo. En consecuencia, el que no tiene doctrina y nunca ve el reverso de la trama es incapaz de comprender que es prácticamente imposible avanzar cuando el enemigo concentra en sus manos todo el poder: las corporaciones y los ricos en general jamás van a permitir la ampliación de derechos para las mayorías mientras gobiernen, sino todo lo contrario. Cuando el poder fáctico de tipo económico se encuentra con el poder político en el Estado lo que ocurre es una quita brutal de los derechos y garantías de los ciudadanos, que se revierten en una consolidación de los privilegios de las minorías dominantes. Esto es verdaderamente de manual e históricamente demostrable, pero el “progre” fanático de la justicia mágica y el “kirchnerista silvestre” no conocen el manual ni la historia, porque les falta precisamente la doctrina, aquello que condensa el manual y la historia en una solo pieza de uso político.

Y es esa incomprensión acerca de cómo realmente se hace justicia y los pueblos avanzan la que va a impulsar al “progre” a subirse a todas y cada una de las movidas cuyo objetivo declarado sea la reparación de una injusticia puntual. En su momento fue el ecologismo a ultranza: mediante una intensa campaña mediática, los ricos del mundo instalaron en los países en desarrollo —los nuestros— la idea de que la humanidad estaba destruyendo el planeta y de que era necesario frenar esa destrucción. Si un individuo dotado de una doctrina aplicaba a eso el cui bono, en menos de lo que canta un gallo concluiría que esa repentina preocupación de los ricos del mundo por la ecología era una total imposibilidad. Pero no, el cui bono no se aplicó y allí fue la progresía de América Latina a boicotear el ya incipiente desarrollo industrial de sus países en nombre de la necesidad de salvar el planeta. Y mientras eso pasaba, los ricos del mundo seguían contaminando, deforestando y devastando con minería, extracción de combustibles fósiles, pesca predatoria y todo lo demás como nunca, porque a los ricos del mundo en realidad solo les interesa ganar más dinero. Es clásico en ese sentido el proceder de organizaciones muy “progresistas” como Greenpeace, que arman verdaderos escándalos cuando países subalternos como Rusia o Brasil intentan avanzar con sus industrializaciones o con la explotación soberana de sus recursos naturales, pero no ponen, digamos, tanta intensidad y pasión en la protesta cuando la que avanza sobre el medioambiente es una corporación trasnacional o una potencia del mal llamado “primer mundo”. Y eso es así porque la cuestión no es ni nunca fue la ecología, sino el hecho político funcional a los intereses de los que dominan en el mundo.

El Greenpeace, agitándola y generando hechos políticos contra el gobierno nacio- nal-popular de Putin en Rusia: cuando son los países desarrollados y las corporaciones los que destruyen el medioambiente, el Greenpeace no la agita tanto…

Ese es el reverso de la trama, es la comprensión de lo que está por detrás de lo que el sentido común ve como hecho, de lo público, de lo visible a simple vista. ¿En qué sentido podría preocuparles a las corporaciones trasnacionales y a las potencias contaminantes el cuidado del medioambiente? En ningún sentido y, no obstante, son esas mismas corporaciones y esos mismos países los que más aportan con donaciones a las organizaciones ecologistas por todo el mundo. ¿Por qué? Porque el poder puede servir para hacer justicia, aunque también sirve para reproducir la injusticia. Y por lo tanto hay una lucha por el poder entre los unos y los otros, entre los que luchan por la ampliación de derechos y los que bregan por la consolidación de los privilegios. ¿Quién gana? El que en cada momento tenga el poder para la imposición de su proyecto y ahí está la cuestión. Más allá de lo que vemos, existe en el reverso de la trama una lucha constante a lo largo de la historia por el poder y esa lucha es invisible para el militante promedio de campo nacional-popular que no ha recibido la formación doctrinaria adecuada y va por la vida pisando el palito del poderoso, que es subirse al carro de la moda del momento y hacer de carne de cañón para el negocio de otros.

La doctrina y la conducción

Ninguna doctrina política que se precie de ser seria contempla la posibilidad de modificar la realidad social sin tener el poder para hacerlo. Y lo que parece una obviedad —si no se tiene el poder, no se puede y lógicamente no se modifica nada en absoluto— va a transformarse en quimera cuando se instala en la conciencia del que no tuvo la formación doctrinaria adecuada. Ahí está el problema del trotskismo y de la progresía en todas sus versiones: creer que lo que es justo se cae de maduro y que la justicia se va a hacer por encima de la voluntad de los que mandan, “porque la gente no es tonta y se va a dar cuenta”. Y eso es precisamente lo que nunca ocurrió en la historia ni jamás podría ocurrir, por obvias razones.

Cuando el militante político recibe la formación doctrinaria adecuada para participar en la lucha, entonces difícilmente pierde de vista el objetivo o se deja distraer por las maniobras de diversión que el poderoso va produciendo todos los días para confundir. El militante formado sabe que en cualquier coyuntura el objetivo es la conquista del poder político en el Estado y siempre va a obrar en consecuencia, orientado a ese fin. Naturalmente, al no perder de vista el objetivo, el militante formado también sabe reconocer al enemigo de toda la vida, aunque este venga disfrazado de esas cosas lindas que todos los bien nacidos queremos. En una palabra, lo que el militante con formación doctrinaria sabe hacer es aplicar el cui bono a cualquier hecho o coyuntura que se le presente, por lo que es prácticamente invulnerable por el engaño insidioso del enemigo.

El asesor y gurú Jaime Durán Barba —aquí literalmente agarrado de María Eugenia Vidal— es sindicado en la percepción general como uno de los principales ejecutores de las campañas de distracción y división que se simbolizaron en el pañuelaje.

Ahora bien, el problema no está en el militante que ha recibido la formación doctrinaria suficiente, sino en el que no la ha recibido y entra a luchar en la política movido tan solo por la pasión o por la intuición de estar en lo cierto. Todo va a funcionar muy bien mientras ese militante no formado adecuadamente adivine la presencia de la conducción y pueda contar con su orientación diaria. Eso fue lo que le pasó al “kirchnerismo silvestre”, a los llamados “progres”, mientras duró el gobierno nacional-popular de Néstor Kirchner y Cristina Fernández: orientados a diario por una conducción políticamente brillante y omnipresente, no había manera de equivocar el rumbo. Alcanzaba con escuchar a Néstor y a Cristina, hacerles caso y seguir la huella. El problema empieza al finalizar el gobierno nacional-popular y al tener que retirarse de la escena la conductora, dejando sin orientación a una multitud de fanáticos de la igualdad a como dé lugar, ahora a la espera de una causa noble con la que salir a gritarle al mundo que bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. Entonces solo fue una cuestión de tiempo para que el poderoso advirtiera que toda esa potencia militante podía canalizarse literalmente hacia cualquier parte y bien lejos de aquello que realmente importa, que es la lucha por el poder en el Estado y la imposición allí de uno u otro de los proyectos políticos alternativos en pugna.

Después de la derrota electoral a manos del proyecto de los ricos y las corporaciones en 2015 y a partir de la asunción del gobierno de Mauricio Macri a fines de ese año, la conductora pasó a la oposición y, como es habitual en estos casos, dejó de ser omnipresente. Ya no hubo patios militantes, se terminaron las cadenas nacionales, no más orientación diaria a la tropa, que quedó súbitamente obligada a hacer aquello que no sabía hacer por no haber sido preparada para hacerlo: interpretar los hechos y las coyunturas a partir de una doctrina que no tenía. Se dispersaron los soldados en territorio enemigo sin el entrenamiento necesario para sobrevivir allí ya como guerrilla y no como tropa regular, según la muy oportuna metáfora bélica. A esos soldados jamás se les enseñó a hacer sin que alguien les diga cómo hacerlo y, como era de esperarse, no hicieron.

El General Juan Domingo Perón, la doctrina y la conducción por antonomasia para toda la militancia del proyecto político del pueblo-nación argentino.

Pasadas la campaña para las elecciones de medio término del año 2017, en las que Cristina volvió a tener el protagonismo durante algunas pocas semanas, quedó otra vez esa militancia sin formación doctrinaria a la buena de dios, pero ahora con dos años de gobierno neocolonial y dos derrotas electorales a cuestas, con más hambre y sed de justicia que nunca y con mucha, mucha rabia por todo el atropello que parecía no tener fin. Un psicólogo social dirá que ese combo es explosivo y que en situaciones así la aguja del amperímetro puede dispararse para cualquier lado, lo que efectivamente sucedió: ni bien empezaba el año 2018 y ya aparecían los pañuelos de colores en el horizonte de una militancia sin doctrina, sin conducción visible, sin causa y desesperada por luchar por lo que fuere. Desde esos laboratorios de pensamiento que en la jerga del enemigo y del cipayo suelen llamarse “think tanks”, los intelectuales orgánicos de las clases dominantes advirtieron que había allí una inmejorable oportunidad para arrojar la bomba que haría estallar en mil pedazos una fuerza política que ni un millón de operaciones mediáticas y judiciales habían podido destruir. Lo que el poder hizo fue poner en manos del “kirchnerismo silvestre” y de los “progres” sin doctrina unas banderas de lucha que formalmente eran las más justas y hermosas del mundo, pero que llevaban en su contenido el germen de la desunión y de la guerra intestina que venían a desintegrar el campo-nacional popular y garantizar el triunfo del proyecto de los ricos por varias décadas. Esas banderas fueron los pañuelos de colores que proliferaron a la velocidad de la luz y nos pusieron a debatir sobre cualquier asunto, menos el de la organización política para la conquista del poder en el Estado.

No sería justo de nuestra parte, sin embargo, si exigiéramos de la militancia kirchnerista promedio la aplicación de una doctrina que no posee y ni siquiera la aplicación del Método Jauretche para determinar el modo correcto de pararse frente a un hecho o una coyuntura dada. Bien mirada la cosa, era imposible que el “progre” y el “kirchnerista silvestre” no se subieran al carro del pañuelaje impulsado desde los medios de difusión del enemigo. ¿Cómo entender, sin tener las herramientas de doctrina necesaria y sin el diario del lunes, que todo aquello fue una movida cultural con la que el poder quiso realizar sus objetivos a corto, mediano y largo plazo? ¿Cómo comprender que nada bueno puede venir de diarios como Clarín y La Nación, aunque a primera vista parezca que es bueno y que por una vez esos tipos están haciendo algo bien? Como verá el atento lector eso era imposible y tanto el “progre” como el “kirchnerista silvestre” son inimputables en esta causa.

Imposible, como veíamos, si no se dispone de la formación doctrina o mínimamente el conocimiento de ciertos métodos de detección del mal, como el Método Jauretche antes mentado. Hace ya varias décadas, el gran intelectual del campo nacional-popular Arturo Jauretche nos regalaba una potente herramienta para evitar lo que se dice “pisar el palito” de la trampa que el enemigo pone para confundir. Jauretche, con notable sabiduría criolla, decía que si al levantarse por la mañana no sabía qué pensar o de qué lado pararse respecto a un determinado asunto, abría el Diario La Nación, se fijaba en qué decían sus destacadas plumas sobre el tema… ¡Y se posicionaba en la vereda de enfrente! Teniendo en cuenta que La Nación era, sigue siendo y será la tribuna de doctrina de la oligarquía y esta oligarquía es el enemigo del pueblo argentino, es fácil advertir la infalibilidad del Método Jauretche. Nada de lo que salga impreso en las páginas de ese diario —y del Diario Clarín, que es una expresión aún más cabal y brutal de los intereses del poder en nuestro tiempo— puede ser bueno para las mayorías populares, por la simple razón de que existen para operar en favor del enemigo desde el pretendido lugar del “periodismo independiente”, esa entelequia.

El magnate húngaro George Soros, uno de los peces gordos que inyecta dinero a través de su Open Society Foundation en movi- das cuyo objetivo es la corrosión de la unidad nacional-popular de países periféricos y subalternos como la Argentina.

Pero el militante promedio del campo nacional-popular en la actualidad no tiene doctrina y tampoco conoce el Método Jauretche, por lo que va a consumir indefectiblemente el humo que vendan desde los medios de difusión de las clases dominantes, siempre y cuando ese humo venga prolijamente envuelto en bellas consignas de aquello que parece justo y a lo mejor lo es, pero esconde la maniobra de perpetuar lo injusto mediante la destrucción de la unidad política del pueblo-nación. Ya sería mínimamente sospechoso que desde el vamos esos medios de difusión militaran con tanto entusiasmo las causas del aborto legal, seguro y gratuito y de la pretendida separación de la Iglesia y el Estado, pero no hubo ninguna sospecha. “Son malos, pero están pensando en las pibas”, escuchamos decir a más de un “progre”, muy sueltitos de cuerpo. Y es que, de pronto, Clarín y La Nación ya no eran tan malos, porque sabían pararse bien en alguna que otra. En esa manera de “razonar” viene implícita la idea de que, al fin y al cabo, subsiste algo de independencia en los medios. En otras palabras, la negación de Jauretche y la admisión del caballo de Troya con el que el enemigo de los pueblos pretende hacer implosionar lo nacional-popular.

Por lo demás, la doctrina también sirve para buscar en el reverso de la trama el cui bono más allá de la obviedad de lo que se imprime en los diarios y sale en radio y televisión. Así como son las corporaciones trasnacionales y los países más desarrollados los que más destruyen el medioambiente con una mano, mientras con la otra financian a las organizaciones ambientalistas, un rápido análisis de las fuentes de financiamiento de cada una de las ONG y asociaciones civiles que agitaron y quieren seguir agitando el pañuelaje, de un lado y del otro de la grieta, sería suficiente para revelar que eso es un juego de pillos y que no se trata de aborto, de salvar las dos vidas, de laicismo o de Estado confesional, sino de la generación de hechos políticos funcionales a los intereses de los peces gordos del mundo. Nuestro amigo y compañero Martín Licata se nos fue este mes de manera trágica y en circunstancias que nos resultan inaceptables, pero no sin antes dejarnos sendos informes en los que aparecen financiando movidas y pañuelaje unos “nenes” como George Soros y su inefable Open Society Foundation, la mismísima Fundación Ford y la Federación Internacional Planned Parenthood, entre otros, de los que no jamás se ha conocido ningún interés en la ampliación de los derechos de las mayorías populares, sino más bien todo lo contrario. Esos personajes y entidades oscuras han inyectado millones de dólares en las campañas que convocaron a muchos de nuestros militantes. Y nosotros, desde la doctrina y del Método Jauretche, volvemos a preguntarnos, una y otra vez: ¿Por qué?

Arturo Jauretche, además de ser el pensador de lo nacional-popular por definición, nos dejó el método para saber siempre de qué lado pararse en una cuestión: “Cuando me levanto por la mañana con una duda sobre algo, leo el Diario La Nación, me fijo en lo que dicen ahí y me paro en la posición contraria”.

La pregunta siempre es retórica, puesto que conocemos muy bien el paño y sabemos la respuesta de antemano. El problema que nos atañe no es saber o ignorar nada de eso, porque el descubrimiento del investigador solitario tiene nulo valor en la política si no se difunde y no se generaliza. El problema es verificar que muchos de los que caminan a nuestro lado ni siquiera se plantean la cuestión, pocos se formulan a sí mismos esa pregunta. Simplemente se dejan arrastrar por la ola que hegemonía produce, como si se tratara de una moda, jugando un rol funcional al enemigo de los pueblos y encima dispuestos a destruir a quien se atreva a decirles que están yendo por mal camino. Lo que realmente preocupa es ese estado de orfandad en el que se hunde la militancia de lo nacional-popular cada vez que se ve obligada a enfrentar una coyuntura sin tener la conducción para orientarse. La movida del pañuelaje de todos los colores estuvo a punto de producir un quiebre irremediable en las filas del proyecto nacional-popular y entregarle en una bandeja de plata el triunfo en las elecciones del 2019 al poder, ya sea con la reelección de Macri o con un discurso de contenido quizá aun más extremo, como sucedió en Brasil. Eso estuvo a punto de pasar, decíamos, pero nos salvamos. Lo pudimos hacer, pero no porque hayamos adquirido la doctrina que nos falta para hacer una unidad pragmática desde abajo. Nos salvamos porque la conductora volvió, puso orden y ordenó la casa. Nos salvaron, mejor dicho.

Y en eso llegó Cristina…

El General Perón —que era la propia doctrina y el pragmatismo corporizados en una individualidad humana— alguna vez decía lo siguiente: “Ahora, dentro de eso hay distintas posiciones. A mí se me presentan todos los días y me dicen: ‘Estos son los traidores’. Y vienen otros y me dicen que ‘los traidores son los otros’. (…) Yo estoy para llevarlos a todos, buenos y malos, porque si quiero llevar sólo a los buenos me voy a quedar con muy poquitos”. Perón, como se ve, no admitió sino hasta los últimos meses de su vida la fractura del movimiento político que él supo conducir e hizo política con pragmatismo para sostener la unidad de un peronismo en el que entraran todos los que querían hacer fuerza contra el enemigo de los pueblos. Ya sobre el final de su vida ese quiebre se produjo y es interesante para el propósito de este análisis observar cuáles fueron, a partir de 1975, sus consecuencias.

Entre los días 19 y 23 del mes de noviembre pasado se realizó en el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO) una singular conferencia, el I Foro Mundial de Pensamiento Crítico. Entre los invitados a exponer en dicha conferencia estaba Cristina Fernández, la conductora del campo nacional-popular. Y allí volvió a aparecer Cristina como en los mejores tiempos, con claridad meridiana en el análisis de la realidad del país y del mundo. Apareció Cristina y apareció así, como Perón, apareció la Cristina conductora y, por eso, la Cristina peronista. Entre las muchas definiciones de inestimable valor que dio en su intervención de más de una hora, la más importante fue la que ordenó el campo nacional-popular de acuerdo a su verdadera finalidad: la de la conquista del poder político en el Estado, objetivo que requiere la inexistencia de divisiones al interior del movimiento por cuestiones de moral sexual o religiosa y mucho menos por las categorías perimidas de “izquierda” y “derecha”, que son propias de modernidad empezando por la Revolución burguesa de Francia en 1789 y terminando exactamente dos siglos después, a la caída del Muro de Berlín en 1989 y la posterior disolución de bloque socialista, que fue su consecuencia inmediata. Cristina tiene conciencia de que la humanidad transita un nuevo tiempo, el tiempo de la posmodernidad, en el que las viejas categorías de la anterior etapa no sirven para ordenar el mundo. Y aunque esta posmodernidad ya tiene casi tres décadas de existencia desde el hito que aquí proponemos como inicial, esa conciencia que en Cristina es un hecho aún no ha sido adquirida por muchos de los que hoy marchan detrás de ella.

Cristina, durante el Foro de CLACSO. Importantes definiciones y la confirmación de que la Revista Hegemonía y La Batalla Cultural sabían donde iba a caer la pelota.

¿Por qué es tan importante la intervención de Cristina en el Foro de CLACSO? Porque allí es donde, en breves palabras, la conductora define la firme resolución de hacer la unidad amplia de los pueblos para luchar contra el gobierno de las corporaciones y de los ricos y de derrotarlo en las urnas dentro de poco menos de un año. Lo que Cristina hace es enviar dos poderosos mensajes, uno a los divisionistas que operan para el enemigo y otro para los que, engañados en su buena fe, se subieron hasta aquí a las operaciones de división de los primeros. A estos, Cristina les dice claramente que el enemigo no son los que rezan o los que no rezan, no son los varones ni las mujeres de clase popular y de los sectores medios de la sociedad, por lo que ya pueden dejar de generar divisiones entre los pueblos por esos criterios; a los últimos, que son los más y han sido manipulados en su buena fe, les avisa que ha vuelto dispuesta a orientarlos y a conducirlos hasta la victoria. En esos dos mensajes reside la importancia del discurso de Cristina del 19 de noviembre pasado.

Sí, exactamente lo que venimos diciendo en estas páginas y en La Batalla Cultural hace meses, aunque muchos nunca quisieron entender y eligieron ver en nosotros la representación del enemigo. No puede haber ni habrá entre los pueblos divisiones entre creyentes y ateos, entre abortistas y provida, entre varones y mujeres. Debe haber entre todos una perfecta unidad en tanto y en cuanto todos —más allá de la orientación ideológica de cada individuo— somos víctimas de la desposesión que el gobierno de los ricos ha llevado a cabo de manera brutal en los últimos tres años. Todos, sin importar opiniones, debemos golpear juntos hasta destruir ese gobierno que nos destruye y construir sobre sus ruinas un nuevo ciclo de gobierno nacional-popular que le devuelva la dignidad al pueblo argentino. Y nada de eso es materia opinable: el que acepte tolerar cuatro u ocho años más de gobierno neoliberal y neocolonial es porque tiene intereses inconfesables en esa continuidad. Y no está entendiendo de qué viene la cosa el que esté dispuesto a tolerarlo sin tenerlos.

Lo decía Néstor Kirchner en su momento: “Somos peronistas. Nos dicen kirchneristas para bajarnos el precio”. Y ese peronismo de la unidad del pueblo organizado para oponerse a la fuerza brutal de la antipatria no es, lógicamente, verde ni celeste, no es ateo deconstruido ni chupacirios que atrasa, no es “zurdo” ni “facho” ni admite divisiones a la usanza moderna entre derecha e izquierda. El peronismo es la unidad nacional-popular hacia la soberanía política, la independencia económica, la justicia social y el nacionalismo cultural, esa cuarta bandera de la que se habla muy poco y es tan importante como las tres primeras. Esto es lo que comprende Cristina al retomar el lugar de conductora y al desplazar a los fantasmas que intentan hacer pelear al “kirchnerismo silvestre” y al peronismo para que estemos ocupados en luchas intestinas y no enfrentemos al enemigo real. “No puede ser la división entre los que rezan o no rezan, mala división, que no es nacional ni popular, además. Es un lujo que no nos podemos permitir, porque en nuestro espacio hay pañuelos verdes, pero también hay pañuelos celestes y tenemos que aprender a aceptar eso sin llevarlo a la división de fuerzas”, sentenciaba en CLACSO la conductora indiscutible de la fuerza política del pueblo argentino, dejando en claro que hasta aquí llegaron los que proponían llevar solo a los buenos —siempre desde el punto de vista del que juzga, claro, porque “malo” o “bueno” en estos casos es una valoración subjetiva— para quedarse con muy poquitos, como decía Perón.


Después de la magistral intervención de Cristina en CLACSO, en los comentarios de los que siguen nuestras publicaciones, muchos decían que Cristina nos había dado la razón y hasta que nos lee, pero eso no es así. Nosotros leemos a Cristina hace más de una década o, en todo caso, nosotros con Cristina leemos la realidad con las mismas categorías, arrojando los mismos resultados. Así, desde esta Revista Hegemonía y desde La Batalla Cultural consideramos que hay un antes y un después de CLACSO y que, finalmente, Cristina ha puesto proa hacia el triunfo, desbaratando las movidas de fragmentación del campo nacional-popular, además de desactivar la posibilidad de que las clases dominantes inventen a un Bolsonaro en nuestros pagos para capitalizar sobre un exceso de progresía del kirchnerismo, como se hizo hace pocos días para derrotar al PT en Brasil. En su genialidad, Cristina puso en su lugar a propios y a extraños, retomó la iniciativa y aumentó considerablemente las opciones de triunfo electoral en el año que está por empezar. Y aunque algunos siguen pataleando, buscando escaramuzas por asuntos que no tienen que ver con la construcción política de un pueblo-nación, sino con los intereses de grupos minoritarios que no mueven el amperímetro, el primer paso ha sido dado. El poder creyó en la impunidad para sus actos y en una fácil continuidad del saqueo que viene llevando a cabo. Las corporaciones y los ricos apostaban a un peronismo dividido en mil fracciones, parecido al trotskismo berreta, para ganar las elecciones con los pocos votos que aún le quedan después de tres años de desastre. Todo parecía perdido para nosotros, los subalternos, los condenados de la tierra, como diría Fanon, y parecía que llegaba el fin de la historia alguna vez anunciado por Fukuyama. “Aquí pensaban seguir, jugando a la democracia. Y el pueblo que en su desgracia se acabara de morir. Y seguir de modo cruel, sin cuidarse ni la forma. Con el robo como norma”. Y en eso llegó Cristina y mando a parar. ¿Qué tiene la Yegua que los gatos no pueden con ella?

*Erico Valadares